JOSE MARIA GRUESSO - JUAN GARCIA DEL RIO - LUIS VARGAS
TEJADA
Hemos visto que durante la época colonial y también des pués de
la guerra de independencia, varios escritores buscaron formas más
amenas o adecuadas a sus trabajos, reduciéndolos a las medidas
estrechas y exigentes del verso.
El mal ejemplo de Castellanos de atreverse a escribir toda una
historia en verso, había sido imitado. Sabemos que un sacerdote,
ponderado por su ilustración, el doctor Juan Manuel García Tejada,
compuso en cantos heroicos la historia de la revolución de
Colombia, manuscrito que se perdió. El Alternativo del Redactor
Americano dio acogida a alguna composición del doctor Tejada,
composición de sabor y manera muy anticuados, bien que este autor
era uno de los bardos que manejaban con mayor soltura el verso, y
sus poesías jocosas lograron extra ordinaria popularidad. Otros
vates, como José Angel Manrique, autor de La Tocaimada, publicada
por primera vez en Popayán hacia 1851, José María Gruesso Valdés,
el doctor Luis Azuola, Urquinaona y Marroquín, han logrado que su
nombre llegue hasta nosotros en alas de la fama.
Nuestro Bibliotecario Real, D. Manuel del Socorro Rodríguez,
cuya memoria debemos guardar con viva simpatía mezclada de
gratitud, por haber sido aquel hijo de Cuba fundador del periodismo
bogotano, también escribía en verso, en el tono afectado y
altisonante que era entonces de moda. Rodríguez, justo y prudente
en observarlo, guiado por sus humanitarios instintos y corazón
republicano, hubo al fin de aceptar la revolución patriota y
transigió con los iniciadores del 20 de julio. Cinco años antes de
su muerte, que se efectuó en el cuarto mismo en que vivía, contiguo
a la Biblioteca, tomó parte en un acto público, dispuesto por el
General Nariño, con el objeto de sembrar en la plaza principal de
Bogotá un árbol que simbolizase la libertad conquistada
denodadamente por e pueblo, fiesta que se efectuó el 29 de abril de
1813. Con tal motivo, Rodríguez arrancó de su lira las siguientes
notas:
Cantemos al Señor de las naciones
Himnos de paz, de gratitud y gozo:
Bendigamos el brazo poderoso
Que rompió de su pueblo las prisiones…
Mas si en D. Manuel del Socorro el sentido artístico estaba muy
lejos de haber alcanzado un grado de perfección notable, no sucedía
lo mismo con el sentido moral, que informaba todas o la mayor parte
de sus composiciones.
"Si la imparcialidad, que forma el carácter de mi genio (decía
el escritor cubano, con motivo de la muerte del Arzobi po de
Bogotá, D. Baltasar Jaime Martínez Compañón, acaecida en 1797), no
fuese un público testimonio que acredita el candor y desinterés con
que se ha conducido mi pluma en los cinco años que por orden del
Superior Gobierno di a luz el Papel Periódico de esta capital,
entonces tendría yo justo fundamento para recelar que la noticia
que voy a explanar aquí, pasase por el concepto de inverídica en
algunas de sus circunstancias. Pero, por merced del cielo, gozo la
fortuna de poder escribir libre de preocupaciones, pues es
constante que en el caso no me liga ninguna relación de parentesco,
conexión de estado, ni otro algún miramiento político que pudiese
inclinarme a la lisonja. Hablo con libertad, y solo al verdadero
mérito le tributo elogios, porque así lo manda el Dios de la
Justicia".
La muerte del mismo eclesiástico nombrado sugirió a la pluma de
Rodríguez el siguiente soneto:
Nos faltó nuestro padre, triste suerte!
Y penetrados todos de esta herida,
Aunque el amor alienta nuestra vida,
También el mismo amor nos da la muerte:
Obra en nosotros con poder tan fuerte,
Su constante vehemencia desmedida,
Que la esencia vital, casi extinguida,
Solo en amar respira y se divierte.
De este modo con míseras señales
Se explica la familia que amorosa
Dedica lo presentes funerales.
He aquí la Pira pura y obsequiosa
Que a su Padre y Pastor en modos leales
Hoy le consagra fina y respetuosa.
D. José María Gruesso, canónigo Penitenciario de la Catedral de
Bogotá, que falleció el 3 de mayo de 1835, era poeta, pero no más
inspirado que Rodríguez. Oriundo de la ciudad de Popayán, hubo de
ceder lo mismo que Caldas, al deseo vehemente, que es como
instintivo en los hijos de aquel eléctrico suelo, de conocer a la
monumental y elevada Quito. Los habitantes del sur de la república
muestran gran predilección por la capital del Ecuador, y puede
decirse que conocen mejor ésta y las demás poblaciones importantes
de dicho Estado, que a Bogotá y lo lugares del interior de
Colombia.
La única producción en verso que se conserva del canónico doctor
Gruesso es la que lleva el siguiente título: Lamentación de Pubén.
Escrita y dedicada en Quito, en 1820, a una sensible y respetable
quiteña, por un pubenano o popayanés. La da a la un colombiano, con
la mira de que cesen las ruinas de este país en beneficio de la
prosperidad de Colombia. Imprenta del Estado por Nicomedes Lora.
Año de 1822, 20 páginas.
No se conserva memoria de quien fuera el autor del folleto de 40
páginas, en verso, que apareció el mismo año citado, en la imprenta
de Espinosa, con el título de Verdades Notorias, y e cual encerraba
amarga y viva censura de los españoles, de la tropas que
combatieron la independencia americana.
El principio de esos versos era el siguiente:
Europeos y americanos,
Os recomiendo que leais
Este papel para que oeais
Las proezas que los Sámanos,
Morillos y otros Ispanos
Hicieron en este reino
Con su déspota Gobierno
Propio de los Dioclecianos,
Nerones y Maximianos,
Monstruos que parió el infierno.
El año de 1829 publicó el conocido hombre público y escritor
Juan García del Río sus Meditaciones Colombianas, cinco folletos
que, sumados, daban cerca de 300 páginas. Eran reflexiones morales
y políticas sobre el estado social del país, en 1a que,
probablemente a vueltas de algunas verdades, proclamaba sin embozo
la conveniencia y necesidad de establecer la monarquía
constitucional, y designaba al General Bolívar como llamado a
ocupar ese puesto.
En el gusto que predominaba la poesía épica pareció inspirarse
años más tarde, al componer sus tragedias el heroico e infortunado
Luis Vargas Tejada, ingenioso poeta bogotano que nació en 1802, y
murió ahogado, en 1829, en uno de los ríos del oriente de la
república.
Si Madrid logró pulsar con gallardía y suavidad rítmica de tonos
el arpa lírica, es Vargas Tejada el cantor épico enamorado de la
libertad. Creado su espíritu para la interpretación de grandes
ideas, majestuoso en la concepción, nutrido con rico jugo sinovial
en atenta lectura y meditado estudio de los clásicos, su musa tiene
entonaciones que cautivan, es cual misteriosa maga enamorada de lo
excelso. Pero cantor reflexivo, que buscaba ambiente y popularidad
por medios naturales, no hay en versos, que suelen mostrársenos
mejor sentidos que trazados, rasgos amanerados ni exóticos. Viven
los poetas, sobre todo en la primera época de su juventud, vida de
ilusiones, en la que los grandes afectos imprimen sello definitivo;
el mundo en que los cantores se agitan, no es éste, grosero,
positivista y profundamente falso que a todos nos toca; el cultivo
gradual de su inteligencia, las influencias de las lecturas y la
subjetividad los conduce la reflexión de los dolores propios o
ajenos, les hace ver en lo humano colores hermosos que solo existen
en su imaginación.
Prístina edad, misteriosa, que, dando frutos y flores, nos
revela el genio y la sublimidad del cantor.
A Vargas Tejada no le tocó marchitar sus laureles trocando por
otros sus buenos y generosos sentimientos; murió llevándose
intactas las cuerdas de su arpa apacible, soñadora, amante.
Hoy mismo no puede dejar de sorprendernos la suma erudición
literaria que adquirió aquel joven de 27 años de edad. Sus
biógrafos nos hacen saber que aprendió en corto tiempo los idiomas
inglés, italiano y alemán, habiendo logrado hacer c posiciones no
despreciables en el último de dichos idiomas. También agregan que
hizo estudios de griego y hebreo. La causa del pueblo le apartó un
tanto de las regiones serenas de la poesía. Se dejó llevar de la
efervescencia que en 1828 agitaba la sociedad bogotana, dio entrada
en su pecho al odio repulsivo que inspiraba la política dominadora
y exclusivista del General Bolívar, y con hombres de la importancia
y talento de Mariano Ospina, Florentino González, Juan Nepomuceno
Azuero y Ezequiel Rojas, tomó parte en la execrable jornada del 25
de septiembre.
Para no caer en manos de los que le habrían hecho pagar con la
vida su arrebatado amor por la libertad, huyó a una hacienda
lejana, situada por los lados de la laguna de Fúquene, donde buscó
refugio en la escondida cueva de un bosque. Allí el desdichado
bardo se consideraba tan alejado para siempre mundo, de tal suerte
perdió la esperanza de renacer a la alegría, la vida del sol y del
amor, que se resignó a transformarse humilde anacoreta: castigó su
cuerpo con la privación de lo que podía alimentarlo mejor; diose a
la reflexión intensa de la inutilidad de las grandezas humanas, y
en el fondo de su alma perdonó aun a los mismos que creía eran los
autores de su desgracia y de los males que afligían a la
patria.
En tan apartado y escondido retiro, en donde duró un año firmaba
sus composiciones con el seudónimo de Eufilos. En aquella soledad
compuso y escribió, con la bella letra que tenía, tragedia
Doraminta. La de Aquimín se representó algunas veces en el teatro
de Bogotá, y es posible que existía manuscrita. La titulada
Sugamuxi, que en nuestros días pudiera aprovechan para la escena
lírica, no obstante que su argumento no responde ninguna tradición
indígena, ni es, literalmente juzgado, apreciable, la incluyó D.
José Joaquín Ortiz, con el sainete, Las Convulsiones, en la
colección de Poesías de Vargas Tejada, que publicó en Bogotá en
1857. También se afirma que había compuesto otras dos: Zaquesazipa
y Witikindo, todas en cinco actos y en verso.
Estas tragedias están ya olvidadas, y como piezas de teatro,
pasadas de moda. Pero la obra suya que vive siempre fresca,
retozona, espiritual es el sainete o entremés Las Convulsiones.
Escrita en endecasílabos, fue representada por primera vez en el
teatro de Bogotá el 7 de junio de 1828
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(1)
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"iQue terquedad de gentes ¡Que demencia!
Perderse el mejor trozo de elocuencia
Que sugirió la escuela de Triana!
No escuchar la oración ciceroniana,
Que en estilo escribió de caramelo
Por proclama el dulcísimo Sotelo!
Devolver del Rey Pepe los oficios!
Y, al fin, de sus satélites novicios
Hacer volver atrás una barcada
Sin dexarles salir con su embaxada!..."
En ella mostró el cantor condiciones de poeta satírico; quiso
censurar la costumbre que privaba en las muchachas de la clase
educada, quienes, para librarse un tanto del yugo paterno y del
encierro a que se les sometía, fingían ser presa de convulsiones,
mal que naturalmente se difundió y que se resistía a los remedios
de los facultativos, mientras cedían a las diversiones y al
matrimonio. El poeta, con su aguda sátira, acabó con aquel
engaño.
Tanta es la visión cómica, la natural y briosa desenvoltura con
que, están escritas Las Convulsiones -rasgo este tan digno de
señalarse en tiempos de apocamiento del arte-, que no han logrado
escritores posteriores sobrepujar, por este lado, la creación
humorística del desgraciado vate.
Suponemos que la primera edición de esta sátira apareció en
1828, y fue reimpresa por la imprenta de Morales y García en
1851.
Vargas Tejada compuso también dos monólogos que se publicaron:
La madre de Pausanias y Catón en Utica. Este fue escrito para las
fiestas nacionales de La Mesa, en diciembre de 1826, y apareció en
el número 59 de El Conductor, de Bogotá. Comenzaba así:
Inútiles han sido mis esfuerzos:
Al fin triunfar el despotismo logra,
Y delante del César, abatida,
Yace en el polvo la soberbia Roma.
"Es tanto mayor el mérito de nuestro bardo cuanto le tocó pulsar
la lira en una época esencialmente prosaica y ajena al comercio de
las musas, cual fue la tercera década del siglo, en que solo
descollaban, por lo general, militares, estadistas, políticos,
diplomáticos y hombres de foro y de tribuna: época que, contando
desde el año de 10, pudiera llamarse la edad media de nuestra
literatura, así como los cantos de Vargas Tejada pudieran decirse
con propiedad los albores del Renacimiento.
"De cuanto llevamos dicho acerca de la situación persona de
Vargas Tejada en su adolescencia y del modo singular con que
cultivó su espíritu en medio de tristes emergencias, de ahogos y
penurias, y luchando con la dura condición de los tiempos, da
testimonio él mismo en su epístola a los poetas castellanos"
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(2)
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(1)
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Una sátira cómica en verso,
publicada en la Imprenta Real de Cádiz en 1810, con el título de
Desenfado Patriótico, y alusiva a la lucha entre franceses y
españoles, pudo influir en la composición y gusto del sainete Las
Convulsiones. Véase el principio de la aludida composición
española.
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(2)
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| Luis Vargas Tejada. Noticia biográfica por D. José Caicedo
Rojas.
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