INDICE




Capítulo I - Cómo se Funda un Gobierno
Capítulo II - El Oro y la Fuerza
Capítulo III - Los Éxtasis de Candia
Capítulo IV - El Retiro
Capítulo V - La Herencia de Luque
Capítulo VI - Una Vieja Amiga
Capítulo VII - La Entrevista
Capítulo VIII - Las Llanuras de Chupas
Capítulo IX - La Ejecucion
Capítulo X - El Secretario Rodriguez
Capítulo XI - Nobleza e Infamia
Capítulo XII - Llegada del Virrei
Capítulo XIII - El Sello Real
Capítulo XIV - El Caballero de la Capa Negra con Cabos de Plata
Capítulo XV - Las Dos Serpientes
Capítulo XVI - El Canto Salvaje
Capítulo XVII - El Viaje
Capítulo XVIII - El Crímen
Capítulo XIX - Oidor y Virei
Capítulo XX - Cepeda
Capítulo XXI - Valor i Dignidad
Capítulo XXII - Un Consejo Pedido i Rehusado
Capítulo XXIII - El Juramento
Capítulo XXIV - En Donde se Verá Quién era el Maese de Campo de Gonzalo
Capítulo XXV - La Recompensa
Capítulo XXVI - Extasis i Amor
Capítulo XXVII - Tipos Caballerescos del Siglo XVI
Capítulo XXVIII - La Vision
Capítulo XXIX - Exámen de Cuentas
Capítulo XXX - Quince Años Despues
Capítulo XXXI - El Castigo del Cielo
Capítulo XXXII - Muerte de Núñez
Capítulo XXXIII - Lo que Pasaba Entretanto en la Corte
Capítulo XXXIV - Pedro de la Gasca
Capítulo XXXV - Batalla de Xaquinxuana
Capítulo XXXVI - La Ejecucion
Epílogo
CAPITULO XVII EL VIAJE

La niña, que llevaba el traje de las |pallas o princesas de la sangre real, contaria apénas unos catorce años. Era alta i dócil como las palmas jóvenes que crecen en los bordes del lago Chucuito, el mayor i mas tradicional de su pais. Su frente ojiva i de azucena pálida jemia coronada de un rico turbante azul sembrado de joyas, i de su centro disparaban algunas plumas negras, mas livianas i suaves que las mejores sedas del Oriente.

Sus cejas eran dos arcos perfectos; i de sus ojos, grandes como los del bello ideal de la hermosura olímpica, se desprendian unos rayos mas dulces que los de la corza cuando mira por última vez. Eran dos cielos que no empañaban otras tempestades que las lágrimas, i donde no se veia nunca cruzar un rayo ni desatarse un trueno.

Su boca graciosa, comparada por el |haravec o poeta indiano a la primera flor de la estacion de los céfiros, escedia en el perfume de su aliento i en lo breve i rojo de sus labios hermosos, a la soberana de los jardines cuando abre su seno de aromas a los mas dulces besos de la aurora.

Sus dientes, semejantes solo a los primeros granos de la mazorca del maiz sagrado, eran por su blancura, brillo i perfeccion, mejores que las mejores perlas del mar; i los hoyuelos de su barba graciosa, lo convejo i acabado de todas sus línas, lo pequeño i arqueado de su pié, sujeto siempre a las fajas de oro i piedras de sus sandalias, i, en fin, la esbeltez de su cuerpo i lo turjente de su seno, hacian de esa vírjen de los desiertos, no una diosa porque Jilma era aún mui niña para tener la majestad de esas magas del cielo, pero sí algo mas que una mujer, cuando no un ánjel a una fada.

Envuelta en el manto rojo de su imperial familia i vestida de plumas i cintas, caminaba al lado de la anciana mujer que le servia de compañera, apoyando a veces su mano divina en el brazo trémulo de su guia, i a veces en el arco de guerra de su padre, de mimbre i acero, i que iba dos palmos mas allá de la erguida pluma de su llauta real.

Reposaba en su espalda como un caprichoso cesto de flores su aljaba, llena de flechas envenenadas, i en su cintura de ánjel pendia un puñal, herencia de su madre, i regalo de Gonzalo Pizarro a aquella heroina de las batallas i de los amores.

Niña i anciana estaban de viaje. Todos los dias al despuntar el alba se las veia saltar como dos pajarillos de su lecho de hojas en el desierto, i volver a buscar el camino, abandonado la víspera por la soledad de una gruta o el silencio de un bosque, para seguir adelante su peregrinacion desconocida.

Ya la sierra i sus últimos límites habian quedado atras, i ya la zona que se estiende entre las aguas del Pacífico i la cadena jeneral de las Andes, empezaba a molestar a las dos mujeres con la arena de sus valles tostados i los calores insufribles de su sol de fuego; pero ellas seguian adelante, solas i calladas como dos sombras, deteniéndose únicamente en las orillas de las fuentes i bajo las ramas de los árboles para hacer su comida de frutas, o recobrar sus fuerzas estenuadas por un contínuo caminar.

El ruido mas lijero solia llenarlas del cuidado mayor, pues no querian ser vistas de los peruanos ni mucho ménos de los españoles, a quienes temian mas que las fieras. Por eso cuando divisaban a la distancia i en los atajos del camino alguna lanza que brillaba al sol, u oian el ruido de algun corcel, o las risas de una caravana, se metian en lo mas hondo de la selva i no salian de allí hasta que el peligro habia desaparecido.

Era entónces el mes de marzo, i la luna condolida de la suerte infeliz de Jilma, que huia de sus lares dejando a su padre asesinado recientemente, i la tumba de su madre convertida ya en césped por los años, no bien el sol hundia su disco en las aguas del mar, cuando trepando ella la cumbre de los montes, aparecia en el fondo del cielo, i de su faz pálida desataba un rayo amigo i callado, que iba a buscar a la melancólica niña en el retiro de la selva donde hacia su estacion de noche, para llevarle la luz i el consuelo.

Jilma velaba casi siempre, i cuando ya el mirlo i la alondra cortaban sus cantos, i no se percibia mas que el ruidó de los arroyos i el suspiro de los céfiros, sacando de su turbante un caramillo de cañas silvestres, dejaba escapar a su alma esos gritos de melancolía, esos simulados ayes del corazon que se llaman el canto i la música. I su memoria, como despertada a las evocaciones misteriosas de la melodía, gozaba con el recuerdo de su madre, a quien no habia conocido ni moribunda, i de Manco, su padre, el soberano de los incas, a quien le parecia ver pasar montado en un caballo negro como el ala de las tempestades del polo, i a la cabeza de un ejército solo comparable a las estrellas en número.

Tales eran las reminiscencias de su juventud.

Pero el caramillo era tai insuficiente para espresar todos los sentimientos de la fujitiva, que las mas de las vecés se le caia de las manos, i sin apercibirse de ello, a la armonía del instrumento sustituia la de su voz, i no venia en la cuenta hasta que, despertadas las aves del bosque a la majia de sus acentos inefables, cantaban con ella, formando un coro comparable solo a los coros de Dios.

Entónces era cuando dejaba escapar de lo íntimo de su pecho aquellos secretos de su historia primera formulados así:

Naci princesa - mi cuna
Fué de junco i abancai;
Prestóle su luz la luna,
Su caracol la laguna,
Sus arrullos el Sangai!

 

I entre palacios de caña,
A orillas del Guayaquil,
Que aromos i chontas baña,
Como rosa en la montaña,
Crecí lozana i jentil.

 

I al breve labio obedientes,
Cien esclavas i otras cien,
De plumas resplandecientes,
I de corales lucientes
Adornabanme la cien,

 

I pájaros de colores,
En profundísima paz,
Cantábanme sus amores
Desde sus nidos de flores,
De las quipas al compas.

 

I en sueño de onda alegría
Dormido mi corazon,
Amaba la luz del dia
Cual la floresta bravía
Ama el peruano leon.

 

Mas ¡ai! tembló de repente
I en noche de oscuridad
Al Inca partió la frente
Rayo de fuego inclemente
En horrenda tempestad!
 
I en torno suyo cayeron
Todos los hijos del sol!
I de su sangre corrieron
Rios ¡ai! que enrojecieron
El estandarte espanol!

 

Por eso, sin patria, errante,
Andas tu, Jilma infeliz!
Ave sin padres ni amante,
Roto el plumaje brillante,
Mustio el divino matiz.

 

I adormecida sobre sus últimas armonías, quedaba en éstasis hasta la venida del crepúsculo matinal.

Tal fué el viaje de Jilma i de su anciana compañera Zurna hasta el palacio de Blasco Núñez Vela, cuya proteccion i cuyo amparo buscaban.

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