CAPÍTULO XIX
OIDOR I VIREI
Tres dias habian pasado desde los acontecimientos que acabamos
de referir. Gonzalo Pizarro avanzaba en órden de batalla sobre la
ciudad real, i todos temian una crisis horrible.
Eran como las diez de la mañana, i Blasco Núñez i Cepeda
sentados gravemente en dos sillones del salon del virei, estaban
empeñados en el siguiente diálogo, que revelará mejor que otra cosa
la situacion respectiva de ámbos personajes.
Blasco Núñez tenia toda la concentracion del orgullo español en
un caballero de su linaje i su valor; Cepeda estaba amable, pero su
amabilidad era amarga como la hiel.
Núñez llevaba la voz.
-Decís que niega la Audiencia cuanto le propongo?
-Todo lo niega, señor.
-Pero al ménos dará alguna razon?
-Dice, i dice con sobra de cordura, que no está porque el
gobierno se traslade a la ciudad de Trujillo, porque allí no tendrá
recursos ni soldados.
-Pero persistir en que nos quedemos aquí, es tanto como resolver
que nos entreguemos a Gonzalo.
-Si es tan poderoso como dicen, que nos venza, señor. Estoi
porque el mundo sea de los poderosos.
-I bien, qué resultados ha tenido la mision del señor obispo del
Cuzco? Cómo lo ha recibido Gonzalo.
-Al obispo personalmente mui bien; pero se ha reido de su
embajada.
-Qué pretende pues?
-Que, en vez de aconsejarle que se vuelva a sus minas, os
sirvais entregarle las riendas del Perú, a las que dice tener
derecho por herencia de su hermano Francisco.
-No es pequeña su pretension!
-Anunciando que de no hacerse así, entregará la ciudad al
saqueo. Ahora, virei, añadió Cepeda con cierto aire bien
impertinente, ya veis que he sido dócil a vuestras demandas, sed
vos dócil a las mias i respondedme. ¿Qué medidas se han tomado para
atender a la defensa del vireinato?
-Todas las que han sido compatibles con la situacion. La tropa
es fiel.
-Fiel! virei? si todos se están pasando.
-Quiénes son esos
|todos?
-Pues Díaz, Puélles i todos los que, a pretesto de observar a
Gonzalo, le estais mandando.
-Qué decís, víbora? gritó Núñez parándose del asiento lleno de
rabia.
-Vaya! respondió el impasible oidor lleno de calma, lo que ya no
es un secreto para nadie puesto que todos lo hemos penetrado.
Blasco Núñez, se os acusa de vendernos a Gonzalo!
-Si no sois vos el infame acusador, no hallo quién pueda
ser.
-Esa respuesta merecia bien una estocada, pero la prudencia me
manda refrenarme.
-La
|prudencia decís? No, es la cobardía. Sois un
miserable
-Bien, supongamos que sea la cobardía; qué hai en ello? No
sabeis que la cobardía tiene tambien su valor, i su valor
supremo?... Pero os habeís indignado bien pronto, i empezamos ahora
no mas; os aconsejo que tengais un poco de paciencia.
-La tengo en gran cantidad, pero bueno seria que no me la
provocáseis.
-Bien; no me respondais agravios.
-Si sois audaz....
-Lo sustenta mi espada: virei, soi hijodalgo.
-Vuestra espada? me da risa: será la toga, abogado!
I Blasco Núñez se sonrió con desprecio profundo.
-Debajo de ella, Núñez, se oculta un buen corazon, dijo Cepeda,
i desgarrando mas bien que quitándose la toga de rica tela negra
que vestia, se mostró a los ojos del airado virei apuesto con toda
la magnificencia cortesana de un príncipe.
-Oh sois mui astuto, señor oidor, diío Núñez burlando, pues a
todo estais preparado. De cuando acá cargais con armas en vez de
leyes?
-Tirano desde que al pueblo inocente poneis asechanzas i
ultrajais soberbio.
-Oh! debe ser mi tiranía mui atroz, cuando, siendo yo una
paloma, os pasma a vos, que sois un milano!
-Parece que ha llegado el momento, i ya nos contemplamos faz a
faz.
-Lo esperaba hace tiempo.
-I bien se ve que somos buenos contrarios; salvo que en esto de
vencer os quedais siempre.... burlado.
-Recordad, oidor Cepeda, que aún soi virei, i puedo colgaros del
artesonado.
-Perdonad, no habia caido en ello... como a Solar; sinembargo,
espero que no lo hareis.
-I por qué no?
-Porque sois humano de sobra. Pero no perdamos el tiempo, que
urje, en debates de sandios; vos lo sois bastante, pero esto no
hace al caso. Virei, cerca de vos vengo a cumplir hoi un alto
encargo de la Audiencia.
-Hablad.
-Dice la Audiencia que la prision del de Castro fué un
atentado.
-Sin entrar ahora a calificar el hecho, tengo el honor de
recordaros que vos fuisteis el primero en aconsejarme el paso.
-Así es la verdad; pero ahora no se trata del consejero.
- Creo que a entrambos cobija el fallo, pues si yo firmé, vos
estendísteis con vuestra propia mano la órden fatal.
-I qué?
-Que, sin pretender disculparme del hecho, haré valer vuestra
participacion en él.
-En eso padeceis un error lamentable, pues tuve la prudencia de
entregar el pergamino a las llamas.
Hubo en seguida un rato de pausa, durante la cual Núñez paseó
sus ojos de la cabeza a los pies del licenciado con toda la
sublimidad del desprecio.
Cepeda continuó.
-Tambien os acusa la Audiencia de traficar con las ordenanzas,
haciendo que ellas se cumplan solamente en los pueblos que no son
propicios a vuestro mando.
-Desprecio esos dichos i esas necesidades.
-Tambien será necedad el asesinato de un hombre?
-De qué hombre, decid
-Del factor Illen de Suárez.
-Mentís, el oidor villano.
-Bien quisiera mentir, pero las pruebas de dos de vuestros
soldados alegan mas alto que mi voz. Esos soldados, Núñez, son los
mismos que vos pusisteis bajo las órdenes de Díaz, ahí, tras de esa
puerta para que matasen al factor, solo porque rehusó entrar con
vos en depredaciones infames.
-Quién sois, infernal Cepeda? preguntó el de Blasco espantado de
tanta audacia.
-Sospecho que vuestro ánjel malo.
-Mi ánjel malo, sí, pues él tan solo puede inventar tantas
calumnias, i mi cabeza, próxima a la locura, volver pedazos como un
vidro que se estruja bajo los piés!
Tenazmente me habeis seguido, Cepeda, desde las orillas del Tajo
hasta este rincon lejano del mundo habeis contado mis huellas una a
una; me habeis vendido mil veces en cada hora, i en cada hora
habeis preparado a mi corazon torturas infinitas. Todo lo que
habeis hecho lo sé; no se me han escapado vuestros mas íntimos
pensamientos; vuestra ambicion, vuestros crímenes están presentes
delante de mis ojos; pero ya se ha colmado la medida; habeis
derramado en ella la última gota, i va a desbordarse. Soñásteis con
una corona i tropezais con el cadalso: pedid a Dios por vuestra
alma.
I pronunciando el virei estas palabras con todo el enojo de la
ira, fué a su mesa de escribir i tocó una campanilla por repetidas
veces. Luego empezó a pasearse ya mas sereno, en tanto que Cepeda
lo contemplaba con marcada ironía.
-Queríais alguna cosa? preguntó el licenciado despues de un rato
de pausa; parece que ya no obedecen vuestras órdenes en este
palacio... Pero ántes que deis al verdugo mi cuello por regalo,
quiero haceros partícipe del suceso que trae felices hoi a los
peruanos: sabed que la Audiencia ha tenido a bien nombrarme
Presidente del vireinato; i que he entrado ya en ejercicio de mis
delicadas funciones.
-Sin duda la Audiencia ha olvidado quién es el virei Blasco
Núñez, cuando se ha atrevido a hacer tal nombramiento sin facultad
para ello; partid pues i la decid, que nadie manda aquí sino yo, i
que para derrocarme del mando será preciso que se me quite ántes la
vida.
-Se os quitará en un cadalso.
-Con qué poder?
-Con el mio.
-Dónde se encuentra?
-En mi voluntad i en mi brazo. Doblad, Núñez, la rodilla al
nuevo virei peruano.
-I tal proferís, i aún os dejo vivir!
-Es tarde ya: dadme vuestra espada.
I Cepeda acercándose a un balcon abrió de par en par sus
puertas, i mostró al infortunado virei el pueblo todo congregado en
la plaza, cuyos sordos rumores, semejantes al grito de la tempestad
en los bosques, venian a morir en los ángulos del real salon
preñados de mueras i amenazas. Muera el tirano! decian algunas
voces avinadas. Caiga el infame! Muera el virei! Abajo el
asesino!
No por esto Núñez habia perdido su valor, antes bien, a
semejanza de las fieras que huelen el peligro i se arrojan a él,
quiso salir i mostrarse a la multitud rebelada; quiso hablarle, i,
si posible fuera, dispersarla a sablazos; pero bastó solo una voz
de Cepeda para que entrasen por todas las puertas numerosas
guardias armadas, i se avanzasen sobre el virei.
Sacó este su espada, e iba a ponerse en guardia para vender su
vida a gota de sangre por gota de sangre, cuando cayó en la cuenta
de que no tenia en torno de sí sino villanos; quedóse pues
pensativó por un momento, i poniendo su formidable bota sobre la
hermosa hoja toledana, la partió en dos, i la arrojó despues a un
rincon. En seguida se cruzó de brazos, i dejó tranquilo que lo
cargaran de cadenas.
Sinernbargo, en medio de su resignacion admirable, dos lágrimas
se vieron rodar por sus mejillas i perderse en seguida: era el
recuerdo de Jilma, que iba a quedar entregada a aquellos
vándalos.