INDICE





ISIDORO LAVERDE AMAYA

CAPÍTULO I
GONZALO JIMENEZ DE QUESADA

CAPÍTULO II
JUAN DE CASTELLANOS

CAPÍTULO III
JUAN RODRIGUEZ FRESLE

CAPÍTULO IV
LUCAS FERNANDEZ DE PIEDRAHITA-JUAN FLOREZ DE OCARIS-ALONSO ZAMORA

CAPÍTULO V
LA MADRE FRANCISCA JOSEFA DE LA CONCEPCION Y CASTILLO

CAPÍTULO VI
MANUEL DEL SOCORRO RODRIGUEZ

CAPÍTULO VII
LOS CIRCULOS LITERARIOS. CALDAS Y EL SEMANARIO JOSE FERNANDEZ MADRID

CAPÍTULO VIII
EL PERIODISMO EN LOS PRIMEROS AÑOS DE LA REPUBLICA

CAPÍTULO IX
LOS CONVENTOS-JOSE MARIA SALAZAR

CAPÍTULO X
JOSE MARIA GRUESSO-JUAN GARCIA DEL RIO-LUIS VARGAS TEJADA

CAPÍTULO XI
MANUEL MARIA MADIEDO. EL AMBIENTE SOCIAL DE SANTA FE

CAPÍTULO XII
LA CRITICA LITERARIA-LAS INFLUENCIAS EXTRANJERAS

CAPÍTULO XIII
DON JOSE MANUEL RESTREPO Y SU OBRA LITERARIA

CAPÍTULO XIV
DON JOSE MANUEL RESTREPO

CAPÍTULO XV
EL PRESBITERO MATALLANA Y LA VIRGEN DE LA PEÑA

CAPÍTULO XVI
EL DOCTOR FERNANDEZ SAAVEDRA Y LA ORATORIA SAGRADA

CAPÍTULO XVII
EL ARZOBISPO CAICEDO Y FLOREZ

CAPÍTULO XVIII
CAUSAS Y ORIGENES DE LA CULTURA COLOMBIANA

CAPÍTULO XIX
EL COLISEO - PRIMERAS REPRESENTACIONES TEATRALES

CAPÍTULO XX
EL COLISEO - PRIMERAS REPRESENTACIONES TEATRALES (continuacion)

CAPÍTULO XXI
EL COLISEO - PRIMERAS REPRESENTACIONES TEATRALES (continuacion del anterior)

CAPÍTULO XXII
EL COLISEO - PRIMERAS PRESENTACIONES TEATRALES (continuacion del anterior)

CAPÍTULO XXIII
EL COLISEO - PRIMERAS PRESENTACIONES TEATRALES (continuacion del anterior)

CAPÍTULO XIV
EL COLISEO - PRIMERAS REPRESENTACIONES TEATRALES (continuacion)

CAPÍTULO XXV
LORENZO MARIA LLERAS

CAPÍTULO XXVI
LORENZO MARIA LLERAS

CAPÍTULO XXVII
OTROS AUTORES DRAMATICOS

CAPÍTULO XVIII
EL PERIODISMO LITERARIO

CAPÍTULO XXIX
EL PENSAMIENTO DE BOLIVAR

CAPÍTULO XXX
LA INSTRUCCION PUBLICA COLEGIOS - BIBLIOTECAS - TEXTOS

CAPÍTULO XXXI
LA INSTRUCCION PUBLICA COLEGIOS - BIBLIOTECAS - TEXTOS (continuacion)
ISIDORO LAVERDE AMAYA
 

Muy pocos datos existen acerca de la vida de Isidoro Laverde Amaya, escritor colombiano que aparece en el último tercio del siglo pasado, y que dejó una obra estimable, como crítico e historiador. Las referencias de sus contemporáneos a este benemérito son tan escasas, que en nada esclarecen su biografía, y las investigaciones actuales han tropezado, como es obvio, con la ausencia de esas informaciones, únicas que podrían dar luz acerca de Laverde Amaya. El mismo Gómez Restrepo, tan acucioso, no consigna más que dos o tres datos biográficos de menor importancia. Es una lástima, en verdad, que no podamos reconstruír, siquiera en mínima parte, la vida de este escritor, tan honesto y estudioso, que logró salvar datos preciosos para la historia de nuestra literatura, y a quien debemos páginas de ejemplar seriedad.

Uno de los trabajos más interesantes que acometió Laverde Amaya fue este que el lector tiene entre manos, trabajo que bien merecía los honores de la reimpresión, como acertadamente lo ha hecho el Banco de la República, por inteligente recomendación del doctor Jaime Duarte French, director de la Biblioteca Luis Angel Arango, y del magnífico Boletín que le sirve de órgano de publicidad. No era justo que durmiese en el olvido esta obra meritoria, que de hoy en adelante servirá no solo a los estudiantes del país, sino a todos los amantes de nuestra literatura, no obstante los trabajos posteriores de Gómez Restrepo que, en cierta manera, son la coronación y el remate del patriótico intento realizado por Laverde Amaya.

Esta "Ojeada Histórico-Crítica de la Literatura Colombiana" responde cabalmente a su título. No cree Laverde Amaya que pueda desentenderse el historiador del pensamiento literario de un país, de los hechos sociales que, frecuentemente, explican ese pensamiento, ni que la literatura pueda ir por un cauce diferente de aquel por donde fluye la crónica viva de un pueblo. Para La- verde Ama ya la literatura no es más que una de las varias ex presiones de la raza, y, por lo tanto, su historicidad es tan auténtica e inapelable como puede ser el recuento de las batallas, o de las luchas políticas en el seno de la sociedad. Es la historia misma que ofrece dos caras, la una vuelta hacia el espíritu y la otra vuelta hacia la acción, sin que falten momentos en que estos dos aspectos se suman en la expresión de un mismo perfil. Así ha ocurrido frecuentemente en Colombia. Nuestra literatura ha sido, en ocasiones, rasgo vivo de la conciencia social, cristalizado e formas nobles de expresión literaria. Algunos versos de José Eusebio Caro, de Julio Arboleda, de Núñez, de Ortiz, de Carlos Arturo Torres, han sido chispas desprendidas de la hoguera d nuestras luchas cívicas, y gritos del combate, que hallaron re percusión eterna en las liras. Y esto se cumple no solo en lo relativo a la poesía. Páginas enteras de novelas y de ensayos que nacieron, al parecer, en la tranquilidad de un gabinete de estudio, conservan en su estilo las palpitaciones de la vida nacional, por haber sido concebidas al calor de nuestras empresas revolucionarias. Los ejemplos abundan, y no es esta sencilla nota in formativa el lugar adecuado para su enumeración y análisis.

Pues a este método histórico se ciñe Laverde Amaya en s' reseña de nuestra literatura, y por eso es frecuente hallar, en estas páginas, más referencias a sucesos de la época y a las condiciones del ambiente en que se movieron los escritores, que apreciaciones críticas sobre esos literatos, algunos de los cuales solo merecen ligeras y vagas alusiones. No logró Laverde Ama ya, y era imposible que lo lograse, dado su tiempo y la cultura relativamente escasa que pudo acopiar en su Santa Fe rezagada, la síntesis admirable que luego lograron algunos críticos extranjeros de esos mismos días, consistente en fundir el personaje con su tiempo, haciendo entrar las corrientes colectivas en la con ciencia del autor estudiado, y logrando que estas mismas corrientes se orientasen, por acción contrapuesta, de acuerdo con la conciencia moral en que se reflejaron. Es una acción recíproca entre sociedad e individuo, que explica todos los movimientos de la historia. A esto no podía llegar Laverde Amaya, a quien debemos considerar como a un crítico de la antigua escuela literaria, demasiado empeñada en sujetar a ciertos cánones exteriores la producción intelectual.

Pero, en lo que podríamos llamar el abastecimiento de datos y referencias personales, Laverde Amaya es altamente recomen dable. Allí están, para demostrarlo, dos capítulos de esta obra: el referente a los orígenes del periodismo colombiano, y el relacionado con el nacimiento y desarrollo del teatro nacional. Las noticias consignadas sobre estos dos grandes sucesos son preciosas, y de ellas se han valido algunos historiadores posteriores, sin citar a Laverde Amaya. Algunas de esas noticias se han ido olvidando, de modo que la reimpresión del presente libro sirve para colocarlas de nuevo en su sitio, supliendo, así, la deficiencia de textos y manuales, relacionados con nuestra literatura.

Muchas lagunas tiene este ensayo crítico-histórico de La- verde Amaya, pero se advierte que su falta de método es debido, quizás, a lo afanoso y difícil de sus pesquisas, no obstante su ha bilidad reconocida para expurgar archivos y notarías. Se echa de ver, igualmente, que todas sus figuras ocupan el primer plano, y a todas concede igual importancia, aplicando la misma medid a Lázaro María Pérez y a Rafael Pombo, por ejemplo, cosa que es, para emplear una reminiscencia virgiliana, como confundi al enhiesto ciprés con la zarza que lo circunda. Con todo, repite se trata de un libro útil y patriótico, escrito con generosidad entusiasmo, y que bien merecía salir del olvido en que había estado por culpa, principalmente, de quienes se habían aprovechad de sus datos. No era prudente denunciar tan preciosa mina.

Superior a esta reseña de nuestra literatura es el otro libro de Laverde Amaya titulado "Fisonomías Literarias de Colombianos" y que fue publicado en Curazao, por A. Bethancourt Hijos, hacia 1890. Se trata de una serie de estudios que, posible mente, corresponde a la madurez intelectual de Laverde Amaya así como su anterior escrito parece haber sido obra de juventud Las "Fisonomías" que pasan por esas páginas son Mario Valenzuela Daniel Mantilla, Eugenio Díaz, Rafael Eliseo Santander Juan de Dios Restrepo, Carlos Posada, Manuel Ancizar, Nicoló. Pardo, Luciano Rivera y Garrido, Medardo Rivas, Ricardo Silva José María Angel Gaitán, Lázaro María Pérez, Rafael Pombo Rafael Núñez. Varios de estos escritores viven exclusivamente por el recuerdo que les consagró su generoso biógrafo, pues s obra no ha sobrevivido al tiempo. Entre estas "fisonomías" sol han perdurado, con gloria creciente, Rafael Pombo, Rafael Nuñez y Manuel Ancízar. A estos dos últimos los salvó su obra d sociólogos y de filósofos. Y aquí cabe repetir una observación hecha antes, o sea, que Laverde Amaya se dejó seducir por e brillo momentáneo que alcanzaron algunos de sus contemporáneos. No lo acusemos, por eso, de poco perspicaz. Es muy difícil casi imposible, sustraerse al espejismo del presente. Como viendo reflejados, en nuestros contemporáneos, muchos de nuestros propios ideales y aspiraciones, creemos que la obra en que ellos ha? encarnado estas aspiraciones comunes, se prolongará en el tiempo; pero el egoísmo suele engañarnos. Todo pasará, menos aquello que refleje una modalidad constante del hombre o de la naturaleza. Adivinar esto, en el conflicto de los intereses y pasiones propios de la vida humana, solo es privilegio de ciertos genios de la crítica, que se anticipan al porvenir en sus juicios y predicciones. Laverde Amaya, desde luego, no pertenecía a esta familia de espíritus.

El libro de las "Fisonomías" se lee con agrado y es muy útil para el conocimiento de una época. importante de la vida, colombiana. Si no era aquello una constelación de cíclopes, porque el cielo de la epopeya había dado ya la vuelta, sí aparecían en el horizonte estrellas nuevas, que eran mensajeras de la perpetua renovación del tiempo. Pero sucede con este libro de Laverde Amaya más o menos lo mismo que con su esbozo de la literatura colombiana: lo histórico o lo simplemente anecdótico ahogan el contenido crítico. Algunos de esos estudios, por ejemplo el con sagrado a Pombo, es una interesante divagación sobre aspectos muy adjetivos de la vida del poeta; pero de la magnitud de su obra poco o nada se le alcanza a Laverde Amaya. En el momento de su mayor penetración crítica solo alcanza a decir lo siguiente:

"Pretender citar lo mejor, entre lo mucho bueno que ha escrito, es empresa dificultosa, porque lo cierto es que todas las composiciones nos atraen con el influjo magnético que inspira la belleza. Pero no puede negarse que cuando él se empeña en poner a nuestra vista la virginal ternura de un corazón de quince abriles, y con mano delicada levanta el velo que oculta los ensueños de tan dichosa edad, entonces su pleito resuena con notas tan inspiradas, que creeríamos oír música celestial que llega hasta nosotros como mensaje de otro mundo mejor".

No puede negarse que cuanto dice Laverde Amaya, en ese escrito, acerca de Pombo, es interesante y muy aprovechable para fijar algunos rasgos de la persona física y social del gran poeta, Y esto mismo podríamos decir de la mayor parte de los personajes enfocados en estas "Fisonomías Literarias de Colombia", teniendo en cuenta que, dado el título del libro, acaso e autor solo aspiró a trazar esbozos amenos e interesantes, dejando a otros la labor del análisis. Si esto es así, Laverde Amaya cumplió a cabalidad su propósito. También es agradable, tratándos de hombres notables y muy alejados de nosotros por el tiempo tener testimonio fehaciente de algunos rasgos de su vida práctica y de su comportamiento social, de su acción política, de su usos y costumbres y hasta de sus caprichos personales, todo l cual explica, en parte, la obra e ilumina la sicología del autor Es bueno que se nos presenten hombres y no simplemente auto res, como decía Pascal, pues ello pone de manifiesto las vinculaciones que todos tenemos con los genios, a fuera de humanos; por el procedimiento no debe exagerarse, pues, en todo caso, lo que vale y cuenta en el balance histórico es la obra intelectual, y n las particularidades de la persona, por muy interesantes que sean Probablemente el conocimiento que Laverde Amaya tuvo de lo hombres a quienes estudia, con muchos de los cuales estuvo u gado por estrecha amistad, le llevó a relievar particularmente ciertos aspectos sociales que hoy no interesan, o a dejarse engañar por la alta representación política o burocrática que algunos de ellos tuvieron, pensando que esas circunstancias garantizaban, igualmente, la bondad de la obra literaria. A eso se halló expuesto quien ejerce la crítica en relación con sus contemporáneos. Solo la muerte despeja el campo a quienes se levantan con jueces de las generaciones humanas.

No tiene el estilo de Laverde Amaya condiciones distintas de su claridad y corrección, lo que ya es bastante para acreditar c un literato. Nuestro crítico escribe sin preocuparse por el relieve de las frases, por la agudeza de la expresión, por lo acertado d las comparaciones. Es una prosa llana, a veces didáctica, a veces escolar, que cumple con su oficio de trasmitimos lealmente e pensamiento del autor. Pero como este pensamiento generalmente es pobre, la prosa adolece, como es natural, del mismo defecto. Ya empezaba, en los días de Laverde Amaya, a cultivarse en América la prosa estética, aún la referente a la crítica, pero pa rece que el autor de las "Fisonomías" no advirtió el fenómeno, o carecía de las facultades necesarias para darle a sus escritos la riqueza verbal que, por entonces, parecía de rigor en América. Tampoco hay que culpar por esto a Laverde Amaya. Cada cual escribe como puede. Nuestro autor procedía de la generación anterior al modernismo, y es posible que solo hubiese leído a unos pocos autores españoles de mediados del siglo pasado. No podía, pues, anticiparse a su época, en materia de estilo. Tomémoslo, pues, tal como es, y ponderemos debidamente lo que hay de meritorio en su prosa que, por lo menos, no engaña con artificios estilísticos, ni desconcierta al lector con fraseologías de moda. Como

Laverde Amaya era hombre serio, acaso demasiado serio, no deja de elevarse a consideraciones acertadas, de carácter general, que, sin revelar gran profundidad de pensamiento, denotan cierto poder especulativo. Por ejemplo:

"Y, lo repetimos, desgracia o progreso, hasta en los versos se busca la enseñanza, se quiere encontrar en los cantos del bardo la fórmula del adelanto social, y esta no puede ser otra, en el siglo de las ideas, que la filosofía aplicada a nuestros dolores y alegrías, de modo que, en nuestro entender, aquel que logre levantarse a mayor altura en la interpretación de los humanos sentimientos, tendrá que ser, necesariamente, poeta filosófico".

En otro de esos estudios encontramos este párrafo:

"A las ideas políticas de entonces, todas de innovación y cambio, vinieron a agregarse, en el campo de las letras, las de la moderna escuela romántica que principiaba a ganar innumerables prosélitos, echando hondas raíces en el corazón de los noveles autores, y creando en el público marcado gusto por la nueva forma literaria. De modo que, por ese tiempo, el que no era reformador político era, por lo menos, imitador de Zorrilla y de Espronceda. Y quizá todo coincida para que el romanticismo ganase en el favor público, así como por momentos aumentaba la admiración más pura y el culto fervoroso que esa nueva forma literaria, tan bella y seductora, despertaba en todos".

Es muy verídica esta observación que hace Laverde Ama

a propósito de don Rafael Pombo:

"Pero su personalidad literaria, su genio poético, el exquisito y probado amor a las bellas artes que domina su noble y generoso corazón, su decisión por la justicia y las conveniencias sociales, encuentran una valla, un obstáculo, un tropiezo continuo que suele entibiar la popularidad de su nombre y debilitar la influencia de su acción. Ejemplo curioso es este, que corrobora que nuestra existencia social es más de parroquia que de ciudad. Esa causa de parcial impopularidad proviene de que vemos al poeta todos los días. El genio cautiva, inspira instintivamente respeto y admiración; pero cuando le tratamos de cerca, cuando le vemos al alcance de los demás y sujeto, como todo el mundo, a las leyes imperiosas de la flaca naturaleza, se amortigua la ilusión, se desvanece el misterioso encanto, y vuelve a imperar en nuestro juicio la glacial indiferencia".

Consideraciones como esta, hechas al margen de las idea propiamente críticas, abundan en la obra de Laverde Amaya, aún cuando pudiéramos hoy considerarlas corno lugares común indican que el autor de las "Fisonomías" aspira a ser algo m que un biógrafo. Y en ocasiones lo consigue, pero violentando su naturaleza, porque nuestro autor solo despliega todos los recursos de su estilo y de su imaginación en el campo de los afectos personales. Cuando se refiere a la juventud de sus autores predilectos y la relaciona con la suya propia, evocando recuerdos comunes, e ilusiones y proyectos acariciados al calor de las aulas o al amparo de las primeras luchas periodísticas; cuando evoca épocas que le parecieron mejores, o fechas que le traen memorias de triunfos personales o ajenos, entonces Laverde Amaya se olvida de que es crítico, o aspira a serlo, y se deja llevar por el río de los recuerdos, indiferente al remo y a los peligros de la navegación. ¡ Y qué contrariedad cuando un golpe sobre la arena le hace abrir los ojos de pronto! No recuerdo, a punto fijo, si Laverde Amaya hizo versos, pero es casi seguro que los hiciese porque había en su temperamento un buen caudal de emociones que, poco aptas para ser llevadas a la crítica, debieron derivar hacia la expresión rimada. Serían versos muy de la época, tocados del romanticismo fácil que pusieron de moda los poetas de segundo orden, y que llegó a crear prejuicios de vana sensiblería aun en torno a la obra de un lírico tan inspirado como Pombo, quien escribió poemas que Víctor Hugo hubiera firmado con orgullo. Pero así acontece cuando algunas formas literarias se socializan demasiado, como sucedió con este romanticismo que pertenece a la decadencia de la escuela y que, en Colombia, se confundió, durante algún tiempo, con el sentir del pueblo y con los modos más populares de la expresión idiomática.

Tal es, según nuestro leal saber y entender, este don Isidoro Laverde Amaya, cuya rehabilitación se inicia po' medio de este libro, en buena hora reimpreso. Hace algún tiempo don Rubén Pérez Ortiz leyó en la Academia Colombiana un trabajo biográfico y bibliográfico sobre Laverde Amaya que es verdaderamente exhaustivo, y al cual debe recurrir quien desee obtener datos sobre el autor de esta reseña de la literatura colombiana. El presente escrito va enderezado, igualmente, a rescatar del olvido la simpática memoria de este escritor, tan honesto, tan responsable, tan patriota, y, principalmente, tan útil para quienes se hacen conocer pormenorizadamente épocas notables de nuestra historia literaria, o recordar a algunos escritores ya olvidad pero acerca de los cuales trazó Laverde Ama semblanzas e, honradas. Fue don Isidoro un hombre bueno y desinteresado, en lucha siempre con la adversa fortuna, que no pi vencerlo. Esto demuestra el firme temple de su carácter, ya no se acobardó ante la realización de una obra literaria-acaso-- solo puedo encomendar al tiempo y a la esperan Pero ya estamos viendo que no fueron vanos sus votos.

RAFAEL MAYA

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