GONZALO JIMENEZ DE QUESADA
Hay en estos momentos un deseo general por conocer y apreciar
cuanto se refiere al desarrollo literario de Colombia. La
propaganda de las ideas por medio de la prensa fue durante algunos
años en nuestro país tarea de ilustrados espíritus, labor honesta,
fecunda y civilizadora, a favor de la cual probablemente tomaron
forma y se organizaron los partidos, se desarrolló la necesidad de
la lectura y se tomó gusto y afición a las creencias de la
inteligencia.
A medida que el tiempo transcurre, van borrándose las huellas de
algunos ingenios laboriosos y preclaros que buscaron el modo de
hacerse útiles a sus compatriotas, transmitiéndoles sus
conocimientos y el caudal de su experiencia. Hay que recoger en un
solo grupo los nombres de aquellos varones que, en los albores de
nuestra existencia política y social, ayudaron a ilustrar la mente
con sus escritos y echaron las bases del movimiento intelectual de
que hoy nos ufanamos.
La primera figura que se presenta en el escenario es la del
conquistador Gonzalo Jiménez de Quesada. Este fundó la ciudad de
Bogotá el 6 de agosto de 1538, al pie de los empinados y desnudos
cerros de Monserrate y Guadalupe, en el sitio denominado Bacatá, en
idioma chibcha, término o remate de labranz y quiso que el país que
había descubierto -y que perteneció los dominios de España hasta
1810- se llamase Nuevo Rey de Granada, en recuerdo de las vegas de
Granada, en donde conquistador español había nacido, y también por
la semejan que encontró entre la Sabana y aquella fértil región de
Iberia.
Quesada y los ciento sesenta y seis hombres que le acompañaron a
penetrar hasta el antiguo imperio de los zipas (ir pero cuya
capital era Funza, en la sabana de Bogotá), fuera recibidos de paz
por los indios, y solo así se comprende q hubieran salvado la vida
aquellos aventureros en medio de pueblos numerosos, que si no
disponían de pólvora y de arcabuces no carecían de indomable valor
y constancia como luego tuviera ocasión de mostrarlo. Mucho se ha
repetido que los caballos los españoles amedrentaban a los
naturales del país, y esto puede influír al principio -como causa
secundaria- para que no metiesen con ardor; pero este mismo hecho y
las continuas demostraciones de agasajo con que acogieron a los
españoles, ponen de manifiesto la índole pacífica de los
indios.
Las numerosas construcciones que tenían, tan poéticamente
dispuestas que hicieron exclamar a Quesada que este era el Valle de
los Alcázares; las finas mantas con que se cubrían y el respeto que
les inspiraban los representantes de la autoridad, dan testimonio
sobrado de que ese pueblo estaba muy lejos de ser bárbaro. Es
presumible que la sorpresa que en ellos produjo la entrada a sus
tierras de gentes desconocidas, despertase vivamente su curiosidad,
lo que no debió escaparse a la penetración del Conquistador, que
era hombre de mundo y ambicioso, dotad seguramente de poderosa
labia, que no descuidaría en los primeros momentos, a fin de hacer
que los intérpretes abultasen a los gobernantes indios el esplendor
y la fuerza de la Corte del monarca español.
La obra de reducción les fue a Quesada y a sus compañeros
relativamente fácil, y si el primero expuso su vida en azarosos
combates, principalmente cuando pretendió buscar el país de El
Dorado, en lucha con los Omeguas, vese bien que a ello lo llevaba
la codicia; el ansia de conseguir oro. Las proporciones de la
Conquista tuvieron que ser exageradas por los españoles que
tornaban al suelo natal, y quién sabe si el desdichado fin de
algunos príncipes de estas comarcas no fue sino resultado del
siniestro plan de los mismos dominadores del suelo, temerosos de
que las autoridades de España les concedieran más tarde vasallaje y
dominio a los que tan mansamente acataban una autoridad que se
encontraba a miles de leguas
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Quesada no logró en la Corte obtener del Rey el título que
ambicionaba para dominar de derecho la tierra que había
descubierto, y en la cual sus dos hermanos, en ausencia suya,
obraban con amplia libertad, con tanta, que el adelantado D. Luis
Alonso de Lugo, vio se en el caso de reprimir sus desmanes: púsolos
en prisión enviándolos luego a España, mientras el conquistador
disfrutaba en Madrid, en París y en algunas ciudades de Italia de
vida disipada de galantuomo, y distribuía con liberalidad las
riquezas que tan fácilmente había acumulado en Nueva Granada.
La sumisión religiosa que los conquistadores impusieron a los
antiguos habitantes de este suelo, queda comprobada con el hecho de
que un abogado y hombre de espada como Jiménez de Quesada,
compusiera una Colección de sermones con destino a ser predicados
en las festividades de Nuestra Señora. También escribió un
compendio historial o Ratos de Suesca, que era, según colige, la
relación de la conquista y guerras posteriores lista de los
conquistadores y encomenderos que existían a tire de escribir su
relato. Cortos fragmentos de ese resumen hi rico, citados por Plaza
y Acosta, han llegado hasta nuestros d pero desgraciadamente el
manuscrito se perdió sin imprimir. Es posible que los sermones
lograran los honores de la publicidad y que sean los que figuran en
una colección en dos tomos, publicada en Santa Fe de Bogotá hacia
1828, sin nombre de autor.
La siguiente reflexión es de la pluma del historiador Vergara,
quien alcanzó a recoger tradiciones orales de hombres notables
descendientes de españoles, pero patriotas, por vivir n apegados a
las cosas de su tierra, no obstante que se les llena la boca de
agua al apellidar madre patria a la Península.
"En general, los hombres que fundaron nuestra sociedad eran
incultos soldados que desde su más temprana edad estan en los
campamentos, siguiendo la vida agitada del Emperador."
Y Rodríguez Fresle, hombre de agudo ingenio y que no con donaire
la pluma de historiador anecdótico, dijo:
"Eran tan ignorantes, que los Cabildos que hacían los firmaban
con el fierro con que herraban las vacas"
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La vida moral de estos indios y
policía suya, es de gente de mediana razón, porque los delitos
ellos los castigaban muy bien, especialmente el matar y el hurtar y
el pecado nefando, de que son muy limpios, que no es poco para
entre indios, y así, hay horcas por los caminos y más hombres
puestos en ellas que en España.
M. Jiménez de la Espada, Epítome de
la Conquista del Nuevo Reyno de Granada.
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Es posible que tales palabras
aparezcan hoy como figura de n rica. Pero si se quiere comprobar
con un hecho auténtico el salvajismo algunos de los españoles de la
conquista, véase la primera parte de Noticias Historiales del Padre
Simón. Léese allí el caso del soldado Francisco Martín, quien
después de haber recibido con sus compañeros auxiliar de cuatro
indios que acudieron en una canoa a llevarles abundantes pasiones,
con qué calmaran el hambre, trataron de darles muerte a todos no
pudiendo lograrlo sino respecto de uno, lo quemaron en una hoguera
y luego se lo comieron.
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