CAPÍTULO XXVI
EXTASIS I AMOR
A la tarde del dia siguiente el sol se ponia en el horizonte
majestuoso de luz i de arreboles, i Gonzalo Pizarro rebosante de
gloria i de felicidad esperaba con inquietud a álguien que debia
entrar en el salon. Estaba vestido de toda gala, i su pecho se
dilataba con la misma alegría i con el mismo temblor, que cuando
estaba en lo recio de sus amores con la esposa de Manco.
De repente rodó la puerta sobre sus goznes, i Carvajal
conduciendo a Jilma por la mano, la presentó al guerrero con una
sonrisa de triunfo i de placer.
Esa era la ocasion suprema de Jilma, i el miedo, el pudor i la
belleza eran entónces en ella encantadores. Fué a andar i le
faltaron las fuerzas, i cual se dobla una flor sobre los nudosos i
apartados troncos de un roble, se dobló sobre los brazos del
guerrero estendidos para recibirla, murmurando el dulce nombre de
Gonzalo.
Deslumbrado este por la presencia de la real huérfana, esclamó:
-Con que no es un sueño, ni una vaga memoria!
-Un sueño! una memoria! no, Gonzalo: es una realidad,
interrumpió Jilma, i léjos de huir, se dejó estrechar mas i mas por
los brazos del rendido soldado. Mas reparando en seguida en que no
estaba bien dejarse arrebatar así por su loca pasion, agregó, pero
casi desfallecida:
-Perdona, Gonzalo, no sé lo que he hecho; i avergonzada quiso
huir.
-Oh! vuelve en tí, flor de la aurora, repuso Gonzalo arrebatado.
Me ha bastado verte para amarte.
-Con que me amas, Gonzalo?
-Sí, te amo mas que a los ánjeles: como a Dios.
-Oh! no me engañes así, dijo Jilma palideciendo de temor. Seria
matarme....
-Engañarte? matarte? no, nunca! Preferiria morir a tus piés.
Pero es cierto que me amas?
-Con locura.
-Como a tu patria?
-Sin fin.
-Como aman las aves el bosque, los ciervos la llanura?
-Oh! te amo mas que todo eso, Gonzalo, pues te amo como ama a
Dios el serafin!...
-Qué! tú eres cristiana acaso? preguntó Gonzalo fuera de sí.
-Sí, lo soi, dijo la pobre huérfana bajando la voz amedrentada;
pero cuidado no nos oigan los de mi nacion... me matarian.... me
alejarian de ti!
-Oh! bendita sea la incomparable madre del Salvador, esclamó el
cristiano caballero cayendo de rodillas ante aquella seráfica
aparicion, con que eres una hermana de los ánjeles del Señor?
-Sí; es un secreto, dijo la indiana levantando a Gonzalo mi cuna
fué mecida por cristiana mujer, i en medio de tanta desolacion i
amargura, me cabe esa felicidad.
-Tu nombre?
-Jilma.
-Oh! bello i sublime como tú.
-Pero no tan dulce como el tuyo, Gonzalo....
-I tu madre?.... su nombre?
-Tenía el de una flor, la mas gallarda de nuestros prados.
-I tu padre?
-Fué Manco.
-Manco? el grande hombre, el sobresaliente militar!
-Desamparada en el mundo, vine a este palacio, donde fuí
recibida con paternal cariño por el virei. Mas el virei ha caido
desde la altura de su honradez, i no me queda mas amparo que el
tuyo, si me lo quieres prestar. Eres, Gonzalo, un guerrero
valiente; por eso abato mi cabeza hasta el polvo de tus piés.
-Oh! hasta el polvo de mis piés no, aunque ellos pisan el
palacio de los reyes i las arenas sagradas de la raza del sol:
bajas solo tu corazon hasta el mio, i me haces grande elevándome
hasta ti.
Esta conversacion fué reanimando a Jilma poco a poco, i empezó a
creerse verdaderamente feliz porque tenia la mano de Gonzalo entre
las suyas; porque miraba confundirse sus alientos como el doble
aroma de dos rosas amantes; porque sus ojos estaban igualmente
húmedos i abrillantados de placer: tal suele ser el encanto de los
enamorados.
Ya no se hablaban, pero sus almas se entendian sin necesidad de
ese rústico símbolo de la voz.; i sus suspiros, mas elocuentes i
mas tiernos cada vez, hacían sonreir de gusto a Carvajal, que,
mudo, enternecido i parado a alguna distancia de los dos amantes,
esperimentaba el mayor placer de su vida. Era Gonzalo para él una
persona mas querida que el mas tierno i amante de sus hijos; lo
encontraba arrojado i bien puesto, i Carvajal no conocia en el
mundo mas amor que el de los soldados valientes. El brillo de las
lanzas, el sonido marcial de los atambores i los cimbreadores
penachos de sus lejiones de combate, llenaban su corazon hasta la
embriaguez; i de todos los que habian pasado a América ninguno mas
apuesto, ni mas bizarro, ni mas valeroso que Gonzalo. De ahí la
adoracion sin límites de Carvajal.
Su amor por Jilma se esplicaba por el mucho amor a Gonzalo. La
niña, a parte de su hermosura, era la mas espléndida
personificacion del vasto imperio de los incas; ganarle pues el
corazon, era ganarselo a todo el pueblo peruano, i bien se puede
levantar un trono sobre el corazon entusiasmado de un pueblo grande
i poderoso. El trono para Gonzalo era la primera aspiracion de
Carvajal.
Contemplábalos pues en silencio como hemos dicho mas atras, i su
faz tostada por los rayos del sol de los batalladores, ese sol que
en Ravena i Pavía, Méjico i Cuzco habia ennegrecido su cuerpo i
teñido de nieve sus largos cabellos, era la espresion viva de su
interes i de su afecto.
Contraste misterioso i solemne! De un lado una virjen salvaje i
un guerrero cristiano, juntados por la mano misteriosa del destino
bajo los palmares americanos para efectuar por medio de los
secretos del amor la alianza de dos mundos desconocidos, i la
mezcla de la sangre de dos razas opuestas; i del otro la
personificacion de toda una jeneracion armada i combatiente, que
venia a visitar de guerra el suelo de los incas como enviado por el
espíritu militar de Cárlos V, el duque de Alba, Pelayo o el
Cid!
La noche habia entrado ya bastante i Jilma i Gonzalo continuaban
entregados a los trasportes de su feliz amor, cuando crujió en el
paredon de la estancia la puerta secreta por donde habia salido el
factor a recibir la muerte que le dieron alevosamente Díaz i sus
arcabuceros, i Gonzalo parandose i saliendo al encuentro del que
parecia venir, tuvo tiempo apénas de indicar a Jilma que entrase a
la vecina cámara, a donde pasó seguida de Carvajal.