CAPÍTULO XXIII
EL JURAMENTO
Cepeda departió esa misma noche bastante largamente con sus
camaradas, i a la mañana siguiente, 28 de octubre de 1544, la
ciudad de Lima apareció toda de gala. Construyéronse a la lijera
arcos de triunfo en sus calles principales, revistiéronse las
puertas i las ventanas de brocados riquísimos, tronó el cañon, esa
voz solemne de toda fiesta nacional, i echáronse las campanas a
vuelo. La jente hervia en las plazas i avenidas de la ciudad,
cruzaban los jinetes en briosos i descansados caballos llevando o
trayendo órdenes, abríanse de par en par las puertas del palacio de
los vireyes, obra colosal del marques Francisco Pizarro, i la
música de los batallones tocaba a porfía. i con el entusiasmo
propio en una gran fiesta popular.
Cerca de las doce salió la Audiencia en cuerpo i vestida de
gala, i avanzándose milla i media de la ciudad, recibió de oficio a
Gonzalo Pizarro, quien solo esperaba este requisito para entrar en
la capital de los reyes.
Cepeda estaba pálido i conmovido. Como presidente de la
Audiencia llevaba la voz; pero pudo apénas decir al vencedor:
-Servios, señor, entrar en la ciudad, cuyas llaves de oro pongo
humildemente a vuestros piés, el bien jeneral así lo exija. Salvad
la paz, i la Corona resuelva despues.
Pizarro recibió las llaves de manos del licenciado sin responder
palabra, i llamando a los miembros de la Audiencia para que
cabalgasen junto a él, empezó su entrada triunfal.
Gonzalo Pizarro era todavía bastante jóven. Habíase puesto ese
dia al frente de todos sus lanceros, i montaba un caballo magnífico
revestido de gualdrapas de grana i oro. Iba completamente armado, i
llevaba sobre la armadura una túnica bordada profusamente de
piedras, junto con una capa carmesí guarnecida de brillantes
adornos. Era su porte majestuoso, i su ancha barba, negra i caudal
como la cola de un pájaro nocturno, daba a su fisonomía cierta
espresion marcial mui propia de los novelescos caballeros de su
siglo. Marchaba delante de él el estandarte real de Castilla, e
iban a sus costados la bandera del Cuzco i el estandarte de los
Pizarros, en cuya tela hermosa campeaban las armas concedidas por
la Corona a esta casa de la fortuna i del valor.
Al entrar en las calles de la ciudad hubo aclamaciones
estrepitosas, coronas i flores. Las tropas desfilaron en órden de
batalla, i todo aquel dia se pasó en regocijos i felicitaciones.
Solo Gonzalo no parecia estar satisfecho de su gloria. El dolor
siempre como que reserva la mas punzante de sus espinas, la duda,
para el héroe de toda jornada.
Entró pues a palacio con aspecto sombrío, i sin saber él mismo
porqué, se encaminó al salon donde habia sido asesinado el marques
su hermano, despues de ordenar que nadie lo siguiese porque queria
estar solo.
Tres años hacia que el marques habia sido asesinado, i
sinembargo el salon donde habia tenido lugar el sombrío suceso se
encontraba en el mismo estado. Entró en él Gonzalo con el paso
trémulo i el corazon palpitante. Sus ojos, como estraviados,
vinieron a fijarse en el muro, manchado aún con la sangre de su
hermano; i como si aquella sangre humease todavía, i como si
todavía fuese tiempo de secarla, llevó el héroe su mano sobre ella,
pero estaba fria i petrificada como el granito que le servia de
urna funeraria.
Quedóse Gonzalo pensativo largo rato ante aquella muestra de la
inconstancia humana, i su alma vuelta atras como evocada por una
deidad superior, volvió a representarse al marques, a Hernando i a
Juan, cuando no eran mas que tres soldados oscuros, sin ambicion ni
idea cabal de la gloria, i casi estuvo por envidiar esa especie de
felicidad aparte, que no se goza sino en los estados humildes, i
que no se lamenta sino cuando se echa ménos desde la cumbre
vertijinosa del poder. I el héroe, suspendido entre los dos abismos
sin fondo del pasado i del porvenir, quedó cabizbajo e indeciso,
como el águila real que se cierne turbada entre el azul de los
cielos i el de los mares en un dia de verano.
I no era para ménos la situacion. Lo que estaba presente delante
de sus ojos era la sangre, pérfidamente vertida, del hombre que,
sin mas recurso que su espada, habia conquistado el mundo mismo que
Colon habia arrebatado al océano; del guerrero cuyas hazañas sin
paralelo, habian hecho estremecer de celos el pecho del arrepentido
de Juste.
Dió Gonzalo algunos pasos por el salon, i quitándose el yelmo de
acero luciente, zafándose los guantes de búfalo i desenvainando la
espada, dobló una rodilla con relijiosa reverencia, i juró en
presencia de Dios, habitador de toda soledad, lavar esa sangre
preciosa con el castigo de los verdugos de su hermano. Paróse en
seguida ya mas tranquilo, i llamó a Carvajal para conferenciar con
él.
Digamos dos palabras sobre este personaje ántes de introducirlo
en la escena.
Francisco de Carvajal, oriundo de Ragama, aldea de Arévalo en la
península española, tendria entónces de ochenta i dos a ochenta i
cuatro años. Su porte era rnajestuoso, i su talla la mayor de las
que habian pasado a América.
Era hombre tan raro en su porte como en su manera de vestir.
Llevaba por lo comun, en vez de capa, un albornoz morisco, de color
morado, con rapacejo i capilla. Su sombrero era de tafetan negro,
circundado de un cordoncillo de seda, que servia para mantener
erguidas unas cuantas plumas de gallina, blancas i negras, cruzadas
al rededor de la copa en forma de X. I sobre esto del uso de las
plumas, era mui raro el parecer del maese de campo, pues opinaba
que no debian llevarlas sino los soldados, por probar en ellos
valor, de la misma manera que en los paisanos probaba
liviandad.
Sus armas eran por lo comun uno o dos piés mas largas que las de
sus compañeros, i gustaba siempre de montar los mejores caballos,
beber los buenos vinos i galantear las lindas muchachas. Aunque sin
cultura ninguna, tenia un espíritu pronto i avisado como se notará
por los siguientes pasajes.
Habiendo entrado con Borbon en la ciudad de Roma i entretenídose
demasiado en el combate miéntras sus compañeros se aprovechaban del
saqueo, cuando fué por su parte ya no quedaba nada. Quedóse
Carvajal pensativo por algunos momentos, i luego alejándose de su
cuerpo, cuyos soldados se reian mui cordialmente de su desgracia,
se fué a una notaría de las principales, i cargó con los
espedientes que le parecieron de mas valia. Pasaron así hasta ocho
dias, al cabo de los cuales llegó el notario afanadísimo a su
cuartel, i a fuerza de empeños i ruegos logró rescatar los
espedientes por la suma de mil ducados de oro. Fué hasta entónces
que los vencedores conocieron la importancia del botin de su
camarada, el cual no habia servido hasta allí sino para hacerlos
fecundos en burlas.
Viajando en otra ocasion Carvajal por el Collao, encontró con un
mercader que acababa de desembarcar de Panamá catorce o quince mil
pesos en brocados, terciopelos, paños finísimos de Segovia, Holanda
i Ruan, rasos i damasco, el cual cargamento llevaba consigo en mui
buenas acémilas.
-Hermano, dijo Carvajal deteniendo su troton i apoyando la lanza
contra el suelo, me alegro mucho de haberos encontrado, pues estoi
sin blanca, i en buena guerra todo ese cargamento me pertenece.
El mercader, que no era lerdo i que conocia al maese de campo
como todos en el Perú, detuvo tambien cortesmente su mula i
respondió a Carvajal:
-Señor mio, en guerra i en paz es de vuesa merced esa
mercadería, porque en nombre de ámbos hice el empleo en Panamá, i
espero tener el honor de que nos dividamos por mitad las ganancias.
Voi pues a realizar todo a los mejores precios, i luego
partiremos.
Mandó en seguida el mercader que descargaran una mula i dió al
guerrero dos botijas de vino tinto, i dos docenas de herraduras,
mui estimadas en aquel entónces en el Perú, i cuyo valor no bajaba
de un marco de plata por par.
-Tomad, le dijo entregándole todo, i ved que no os he olvidado
en mi viaje.
Departieron los dos socios durante largo rato i Carvajal dió al
mercader un escrito (conducta de capitan) por el cual debian los
indios servirle durante el viaje i darle grátis todo lo necesario;
i en Potosí, lugar a donde iba destinada la mercancía, se prohibia
a los comerciantes abrir sus tiendas i hacer trato ninguno hasta
que el socio del guerrero hubiese despachado toda su hacienda.
Con lo que se separaron despues mui contentos uno de otro.
En otra ocasion, habiendo vuelto al Cuzco victorioso del capitan
Diego Centeno, como hombre pródigo i gastador, dió en su casa a
varios amigos un banquete jeneroso, en que se prodigaron algunas
arrobas de vino, que entónces costaba nada ménos que a trescientos
pesos la arroba. Embriagándose todos, cada uno cayó dormido para el
lado que pudo.
Salió entónces de su aposento doña Catalina Leiton, esposa del
maese de campo, i por dar a entender a su marido lo mal que hacia
en costear semejantes bacanales, díjole:
-Pobre Perú, i cuál están los que lo gobiernan!
-Calla, vieja ruin, i de lo que te espantas! dijo con mucha
formalidad Carvajal; déjalos dormir un par de horas, que cualquiera
de ellos es bastante para gobernar medio mundo.
Con estos preliminares introduzcamos al lector a la conferencia
de Gonzalo i su teniente.