CAPÍTULO XXIX
EXÁMEN DE CUENTAS
Pocos dias des pues de la entrevista de Gonzalo i el virei,
reinaba una grande ajitacion en los palacios de Lima, proveniente
del matrimonio de Jilma con el último de los Pizarros.
Nosotros no entraremos aquí en los detalles de esa fiesta
suntuosa; ni haremos notar el contraste que presentaba Jilma, la
vírjen idólatra, despojándose de sus vestiduras reales para
cubrirse con el albo i casto traje de las esposas cristianas. Todas
esas consideraciones de amor, de relijion i de pompa las dejamos a
cargo del lector, quien sabrá apreciarlas en todo su mérito, i
acaso imajinarlas mejor de lo que nuestra pluma pudiera
describirlas, rendida ya con los accidentes de tan larga como
divina historia.
Vamos pues a otra parte: penetremos calladamente en la estancia
que habita en palacio el maese de campo Francisco de Carvajal, i
seamos mudos i divertidos espectadores de la escena siguiente:
Estaba el viejo soldado distraido en aderezar su vestido de
fiesta para las bodas de Jilma i Gonzalo, i con el júbilo propio
del que ve próximo a realizarse lo mas granado de sus planes,
cuando llegóse a la puerta un pechero i dijóle:
-Señor, pregunta por vos con bastante afan un comerciante del
Potosí.
-Decidle que es en vano, porque hoi no se despacha en palacio
ningun negocio.
Fuese el pechero i a breve rato volvió i dijo:
-Perdonad, señor; pero el hombre es tenaz, i dice que no se ha
de ir hasta no veros.
-Voto a Satanas!..... esclamó el jigante arrugando tanto las
cejas que casi se juntaron con su bigote; pero luego cayendo en la
cuenta de que en un dia tan grande como aquel no debia usar de
malos humores, repuso:
-Id i decid a ese impertinente, que entre, pero que nos hemos de
despachar al momento.
Fuese nuevamente el pechero, i el maese de campo dijo para
sí:
-Quiera el cielo que mi huésped no sea como el de Gonzalo la
otra noche. Yo no recibo jeneralmente esas visitas sino a
estocadas, i hoi no debe correr sangre en Lima sino valdepeñas i
tinto.
Dos minutos despues entornóse suavemente la puerta i apareció en
su umbral un hombre mas bien jóven que viejo, cuya nariz larga i
afilada, cuyas negras patillas i vivaces ojos, decian a tiro de
arcabuz que el huésped del maese de campo, era de los que se
conocen con el nombre de
|despiertos o
|avisados.
Saludó con un aire de bastante familiaridad, que al principio
desagradó a Carvajal. Luego dijo:
-I bien, señor privado del Gobernador, parece que ya no me
conoceis?
-A decir verdad, creo que no os habia visto otra vez.
-Cómo no, maese, si nos hicimos amigos en el camino del
Collao?
-Ah! sí, articuló Carvajal perdido mas i mas en sus
recuerdos.
-No os acordais que me disteis conducta de capitan, i me
hicisteis el favor de aceptar unas cuantas herraduras i unas botas
de vino.
-Acabáramos! gritó el veterano, i yéndose derechito al mercader
le dió un abrazo tan cordial, que. le sonaron todos los huesos del
cuerpo: si vos sois mi socio del Potosí.
-El mismo, balbució el mercader, i veo que me quereis con mucha
fuerza. No me quedaria yo corto para con vos si la poseyera lo
mismo.
-Oh! dijo Carvajal riendo: cosas de amigos! I qué tal de
negocios?
-Por lo que es eso bastante bien. La órden que llevé de vuestra
mano para que ningun comerciante abriese su tienda en Potosí hasta
que yo no despachase mi mercadería, surtió primorosos efectos, pues
vendí a como quise.
-I bien ?...... habreis empleado de nuevo i vendreis por otra
órden.
-Nada de eso, señor. Vengo a presentaros las cuentas.
-Ah! eso es otra cosa! gritó lleno de júbilo el veterano; venís
mui a tiempo porque hoi es un gran dia i es preciso gastar.... ya
sabeis que los militares no hacemos bolsa vieja.
-Empecemos, dijo el mercader, que la cuenta es larga i vos no os
habeis acabado de vestir.
Arrimaron en seguida dos sillones lacres a una mesa de encina, i
se sentaron, no como dos truhanes que se complacen en llevar
adelante una comedia, sino verdaderamente como dos socios
igualmente escrupulosos i honrados.
-
- Sacó el mercader unos pergaminos i fué leyendo:
Cincuenta piezas de brocado... .en tanto.
Id. de paño de grana.
Id. de raso.
Seiscientas plumas de avestruz.
Veinte piezas terciopelo de varios colores.
Paños de Segovia.
Id. de Rohan.
Encajes &c.&c.
I ácia las últimas partidas, agregó:
Tres docenas de peines en 20 ducados.
-Imposible! esclamó Carvajal dando una fuerte puñada sobre la
mesa. Vos me robais, i jamas pasaré yo por esa partida
-Pues qué? preguntó el mercader todo azorado, quien conocia el
carácter iracundo de Carvajal.
-Pues qué? que me robais, señor discípulo de Mercurio. Cómo
quereis decirme que solo habeis vendido nuestras tres docenas de
peines en 20 ducados, si ciento, por lo ménos, vale cada una de las
tres.
I no conformándose con esto, abrió la puerta de su estancia de
par en par i empezó a gritar con todos sus pulmones:
-A mí, señores! favor al rei! que se me roba indignamente!
Acudieron a las voces algunos guerreros que estaban cerca del
lugar de la escena, i Carvajal les impuso de todo el cuento, desde
su primer encuentro con el mercader en el camino del Collao, hasta
la partida de las tres docenas de peines. I habló de quejarse al
Emperador mismo, si el mercader no confesaba la verdad del caso, i
decia en cuánto lo defraudaba verdaderamente.
Asustóse con esto altamente el tendero del Potosí i sin conocer
las verdaderas intenciones del maese de campo, que no tenian otro
ánimo que el de divertirse, dijo que ciertamente habia vendido los
peines en mayor cantidad que la puesta en las cuentas; i que para
que su socio no se disgustase, no le daria solo ocho mil pesos de
ganancia neta, sino quince mil, por haber sido treinta mil los
ganados durante el tiempo de la compañía.
Pero léjos de calmar esta proposicion al maese de campo, hizo
subir de punto su irritacion, pues dijo que cuando se le daban
quince mil, era porque le correspondian cien mil; i que así como la
partida de los peines, habria otras muchas; i que primero lo
perderia todo que rebajar un solo maravedí.
Que por eso habia dado su dinero i habia sudado lidiando las
acémilas en el camino.
Objetaba a esto el mercader cosas mui racionales, i partiendo
siempre del principio de que Carvajal era verdaderamente su socio,
i con todas estas réplicas i contraréplicas venian las jentes de
palacio divertidas, i todas reian a no poder mas; escepto el
mercader que, como el blanco de aquel sainete, no sabia si hacerse
el bravo, o echarse a reir como todos los demas. Decidióse al fin
por este partido, i dijo a Carvajal:
-Sobre todo, ahí están los libros; ved lo que he escrito en
ellos i aceptad lo que os pareciere. I en adelante juro de no ir
mas a emplear a Panamá, sino que tendreis vos de ir i yo de
quedarme. Para que veais hasta dónde soi capaz de subir el precio a
las docenas de peines.
Produjo esta salida del mercader una esplosion jeneral de risa,
i Carvajal abrazando nuevamente a su socio, le dijo que era la
perla de los mercaderes: que le bastaba con ocho mil pesos de
ganancia; i que para evitar disgustos en lo sucesivo, rompiesen en
aquel punto las escrituras de compañía, i no se volviese a hablar
del asunto.
Dió este materia para reir i hablar muchos dias, i los cronistas
españoles de aquel tiempo lo refieren de mil maneras.
Media hora despues de este acontecimiento, Carvajal, ya
completamente vestido de gala, salió de su estancia i se encaminó
al salon de palacio donde lo esperaba el cortejo nupcial. Jilma
estaba espléndida de lujo i de hermosura, i Gonzalo sereno i
radiante; empero las suspiradas bodas no pudieron ménos de turbarse
por el accidente que pasamos a describir en el capítulo
siguiente.