CAPÍULO XX
CEPEDA
Las aspiraciones de Cepeda estaban satisfechas. Su venida al
Perú no habia tenido mas objeto que dar rienda suelta a su
desmedida ambicion. En la Península las cosas no so le presentaban
mui favorables; cuando mas, habria coronado su carrera pública
ocupando un puesto secundario en la majistratura de algun juzgado
de provincia. En América debian rodar las cosas de diferente
manera. El campo era nuevo; habia carencia absoluta de hombres de
letras, i podia llegarse a un alto puesto solo con un poco de
arrojo i sagacidad. Los primeros momentos de guerra i de conquista
habian pasado ya; una nueva era se abria para los americanos. Los
nombres de Cortes, Pizarro i Balboa empezaban a quedar olvidados, i
solo se pensaba en vireyes i audiencias; en organizar políticamente
las colonias, i hacerlas figurar como nuevas i magníficas estrellas
agregadas a la brillante constelacion de la monarquía. Carlos V era
entónces el sol de los reyes, sus triunfos i su jenio hacian de
España la primera nacion de Europa, i era cordura seguir ese astro
de la gloria en su camino de héroe al traves del siglo.
En todo esto había pensado el oidor detenidamente por eso habia
aceptado un puesto en la primera Audiencia mandada al Perú, i por
eso no habia ahorrado esfuerzo ni intriga para hacer caer a Núñez
en el odio de los conquistadores, sirviéndole para ello de oportuno
pretesto las ordenanzas, i manejando a su sabor a sus débiles
compañeros de empleo. I su anhelo estaba cumplido. Tras largo afan,
incertidumbres i penas, al fin la peligrosa maga de la ambicion lo
sonreía con benignidad. Su frente iba a inclinarse bajo el dulce
peso de la corona iba a volver el sueño a sus ojos, e iban a huir
de su corazon las angustias mortales i las zozobras. Sobre él
tendia el cielo de los incas sus flotantes pabellones de azul, i el
mar tranquilo de Occidente desataba sus olas en torno para
guarecerlo. Ese era el premio feliz de tan azarosa jornada, pues ya
hollaban sus piés los anchos salones del palacio de los capitanes
vencedores de América; ya era soberano i señor. I debia regocijarse
hasta lo infinito, pues, de letrado oscuro i debido solo a su
jenio, tocaba ya a los últimos peldaños de la grandeza humana.
Paseaba sus ojos en torno, i sus labios no podian ménos de sonreir
de gozo al contemplarse dueño absoluto de la tierra del sol, del
suelo fecundo que producia la vicuña i el condor; donde era la
mujer hermosa i jentil como el ave, i donde hacian torno al
horizonte los volcanes i las nieves, esa doble galería de agua i de
fuego superior a la grandeza de un hombre, i pedestal bastante a la
magnificencia de un dios.
El atrevido plan de Cepeda estaba bien combinado:
Por un lado aconsejar al virei todas las medidas que pudieran
perderlo en el ánimo de sus súbditos, como la prision de Vaca de
Castro, el tenaz sostenimiento de las ordenanzas, &c.
&c; i por otro hacerse el jefe de los descontentos por
estas medidas, halagar las pasiones populares, dispuestas siempre a
pagar tributo al primer demagogo que las alimenta. De ahí esos tres
papeles que representaba a un tiempo para con el pueblo, la
Audiencia i el Virei.
Tenia ademas Cepeda una cualidad como conspirador, i era que
conspiraba solo. A nadie habia confiado sus designios, i por eso
unos lo creian patriota de corazon, otros desconfiaban de él sin
saber la causa, i los mas acababan por no comprenderlo.
La labor habia sido lenta i bien preparada, Cepeda sabia que el
virei debia venir al suelo, i ya todo su trabajo estaba reducido a
espiar el momento oportuno de empujarlo por la pendiente fatal a
cuya cima lo habia conducido; i, nuevo Sísifo, acababa de lanzar la
piedra al abismo, pero sin tomarse el trabajo de bajar a él para
recojerla.
El virei habia hecho por salvar al Perú de manos de los
revolucionarios, a cuya cabeza se encontraba Gonzalo Pizarro, todo
lo que humanamente era posible hacer atendida su impopularidad i lo
violento de su posicion. En la mañana misma en que Cepeda habia
arrancado a la Audiencia un decreto de prision para Núñez i otro
del revestimiento del mando supremo para él, el virei habia
recorrido todas las calles de Lima a caballo i seguido de algunos
soldados, i se habia detenido observando las muchas barricadas
construidas por su órden en ellas, pasando revista a los cuarteles
i alentando en todas partes el decaido espíritu nacional; sin
sospechar siquiera que, media hora despues, los primeros tiros que
partieran de esas barricadas serian contra las ventanas de su
habitacion, i que las primeras maniobras de las tropas serian en
favor de la revolucion que estaban llamadas a debelar. I así habia
sucedido, pues cuando Cepeda habia entrado a palacio para tener con
Blasco Núñez la conferencia que referimos en el capítulo anterior,
el populacho amotinado, teniendo a su frente a los oidores, quedaba
en la plaza dando gritos a la libertad, i dejándose arrastrar por
el entusiasmo de las mujeres, quienes ajitaban su pañuelo blanco
desde los balcónes i animaban a los batallones a la insurreccion
con sus ademanes i sus voces.
Pero lo que mas habia despertado la indignacion contra el virei,
era el asesinato del factor Illen de Suárez. La circunstancias de
villania que lo hahian precedido, i el hecho de ser un hombre
anciano i mui querido por su honradez, exasperaron a todos, i
Cepeda gozó interiormente con el completo triunfo de su maldad.
El cadáver de Suárez habia sido enterrado a la lijera en un
lugar bastante público para que no pudiera tardar en ser
descubierto. Se le habia dejado un pié afuera para mayor seguridad.
Encontrósele pues, al tiempo mismo que su familia revolvia la
ciudad a causa de su desaparicion. Hubo al momento sospechas e
interrogatorios; i vino a sacarse en claro que Suárez habia sido
citado por el virei para cierta noche despues de la queda; que en
esa cita habian tenido un altercado, en el cual, cediendo el virei
a su natural arrebatado i violento, le habia atravesado el pecho
con su daga, entregándoselo luego a sus guardias para que acabaran
con él.
Cepeda habia escojido su víctima detenidamente entre todos los
vecinos de Lima; habia hablado a Díaz para que ejecutase el crimen
detallándole sus pormenores; finalmente, habia tenido todo el
talento diabólico necesario para hacer que no se prescindiera ni de
una sola de las circunstancias que podian perder al vireí, haciendo
que Díaz le contase a todo el mundo lo de la cita i trayendo jente
ocasionalmente a la plaza pública para que viesen entrar a Carvajal
a palacio, i esperasen en vano su vuelta, porque estaba decretado
que no habia de salir; i sinembargo, a nadie se le ocurrió, ni por
mal pensamiento, que el maldito licenciado fuera el esclusivo
responsable de aquel drama de horror; i la ciudad de Lima entera
aplaudia i honraba con sus víctores al victimario en desagravio de
la víctima que pretendia vengar. Tal suele ser el acierto del
pueblo!
Empero, si hemos de ser justos, puesto que el crimen tiene
tambien derecho a la justicia, debemos confesar aquí a fuer de
historiadores imparciales, que la habilidad de Cepeda era suma para
conspirar. Dos años hacía que aspiraba al mando del Perú, i durante
ese tiempo de obra continua ni una carta, ni un pensamiento, ni una
palabra que lo comprometiese. Sin mas confidente que su vasto
espiritu, nadie podia gloriarse de haber merecido sus confianzas;
él solo se habia bastado para sus planes.
Pero volvamos a nuestra historia.
Despues de preso el virei, Cepeda salió al balcon para gozarse
con el espectáculo que presentaba el pueblo que bullía en la plaza
principal; oyó sus víctores por algunos segundos, devolvió por
ellos algunas sonrisas, i luego sintió que su corazon se helaba al
contacto de una impresion estraña. Era que su ojo esperto descubria
en el horizonte de su vida una nubecilla sombría, que se estendía
por él con una rapidez asombrosa hasta encapotarlo del todo.
-Ah! se dijo, yo gozo ahora con mi triunfo, i tal vez la suerte
me guarda para el porvenir una caida mas terrible que la de Núñez.
Mi camino hasta aquí ha sido el camino del crimen, a cuyo fin suele
tropezarse con el cadalso. Pizarro, Vaca de Castro, Núñez mismo son
ejemplos que no debo echar en olvido... puede engañarse fácilmente
a los hombres, pero no puede engañarse a Dios! El hombre lo puede
todo con lo que le roda, mas es impotente para con el que mora en
las alturas. I ¿quién me asegura que este pueblo, que ahora me
aclama en el vértigo de su alegría, no se congregará mañana con el
mismo entusiasmo para danzar sobre mi losa?... Con todo, ya no es
posible retroceder, i miéntras llega el castigo del cielo, no
hagamos infructuosa la sangre del desgraciado Suárez.
Dijo el oidor, i sentándose en el mismo sillon que una hora
ántes habia ocupado el virei, escribió con su misma pluma una órden
para que, sin pérdida de momentos, se condujese a aquel infeliz
caballero a una de las islas desiertas del Pacífico, donde debia
guardársele hasta nueva órden.
El arrepentimiento empezaba a hablar al. corazon de aquel
ambicioso, pero su espíritu seguia rebelde a la moral. Misterios
incomprensibles en el hombre!