INDICE




Capítulo I - Cómo se Funda un Gobierno
Capítulo II - El Oro y la Fuerza
Capítulo III - Los Éxtasis de Candia
Capítulo IV - El Retiro
Capítulo V - La Herencia de Luque
Capítulo VI - Una Vieja Amiga
Capítulo VII - La Entrevista
Capítulo VIII - Las Llanuras de Chupas
Capítulo IX - La Ejecucion
Capítulo X - El Secretario Rodriguez
Capítulo XI - Nobleza e Infamia
Capítulo XII - Llegada del Virrei
Capítulo XIII - El Sello Real
Capítulo XIV - El Caballero de la Capa Negra con Cabos de Plata
Capítulo XV - Las Dos Serpientes
Capítulo XVI - El Canto Salvaje
Capítulo XVII - El Viaje
Capítulo XVIII - El Crímen
Capítulo XIX - Oidor y Virei
Capítulo XX - Cepeda
Capítulo XXI - Valor i Dignidad
Capítulo XXII - Un Consejo Pedido i Rehusado
Capítulo XXIII - El Juramento
Capítulo XXIV - En Donde se Verá Quién era el Maese de Campo de Gonzalo
Capítulo XXV - La Recompensa
Capítulo XXVI - Extasis i Amor
Capítulo XXVII - Tipos Caballerescos del Siglo XVI
Capítulo XXVIII - La Vision
Capítulo XXIX - Exámen de Cuentas
Capítulo XXX - Quince Años Despues
Capítulo XXXI - El Castigo del Cielo
Capítulo XXXII - Muerte de Núñez
Capítulo XXXIII - Lo que Pasaba Entretanto en la Corte
Capítulo XXXIV - Pedro de la Gasca
Capítulo XXXV - Batalla de Xaquinxuana
Capítulo XXXVI - La Ejecucion
Epílogo
CAPÍTULO XXIII EL JURAMENTO

Cepeda departió esa misma noche bastante largamente con sus camaradas, i a la mañana siguiente, 28 de octubre de 1544, la ciudad de Lima apareció toda de gala. Construyéronse a la lijera arcos de triunfo en sus calles principales, revistiéronse las puertas i las ventanas de brocados riquísimos, tronó el cañon, esa voz solemne de toda fiesta nacional, i echáronse las campanas a vuelo. La jente hervia en las plazas i avenidas de la ciudad, cruzaban los jinetes en briosos i descansados caballos llevando o trayendo órdenes, abríanse de par en par las puertas del palacio de los vireyes, obra colosal del marques Francisco Pizarro, i la música de los batallones tocaba a porfía. i con el entusiasmo propio en una gran fiesta popular.

Cerca de las doce salió la Audiencia en cuerpo i vestida de gala, i avanzándose milla i media de la ciudad, recibió de oficio a Gonzalo Pizarro, quien solo esperaba este requisito para entrar en la capital de los reyes.

Cepeda estaba pálido i conmovido. Como presidente de la Audiencia llevaba la voz; pero pudo apénas decir al vencedor:

-Servios, señor, entrar en la ciudad, cuyas llaves de oro pongo humildemente a vuestros piés, el bien jeneral así lo exija. Salvad la paz, i la Corona resuelva despues.

Pizarro recibió las llaves de manos del licenciado sin responder palabra, i llamando a los miembros de la Audiencia para que cabalgasen junto a él, empezó su entrada triunfal.

Gonzalo Pizarro era todavía bastante jóven. Habíase puesto ese dia al frente de todos sus lanceros, i montaba un caballo magnífico revestido de gualdrapas de grana i oro. Iba completamente armado, i llevaba sobre la armadura una túnica bordada profusamente de piedras, junto con una capa carmesí guarnecida de brillantes adornos. Era su porte majestuoso, i su ancha barba, negra i caudal como la cola de un pájaro nocturno, daba a su fisonomía cierta espresion marcial mui propia de los novelescos caballeros de su siglo. Marchaba delante de él el estandarte real de Castilla, e iban a sus costados la bandera del Cuzco i el estandarte de los Pizarros, en cuya tela hermosa campeaban las armas concedidas por la Corona a esta casa de la fortuna i del valor.

Al entrar en las calles de la ciudad hubo aclamaciones estrepitosas, coronas i flores. Las tropas desfilaron en órden de batalla, i todo aquel dia se pasó en regocijos i felicitaciones. Solo Gonzalo no parecia estar satisfecho de su gloria. El dolor siempre como que reserva la mas punzante de sus espinas, la duda, para el héroe de toda jornada.

Entró pues a palacio con aspecto sombrío, i sin saber él mismo porqué, se encaminó al salon donde habia sido asesinado el marques su hermano, despues de ordenar que nadie lo siguiese porque queria estar solo.

Tres años hacia que el marques habia sido asesinado, i sinembargo el salon donde habia tenido lugar el sombrío suceso se encontraba en el mismo estado. Entró en él Gonzalo con el paso trémulo i el corazon palpitante. Sus ojos, como estraviados, vinieron a fijarse en el muro, manchado aún con la sangre de su hermano; i como si aquella sangre humease todavía, i como si todavía fuese tiempo de secarla, llevó el héroe su mano sobre ella, pero estaba fria i petrificada como el granito que le servia de urna funeraria.

Quedóse Gonzalo pensativo largo rato ante aquella muestra de la inconstancia humana, i su alma vuelta atras como evocada por una deidad superior, volvió a representarse al marques, a Hernando i a Juan, cuando no eran mas que tres soldados oscuros, sin ambicion ni idea cabal de la gloria, i casi estuvo por envidiar esa especie de felicidad aparte, que no se goza sino en los estados humildes, i que no se lamenta sino cuando se echa ménos desde la cumbre vertijinosa del poder. I el héroe, suspendido entre los dos abismos sin fondo del pasado i del porvenir, quedó cabizbajo e indeciso, como el águila real que se cierne turbada entre el azul de los cielos i el de los mares en un dia de verano.

I no era para ménos la situacion. Lo que estaba presente delante de sus ojos era la sangre, pérfidamente vertida, del hombre que, sin mas recurso que su espada, habia conquistado el mundo mismo que Colon habia arrebatado al océano; del guerrero cuyas hazañas sin paralelo, habian hecho estremecer de celos el pecho del arrepentido de Juste.

Dió Gonzalo algunos pasos por el salon, i quitándose el yelmo de acero luciente, zafándose los guantes de búfalo i desenvainando la espada, dobló una rodilla con relijiosa reverencia, i juró en presencia de Dios, habitador de toda soledad, lavar esa sangre preciosa con el castigo de los verdugos de su hermano. Paróse en seguida ya mas tranquilo, i llamó a Carvajal para conferenciar con él.

Digamos dos palabras sobre este personaje ántes de introducirlo en la escena.

Francisco de Carvajal, oriundo de Ragama, aldea de Arévalo en la península española, tendria entónces de ochenta i dos a ochenta i cuatro años. Su porte era rnajestuoso, i su talla la mayor de las que habian pasado a América.

Era hombre tan raro en su porte como en su manera de vestir. Llevaba por lo comun, en vez de capa, un albornoz morisco, de color morado, con rapacejo i capilla. Su sombrero era de tafetan negro, circundado de un cordoncillo de seda, que servia para mantener erguidas unas cuantas plumas de gallina, blancas i negras, cruzadas al rededor de la copa en forma de X. I sobre esto del uso de las plumas, era mui raro el parecer del maese de campo, pues opinaba que no debian llevarlas sino los soldados, por probar en ellos valor, de la misma manera que en los paisanos probaba liviandad.

Sus armas eran por lo comun uno o dos piés mas largas que las de sus compañeros, i gustaba siempre de montar los mejores caballos, beber los buenos vinos i galantear las lindas muchachas. Aunque sin cultura ninguna, tenia un espíritu pronto i avisado como se notará por los siguientes pasajes.

Habiendo entrado con Borbon en la ciudad de Roma i entretenídose demasiado en el combate miéntras sus compañeros se aprovechaban del saqueo, cuando fué por su parte ya no quedaba nada. Quedóse Carvajal pensativo por algunos momentos, i luego alejándose de su cuerpo, cuyos soldados se reian mui cordialmente de su desgracia, se fué a una notaría de las principales, i cargó con los espedientes que le parecieron de mas valia. Pasaron así hasta ocho dias, al cabo de los cuales llegó el notario afanadísimo a su cuartel, i a fuerza de empeños i ruegos logró rescatar los espedientes por la suma de mil ducados de oro. Fué hasta entónces que los vencedores conocieron la importancia del botin de su camarada, el cual no habia servido hasta allí sino para hacerlos fecundos en burlas.

Viajando en otra ocasion Carvajal por el Collao, encontró con un mercader que acababa de desembarcar de Panamá catorce o quince mil pesos en brocados, terciopelos, paños finísimos de Segovia, Holanda i Ruan, rasos i damasco, el cual cargamento llevaba consigo en mui buenas acémilas.

-Hermano, dijo Carvajal deteniendo su troton i apoyando la lanza contra el suelo, me alegro mucho de haberos encontrado, pues estoi sin blanca, i en buena guerra todo ese cargamento me pertenece.

El mercader, que no era lerdo i que conocia al maese de campo como todos en el Perú, detuvo tambien cortesmente su mula i respondió a Carvajal:

-Señor mio, en guerra i en paz es de vuesa merced esa mercadería, porque en nombre de ámbos hice el empleo en Panamá, i espero tener el honor de que nos dividamos por mitad las ganancias. Voi pues a realizar todo a los mejores precios, i luego partiremos.

Mandó en seguida el mercader que descargaran una mula i dió al guerrero dos botijas de vino tinto, i dos docenas de herraduras, mui estimadas en aquel entónces en el Perú, i cuyo valor no bajaba de un marco de plata por par.

-Tomad, le dijo entregándole todo, i ved que no os he olvidado en mi viaje.

Departieron los dos socios durante largo rato i Carvajal dió al mercader un escrito (conducta de capitan) por el cual debian los indios servirle durante el viaje i darle grátis todo lo necesario; i en Potosí, lugar a donde iba destinada la mercancía, se prohibia a los comerciantes abrir sus tiendas i hacer trato ninguno hasta que el socio del guerrero hubiese despachado toda su hacienda.

Con lo que se separaron despues mui contentos uno de otro.

En otra ocasion, habiendo vuelto al Cuzco victorioso del capitan Diego Centeno, como hombre pródigo i gastador, dió en su casa a varios amigos un banquete jeneroso, en que se prodigaron algunas arrobas de vino, que entónces costaba nada ménos que a trescientos pesos la arroba. Embriagándose todos, cada uno cayó dormido para el lado que pudo.

Salió entónces de su aposento doña Catalina Leiton, esposa del maese de campo, i por dar a entender a su marido lo mal que hacia en costear semejantes bacanales, díjole:

-Pobre Perú, i cuál están los que lo gobiernan!

-Calla, vieja ruin, i de lo que te espantas! dijo con mucha formalidad Carvajal; déjalos dormir un par de horas, que cualquiera de ellos es bastante para gobernar medio mundo.

Con estos preliminares introduzcamos al lector a la conferencia de Gonzalo i su teniente.

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