CAPITULO XXX
QUINCE AÑOS DESPUES*
El momento de ir al altar los dos esposos se aproximaba
rápidamente.
Gonzalo lo esperaba con alguna tranquilidad sentado en el salon
principal con su acompañamiento de lucidos oficiales, entre los que
se hacian notar el maese de campo por la austeridad de su vestido
en un todo contraria a la de su bellísimo humor, Díaz, Puelles i
demas caballeros de Lima.
Jilma, por su parte, estaba en la pieza vecina, vestida ya de
novia i postrada sobre un reclinatorio de carei i marfil. Sus ojos
despedian rayos de felicidad, su labio sonreía, i solo su corazon
estaba quieto, mudo, como indiferente a una dicha que no comprendia
o que no alcanzaba siquiera a divisar.
Empero, la plegaria de Jilma no iba dirijida a María, la madre
de Dios, como era de suponerse en tales momentos. Habia ántes de
aquella amorosa reina de las divinidades, otro recuerdo i otra
esperanza en la mente de la virjen indiana: ese era el recuerdo de
su madre. Jilma no la habia conocido, i léjos de amarla como a un
ser semejante suyo, la amaba con el respeto misterioso i casi con
la fe con que se ama a los ánjeles. He ahí por qué la plegaria de
Jilma en momento tan supremo no se elevaba a Dios. A una madre,
como que se quiere i se respeta tanto como a un santo, para no
invocar su recuerdo i pedir su favor ántes de dar un paso tan grave
i que puede decidir de la suerte de toda la vida.
Jilma pues hablaba a su madre Azucena, muerta hacia quince años,
i le contaba la historia de sus bellos amores en el silencio del
éxtasis i con la sublimidad de la pasion.
Ella decia:
-Goza del dulce embeleso del primer amor, dulce corazon mio!
Goza, puesto que el labio de Gonzalo, tibio como los primeros rayos
del sol de los céfiros i las flores, se ha posado castamente sobre
mis mejillas, i entre sus brazos me ha estrechado feliz como se
estrecha una flor contra el seno! Su corazon latia bajo la malla
con son rumoroso de amor por eso soi feliz, madre mia! I tú, tú
tambien lo eres, porque desde el cielo, donde moras con Dios,
puedes volver tus ojos ácia mí i contemplarme bañada en ricas
ilusiones i dulces esperanzas! Hoi vuelve a mi frente la augusta
corona de los reyes nuestros mayores, i a sus joyas brillantes i a
su gloria de veinte siglos, trae unidos los ababoles i las rosas
con que la ha adornado la mano dilijente del amor.
Hoy debe partir Gonzalo conmigo su nombre i su raza......
sonríeme, madre, desde el cielo, pues soi mui feliz! Yo pudiera
darle en cambio flores, tesoros, prados i palacios; pero no le daré
nada, porque él solo me pide mi corazon, i que lo ame casi tanto
como a Dios, por ser así como aman las hijas del sol!
Quedó la desposada sumida en el deleite de sus alegrías por
algun tiempo mas, hasta que siendo llegada la hora apareció Gonzalo
para conducirla al altar.
Recibiólo Jilma llena de afecto i de pasion, i el héroe pagóle
con un beso casi relijioso, porque él sentia mas bien un respeto
sagrado por la huérfana de Manco, que un afecto de amante. I no hai
duda que ese beso tenia algo de misterioso o de terrible, porque un
golpe inesperado de huracan ajitó en aquel punto las ventanas de la
estancia, oscureció súbitamente el cielo, i fué a morir en los
cercanos corredores con un lamento semejante al de un moribundo que
llora.
Jilma púsose pálida hasta el desmayo, i Gonzalo, sin saber por
qué, se acordó de Azucena la noche aquella que la habia visitado
cerca de los baños de Cajamarca.
Amante i amada temblaron con una convulsion igual, i por
instinto mútuo se detuvieron ántes de salvar el umbral que debía
conducirlos al altar sagrado de los esposos.
Abrióse entónces la puerta con fuerza estraña, i entrando Zuma
en el aposento, temblante i ajitada, dijo a Gonzalo con aire de
autoridad i de reconvencion:
-Señor, qué pasa aquí?
-Nada estraño, amiga: vamos a desposarnos.
-A desposaros decís? esclamó la esclava, i su vista inquieta iba
del rostro de Jilma al de Gonzalo con la mayor ajitacion.
-Qué hai pues? preguntaron a un tiempo los dos amantes.
-Bien, voi a decíroslo, repuso Zuma enjugándose ya con mas
tranquilidad las grandes gotas de sudor que le cubrian el rostro.
Capitan Gonzalo ¿recordais que hace hoi quince años, que una tarde
al morir el día, llegasteis a Cajamarca poco tiempo despues de la
muerte del inca Atahuallpa?
-Lo recuerdo, respondió el héroe estremeciéndose, pero sin poder
comprender aún de lo que se trataba.
-Recordais que despues de dejar la jente en los cuarteles, os
fuisteis a descanzar en el palacio de Manco inca?
-Lo recuerdo.
-Pues bien. En una de las estancias de su palacio, reclinada la
cabeza sobre pieles de leon, i el cuerpo envuelto en mantas de
vicuña, os esperaba una mujer.
Jilma volvió a mirar a Gonzalo sin comprender, i este, rojo como
la misma grana, dijo a Zuma:
-Seguid!
-A los piés de esa mujer, que no era sino la esposa del príncipe
de los peruanos, velaba otra mujer. El cortinaje que cubria las
puerta de la entrada se ajitó de pronto, como se ajita el follaje
de un árbol estremecido por el viento de la noche. La Coya lanzó un
grito de amor; i la esclava que le hacia compañía vió i conoció a
los pálidos fulgores de una luna poniente, a un caballero español,
vestido de acero, i apoyado en su lanza.
-I qué? preguntó con enfado el último de los Pizarros, no viendo
en la relacion de Zuma mas que una trama para desbaratar su enlace
con Jilma.
-Debo acaso concluir, señor? interrogó a su vez la india con
entereza i duda.
-Sí, Zuma, hablad; decid quién era ese caballero español, dijo
Jilma desesperada de afan por su madre.
Zuma se contentó solo con levantar el brazo i mostrando a
Gonzalo con marcada sangre fria, díjole:
-Señora se lo podeis preguntar al capitan.
-Gonzalo, con que erais vos?
-Sí, Jilma, no puedo ni debo negarlo.
-Infeliz! gritó la princesa bañada en lágrimas. Ah! Gonzalo, i
así os atreveis a darme el titulo de esposa?
Este sin comprender apénas lo que le pasaba, echó sobre Jilma
una mirada de estremo dolor, i volviéndose a Zuma la mandó
continuar hasta el fin.
Zuma continuó.
-Al otro dia no mas, señor, como vos lo sabeis fuese la jente
del poblado con la primera luz de la aurora, i no volvimos a saber
del misterioso caballero. Un año despues moria Azucena depositando
en mis brazos una criatura i diciendo: "Zuma, a vos la confio.
Hacedla bautizar i que se llame
|Jilma. Su padre es Gonzalo
Pizarro."
-Mi padre! gritó Jilma avergonzada, i amante a un mismo
tiempo.
-Mi hija! balbució el héroe, i fué ufano i arrepentido a recibir
en sus brazos a la que valia entónces para él mas que todas las
esposas del mundo: a su hija, la bella prenda de sus amores con la
incomparable Azucena.
La noche sorprendió muchas horas despues al padre i a la hija,
que vertian lágrimas de felicidad i de pena sobre sus ya inútiles
despojos nupciales.
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Este capítulo corresponde al.
titulado "quince años ántes" de la parte tercera de "LOS
PIZARROZ"
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