CAPITULO XXII
UN CONSEJO PEDIDO I REHUSADO
El triunfo de Cepeda fué un triunfo efímero i sin
consecuencias.
Su plan respecto de Gonzalo Pizarro era disuadirlo de sus
intentos; cosa tan fácil como persuadir al tigre a que abandone su
presa. Juntó, pues, la Audiencia en seguida i la redujo a que
mandase un mensaje al héroe traidor, indicándole que aún era tiempo
de volver atras, que lo hiciera i que se le firmaria un perdon
absoluto.
Gonzalo recibió la embajada una tarde al ponerse el sol en los
valles de Xáuja; i aunque los pliegos del licenciado iban escritos
con mucha habilidad i se le colmaba en ellos de lisonjas, sonrióse
al leerlos, i dió a Francisco de Carvajal, su Aquiles i su Nestor a
un mismo tiempo, la órden de adelantarse sobre Lima con cincuenta
jinetes i obrar discrecionalmente.
Este Francisco de Carvajal era, el mismo que habia dado el
triunfo al consejero Vaca de Castro en la fiera batalla de Chupas,
i que ahora, por una de aquellas razones que no arguyen demasiado
en favor de la fidelidad española en los militares de la conquista,
peleaba bajo las banderas de la traicion, con el mismo valor que lo
habia hecho bajo las del rei. Era uno de aquellos fuertes i raros
soldados de la, edad de hierro, a quien venian como de molde las
viejas palabras del romance guerrero
-
- Mis arreos son las armas,
Mi descanso es pelear,
Mi cama las duras peñas,
Mi dormir siempre velar.
El viejo adalid no se dejó dar la órden dos veces, i los
embajadores de la Audiencia tuvieron que doblar sus marchas para
llegar a Lima ántes que él.
Grande fué la consternacion de Cepeda cuando supo la resolucion
de Pizarro; temió hasta por su vida, i exhausta su mente de
recursos e intrigas, no le quedó mas partido que encaminarse a la
cárcel pública, a conferenciar con el infortunado caballero Vaca de
Castro, quien con una cadena a la cintura i tendido sobre un poco
de paja en un rincon oscuro, esperaba del tiempo el remedio de los
males que le habia acarreado su mérito.
-Vos aquí? fueron las primeras palabras del prisionero.
-Sí, yo, señor; pero no os sorprendais: es servicio del rei.
-Segun eso, ya ha llegado la sentencia de mi muerte, i venís a
comunicármela
-Por qué lo creeis así?
-Porque hace ya mucho tiempo que
|el servicio del rei (i
el prisionero acompañó estas dos palabras con una amarga sonrisa)
no significa para mí sino dolores sobre dolores.
-Por el contrario, dijo Cepeda, creo que ahora es de vuestra
libertad de lo que se trata.
-Que sea así, esclamó el de Castro con un suspíro. Es tan dulce
la libertad con ella se vuelve a ver el sol, el mar i las flores!
Oh! repetidme que se me pondrá en libertad; es una palabra tan
grande, que hace felices hasta a los que no podemos mas que
pronunciarla.
I luego, como volviendo de un arrebato indebido, añadió:
-No creais por esto que suplico, ni que pido gracia: estoi bien
léjos de hacer eso. Yo no quiero sino la libertad o la muerte, pero
pronto, en el instante mismo si fuere posible.
-Bien conozco, señor, observó el licenciado con acento mañoso,
cuánta desesperacion, i justa, encierran vuestras palabras; pero
quejaos de vuestras desgracias a la mala política del virei: él
solo es el responsable de vuestros sufrimientos.
-No, oidor, replicó el prisionero con dignidad no es de Núñez de
quien debo quejarme, es de mi honradez. Entregué el mando cuando
pude retenerlo en mis manos, i me perdió mi hombría de bien.
-Sinembargo, debeis consolaros porque Blasco Núñez ha caido
tambien.
-Ha caído tambien! repitió el consejero espantado no parece sino
que fuera una maldicion superior que pesase sobre el trono del
Perú; todos los que lo hemos ocupado de Huayna Capac hasta Núñez
hemos caido víctimas del puñal, la política o el veneno.
I el grande hombre quedó engolfado en meditaciones sombrías.
-Bien, continuó Cepeda, el vírei ha caido, i yo le he sucedido
en el poder...
-Vos? interrumpió Vaca de Castro como espantado de lo que oia ¿i
a qué deberé atribuir el honor de vuestra visita? Venís a
descargarme el último golpe, ordenando mi muerte; o venís a abrirme
las puertas de la libertad.
-Tal vez haga lo último mas tarde, por ahora es imposible. A lo
que vengo es a pediros un consejo.
-Un consejo a mí? Oh! vos os burlais: qué va a deciros un pobre
preso como yo!
-Es el caso que Gonzalo Pizarro ha levantado en el Cuzco bandera
contra el rei, i su vanguardia penetra ya en las primeras cuadras
de la ciudad. Bien, pues, yo quiero tomar consejo de vos en las
presentes circunstancias.
-Oh, señor! dijo el consejero lleno de talento, sois vos muí
sabio para que yo pueda aconsejaros ninguna cosa: ocurrid a la
Audiencia.
-Oh! la Audiencia! la Audiencial repitió Cepeda con ironía.
Feliz de vos, señor, que no sabeis quiénes son los sujetos que la
componen.
-Ciertamente que un calabozo es el punto ménos a propósito para
estudiar i conocer a los hombres.
-Pero, señor, oidme. Gonzalo Pizarro está en armas; Blasco Núñez
ha sido depuesto por la Audiencia i habita actualmente una isla
desierta del Pacíficico; la opinion está pronunciada en favor de
Pizarro, i los amigos de la corona no tenemos los medios bastantes
para hacer respetar sus derechos. Tal es la situacion, iluminadme
con vuestros consejos.
-Me dísteis a entender ahora poco que la Audiencia se componía
de mentecatos ¿cómo ha podido pues atreverse a deponer al virei? I
los ojos de Castro brillaron llenos de intelijencia al hacer esta
observacion.
-Ah! ah! dijo Cepeda ¿i quién responde de que lo que ha hecho la
Audiencia no sea un disparate?
Vaca de Castro nada respondió; era cosa fuera de toda duda que
el licenciado no se dejaba aprisionar en sus propias redes.
Hubo despues un poco de pausa, durante la cual el consejero
pensó en que se las estaba habiendo con un hombre mui hábil, i
resolvió no soltar prenda ninguna. ¿No se le podia estar tendiendo
un lazo, haciéndole creer cosas que tal vez no habian sucedido? Por
otra parte, si era verdad todo lo que el oidor le decia ¿a qué fin
ayudar a combatir a Gonzalo Pizarro, cuando él venia para Vaca de
Castro como redentor, i no como verdugo?
Dijo pues al licenciado:
-Pensad mucho lo que haceis, señor oidor, que bien lo merece lo
grave del asunto; yo no doi a vuestras demandas mas respuesta que
el silencio.
-El silencio decís?
-I no miento, señor. Yo soi un pobre prisionero, que no espera
sin la libertad o la muerte. Si resolveis la primera, avisádmelo
para preparar mi corazon a la felicidad ; i si la segunda,
avisádmelo tambien para preparar mi alma a Dios. Por lo demas, nada
tengo que ver con la política.
Cepeda se mordió los labios al comprender que no habia sacado
nada de su entrevista, i se retiró de la prision de Vaca de Castro
pensando en que era mejor tener por adversario a Núñez, que a ese
altivo caballero, lleno de sagacidad i valor.
El licenciado se habia detenido en la prision mas de lo que a
sus intereses convenia, i cuando volvió afuera, halló que la ciudad
estaba en la mayor ajitacion, pues se disparaban algunas armas,
habia grupos de jente en las bocacalles i se reducia a prision a
varios caballeros principales. Aunque valiente, su corazon no pudo
ménos de helarse, pues su primera idea fué que el virei habia
logrado escaparse i efectuaba una reaccion en los sucesos; i si tal
acontecia, no le quedaba mas partido que la fuga.
Sinembargo, no era Cepeda hombre de dejarse llevar por la
primera impresion, i llegándose a una abecería que aún estaba
abierta, pues era bien entrada la noche, preguntó por lo que
pasaba. Dijéronle que eran las tropas de Gonzalo Pizarro que habian
empezado a entrar en la ciudad, con lo que se alejó mas sosegado,
tomando el camino de los arrabales, a fin de meditar despacio sobre
la situacion i fijarse un partido que adoptar.
La casualidad mas que otra cosa llevólo ácia unos grandes
árboles que quedaban a orillas del camino, a cuyo pié se sentó con
toda la postracion de espíritu de un hombre que se siente vencido,
mas por los sucesos dirijidos por el alto i secreto poder de Dios,
que por el poder de los hombres.
I es indudable que su meditacion hubiera sido mui larga i
laboriosa, si al levantar los ojos ocasionalmente al cielo, no
hubiese visto pendientes de las ramas mas gruesas de los árboles,
los espantosos cadáveres de tres hombres recientemente ahorcados.
Lanzó un grito e intentó huir, pero una mano de jigante cayó sobre
sus hombros casi con tanta fuerza como el hacha de Vulcano sobre la
cabeza enferma de Júpiter, i un hombre alto i grueso, digno
propietario de aquella mano de hierro, le dijo:
-No se afane, vuesa merced, señor licenciado, pues que por su
traje comprendo lo que es; ahí no hai colgados mas que tres de los
principales de Lima, i la lista ha de ser larga a lo que
parece.
Cepeda no supo qué contestar; pero el desconocido lo sacó de su
embarazo agregándole:
-Id de mi parte i decid a los oidores, que igual suerte se les
espera si mañana no proclaman rei del Perú a Gonzalo Pizarro.
-Quién sois vos, pues, para mandarles ese recado?
-Francisco de Carvajal.
I Cepeda no se esperó a mas contestaciones, sino que desapareció
de aquel lugar con la rapidez del águila.