LA CRITICA LITERARIA - LAS INFLUENCIAS EXTRANJERAS
Si el país ha logrado conquistar reputación literaria en las
repúblicas sudamericanas y aun señaladas menciones en Europa, esa
preponderancia intelectual que se nos concede ha de servirnos de
glorioso título, como que nada lisonjea más la vanidad de un
pueblo, que el que se le considere culto e inteligente. A la
superioridad intelectual debe Francia el primer lugar entre las
naciones del continente europeo. La corriente de ideas que nos
viene del antiguo país de las Galias, es la que más fácilmente se
aclimata entre nosotros, encontrando a modo de predisposición
acentuada que responde sin duda al elemento etnológico, que nos
lleva a acoger, con irresistible empeño, las modas, los usos y las
teorías francesas. Fuera de creerse que al sacudir el yugo español
quisimos libertarnos hasta del habla de Castilla. La colonia pro
dujo cronistas que narraron con más o menos fidelidad la vida
primitiva de estos pueblos; candoroso o desvirtuado relato a veces,
que en poco nos interesa y que siempre nos sobreexcita la epidermis
y despierta nuestro mal dormido encono contra las diversas
manifestaciones de la tiranía de los españoles; en otras ocasiones,
pintura viva de lo que han sido en todos tiempos las pasiones, y
muestra de las luchas que los intereses humanos libran de continuo
en pugna con el derecho de los pueblos. Tiempos eran aquellos de
credulidad política excesiva, de fe pura e incontratable. La
literatura, que en síntesis viene a ser la fiel expresión de los
sentimientos de los hombres, nos muestra la era colonial como época
de gran tranquilidad, aun en medio de disputas encarnizadas, por
asuntos de preeminencia entre los Oidores y Presidente, y también
entre la potestad civil y la eclesiástica. Repetimos que, cantos en
loor de las autoridades, himnos de piadosa fe, cantarcillos
místicos, novenas y oraciones daban pábulo a los sentimientos de
gentes sencillas, sin extensos horizontes intelectuales, y para
quienes el bien y la felicidad estaban tan solo para servir
humildemente a Dios y al Rey. Pero la simiente de ideas
revolucionarias había cruzado los mares con celeridad eléctrica, y
el suelo virgen de América fecundizó corazones generosos que
odiaron el despotismo y buscaron la libertad como seguro campo de
acción y de engrandecimiento para la patria. Por más que hoy a
fuerza de hidalga reflexión se trate de desechar como importuno el
recuerdo de la epopeya heroica de nuestra independencia, esa
efemérides se impone siempre a la mente y al corazón, por que
inútilmente los hijos pueden renunciar a las glorias del padre. La
patria surgió con esplendor a la vida independiente, y con ella los
cantores que inmortalizaron sus hazañas. ¿Cómo hemos podido olvidar
el valor de estos acentos? ¿Acaso porque no padecimos las zozobras
de la lucha, no nos es dado medir la extensión del sacrificio, ni
la grandeza del triunfo? Nos tocó abrir los ojos a la luz cuando ya
el pabellón tricolor republicano flameaba en las alturas de los
Andes. Desde aquella época se acrecentaron las corrientes del
saber; tratóse de inculcar en el pueblo la simiente republicana,
educándolo para que eligiese sus propios gobernantes. Es verdad que
la dificultad de organización de los diversos ramos oficiales no
permitió que los próceres ni sus continuadores dieran mayor lustre
a su nombre con vastas indagaciones científicas o bellas
concepciones de la mente, pero en el ramo histórico algunos
lograron trazar páginas que hoy más que nunca sirven de
comprobantes fehacientes de hechos gloriosos que el dicho de esos
historiadores hace incontrovertibles. Cuando las luchas políticas
aparecieron mezcladas con el elemento filosófico-religioso,
produjeron una agitación vertiginosa en los espíritus que nubló
largos años el cielo de la patria. El debate se sostuvo con
increíble audacia por la prensa, y es en esa labor extraordinaria
del periodismo colombiano en donde hay que ir a buscar el origen de
la temprana buena fama que ganaron nuestras letras, fama revalidada
luego por el ensanche oficial y particular dado a la instrucción
por variados libros de estudio que se han escrito inspirados en
conocidos textos europeos o en acertadas adapta s de otros, y en
mucho, también, por la obligada propaganda de casticismo que fue
iniciada con vigor por tres o cuatro hablistas distinguidos
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y secundada con noble
emulación por muchas personas, por no decir que por el voto de casi
la generalidad de los colombianos de alguna o mediana instrucción,
que fue real mente lo que pasó.
Es cierto que las guerras civiles han sido la inmediata con de
la propaganda ardorosa de las ideas, y las guerras han ido
destruyendo gran parte de las fuerzas vitales de la nación, minando
cada vez más el espíritu de confraternidad que debe ser lazo de
unión entre los hijos de Estados pobres y escasos de fuerzas. Por
otro lado, parece como que los disturbios políticos, frecuentes y
estériles, en cuanto a acción civilizadora, y la falta de unidad en
la marcha armónica de las sociedades, han ido despertando en los
caracteres tendencias a buscar por medio del estudio y de la
reflexión el remedio a nuestros males sociales. Sea como fuere, el
hecho es que en materia de bellas letras no hemos ascendido por
escala rigurosa; hemos trepado los peldaños precipitadamente y nos
toca presenciar el hecho de que siendo escasa la producción en
orden a novelas y a obras dramáticas, justamente los departamentos
de la vida intelectual moderna que mayor auge tienen en ultramar,
hayamos invadido los dominios especulativos de la crítica. A
realizar esta transformación súbita puede haber ayudado la no
interrumpida lectura de las obras de la escuela francesa y de otros
países, que van fijando el molde y dándonos la norma de las
transformaciones del pensamiento escrito. Ello es indudable que la
ilustración general del siglo, el vasto ensanche técnico que se ha
dado a todas las ciencias, el deseo de ahondar las corrientes
filosóficas, deseo que se manifiesta e impone como con impulso
avasallador ha limitado, con perjuicio de lo que pudiera aparecer
como literatura propia, la producción original; a todos seduce el
análisis; la obra del razonador y del crítico atraen más que la del
cantor o la del novelista. La novela es ya un arte complicadísimo
que ha dejado las fronteras de la fantasía para ocuparse en el
desarrollo de tesis y servir de campo de estudios sociológicos y de
ética.
No es exacta la opinión de que las letras colombianas, en tiempo
florecientes, estén ahora atrofiadas. Lo que se ha efectuado es un
cambio de manifestaciones de la inteligencia. Ampliados los
horizontes del saber, lo que ayer considerábamos parto del humano
ingenio hoy nos parece invención adecuada para entretener
escolares; en las lecturas encontramos páginas enteras que
suponemos pasadas de moda, teorías de escuelas desacreditadas por
los tiempos y el avance permanente de la ciencia; lenguaje
para-fraseado que nos disuena; lirismo soñador que nos hostiga;
cuadros de costumbres cuyo lado cómico se nos escapa en fin, que a
los que ya están, como si dijéramos, adueñados del reto, es muy
difícil sorprenderlos. El organismo que se había desde joven a las
impresiones, acaba por volverse insensible.
Pero tenemos que reconocer que si nos es dado avaluar en todo su
mérito las obras maestras de la literatura de ultramar, es por la
lenta y dificultosa pero segura labor civilizadora de los
escritores del país nos ha puesto en actitud de poder hacerlo.
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D. M. A. Caro y D. Rufino José
Cuervo, y antes de ellos por D. Ulpiano González y D. Ruperto S.
Gómez. También les corresponde parte en esa tarea a los señores
profesores de castellano D. César C. Guzmán, D. Venancio González
Manrique y D. Germán Malo.
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