CAPITULO XXVII
TIPOS GABALLERESCOS DEL SIGLO
XVI
Entró el desconocido por la puerta secreta, i dejando rodar
hasta sus piés la ancha i negra capa en que venia envuelto, paróse
ante Gonzalo lleno de majestad, i con los brazos cruzados sobre el
pecho, díjole:
-Parece que estais solo?
-El virei! esclamó Gonzalo, i helóse de espanto i de sorpresa.
No estabais preso?... quién ha podido libertaros?
-Sí, estaba preso, respondió Núñez con toda la calma de su
carácter de noble español, doblemente grave en las circunstancias;
sí, estaba preso; mas jenerosa i oculta mano ha abierto las puertas
de mi prision i destrozado los hierros que apretaban mi cuerpo. Yo
mismo ignoro a quién deba favor tan grande.
-I qué buscais aquí? se apresuró a preguntar el usurpador
disgustado de pronto con el personaje que tenia delante.
-Busco al valiente guerrero, crisol de los guerreros: os busco a
vos, Pizarro.
-Blasco Núñez, venís acaso a provocarme a duelo?
-Aunque en los campos de batalla lauros gloriosos cosechó un dia
mi esfuerzo, i aunque nunca mi corazon ha temblado de espanto
cobarde, os estimo en mucho, adalid de España, para cruzar con vos
acero enemigo.
-Entónces?
-Os busco como noble i amigo, pues si os reputara de otra
manera, no viniera hasta aquí solo, inerme.
-Perdonad, el de Núñez, pero un Pizarro, ántes que enemigo es
caballero.
-Así lo he comprendido; por eso al punto que me he visto libre
he seguido el impulso de mi corazon, que es de paz i bonanza:
impulso que espero hallareis noble i profundo, cual lo encuentro yo
en mis deseos.
Las pocas palabras cambiadas entre los dos altos interlocutores,
fueron bastantes a Gonzalo para variar de ideas respecto al virei.
Se lo habian pintado altivo i desdeñoso, i lo encontraba noble i
caballero; le habian dicho que era arrebatado i violento, i lo
contemplaba digno i reposado. Cambió pues de impresiones, i
volviéndose cortesmente a él, a quien hasta entónces habia mirado,
si no con desprecio, con altivez, díjole con un sabor enteramente
de castellano de corte
-Mas, no está bien que el jeneroso noble hable de pié: sentaos,
virei.
A lo que respondió Núñez, que era hombre hábil en asuntos de
etiqueta, i que no queria darse por entendido de la primera
brusquedad de Pizarro
-Creo encontrarme bien así, cuando parado está el cortesano
jeneral.
I cambiándose una sonrisa de suprema cortesia tomaron
asiento.
Gonzalo dijo el primero:
-Deseo escucharos ya, señor, i Dios permita....
-Que vengamos a un avenimiento justo.
-Me habíais dicho que veníais a hablarme de paz?
-Sí, Gonzalo, la paz vengo a pedir para estos pueblos, tan
desgraciados como bellos. Oidme; hallé yo eco en vos, i grande como
sois en el combate, mostraos, Gonzalo, en este lance estremo. No
quiero ni debo negar los servicios que habeis prestado a la Corona,
todos importantes; como tampoco quiero ni debo no confesar que esos
servicios no han sido premiados por el rei, estraviado por
consejeros torpes. Mas, la América es la obra de la raza de que
sois vos el último vástago; coronad esa obra, señor, i que sus
hijos os amen como a padre i como a bueno.
No mas males, señor! La mar acrecen ondas de sangre en cerco
espantoso, i de los montes hasta la cumbre paromosa suena de horror
el lamento jeneral! Aquí truncas las palmas añosas; allí en ruinas
el palacio imperial; los bosques ardiendo, los indios ocultos i
prófugos; los sacerdotes frios, indiferentes, i el templo relijioso
decierto i pobre! Oh! no puede ser mas triste i desconsolador el
cuadro del opulento imperio! Sus voces son quejidos, sus raudales
son lágrimas; i no parece sino que los espíritus de Huayna i
Atahuallpa, acusadores ante nosotros, con la voz de sus volcanes i
el estampido de sus cataratas, nos llaman matadores de su pueblo
celeste! Agostada la flor, mortíferas las brisas, ¿en dónde, en
dónde está, Gonzalo, el hemisferio predilecto de Dios, del sol
querido?
-Que os responda la turba mercenaria que desgarró sus velos
cristalinos, que marchitó sus valles i sus flores, hizo su bosque
hogueras!.............. Que os respondan los mil usurpadores, que
ardiendo en sed de oro, profanaron sus templos i sepulcros,
insultaron sus dioses, i alzaron por doquiera trofeos de sangre i
de cadáveres! Yo solo sé deciros, virei, que para el cristianismo i
la libertad fué que los Pizarros ganamos este suelo con las puntas
de nuestras espadas culpad pues solo a los viles que lo
perdieron.
-Aun no es tarde, Gonzalo; yo os vengo a suplicar que lo
salvemos.
-Muerto mi hermano, tan feliz empresa hoi desde el Cuzco a
acometer yo vengo.
-Pero os falta por desgracia el talisman indispensable del
derecho.
-En su falta, virei, me sobran esfuerzo i voluntad.
-Os llamarán usurpador.
-No importa; será mi mejor gloria la gloria de mis hechos.
-Pueden asesinaros cual un dia lo hicieron con el marques
vuestro hermano.
-Querrá decir que, en vez de uno, habrá dos mártires de una
misma causa en nuestra familia.
-Puede mandar el rei nuevos soldados.
-En el abierto campo los espero.
-Pueden los traidores derribaros como a mi.
-Seremos en la cárcel compañeros.
-Quiere decir, señor, que me quitais toda esperanza?
-La esperanza yo la tengo; i mui en breve nueva paz, tras nuevos
triunfos, van a volver a estas rejiones el plácido gobierno de sus
projenitores. Alcanzo a percibir una lejana luz en el horizonte,
que no tardará en resbalar por los nevados de este pais hermoso i
circundarlo en toda su estension.
-Que os oiga Dios, Gonzalo, i pronto, mui pronto, cuente esta
tierra años de bienandanza, años serenos. Yo he venido a donde vos
arrastrado por un gran pensamiento de abnegacion, a ofreceros la
paz i a que os volvieseis al Potosí. Pero encuentro que no pensais
retroceder ni un punto en el sendero de vuestra ambicion. Cúmplase,
pues, la lei, harto horrorosa, de nuestro atroz destino
-Ya mi acento dió el grito de alarma a los soldados; ya está en
sus manos el acero cortante i el arcabuz sonoro; es imposible el
intentar siquiera deshacer lo hecho. Por otra parte, yo no puedo
elejir sino entre dos caminos: el cadalso i la infamia si me
entrego; o el sangriento i fragoroso de los combates, cuyo astro
suele serme lisonjero.
-Oh! el cadalso i la infamia no, Gonzalo: sereis en breve
poseedor del reino, mas poseedor lejítimo.
-Qué escucho? señor! Vos tambien, Blasco Núñez, negais a mi
familia los derechos sagrados a este suelo?
-No digo tanto; pero si convenís en entregarme el gobierno, juro
por Dios, mi estirpe i mis blasones devolveroslo dentro de pronto
con el beneplácito del rei.
-Vuestra palabra es sagrada para mí; mas el beneplácito del rei
nada significa: el imperio es mio, i lo tengo. Pero no creais que
es por la púrpura i el trono que yo he concitado en torno mis
guerreros: no los desprecio, pero estimo en doble, virei, mis
jenerosos juramentos. Necesito vengar a mi hermano.
-Es decir que todo está concluido entre los dos?
-Es decíroslo.
A esta respuesta fria i largo tiempo meditada por Gonzalo,
entrevió el virei todo lo hondo i negro del abismo que los
separaba; paróse pues diciendo:
-Adios, intrépido soldado. Aborrezco al héroe pero amo al franco
caballero.
I el virei le tendió la mano con envidiable urbanidad
-A dónde pues os dirijís? preguntó Gonzalo como si aquella,
léjos de ser una despedida de muerte, no fuese mas que una
separacion de camaradas.
-A la campaña voi a reunir mis huestes, i el primero a esperar
en el campo de batalla vuestros valientes veteranos.
-Partid, señor, i el español acero alcance nuevos laureles de
gloria.
Hubo despues un momento de pausa entre los dos contrarios, i
cuando ya estaban cerca de la puerta del salon, quitóse Gonzalo su
espada i dijo al virei con emocion digna i guerrera:
-Esta es, virei de Núñez, la espada venturosa de Francisco
Pizarro, símbolo de valor i virtud; para vencerme, en tan noble
ocasion yo a vos la cedo.
-Heróico Gonzalo! dijo el virei, la acepto lleno de orgullo i de
dolor...... i luego sin tratar de disimular dos lágrimas gruesas i
cristalinas que resbalaban por sus mejillas, añadió, eco su voz de
un lejano presentimiento: no olvideis recojerla junto de mi
cadáver.
-Cumpliré con ese último deber si la fortuna continúa en seros
adversa.