MANUEL MARIA MADIEDO
EL AMBIENTE SOCIAL DE SANTA FE
A pesar de la acepción tan lata que se ha pretendido dar a la
voz literatura, suponemos que con ella se expresa muy bien el acto
escrito de la palabra cuando a escribir nos mueve impulso o
sentimiento irresistible que, fielmente expresado enternece,
distrae o enseña. De este modo hemos llegado, a persuadirnos de la
condición que mayor relieve da a un trabajo mental es la
sinceridad.
El caudal bibliográfico de los países de la América española
suele presentar fases similares, circunstancia que lo inclina a uno
a pensar que hay poca inventiva y poca originalidad. Encuéntrense
igualdad de temas y de medios de ejecución, sobre todo en las
comarcas de análoga topografía, aspectos que denotan cuan
irresistible y decisiva es la influencia de la atmósfera y del
suelo en el desarrollo moral e intelectual de los seres pensantes.
Cómo no echar de ver que en la época de la colonia el cultivo de
las bellas letras era una ocupación enteramente pasajera a que no
se atribuía grande importancia?
Nacían entonces los frutos de la inteligencia lo mismo que hoy:
a impulsos de las tendencias personales del autor y guiados en la
composición por sus gustos e inclinaciones. Entre nosotros las
poesías, leyendas, poemas, artículos de costumbres, comedia y aun
novelas han sido resultado del esfuerzo particular de cada autor,
sin que abunden los casos en que, para la confección de la obras,
hayan precedido estudio, reflexión, conocimiento del mundo, lectura
de autores clásicos, ni aun siquiera frecuentes ensayo en la
prensa.
Notorias son las aptitudes de los colombianos para el arte de
escribir, aptitudes que pueden hacerse extensivas a otros países
hispano-americanos, pero quien sabe si esta misma facilidad para
concebir y exponer las ideas, ha engendrado en nuestro ánimo una
indiferencia desdeñosa hacia las producciones del in genio criollo.
Lo cierto es que la juventud del día es algo más que indiferente,
hostil, a la nombradía de los escritores de antigua data y su
indiferencia contrasta con el buen aprecio y solicitud con que
escritores de la generación de 1854 han juzgado a sus predecesores.
Esa herencia fatal de indiferentismo por las producciones
colombianas atenúa y restringe el vuelo del pensamiento.
Es cierto que, comparativamente a épocas pasadas, se lee mucho,
pero son obras extranjeras, señaladamente, las francesas- idioma
que se ha generalizado a punto de que no hay persona medianamente
ilustrada que no lo estudie.
Son poquísimos los escritores que han levantado entre nos otros
cátedra de enseñanza o de divulgación de teorías sociales. El
doctor Manuel María Madiedo ha sido de ellos el más osado el más
afortunado; con poco esfuerzo, el doctor Manuel Murillo.
A la ciudad de Bogotá se le atribuyen en el día, no sin
fundamento, cien mil habitantes. Cuenta numerosos colegios,
doctores, profesores de idiomas y de gramática castellana; plan
severo de estudios literarios en los antiguos colegios del Rosario
y de San Bartolomé; cuatro o cinco librerías que expenden cuantas
obras de algún mérito se publican en Europa. En una palabra, los
elementos que contribuyen a la difusión de las luces han aumentado
de quince o veinte años a esta parte de modo extraordinario.
Por lo común, después que un aficionado a las letras ha
satisfecho la curiosidad que tenía de exhibirse como escritor
público, se aparta de la carrera; y si en la labor acometida ha
logrado acogida franca y benévola de los maestros y aplauso de los
indoctos o frívolos, tal ventaja no le encariña, como debiera
suceder, con el oficio.
Los escritores noveles aumentan, pero no así el círculo de
entes. De otro lado nos parece de justicia reconocer que no ha sido
nunca el interés del lucro lo que ha movido la pluma de nuestros
escritores.
Cantar las gracias de esquiva niña o repetir los requiebros a
una morena de ojos lánguidos, fueron siempre elemento de la poesía
erótica, y los mismos ponderados rasgos de ingenio o andaluzadas,
que en verso han sido, a modo de cartilla, de entretenimientos
literarios, y en prosa, la lectura favorita por ser cuadros de
nuestras costumbres, han nacido al calor de las conversaciones de
sobremesa o en las tertulias de desocupados, en los mostradores de
la Calle Real. Causa cierta sorpresa el saber que no ha sido ni
siquiera el deseo de adquirir nombradía lo que ha movido la pluma
de nuestros más agudos ingenios. Y aquellos escritores que se han
empeñado en sobresalir de la generalidad por medio de trabajos
asiduos o elaborados con paciencia ejemplar al través del tiempo y
de las necesidades imperiosas de la existencia, como los
historiadores Restrepo y Groot, no han cosechado aplausos en vida,
porque sus obras han parecido frías y provistas de amenidad.
Es innegable también que el público ha querido sentar como
precedente el de que no reconoce más ingenios dignos de ser leídos
que los que le divierten. La gracia zumbona, el ridículo y aun la
maledicencia con ropajes de crítica, han logrado siempre en la
sociedad de Bogotá un alto precio. No muestra carácter hidalgo, ni
sanidad de intenciones, este permanente y desdeñoso topic de
conversación.
Aquí consideramos oportuno transcribir las palabras del señor
Lemoyne, ministro francés, que residió algún tiempo en la capital,
y publicó en 1828 un libro titulado La Neuvelle-Grenade:
"Las publicaciones propias par esparcir y popularizar idea
útiles eran muy raras en Bogotá; no se publicaba sino un periódico
semanal, con el título de Gaceta de la Nueva Granada especie de
monitor oficial, en el cual el gobierno insertaba las leyes,
decretos u otros documentos que creía conveniente poner en
conocimiento del público, después de lo cual había una par no
oficial, que se consagraba a las noticias extranjeras y del país.
Es cierto que fuera de esta Gaceta aparecían todos los domingos
muchísimas hojas sueltas efímeras, llamadas papeluchos, pero ya
fuesen escritas en serio o con tono burlesco, género que gusta
particularmente a las gentes del país, no contenían más que
críticas de los actos de la administración, o no servían sino para
iniciar polémicas que muy a menudo excedían los límites que puede
permitir la libertad de la prensa en materia de ataques contra las
personas.
"En el número de los libelos había algunos aún más
impertinentes, con el nombre de ensaladillas; estas eran sátiras en
verdad y manuscritos que, graciosos de mala ley, a veces demasiado
sabidos, pero que guardaban prudentemente el anónimo, hacía
circular en oculto de tiempo en tiempo. En estas sátiras se
aventuraban no sólo a censurar severamente las faltas y los
caprichos de sus paisanos, pero aun se atrevían a divulgar, sin
ningún escrúpulo, todos los floreos e intrigas galantes del
momento. Estas pérfidas producciones literarias, a pesar de ser el
espanto de las fami1ias, pasaban sin embargo de mano en mano, en
razón misma del temor que inspiraban y también quizás de la
esperanza que cada uno abrigaba de verse libre a expensas del
vecino".
Sí, no hay duda, el carácter bogotano es versátil, novelero y
curioso en extremo. De aquí que haya traído siempre sus simpatías y
despertado su curiosidad el periodismo efímero y de
circunstancias.
Correspondiendo en mucha parte a ese prurito de hacer gala de
visión cómica, que es eterna preocupación de los bogotanos, y en no
poca a la de propalar noticias locales, han aparecido siempre en
Bogotá muchos periódicos de escasa y casi ninguna importancia. En
los primeros tiempos eran de muy reducido tamaño, en 8 no más
grandes que la mano extendida. Tal fue El Noticioso, de 1824, y El
Noticiosote, de 1825:
Viene aquí oportunamente la cita de otros periódicos bogotanos,
aun cuando su aparición corresponda a años posteriores y aun cuando
no todos sean de género burlesco o satírico, pero los simples
títulos de ellos sugieren al espíritu la consideración de que
siempre han tenido en cuenta los periodistas el carácter de los
hijos de Monserrate y Guadalupe.
Los Anteojos de la Vieja, 1814; El Buscaniguas, 1826; La
Lechuza, 1826; El Chasqui, 1826-27; El Bobo Entrometido, 1827;
Antídoto a los males de Colombia, 1828; La Bandurria, 1831; La
Diligencia, 1831; El Anzuelo, 1834; Los Díceres, 1834; El
Cachaquito acarroñado, 1834; La Cáscara Amarga, 1835; Los Títeres,
1835; La Barra Observadora, 1836; El Astrolabio, 1836; La Bandera
Negra, 1837; La Banderola o Banderilla, 1837; El Papirote, 1837; El
Tábano, 1837; La Píldora, 1837; La Cachiporra Nacional, 1838; La
Calavera, 1838; La Tira, 1839; El Latigazo, 1840; La Marota, 1843;
La Bodoquera, 1844; El Chispas, 1845; La Migaja, 1845; El Husmeador
bogotano, 1845; La Bruja 1846 y 1866; La Bruja de Las Nieves, 1847;
El Matachín, 1847; El Mastín, 1847; El Cachifo, 1848; El Amigo de
los Artesanos; 1849; El Minuto, 1848; El Tío Santiago, 1848; El
Duende, 1849; La Jeringa, 1849.