ISIDORO LAVERDE AMAYA
Muy pocos datos existen acerca de la vida de Isidoro Laverde
Amaya, escritor colombiano que aparece en el último tercio del
siglo pasado, y que dejó una obra estimable, como crítico e
historiador. Las referencias de sus contemporáneos a este
benemérito son tan escasas, que en nada esclarecen su biografía, y
las investigaciones actuales han tropezado, como es obvio, con la
ausencia de esas informaciones, únicas que podrían dar luz acerca
de Laverde Amaya. El mismo Gómez Restrepo, tan acucioso, no
consigna más que dos o tres datos biográficos de menor importancia.
Es una lástima, en verdad, que no podamos reconstruír, siquiera en
mínima parte, la vida de este escritor, tan honesto y estudioso,
que logró salvar datos preciosos para la historia de nuestra
literatura, y a quien debemos páginas de ejemplar seriedad.
Uno de los trabajos más interesantes que acometió Laverde Amaya
fue este que el lector tiene entre manos, trabajo que bien merecía
los honores de la reimpresión, como acertadamente lo ha hecho el
Banco de la República, por inteligente recomendación del doctor
Jaime Duarte French, director de la Biblioteca Luis Angel Arango, y
del magnífico Boletín que le sirve de órgano de publicidad. No era
justo que durmiese en el olvido esta obra meritoria, que de hoy en
adelante servirá no solo a los estudiantes del país, sino a todos
los amantes de nuestra literatura, no obstante los trabajos
posteriores de Gómez Restrepo que, en cierta manera, son la
coronación y el remate del patriótico intento realizado por Laverde
Amaya.
Esta "Ojeada Histórico-Crítica de la Literatura Colombiana"
responde cabalmente a su título. No cree Laverde Amaya que pueda
desentenderse el historiador del pensamiento literario de un país,
de los hechos sociales que, frecuentemente, explican ese
pensamiento, ni que la literatura pueda ir por un cauce diferente
de aquel por donde fluye la crónica viva de un pueblo. Para La-
verde Ama ya la literatura no es más que una de las varias ex
presiones de la raza, y, por lo tanto, su historicidad es tan
auténtica e inapelable como puede ser el recuento de las batallas,
o de las luchas políticas en el seno de la sociedad. Es la historia
misma que ofrece dos caras, la una vuelta hacia el espíritu y la
otra vuelta hacia la acción, sin que falten momentos en que estos
dos aspectos se suman en la expresión de un mismo perfil. Así ha
ocurrido frecuentemente en Colombia. Nuestra literatura ha sido, en
ocasiones, rasgo vivo de la conciencia social, cristalizado e
formas nobles de expresión literaria. Algunos versos de José
Eusebio Caro, de Julio Arboleda, de Núñez, de Ortiz, de Carlos
Arturo Torres, han sido chispas desprendidas de la hoguera d
nuestras luchas cívicas, y gritos del combate, que hallaron re
percusión eterna en las liras. Y esto se cumple no solo en lo
relativo a la poesía. Páginas enteras de novelas y de ensayos que
nacieron, al parecer, en la tranquilidad de un gabinete de estudio,
conservan en su estilo las palpitaciones de la vida nacional, por
haber sido concebidas al calor de nuestras empresas
revolucionarias. Los ejemplos abundan, y no es esta sencilla nota
in formativa el lugar adecuado para su enumeración y análisis.
Pues a este método histórico se ciñe Laverde Amaya en s' reseña
de nuestra literatura, y por eso es frecuente hallar, en estas
páginas, más referencias a sucesos de la época y a las condiciones
del ambiente en que se movieron los escritores, que apreciaciones
críticas sobre esos literatos, algunos de los cuales solo merecen
ligeras y vagas alusiones. No logró Laverde Ama ya, y era imposible
que lo lograse, dado su tiempo y la cultura relativamente escasa
que pudo acopiar en su Santa Fe rezagada, la síntesis admirable que
luego lograron algunos críticos extranjeros de esos mismos días,
consistente en fundir el personaje con su tiempo, haciendo entrar
las corrientes colectivas en la con ciencia del autor estudiado, y
logrando que estas mismas corrientes se orientasen, por acción
contrapuesta, de acuerdo con la conciencia moral en que se
reflejaron. Es una acción recíproca entre sociedad e individuo, que
explica todos los movimientos de la historia. A esto no podía
llegar Laverde Amaya, a quien debemos considerar como a un crítico
de la antigua escuela literaria, demasiado empeñada en sujetar a
ciertos cánones exteriores la producción intelectual.
Pero, en lo que podríamos llamar el abastecimiento de datos y
referencias personales, Laverde Amaya es altamente recomen dable.
Allí están, para demostrarlo, dos capítulos de esta obra: el
referente a los orígenes del periodismo colombiano, y el
relacionado con el nacimiento y desarrollo del teatro nacional. Las
noticias consignadas sobre estos dos grandes sucesos son preciosas,
y de ellas se han valido algunos historiadores posteriores, sin
citar a Laverde Amaya. Algunas de esas noticias se han ido
olvidando, de modo que la reimpresión del presente libro sirve para
colocarlas de nuevo en su sitio, supliendo, así, la deficiencia de
textos y manuales, relacionados con nuestra literatura.
Muchas lagunas tiene este ensayo crítico-histórico de La- verde
Amaya, pero se advierte que su falta de método es debido, quizás, a
lo afanoso y difícil de sus pesquisas, no obstante su ha bilidad
reconocida para expurgar archivos y notarías. Se echa de ver,
igualmente, que todas sus figuras ocupan el primer plano, y a todas
concede igual importancia, aplicando la misma medid a Lázaro María
Pérez y a Rafael Pombo, por ejemplo, cosa que es, para emplear una
reminiscencia virgiliana, como confundi al enhiesto ciprés con la
zarza que lo circunda. Con todo, repite se trata de un libro útil y
patriótico, escrito con generosidad entusiasmo, y que bien merecía
salir del olvido en que había estado por culpa, principalmente, de
quienes se habían aprovechad de sus datos. No era prudente
denunciar tan preciosa mina.
Superior a esta reseña de nuestra literatura es el otro libro de
Laverde Amaya titulado "Fisonomías Literarias de Colombianos" y que
fue publicado en Curazao, por A. Bethancourt Hijos, hacia 1890. Se
trata de una serie de estudios que, posible mente, corresponde a la
madurez intelectual de Laverde Amaya así como su anterior escrito
parece haber sido obra de juventud Las "Fisonomías" que pasan por
esas páginas son Mario Valenzuela Daniel Mantilla, Eugenio Díaz,
Rafael Eliseo Santander Juan de Dios Restrepo, Carlos Posada,
Manuel Ancizar, Nicoló. Pardo, Luciano Rivera y Garrido, Medardo
Rivas, Ricardo Silva José María Angel Gaitán, Lázaro María Pérez,
Rafael Pombo Rafael Núñez. Varios de estos escritores viven
exclusivamente por el recuerdo que les consagró su generoso
biógrafo, pues s obra no ha sobrevivido al tiempo. Entre estas
"fisonomías" sol han perdurado, con gloria creciente, Rafael Pombo,
Rafael Nuñez y Manuel Ancízar. A estos dos últimos los salvó su
obra d sociólogos y de filósofos. Y aquí cabe repetir una
observación hecha antes, o sea, que Laverde Amaya se dejó seducir
por e brillo momentáneo que alcanzaron algunos de sus
contemporáneos. No lo acusemos, por eso, de poco perspicaz. Es muy
difícil casi imposible, sustraerse al espejismo del presente. Como
viendo reflejados, en nuestros contemporáneos, muchos de nuestros
propios ideales y aspiraciones, creemos que la obra en que ellos
ha? encarnado estas aspiraciones comunes, se prolongará en el
tiempo; pero el egoísmo suele engañarnos. Todo pasará, menos
aquello que refleje una modalidad constante del hombre o de la
naturaleza. Adivinar esto, en el conflicto de los intereses y
pasiones propios de la vida humana, solo es privilegio de ciertos
genios de la crítica, que se anticipan al porvenir en sus juicios y
predicciones. Laverde Amaya, desde luego, no pertenecía a esta
familia de espíritus.
El libro de las "Fisonomías" se lee con agrado y es muy útil
para el conocimiento de una época. importante de la vida,
colombiana. Si no era aquello una constelación de cíclopes, porque
el cielo de la epopeya había dado ya la vuelta, sí aparecían en el
horizonte estrellas nuevas, que eran mensajeras de la perpetua
renovación del tiempo. Pero sucede con este libro de Laverde Amaya
más o menos lo mismo que con su esbozo de la literatura colombiana:
lo histórico o lo simplemente anecdótico ahogan el contenido
crítico. Algunos de esos estudios, por ejemplo el con sagrado a
Pombo, es una interesante divagación sobre aspectos muy adjetivos
de la vida del poeta; pero de la magnitud de su obra poco o nada se
le alcanza a Laverde Amaya. En el momento de su mayor penetración
crítica solo alcanza a decir lo siguiente:
"Pretender citar lo mejor, entre lo mucho bueno que ha escrito,
es empresa dificultosa, porque lo cierto es que todas las
composiciones nos atraen con el influjo magnético que inspira la
belleza. Pero no puede negarse que cuando él se empeña en poner a
nuestra vista la virginal ternura de un corazón de quince abriles,
y con mano delicada levanta el velo que oculta los ensueños de tan
dichosa edad, entonces su pleito resuena con notas tan inspiradas,
que creeríamos oír música celestial que llega hasta nosotros como
mensaje de otro mundo mejor".
No puede negarse que cuanto dice Laverde Amaya, en ese escrito,
acerca de Pombo, es interesante y muy aprovechable para fijar
algunos rasgos de la persona física y social del gran poeta, Y esto
mismo podríamos decir de la mayor parte de los personajes enfocados
en estas "Fisonomías Literarias de Colombia", teniendo en cuenta
que, dado el título del libro, acaso e autor solo aspiró a trazar
esbozos amenos e interesantes, dejando a otros la labor del
análisis. Si esto es así, Laverde Amaya cumplió a cabalidad su
propósito. También es agradable, tratándos de hombres notables y
muy alejados de nosotros por el tiempo tener testimonio fehaciente
de algunos rasgos de su vida práctica y de su comportamiento
social, de su acción política, de su usos y costumbres y hasta de
sus caprichos personales, todo l cual explica, en parte, la obra e
ilumina la sicología del autor Es bueno que se nos presenten
hombres y no simplemente auto res, como decía Pascal, pues ello
pone de manifiesto las vinculaciones que todos tenemos con los
genios, a fuera de humanos; por el procedimiento no debe
exagerarse, pues, en todo caso, lo que vale y cuenta en el balance
histórico es la obra intelectual, y n las particularidades de la
persona, por muy interesantes que sean Probablemente el
conocimiento que Laverde Amaya tuvo de lo hombres a quienes
estudia, con muchos de los cuales estuvo u gado por estrecha
amistad, le llevó a relievar particularmente ciertos aspectos
sociales que hoy no interesan, o a dejarse engañar por la alta
representación política o burocrática que algunos de ellos
tuvieron, pensando que esas circunstancias garantizaban,
igualmente, la bondad de la obra literaria. A eso se halló expuesto
quien ejerce la crítica en relación con sus contemporáneos. Solo la
muerte despeja el campo a quienes se levantan con jueces de las
generaciones humanas.
No tiene el estilo de Laverde Amaya condiciones distintas de su
claridad y corrección, lo que ya es bastante para acreditar c un
literato. Nuestro crítico escribe sin preocuparse por el relieve de
las frases, por la agudeza de la expresión, por lo acertado d las
comparaciones. Es una prosa llana, a veces didáctica, a veces
escolar, que cumple con su oficio de trasmitimos lealmente e
pensamiento del autor. Pero como este pensamiento generalmente es
pobre, la prosa adolece, como es natural, del mismo defecto. Ya
empezaba, en los días de Laverde Amaya, a cultivarse en América la
prosa estética, aún la referente a la crítica, pero pa rece que el
autor de las "Fisonomías" no advirtió el fenómeno, o carecía de las
facultades necesarias para darle a sus escritos la riqueza verbal
que, por entonces, parecía de rigor en América. Tampoco hay que
culpar por esto a Laverde Amaya. Cada cual escribe como puede.
Nuestro autor procedía de la generación anterior al modernismo, y
es posible que solo hubiese leído a unos pocos autores españoles de
mediados del siglo pasado. No podía, pues, anticiparse a su época,
en materia de estilo. Tomémoslo, pues, tal como es, y ponderemos
debidamente lo que hay de meritorio en su prosa que, por lo menos,
no engaña con artificios estilísticos, ni desconcierta al lector
con fraseologías de moda. Como
Laverde Amaya era hombre serio, acaso demasiado serio, no deja
de elevarse a consideraciones acertadas, de carácter general, que,
sin revelar gran profundidad de pensamiento, denotan cierto poder
especulativo. Por ejemplo:
"Y, lo repetimos, desgracia o progreso, hasta en los versos se
busca la enseñanza, se quiere encontrar en los cantos del bardo la
fórmula del adelanto social, y esta no puede ser otra, en el siglo
de las ideas, que la filosofía aplicada a nuestros dolores y
alegrías, de modo que, en nuestro entender, aquel que logre
levantarse a mayor altura en la interpretación de los humanos
sentimientos, tendrá que ser, necesariamente, poeta
filosófico".
En otro de esos estudios encontramos este párrafo:
"A las ideas políticas de entonces, todas de innovación y
cambio, vinieron a agregarse, en el campo de las letras, las de la
moderna escuela romántica que principiaba a ganar innumerables
prosélitos, echando hondas raíces en el corazón de los noveles
autores, y creando en el público marcado gusto por la nueva forma
literaria. De modo que, por ese tiempo, el que no era reformador
político era, por lo menos, imitador de Zorrilla y de Espronceda. Y
quizá todo coincida para que el romanticismo ganase en el favor
público, así como por momentos aumentaba la admiración más pura y
el culto fervoroso que esa nueva forma literaria, tan bella y
seductora, despertaba en todos".
Es muy verídica esta observación que hace Laverde Ama
a propósito de don Rafael Pombo:
"Pero su personalidad literaria, su genio poético, el exquisito
y probado amor a las bellas artes que domina su noble y generoso
corazón, su decisión por la justicia y las conveniencias sociales,
encuentran una valla, un obstáculo, un tropiezo continuo que suele
entibiar la popularidad de su nombre y debilitar la influencia de
su acción. Ejemplo curioso es este, que corrobora que nuestra
existencia social es más de parroquia que de ciudad. Esa causa de
parcial impopularidad proviene de que vemos al poeta todos los
días. El genio cautiva, inspira instintivamente respeto y
admiración; pero cuando le tratamos de cerca, cuando le vemos al
alcance de los demás y sujeto, como todo el mundo, a las leyes
imperiosas de la flaca naturaleza, se amortigua la ilusión, se
desvanece el misterioso encanto, y vuelve a imperar en nuestro
juicio la glacial indiferencia".
Consideraciones como esta, hechas al margen de las idea
propiamente críticas, abundan en la obra de Laverde Amaya, aún
cuando pudiéramos hoy considerarlas corno lugares común indican que
el autor de las "Fisonomías" aspira a ser algo m que un biógrafo. Y
en ocasiones lo consigue, pero violentando su naturaleza, porque
nuestro autor solo despliega todos los recursos de su estilo y de
su imaginación en el campo de los afectos personales. Cuando se
refiere a la juventud de sus autores predilectos y la relaciona con
la suya propia, evocando recuerdos comunes, e ilusiones y proyectos
acariciados al calor de las aulas o al amparo de las primeras
luchas periodísticas; cuando evoca épocas que le parecieron
mejores, o fechas que le traen memorias de triunfos personales o
ajenos, entonces Laverde Amaya se olvida de que es crítico, o
aspira a serlo, y se deja llevar por el río de los recuerdos,
indiferente al remo y a los peligros de la navegación. ¡ Y qué
contrariedad cuando un golpe sobre la arena le hace abrir los ojos
de pronto! No recuerdo, a punto fijo, si Laverde Amaya hizo versos,
pero es casi seguro que los hiciese porque había en su temperamento
un buen caudal de emociones que, poco aptas para ser llevadas a la
crítica, debieron derivar hacia la expresión rimada. Serían versos
muy de la época, tocados del romanticismo fácil que pusieron de
moda los poetas de segundo orden, y que llegó a crear prejuicios de
vana sensiblería aun en torno a la obra de un lírico tan inspirado
como Pombo, quien escribió poemas que Víctor Hugo hubiera firmado
con orgullo. Pero así acontece cuando algunas formas literarias se
socializan demasiado, como sucedió con este romanticismo que
pertenece a la decadencia de la escuela y que, en Colombia, se
confundió, durante algún tiempo, con el sentir del pueblo y con los
modos más populares de la expresión idiomática.
Tal es, según nuestro leal saber y entender, este don Isidoro
Laverde Amaya, cuya rehabilitación se inicia po' medio de este
libro, en buena hora reimpreso. Hace algún tiempo don Rubén Pérez
Ortiz leyó en la Academia Colombiana un trabajo biográfico y
bibliográfico sobre Laverde Amaya que es verdaderamente exhaustivo,
y al cual debe recurrir quien desee obtener datos sobre el autor de
esta reseña de la literatura colombiana. El presente escrito va
enderezado, igualmente, a rescatar del olvido la simpática memoria
de este escritor, tan honesto, tan responsable, tan patriota, y,
principalmente, tan útil para quienes se hacen conocer
pormenorizadamente épocas notables de nuestra historia literaria, o
recordar a algunos escritores ya olvidad pero acerca de los cuales
trazó Laverde Ama semblanzas e, honradas. Fue don Isidoro un hombre
bueno y desinteresado, en lucha siempre con la adversa fortuna, que
no pi vencerlo. Esto demuestra el firme temple de su carácter, ya
no se acobardó ante la realización de una obra literaria-acaso--
solo puedo encomendar al tiempo y a la esperan Pero ya estamos
viendo que no fueron vanos sus votos.
RAFAEL MAYA