CAPITULO XXXII
MUERTE DE NÚÑEZ
La primera operacion del virei fué dirijirse a Túmbez, donde
desembarcó seguido de algunos amigos, entre los cuales se contaba
el oidor Alvarez, quien se decia arrepentido de su conducta pasada,
i dispuesto a seguir a Núñez en todos los trances de la peligrosa
campaña que iba a emprender.
El virei, ántes de lanzarse en una vía de abierta contradiccion
a Pizarro, pensó en que tal vez lo mas prudente era embarcarse para
España i hacer presente al Emperador la verdadera situacion del
Perú; pero no pudo ménos su altiveza de caballero castellano que
rechazar este medio por el fondo de cobardía que encerraba; i
prefirió volver a una lucha indudablemente desastrosa para él, que
esponerse a ser el blanco de las burlas de la nobleza i de la
corte.
Dió en Túmbez un manifiesto a los pueblos del Perú, en que les
hablaba de la manera mas decidida en contra de la usurpacion de
Gonzalo Pizarro, i los invitaba a nombre de la Corona a reunírsele
para vengar la nacion ultrajada. De Túmbez pasó a Quito, al traves
de caminos fragosísimos, casi siempre perdidos entre las nieves
ecuatoriales, i pasando las noches, las mas de las veces, bajo el
escaso ramaje de los pinos silvestres. Logró reunir pasadas algunas
semanas, mas de quinientos hombres de pelea, mal armados sin duda,
pero llenos de entusiasmo por la causa que defendian. Con estas
jentes alcanzó algunas lijeras victorias sobre las de Gonzalo; i
las cosas se pusieron en breve tan cambiadas, que el usurpador
creyó llegado el caso de salir él mismo en persona en busca de su
célebre contrario. Despachó al efecto seiscientos infantes sobre
Trujillo, i él se embarcó para el mismo punto el 4 de marzo de
1545.
Su objeto era encontrar al virei en la colonia de San Miguel i
librar en una sola batalla la suerte del Perú; pero Blasco Núñez no
pudo esperarlo, cual eran sus deseos, porque la mayor parte de los
soldados que lo acompañaban eran bisoños en el arte de la guerra, i
el solo nombre de Pizarro bastó para hacerlos palidecer. Emprendió,
pues, una retirada desastrosa, i que solo sirvió para poner de
manifiesto, una vez mas, la actividad i las cualidades estupendas
de Carvajal como soldado de la conquista. "Carvajal los seguia tan
de cerca, dice el historiador, que se apoderaba casi siempre de sus
equipajes, de sus municiones i hasta de sus mulas. El infatigable
guerrero les iba siempre a los alcances de dia i de noche sin
dejarles un momento de reposo, de tal modo que no desplegaban sus
tiendas, ni quitaban las sillas a sus caballos ni los dejaban del
diestro; i apénas el fatigado soldado cerraba los párpados, oía el
grito de alarma que le anunciaba que el enemigo habia entrado en su
campamento. Por todas partes quedaban soldados moribundos,
estenuados por el cansancio i por el hambre, caballos desjarretados
para que no pudiesen servir al enemigo; i para que nada faltase a
este cuadro de horrores, el virei hacia ahorcar en los momentos de
tregua, a los caballeros que lo seguian de quienes tenia fundados
motivos para creer que lo estaban traicionando con Pizarro. La
desconfianza era suma, i el castigo llegó hasta el mismo segundo de
Núñez. Tales suelen ser las crueles necesidades de la guerra!
Sobre Blasco Núñez, i como refrescando sus huellas de sangre,
venia el maese de campo de Gonzalo pasando a cuchillo a todos los
desertores i dispersos, i diciendo jovialmente que "de los enemigos
los ménos."
Todavía venian otros detras de ámbos ejércitos, i eran mas
voraces i mas numerosos. Estos eran los cuervos, que, a semejanza
de una bandada de aves infernales, iban disputándose los cadáveres
de vencedores i vencidos en sostenidas riñas.
Retrogradaron unos i otros mas de doscientas leguas Pizarro
hasta los Pastos i el virei hasta Popayan, donde fué recibido por
Benalcázar con particular distincion. Así se pasaron algunos meses,
hasta qué Gonzalo tuvo noticia de que el capitan Centeno, a quien
habia dejado en la Plata, habia hecho bandera contra él i en favor
del rei, por cuyo motivo mandó a Carvajal para someterlo.
El virei entretanto se hacia fuerte en Popayan merced a los
ausilios de Benalcézar, i su ejército ascendia ya a un pié
respetable. Con el fin de sacarlo Gonzalo de aquel territorio
enemigo, finjió una retirada ácia el sur, dejando la ciudad de
Quito a las órdenes de Puelles el mismo que había sido, fiel en
otro tiempo al virei, el tiempo de su prosperidad. Núñez tambien
salió de Popayan con ánimo de dar alcance a Pizarro.
Tales fueron los hechos que precedieron a la funesta jornada de
Añaquito.
Peleóse en esta con heróica tenacidad por una i otra parte, pero
tanto las fuerzas como las posiciones de Pizarro eran superiores.
Como sucedia siempre en estas batallas, los combates se hacian
personales. Cabrera, el valeroso teniente de Benalcázar, fué
muerto; Benalcázar mismo cayó cubierto de heridas bajo los piés de
su caballo, i fue dejado por muerto en el campo. El oidor Alvarez
recibió una herida mortal; I Cepeda, que seguia la causa de
Gonzalo, peleó con bastante valor.
El virei mismo cayó herido de su caballo de un golpe de hacha
que le descargó un soldado enemigo. Estando aturdido i bañado en
sangre, fué reconocido por un hermano del factor Suárez de
Carvajal, a quien se decia haber muerto, i este hizo que le
cortasen la cabeza. Cuando Gonzalo llegó al sitio de la catástrofe
ya no pudo salvarlo, ni es probable que lo hubiera querido.
Limitóse pues a cumplir la palabra de recojer la espada de su
hermano el marques, i siguió lidiando, pues la infantería que se
habia hecho fuerte en unos parapetos los diezmaba sin
compasion.
Hubo soldados de Pizarro tan bárbaros, que se repartieron
feroces los despojos del virei como espléndido trofeo de victoria,
llegando hasta arrancarle las barbas i andar exhibiéndolas en su
encono. Gonzalo castigó estos abusos como debia; i haciendo
trasladar los restos del virei a la catedral de Quito, los hizo
sepultar con toda la pompa debida a su rango. El mismo presidió los
funerales vestido de luto, segun era usanza en el Perú entre
víctimas i victimarios.
Tal fué el heroico pero desgraciado fin de Blasco Núñez, el
primer virei del Perú, despues de dos años de continuas
contrariedades i disputas.
Despues de la victoria de Añaquito, Gonzalo volvió a la hermosa
capital de los antiguos Scirys por algunas semanas dando lugar a
que terminase la estacion de las lluvias. Habia entrado vencedor en
ella como Huayna Capac, i como éste repartia su tiempo entre los
placeres de la vida i los cuidados del gobierno. En vez del terror
que se esperaba, todo fué paz i olvido, i los pocos individuos que
fueron castigados con la pena capital, lo fueron despues del
correspondiente juicio. La condicion social de los indíjenas fué
mui mejorada, se recaudaron puntualmente los derechos reales, se
difundió el cristianismo; i el mismo terrible i austero Gasca, juez
despues de Pizarro, no tenia embarazo en confesar que su gobierno
habia sido mui bueno para ser de un tirano.
"Al fin, en 1546, dice el historiador, el nuevo Gobernador se
despidió de su ciudad de Quito, i dejando en ella suficiente
guarnicion al mando de Puelles, emprendió su marcha ácia el sur.
Fué esta marcha triunfal, siendo recibido en todas partes con
entusiasmo por el pueblo. En Trujillo salieron en corporacion a
darle la bienvenida, i el clero cantó antífonas en su honor
llamándolo 'victorioso príncipe,' i rogando al Omnipotente
'conservase sus dias i le hiciera bienaventurado.' En Lima se hizo
una proposicion para derribar algunos edificios i abrir para su
entrada una nueva calle, la cual debia llevar despues su nombre.
Pero Pizarro con urbana política se denegó a admitir este tributo
de lisonja, i prefirió modestamente entrar por la via acostumbrada.
Organizóse pues una fraccion de vecinos, soldados i clero, i
Pizarro hizo su entrada en la capital, llevando las riendas de su
caballo dos capitanes a pié, i cabalgando a su lado los arzobispos
de Lima, Quito i el de Bogotá, el último de los cuales habia pasado
al Perú para consagrarse. Las calles estaban llenas de ramaje, las
casas colgadas de vistosos tapices, i en la carrera se erijieron
varios arcos triunfales en honra del vencedor. Todos los balcones,
ventanas i azoteas estaban cubiertas de espectadores, los cuales lo
saludaban con estrepitosos vivas i aclamaciones, dándole los
títulos de 'libertador i protector del pueblo'. Echáronse las
campanas a vuelo como en su primera entrada a la capital, i entre
el sonido de la música i las aclamaciones populares entró Pizarro
en el antiguo palacio del marques." De todos los puntos
del imperio llegaban cada dia entusiastas felicitacones. Las
ordenanzas cayeron en completo descrédito, i nadie se acordaba de
la Corona ni de sus prerogativas.
Carvajal acosó a Centeno sin dejarlo parar hasta las riberas del
mar donde acabó por dispersarlo completamente, Fué una campaña
aquella de mas de dos meses, i durante ellos no se apeó Carvajal de
su caballo. Comiendo, bebiendo i hasta durmiendo sobre él, vió caer
a su lado uno en pos de otro a todos sus soldados rendidos de
estenuacion; i solo para él no hubo desiertos, bosques ni
barrancos. Se le compara al salvaje cazador de Büger, pues su
cansado cuerpo de ochenta años parecia esento de toda fatiga.
Centeno por su parte no tuvo tiempo de pararse para hacer frente
a su perseguidor, i viendo morir a todos los suyos segados por la
feroz cuchilla de Carvajal, escapó favorecido por un curaca de la
ribera que le dió acojida en su casa.
Es de advertirse que Centeno fué el único que hizo armas contra
Gonzalo i en favor del rei.
Los dias que se siguieron a estos sucesos fueron de completo
triunfo para Gonzalo, quien desplegó de ahí para adelante una
magnificencia soberana. Rodeábale siempre una guardia escojida de
ochenta soldados, comia de ordinario en público i no bajaban de
ciento los cubiertos que se ponian en su mesa. Tenia magníficos
caballos i superiores armas; i aunque con sobrados motivos para
envanecerse atendiendo a su oríjen oscuro, conservó siempre su
cortesana familiaridad i su grandeza de alma.
Carvajal, que por entóces se ocupaba mui tenazmente en el
laboreo de las minas de plata del Potosí, que le producian crecidos
millones, instaba continuamente a Pizarro para que llevase adelante
la idea de su coronacion, i sus cortesanos no cesaban de impelerlo
a ello; pero todos estos consejos se estrellaron contra la lealtad
castellana del último de los Pizarros, quien era capaz de todo,
ménos de hacer traicion a su rei. La Corona estaba sobre su cabeza,
bastaba solo alzar un poco la mano para ceñírsela ; Gonzalo no la
levantó.
Tal conducta que puede hacer mucho honor a su caracter de sumiso
español, no hace ninguno a la habilibad de su política. Habia ido
mui léjos en el camino de la rebeldía para no haber consumado la
obra de su coronacion. Esta acaso lo hubiera salvado.