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JILMA

Epílogo


Autores:

Felipe Perez


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INDICE


Capítulo I - Cómo se Funda un Gobierno
Capítulo II - El Oro y la Fuerza
Capítulo III - Los Éxtasis de Candia
Capítulo IV - El Retiro
Capítulo V - La Herencia de Luque
Capítulo VI - Una Vieja Amiga
Capítulo VII - La Entrevista
Capítulo VIII - Las Llanuras de Chupas
Capítulo IX - La Ejecucion
Capítulo X - El Secretario Rodriguez
Capítulo XI - Nobleza e Infamia
Capítulo XII - Llegada del Virrei
Capítulo XIII - El Sello Real
Capítulo XIV - El Caballero de la Capa Negra con Cabos de Plata
Capítulo XV - Las Dos Serpientes
Capítulo XVI - El Canto Salvaje
Capítulo XVII - El Viaje
Capítulo XVIII - El Crímen
Capítulo XIX - Oidor y Virei
Capítulo XX - Cepeda
Capítulo XXI - Valor i Dignidad
Capítulo XXII - Un Consejo Pedido i Rehusado
Capítulo XXIII - El Juramento
Capítulo XXIV - En Donde se Verá Quién era el Maese de Campo de Gonzalo
Capítulo XXV - La Recompensa
Capítulo XXVI - Extasis i Amor
Capítulo XXVII - Tipos Caballerescos del Siglo XVI
Capítulo XXVIII - La Vision
Capítulo XXIX - Exámen de Cuentas
Capítulo XXX - Quince Años Despues
Capítulo XXXI - El Castigo del Cielo
Capítulo XXXII - Muerte de Núñez
Capítulo XXXIII - Lo que Pasaba Entretanto en la Corte
Capítulo XXXIV - Pedro de la Gasca
Capítulo XXXV - Batalla de Xaquinxuana
Capítulo XXXVI - La Ejecucion
Epílogo
EPÍLOGO

Cepeda no tuvo mucho tiempo para disfrutar de su negra traicion. Mandado poner preso por el licenciado sobre el mismo campo de batalla, fué remitido a España en calidad de tal, i allí murió en la cárcel pública despues de haber hecho los mayores esfuerzos i puesto en juego las mas grandes astucias para salir bien ante la Córona.

Su traicion pues no sirvió sino para perder a Pizarro, sin ser bastante a salvarlo a él.

Refieren las crónicas de aquel tiempo que fueron mui crueles sus últimos momentos. El amor le habia sido contrario en Jilma, i la política amarga en el desenlace de todos sus intentos.

Murió pues como los infames, i no hubo una lágrima siquiera para su memoria ni una modesta flor para su tumba. Sobre ella no vinieron a cantar las aves ni a detenerse los céfiros; pero sí sopló el huracan, i la rodeó el yermo glacial de los lugares malditos.

Hinojosa murió asesinado a los dos años; i Pedro Valdivia, despues de haber dado asunto a la epopeya con sus inauditas hazañas en Chile, fué muerto por los indios indómitos de la Araucania, con una muerte mejor que todas las inventadas por los griegos en sus fantasías admirables sobre el Olimpó. Le hicieron tragar un crisol de oro derretido.

Esa muerte no es envidiable sino por los avaros.

En cuanto al Presidente Pedro de la Gasca, despues de haber marcado su paso en el Perú con la huella de sangre de sus ejecuciones, arregló el gobierno de las colonias segun los conséjos de una sabia política - sabia segun los sistemas i los alcances de entónces, i regresó luego a España envuelto en el mismo manto con que habia pasado a las Indias, a los cuatro años de haber salido de San Lucar, i conduciendo nada ménos que diez i nueve buques cargados de oro... Apesar de esto, Gasca no llevaba para sí ni un solo ducado. Los caciques peruanos i los caballeros de Lima le habian ofrecido a su salida enormes cantidades de plata i oro, pero él las habia rehusado siempre con el mayor desprendimiento.

Llegado a España pasó a Flándes donde estaba el Emperador, quien lo recibió con los mas lisonjeros como justos elojios, nombrándolo despues obispo de Palencia, silla que dejó en 1561 por la de Sigüenza, para venir a morir luego (año de 1567) en Valladolid despues de una vida ejemplar i ajustada siempre a los mas sanos principios de la relijion verdadera. Fué enterrado en Santa María Magdalena, iglesia que habia hecho construir a sus espensas i dotado mui liberalmente. Su estátua, colocada en este templo en hábito sacerdotal, llama la atencion del viajero por la belleza de su ejecucion.

Sobre su sepulcro fueron colocadas las banderas que ganó a Gonzaló Pizarro, i de las cuales no queda ya, como no queda del Pacificador, sino el polvo de la memoria entre los hombres.

En cuanto a la desolada Florazul, sabida la muerte de Candia, sacó los tesoros de Luque en compañía del fiel Perico, i pasó a España, donde los invirtió en fundaciones piadosas despues de haber tenido la desgracia de perder a su hijo Francisco de una enfermedad comun.

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