CAPITULO XVIII
EL CRÍMEN
Entraron a Lima algo despues de haber caido la noche, a la sazon
que el virei, fatigado con las contínuas luchas de su empleo,
hostigado por Cepeda i las ordenanzas, se entretenia en medir el
salon del palacio con pasos vacilantes i sin concierto.
-Favor, dijo Jilma llegando la primera i echándose a los piés de
Núñez con las lágrimas en el rostro, Favor, noble español! A tu
lealtad segura me acojo, pues eres fuerte, i yo soi débil, i estoi
desamparada.
-Alzad, princesa, repuso tranquilamente el hidalgo, i sepa de
vuestros labios cuáles son esos infortunios de que os quejais.
-Oh! nunca, observó la doncella sublime de súplica i de
hermosura. Para levantarme de aquí, necesito que me jures primero
que serás mi protector sobre la tierra, que tu palacio me ocultará
de los monstruos que anonadan mi patria.... Oh! soi tan
infeliz!....
-Por mi acero, dijo el español con orgullo cristiano, por mi
acero, os juro que os guardaré contra todos.
-Yo soi Jilma, continuó la abandonada niña; vine al mundo en el
momento mismo de perder a mi madre, i mi padre fué Manco, que
mandaba cien lejiones, i sin cuyo permiso ni aves ni viento
movíanse en la tierra.
-Vos hija de Manco?
-Sí, del mismo a quien han dado muerte vuestros soldados
sanguinarios
-Oh! i qué tarde venís para que os ayude!
-Para cumplir con la lei sagrada que manda amparar al débil,
nunca se viene tarde a donde el poderoso.
-Nunca, en verdad, adorable Jilma, i ménos si arde en el corazon
la llama que prende vuestro acento.
-Oh, señor! llama que apaga el primer soplo de la mas débil de
las brisas, si es español quien la enciende!
-Tanto así lo odiais?
-Oh! tanto, cuantó amo mi bosque natío, su follaje sus flores,
que ellos han encharcado en sangre i en barro.
-Eso decís?
-I cómo no decirlo! ¿De dónde sales tú, que no conoces las
desgracias que va para veinte años que nos causa ese pueblo
maldito? El solo que fué bastante atrevido para surcar las olas
hinchadas de mares sin fin, desconocidos, para venirnos a robar
hogar, hacienda, dioses i paz? Quiénes, sino ellos; en busca del
oro vil, han ennegrecido la historia con toda clase de crímenes i
maldades. Mira nuestros campos desolados, nuestras ciudades
taladas; mira a la imperial familia destruida hoi por entero, i
solo representada en mí, última flor i vástago, que, para
preservarse del rayo esterminador, cae, señor, a tus plantas, i
temblorosa de encono i de impotencia, solo es fuerte para lanzar
suspiros i verter lágrimas!
-Dejad, princesa infeliz, por ahora, esas reconvenciones
amargas, mui justas en vos, paloma real cuya estirpe se descubre al
rayo de vuestra mirada, en el acento arjentino i noble e vuestro
voz, i sepa yo en qué puedo serviros?
-En qué, virei? En prestarme un asilo en tu palacio. Muerto mi
padre, en la tierra he quedado triste i sola como la flor huérfana
en los valles. Ruinas i peligros me cercan por todas partes, i mi
infortunio es tanto, que tengo que apelar a los mismos que me
martirizan i humillan.
-Jilma!
-No lo digo por tí, noble i poderoso español, porque me son bien
conocidas las relaciones honradas i estrechas que mantenias con mi
padre, el guerrero Manco. Lo digo por tus soldados, lejiones sobre
lejiones de verdugos, que son capaces de intentarlo todo, desde el
robo hasta la impiedad!
-Es decir que no desconfiais de mí?
-No, virei, no podré desconfiar de un anciano hidalgo como tú,
de un guerrero valiente.
-Es decir que confiais en mí?
-Confio, señor.
I Blasco Núñez presentó su brazo a la desamparada princesa para
conducirla a una estancia vecina donde pudiera descansar.
El salon quedó decierto por algunos segundos.
Si el lector quiere, podrá recordar con facilidad que la noche
del dia en que hemos cortado la relacion de los acontecimientos en
Lima, para ir a buscar a Manco al seno mismo de las montañas, era
la noche en que el virei Blasco Núñez debia tener una conferencia
privada con el factor Illen de Suárez, a cuyo efecto habia
prevenido a Diaz que lo llamase para despues de la queda.
No bien salió el virei del salon conduciendo a su bella
aparecida, cuando sonó aquella, i la alta i grave figura del
honrado vecino se dibujó en el marco de la puerta como una pintura
antigua.
El factor Illen de Suárez de Carvajal era un hombre como de
cincuenta a cincuenta i cinco años, alto, bien hecho, i marchaba
con esa arrogancia propia de los verdaderos castellanos del siglo
XV. La misma arrogancia de su andar era la de su voz.
Quitose el chambergo a fuer de atento, i paseando su mirada por
el salon vacio, dió algunos pasos sin direccion fija, hasta que se
oyó ruido del lado derecho, crujió una puerta i apareció de nuevo
el combatido virei, dichoso entónces con la prenda política que el
destino le deparaba en Jilma en aquellos momentos, i de la cual
pensaba sacar grandes provechos para el porvenir.
El saludo de Suárez fué en estremo ceremonioso, por no decir
frio hasta el orgullo. Núñez, como hombre que daba mas importancia
a los acontecimientos que a las reglas de una falsa cortesanía, no
respondió al factor, sino que allegándosele con solemnidad i
confianza, le preguntó:
-I qué hai, mi buen Suárez?
-Que no debeis perder ya un solo momento! Gonzalo Pizarro avanza
a pasos precipitados, i se encontrará delante de Lima ántes de
cuatro dias.
- Tan pronto así? preguntó el virei con sobra de desden e
incredulidad.
-Sí, tan pronto así. Ha salido del Cuzco con un puñado de
valientes; en el camino se le han reunido todos los antiguos
soldados de él i de su hermano; el pais es una mina inmensa que no
tardará en estallar...
-Quien os oyera, Suárez, os creeria poco amigo de la Corona.
-Si el decir la verdad i preveniros para que conjureis la
tempestad es ser enemigo del Rei, yo tendré que serlo, señor; pero
las cosas pasan precisamente como tengo la pena de decíroslas.
-Es decir que vos, factor, estais creyendo de véras en esas
patrañas que los enemigos del monarca inventan todos los dias para
suscitarme zozobras? Gonzalo Pizarro es un caballero demasiado
entendido i tiene mucho que esperar de su valor para convertirse en
un simple rebelde.
-Mal conoceis, señor, a los Pizarros cuando os espresais así.
Gonzalo está resentido porque a la muerte de su hermano el marques
no se le elijió para ejercer el gobierno del Perú, i, en su enojo,
es capaz de moverle guerra hasta a los astros. Ahora mismo está
acampado a unas tantas jornadas de aquí con un poderoso ejército.
Es imposible, virei, que os obstineis en negarme esto.
Blasco Núñez conoció que no tenia qué responder, i se mordió los
labios en silencio.
Suárez continuó:
-I lo peor de todo es que el pueblo está con él, i que las
autoridades son las que lo han llamado i proclamado.
-I será cierto que es tan opulento como dicen? preguntó el de
Vela cediendo un poco a la verdad de la situacion.
-Oh! sí, mui opulento; i, sobre todo, mui valiente. Habeis
leido, señor, alguna vez esos famosos cantos de Homero que se
ocupan de la guerra de Troya? Pues bien, cuando uno ve a Gonzalo
Pizarro armado de punta en blanco le parece que es Ayax o Pálas
mismo, que resucita evocado por el grito de una imajinacion
batalladora i sublime como la del ciego cantor.
-Lo creis así?
-Oh, señor! no es solo que lo creo, sino que lo he visto
asi.
I ámbos caballeros guardaron silencio.
-Empero, queda un recurso, dijo Suárez despues de algun rato de
pausa.
-Qué recurso? preguntó Núñez distraido.
-Ceder a las circunstancias. Quemad las ordenanzas que habeis
traido para la colonia, i yo os respondo de la paz con mi
cabeza.
-Oh! Suarez, la bondad os fascina tristemente: las ordenanzas no
son en el Perú actualmente mas que un pretesto como cualquiera otro
para la revolucion. Es que tanto a Gonzalo como a sus secuaces los
ahoga un mar entero de ambicion; su celo no es mas que codicia de
revueltas, como no será su victoria mas que un reguero de lágrimas
i sangre.
-Tengo mejor opinion de Gonzalo.
-Le temeis acaso? preguntó Núñez ya un poco picado con la justa
obstinacion de Suárez; pues sabed que yo no lo temo, i que sabré
servir al Rei con mi vida i con mi muerte.
-Señor, provocais el destino de una manera inusitada.
-Oh! Suárez, vos veis bien que mi cabeza está blanca de canas, i
seria baldon infame prestarme a entrar en tratados con los
rebeldes. Mi deber es poner la plaza en perfecto estado de
defensa.
-Ya sé, señor, que habeis llevado vuestra actividad hasta mandar
hacer cañones con las campanas de las iglesias.... medida que, sea
dicho de paso, os ha despertado una enemiga terrible de parte de
los fieles.
Blasco Núñez se sonrió con melancolía.
-Os sonreis, virei? preguntó Suérez sin perder el tono serio i a
veces grave que habia tomado desde un principio.
-Sí, me sonrío, pero no vayais a creer que es de incredulidad:
es que cuando un hombre llega a ser impopular, todo lo que hace le
resulta mal.
-Decia, prosiguió Suárez sin hacer observacion alguna a esta
sabia del virei, que conozco i aplaudo hasta cierto punto las
medidas de defensa que habeis adoptado; pero si todas os salen tan
eficaces como la mandada de Puélles en observacion...
-Pues qué? preguntó Núñez con ansiedad, que confiaba mucho en
este oficial como de toda su privanza.
-Pues qué? que se ha pasado a Gonzalo con todos los jinetes de
su mando.
Blasco Núñez estuvo a punto de lanzar un jemido de horror.
-Decís que Puélles se ha pasado al enemigo?
-Como se pasará la ciudad entera tan luego como Gonzalo despache
sobra ella a cualquiera de sus tenientes.
El virei conoció que le faltaba aire para respirar i salió al
balcon para buscarlo en el frio ambiente de la noche. Las once
daban en aquel punto en la torre vecina,
-En fin, dijo Suárez siguiéndolo: han dado las once i yo debo
retirarme.... Habia abrigado la esperanza de que era para algo
bueno que me llamábais.
-Oh! sí, dijo el virei como despertándose; recuerdo ahora que os
habia mandado llamar para un asunto de importancia.
-Bien, veamos de qué se trata, observó Suárez como hombre
convencido de que no hacia mas que perder el tiempo, puesto que el
virei estaba mui léjos de echar por el buen camino.
-Oh! Suárez, de lo que se trata es de salvar el pais, de
conservarlo para la Corona. Os mandé llamar por si quereis
prestarme vuestro favor.
-Virei, contad conmigo en todo lo que sea justo i razonable.
-Pues bien, se trata de aprehender a un alto reo político; se
trata de poner en prision al oidor Diego Cepeda, con el mayor
sijilo, i esta noche misma.
-Señor, es paso violento.
-Conspira contra el Rei; es un traidor!
-Cepeda traidor?
-Como el primero; mas que Gonzalo.
-No creo.
-La Audiencia alborota el audaz contra mí, i creo que lleva su
temeridad hasta intentar matarme para ceñirse en seguida la corona
peruana.
-Exajerais, señor.
-Os juro que ambiciona el mando del Perú. Por su consejo, es que
ha hecho Solar lo que ha hecho.
-Enconado estais en verdad, virei. El, tan modesto i tan
sabio...no creais eso!
-Suárez, me enojais con tal duda.
-I vos a mí con tal sospecha.
-Juro que Cepeda es un infame!
-I yo que es un buen servidor de la monarquía; que no quiere mas
que el bien de todos.
-El bien de todos! él? que, semejante a una furia, desencadena
la rebelion en torno a mi cabeza, que no respira mas que sarcasmo i
hiel!... Suárez, contaba con vos para que lo prendieseis. Sois
hombre bien reputado en la ciudad, sois anciano, i vuestro apoyo va
a serme de grande utilidad.
-Mas, para qué quereis encarcelarlo?
-Para que purgue luego en un tormento sus muchos crímenes i
maldades.
-Oh! esclamó el factor ardiendo de indignacion, soi vuestro
vasallo, señor; pero la moral i la lei me prohiben obedeceros, si
lo que ordenais es la injusticia i el crímen.
-Es decir que estoi completamente solo? preguntó Núñez con
altivez i dolor a un mismo tiempo.
-Sí, señor, solo, cual cumple a los tiranos de vuestra
condicion.
I Suárez volvió la espalda para abandonar al virei.
-Factor, dijo este indignado, os digo que sois un insolente. I
luego estendiendo el brazo derecho hacia la puerta principal,
añadió: salid, que ya bastaré solo para someteros a la lei,
rebeldes!
En seguida desapareció.
Por su parte Suárez fué a salir por el fondo, pero encontró la
puerta cerrada. Despues de esta salida, el salon solo presentaba
otras dos: la que habia servido para el virei, que daba a los
aposentos interiores, la secreta del pasadizo, que conducía a la
calle.
En esta salida era donde estaban apostados los soldados de Diaz,
de que hemos hablado en nuestro capítulo XV.
No bien habia avanzado Suárez en la oscuridad algunos pasos,
cuando se oyeron consecutivamente dos tiros de arcabuz, i se
percibió la voz de Suárez que, espirante, decia:
-Favor, peruanos! el virei Núñez me asesina!... Oh! Cepeda, hijo
mio, véngame!...
Luego espiró.
Evocado como una sombra, presentóse en aquel punto el virei
desgreñado i temblando, i creyendo que Suárez habia salido por la
puerta principal, fué a ella para informarse de lo que acontecia;
pero la puerta estaba cerrada, i sus esfuerzos fueron inútiles para
hacerla ceder. Pasó despues a la del corredor secreto i le
aconteció lo mismo; fué hasta entónces que comprendió por entero el
infierno de horrores que le rodeaba, i esclamó como delirante.
-Hernando! Soto! Puélles! no me escuchan! ¿Qué es lo que pasa en
torno de mí i no comprendo? Quién asesina a Suárez ?... Qué
espíritu infernal conmigo mora, i me roba quietud, honor i
sueño?
I luego reparando en Jilina, quien habia corrido al salon al
ruido de los arcabuces, i que, pálida i sonriente como un ánjel
vencido, lo interrogaba con una mirada, agregó con la mas sublime
de todas las calmas i como si nada terrible hubiera sucedido:
-No temais nada, Jilma infeliz, i volved a descansar: yo velo
por vos.