DON JOSE MANUEL RESTREPO Y SU OBRA LITERARIA
La publicación del Semanario marca época favorable en la
historia de las letras colombianas. Pero de esa fecha en adelante
violentas conmociones políticas que agitaron al país, tenían que
absorber por completo la atención de todos, sin que hubiese tiempo
ni disposición de ánimo que no fuesen sino para mirar por la salud
de la Patria. Las proporciones que gradualmente alcanzara la lucha
hicieron que a todos, cual más, cual menos, tocase su lote de
llanto y de amarguras. Los que, pasado el turbión revolucionario,
se vieron con vida, sentirían, sin embargo, en el fondo del pecho,
la profunda, mortal herida, que tenía que causarles siempre el
haber obtenido la libertad a cambio de tantas víctimas y de
cruentos sacrificios. Fue de este número el patriota D. José Manuel
Restrepo, quizá de los colaboradores del Semanario, el que desde
entonces se exhibió con más lucimiento.
A él le tocó ser de los fundadores de la República, puesto que,
como Diputado por Antioquia, al Congreso de 1811, asamblea elegida
por el voto de las Provincias unidas.
Era de temperamento reflexivo, de costumbres austeras y
morigeradas, apegado a las tradiciones de familia, alto, seco, de
facciones pronunciadas y con el semblante siempre en actitud
meditabunda Trabajador incansable, como buen hijo de las montanas
de Antioquia, su vida no nos ofrece cambios repentinos… ni
agitaciones extrañas: corre ella con la placidez inofensiva linfa
pura que busca hospitalaria playa. Fue acercándose al desenlace sin
trepidar en la pauta que se había trazado de mal al bien, a la
justicia y al buen sentido. Bien se echa de ver, embargo, que
Restrepo luchó desde temprano por encontrar nuevo cauce a la
corriente política, y comprendiendo que la transformación que le
había tocado presenciar, envolvía en sus diversos aspectos gérmenes
de vida, quiso ilustrar, con el contingente de su intelecto, esa
obra común espontánea y generosa. Acometió la ímproba tarea de
fijar con la pluma los caracteres y peripecias de la lucha. Su
ejemplo fue tan provechoso, que, mediante su obra y la obligada
honda meditación que ella sugiere, se crea ron aquí clases en que
se comenzó a dictar lecciones de historia patria, estudio que vino
años más tarde a ser secundado con la aparición de dos obras
notables debidas a la laboriosidad y talento de D. Joaquín Acosta y
D. Antonio de Plaza, quienes, por su parte, contribuyeron también a
ilustrar el estudio de la historia propiamente nacional.
El historiador, para ser perfectamente comprensible, tiene
atender a pintar los sucesos con el color local; ha de dar a las
figuras movimientos y vida; mostrarnos los personajes principales
con el sello especial que los haga inolvidables: llamar la atención
a las grandes líneas del cuadro, de modo que la imaginación del
lector complete a su gusto, pero sin alejarse de los límites de lo
verdadero, las partes que se escapan a la narración. Contar lo
sucedido en lenguaje preciso, con cierta elevada sencillez, sin
arranques de exaltación, más bien con tendencia benévola que
intransigente, puesto que tan difícil es entrar a juzgar la
conducta y hechos de los que nos precedieron en el camino de la
vida, tales parecen ser las más necesarias condiciones de un
escritor histórico. Desde luego la expresión cuada a los hechos,
nos hace considerar con trabajo de esta naturaleza.
Los más de los heroicos caudillos que figuran con noble
emulación en la azarosa contienda, iban impulsados por el móvil de
la gloria. Así nació en el pecho varonil del General López el deseo
de servir a su patria y de conquistar los laureles de Marte. El
mismo lo refiere en sus Memorias, escritas con sencillez
republicana, con desembarazo natural, y con el mismo primordial
objeto del libro de D. José Manuel Restrepo, el de fijar el
verdadero aspecto de los acontecimientos, a fin de evitar que
comentadores tardíos desfiguren a su sabor las páginas en que se
des cubren los esfuerzos de los patriotas, su arrojo, sus
sacrificios, sus luchas íntimas y dolorosas.
No debemos dejar caer en olvido la obra de los próceres puesto
que ella sirve de consoladora compensación a desengaños que minan
lentamente el organismo social.
La Historia de la Revolución de la República de Colombia por
José Manuel Restrepo, publicada en París, en 1827, en diez tomos
pequeños, dedicada al General Bolívar, no comprendía sino los
sucesos de la guerra en Nueva Granada. Posteriormente el autor la
completó con la de Venezuela, Ecuador y Perú, y publicó la segunda
edición de la obra en Besanzón, en 1858.
La introducción, escrita para la primera edición, es un juicioso
estudio de las causas que habían determinado la guerra, rápido
bosquejo, pero muy fiel y seguro en sus apreciaciones, datos y
pinturas de costumbres, del estado del país en los albores de la
Independencia. Leyendo este ilustrado prefacio se adquiere
convencimiento de que el autor de la historia hizo de su trabajo
uno de los objetos especiales de su vida, sacrificando en aras de
esa labor, tiempo, dinero, salud, conocimiento y relaciones. Cuanto
a la buena fe y sinceridad que lo guiaban en su trabajo, él mismo
asegura que la imparcialidad y la verdad le sirvieron de norma en
la composición de su libro. Generalmente se le ha puesto la tacha
de que, como narrador, es oscuro, frío, cansado y a algo difuso.
Todo esto puede ser exacto. La frialdad o desabrimiento de estilo
dependen en gran parte del temperamento autor, de los escasos modos
de buen gusto a que debía conformar su obra y del empeño que quiso
poner en no aparecer, lo que le hacía escribir con gran tiento y
sin procurar adornar el estilo con vistosas galas.
Con la práctica mejoró mucho su estilo, sin perder en seriedad.
Adquirió mayor facilidad de expresión, más completo determinado
plan para fijar los hechos y seguridad para redactar con el
convencimiento de que no podía ser contradicho. Condiciones
aparecen de manifiesto en su Historia de la Nueva Granada, que dejó
inédita, y de la cual se publicaron capítulos en la Revista
Literaria de Bogotá.
El señor Caro, autoridad literaria indiscutible, condensa breves
líneas su juicio sobre la historia de Restrepo. Es el que
sigue:
"La falta de color biográfico y de intención filosófica no poco
a la historia de Colombia por Restrepo, obra, por parte, preciosa
por el cúmulo de noticias que tras largas y minuciosas
investigaciones, y con espíritu de rectitud y verdad, atesoró en
ordenada serie aquel benemérito patricio. La narración, es
exactísima, pero sin calor vital, porque éste no es ingénito e los
sucesos; les viene solo de los seres animados e inteligentes que
los produjeron. En las Memorias de Posada los hombres hablan y se
mueven a nuestra vista; los conocemos y, conociéndolos, sentimos
por ellos simpatía, cariño, admiración, o lástima, desprecio, tal
vez horror".
Hasta hace pocos años los discursos que se escribían y
pronunciaban en la capital con ocasión de la fiesta patriótica de
independencia, que se celebra el 20 de julio, eran muestras de
oratoria vehemente, en que de ordinario se sacaba a plaza el león
ibero y los trescientos años de oprobiosa esclavitud en que España
tuvo sumidas a sus colonias.
Ahora bien: ¿estos punzantes desahogos eran solo efecto de
pasión y rivalidad entre americanos y españoles, o más bien un eco
fiel de la opinión de los pueblos sobre el gobierno peninsular? Nos
inclinamos a pensar en lo último, ateniéndonos en un todo al
concepto histórico del señor Restrepo. Cupo a éste la primacía y el
derecho de fijar, de modo indeleble, el recuerdo de esa lucha
encarnizada, recuerdo que debió de influir en la paginación y el
sentimiento, a fin de acrecentar y dar forma a la peroración
patriótica que hasta 1875 era de obligado número en los programas
de fiestas nacionales. La oratoria religiosa también contribuyó,
por algunos años, a perpetuar el recuerdo de la fecha de nuestra
emancipación política, y aún se conservan algunos sermones impresos
que se han logrado salvar del olvido y del polvo destructor de los
archivos, y respiran patriotismo puro, ardiente, desinteresado.
Esos predicadores consignaban frases de amarga censura a España por
el régimen de tiranía con que gobernó sus colonias.
Es oportuno que el lector conozca, o recuerde, si ya lo ha
leído, el juicio del historiador Restrepo.
"La masa general de los granadinos y venezolanos estuvo sumida
en la más profunda ignorancia cerca de tres siglos, o en el tiempo
que los españoles dominaron estos países. Los indios, los esclavos,
los labradores y artesanos, es decir, los cuales, quintos de la
población, no aprendían a leer porque eran raras escuelas
primarias, que solo se encontraban en algunas villas y ciudades
populosas. Acaso el Gobierno español, en todo el tiempo de su
dominación, no doto una escuela de las rentas reales pues aunque lo
hizo de los bienes de los jesuitas, éstas ha sido fundaciones de
los mismos pueblos. Las escuelas primar que existían fueron dotadas
de los propios de los cabildos, o fundaciones que hacían los
particulares para la educación de compatriotas. No sabiendo leer ni
escribir la masa de la población, sus conocimientos religiosos se
reducían al breve Catelmo de Astete o de Ripalda, que los padres
enseñaban a sus hijos, o los curas a sus feligreses, y a las
practicas del culto exterior que veían hacer desde niños La moral
estaba reducida las máximas que oían predicar a sus curas en los
sermón parroquiales, y, por tanto, debían ser muy limitadas...
"En la Nueva Granada había dos colegios en Santafé, en Quito, y
seminarios conciliares en Cuenca, Panamá, Cartagena, Santa Marta y
Popayán, existiendo también dos universidades, una en Santafé y
otra en Quito...
"He visto al principio del siglo XIX al Fiscal español D.
Alariano Blaya impedir, como director de estudios, el que hubiera
en Santafé un acto de conclusiones públicas de aritmética y de
geometría, fundado en que estaba prohibido enseñar aquellas
ciencias. El Arzobispo de Santafé, D. Jaime Martínez Companon,
español europeo, fue uno de los que, bajo un exterior de santidad,
influyó en que se adoptara esta bárbara medid En las juntas que
hubo para arreglar los estudios, tenazmente "que los criollos no
debían aprender otra cosa la doctrina cristiana para que
permanecieran sumisos". El solo rasgo le hace digno de la
execración de los América del Sur.
"Es cierto que algunos hombres ilustrados y verdaderos patriotas
de la Nueva Granada y de Venezuela, como el español señor José
Celestino Mutis, los señores Félix Restrepo, Toribio Rodríguez,
Crisanto Valenzuela y otros, procuraron enseñar la filosofía
moderna y las matemáticas; pero, contrariados sus esfuerzos por la
política del gobierno español, poco pudieron adelantar, y no se
difundieron los buenos estudios. Así es que, a principios del siglo
XIX apenas se encontrarían dos o tres físicos y matemáticos
medianos".