CAPITULO XXV
LA RECOMPENSA
El primer intento de Jilma el dia que se escapó de las garras de
Cepeda, fué huir de la ciudad, i esperar en alguna parte a que las
cosas variasen de aspecto, como tenía para ella que habian de
variar; i entónces presentarse al representante del rei i probar
dar la libertad a Blasco Núñez acusando a Cepeda.
I ninguno mas apropósito que ella para llevar a cabo tan
jeneroso intento. Ella habia presenciado la muerte del factor, i
sabia muí bien que el virei estaba inocente. Por otra parte,
hallaba no sabia qué de grande i de romántico en hacerse la
defensora i salvadora del hombre a quien debia el cariño de un
padre i los cuidados de un amigo. Ese proyecto era entónces el mas
lindo de sus ensueños i el mejor blanco de sus esperanzas. I a la
verdad, habia mucho de atrevido i de noble en el pensamiento de
aquella vírjen, desvalida ella misma, al pretender salvar a un
hombre a quien condenaba la irritacion pública, preso por entónces
en una cárcel i sin mas porvenir que el cadalso. Pero precisamente
en lo arriesgado de la empresa era que Jilma hallaba mayor
entusiasmo, mas gloria, i mejor recompensa para su corazon.
Salió pues preocupada con esta idea del palacio de Cepeda, i
pensando a quién ocurriría para el logro de sus intentos, cruzó por
su mente un pensamiento dulce como la primera sonrisa de un niño.
Ese pensamiento no era mas que el recuerdo de un nombre i la
representacion de un personaje a quien ni siquiera conocia la
princesa.
He ahí el raro modo cómo pensó Jilma por primera vez el en héroe
Gonzalo Pizarro.
Pues era en esta último adalid de la grande epopeya peruana, que
pensaba encontrar todo el apoyo i la nobleza que le negaban los
otros hombres. Jilmna no conocía a Gonzalo, pero sentia por él algo
que no acertaba a esplicarse, i podía pasar mui bien por uno de
esos amores grandiosos que beben las aves i las flores en las
auras, i que guardan con misterio en los pliegues de su cáliz o en
la urna de su corazon. Uno de esos amores réjios o anjélicos, que
necesitan de un seno de vírjen donde morar, porque no pueden
confundirse con el vulgo de los amores.
Jilma amaba pues a Gonzalo sin conocerlo, i este amor era su
secreto i su felicidad. Poetisa como toda vírjen en sus primeros
éxtasis de amor, bastábale la soledad de un bosque, la claridad de
una fuente, el perfume de un jardin o el insomnio de una noche de
luna, para despertar en su alma la maravillosidad de sus recuerdos,
i con los ojos preñados con el primer llanto de una pasion
sublimada por el misterio, la voz trémula i palpitante el pecho,
lanzaba desde el fondo de su alma aquellas notas que mas tarde
hemos ido a recojer, junto con sus huellas de rosa, al pié de los
muros mismos del palacio en ruinas de sus padres, los soberbios
hijos del sol, i que dicen así:
-
- Gonzalo qué dulce acento,
I como halaga mi, oido
Cual el suspiro del viento
En el ramaje perdido!...
Cuando en la cumbre del monte
Se asoma blanca la luna,
Retratando al horizonte
En la dormida laguna,
Su imájen llena mi mente,
Sueño de lindos colores,
Sol que despunta, en oriente
El dia de mis amores!...
No sé porqué lo amo tanto
Desde que nací, que ansíoç
Inundar sus piés en llanto
I ofrendarle el pecho mio!...
Dicen que es noble i valiente,
Como los incas, guerrero,
I que se lee en su ancha frente
Su raza de caballero;
Que cien combates ganando
A reyes de otras naciones,
Fué lauros amontonando
I ganando corazones,
Hasta hoi, que dueño se mira
De esta tierra jenerosa...
Hasta hoi que Jilma suspira
De amor por él silenciosa!...
He ahí el secreto de lo que pasaba en el corazon de la pobre
niña. Acostumbrada a oir hablar desde su mas tierna edad de Gonzalo
Pizarro como de uno de esos caballeros enamorados i valientes de la
Edad Media, el relato i las tradiciones populares habian efectuado
en su alma inocente una revolucion, i Jilma amaba al héroe sin
conocerlo, como se puede amar un jénio misterioso i Potente.
Empero, a la sazon pasaban las cosas de otra manera, i la
gallarda hija de Azucena habia visto a Gonzalo victorioso entrar en
la ciudad vencida a la cabeza de sus esforzados lanceros, Su noble
apostura, lo rico de su traje i lo garboso de su caballo de
guerrero, todo habia venido a confirmar a la niña en sus ideas
respecto al vencedor de su raza. El sueño se habia pues convertido
en realidad; no faltaba mas sino que la suerte la arrastrase por
algun accidente hasta el pié del trono como la habia arrastrado
hasta los pies de Núñez, i Jilma ansiaba por ese accidente
feliz.
La causa de ese accidente, como lo sabe ya el lector, debia
serlo en breve el maese de campo Carvajal.
Sentada Jilma en un blando cojín oriental, recojidos los pies a
la odalisca, i la frente apoyada sobre su mano breve i sonrosada
como un lirio que se troncha sobre otro, meditaba hacía rato en
alguna cosa que debía importarle mucho, o esperaba el resultado de
algo que debia estarce verificando, De rato en rato sonreía como al
recuerdo de alguna emocion de felicidad; i de rato en rato se ponia
pálida i trémula como sobrecojida de un vago temor.
De repente entró Zuma en la estancia i trabaron la siguiente
conversacion.
-Viste a esos hombres, Zuma?
-Los ví, señora.
-I oponen alguna dificultad?
-Solamente piden una gran cantidad de oro.
-Oro! Zuma, siempre oro! ese parece ser su diós i su afecto;
pero dales todo el que pidieren. Te hacen falta algunas perlas,
algunos diamantes?
-No, señora, les he dado ya todo lo que han querido.
-Oh! no vayas a reparar con ellos: en esta empresa lo que
importa es el resultado.
-Pero señora, permitidme la indiscrecion de una pregunta....
-Hazla, Zuma, bien sabes que no abrigo secreto para ti.
-Cual es vuestro intento al pretender libertar al virei? Pensais
que reconquiste el trono?
-Oh! no, Zuma, no me creo tan poderosa que intente lo que acaso
no podria llevarse a cabo sino por medio de las armas. El interes
que tomo por el virei, es pura gratitud. Hizo todo lo que estaba en
su mano por servirnos, i es preciso pagarle de alguna manera.
-Oh! señora, os rnanejais en esto como la verdadera hija de los
incas; i para vuestro sosiego añadiré que esta misma noche quedará
libre el virei, pues no se le llevó a una isla desierta del mar,
como se dijo al principio de su prision, sino que lo mantienen a
bordo de un buque en el puerto, i ya han salido para allá Puélles i
Díaz segun nuestro convenio. Creo que volverán todos tres esta
misma noche a la ciudad.
-Oh! i cuánto te debo, Zuma, por tantos favores! No era bastante
que me sirvieses con la solicitud que lo has hecho desde la cuna,
sino que hoi mismo no omitieras esfuerzo ni dilijencia por libertar
al virei, cuando esa es la mas grande i urjente de mis
aspiraciones. I la agradecida niña dió su mano a besar a la
esclava.
Jilma quedó un rato como pensativa, i luego añadió:
-No habrá peligro alguno de que esos hombres nos engañen?
-No lo creo, señora, porque me han dicho que a ellos lo que les
importaba era hacer su negocio. Que habian sido fieles al virei,
miéntras la causa de este se encontraba bien i les era provechosa;
que ahora servian a otro amo mediante las mismas condiciones; pero
que, como el asunto era hacerse ricos i yo les pagaba bien, que no
abrigara desconfianza de ninguna clase, pues que ellos abririan las
puertas de la prision a Núñez a cualquiera costa.
Esta esplicacion satisfizo por completo a la intranquila Jilma,
i dió órden para que la dejase sola su esclava, al tiempo mismo que
se presentaba Carvajal para dar el primer asalto a la brecha.