CAPITULO XVI
EL CANTO SALVAJE
Ya es tiempo de que digamos algo de uno de los mas importantes
personajes de esta historia i que las circunstancias nos han hecho
descuidar totalmente.
Hablamos del príncipe Manco.
Retirado despues de sus últimas desgracias militares a un pueblo
de las montañas mas apartadas de su imperio, vivia allí en compañía
de seis españoles, sus amigos, i de su hija Jilma, que frisaba
entónces en los catorce años.
Manco habia sabido la venida de Blasco Núñez al Perú i tomando
informes detenidos de su condicion i bravura, le envió una embajada
secreta, proponiéndole una alianza ofensiva i defensiva, que el
astuto político tuvo por conveniente no rechazar.
Los dos pues eran amigos, i se comunicaban frecuentemente por
medio de cartas. Ya estaba acordado que Manco levantaria un
ejército poderoso i marcharia con él a Lima para apoyar las
determinaciones de su aliado; i tanto el príncipe indio como el
caballero español, se prometían grandes cosas de aquella amistad
que la honradez de ámbos i las circunstancias políticas del pais
hacian mas estrema cada dia.
Sinembargo, ocurrió una desgracia que vino a paralizarlo
todo.
Entre los seis soldados españoles que acompañaban al príncipe
habia un tal llamado Gómez-Pérez, hombre sin educacion ni maneras,
interesado i violento; i quiso la mala suerte del pais que, jugando
un día Manco con él a los bolos, tuviesen no sé que disputa en la
que Pérez se propasó hasta llamar ladron al hijo de los Capacs.
-Ladron i por qué dijo este, sublime de enojo i de
indignacion.
-Sí, ladron, porque has querido ganarme con engaño.
-Qué interes podia yo tener en ganarte unos cuantos ducados,
Gómez-Pérez, si tengo mas oro en mis dominios del que toda tu
imajinacion de avariento puede soñar en un año.
-Digo que has querido robarme, porque eres un avaro.
-Hombre, Gómez-Pérez, no digais eso al príncipe, que tan bien se
maneja con nosotros, i que si juega no es mas que por darnos gusto
i no por interes alguno, observó al irritado castellano alguno de
sus compañeros allí presente.
-Digo que es un ladron, replicó Gómez-Pérez cada vez mas
avinagrado, i dió algunos pasos ácia Manco con el puño cerrado i
aire amenazador.
El príncipe habia sufrido con paciencia los insultos del
codicioso jurador porque estaba ebrio de caerse, pero su sangre
real i su orgullo de leon no le permitieron soportar la amenaza, i
levantando la mano con una fuerza de atleta, dió a Gómez-Pérez una
bofetada, que lo echó por tierra balado en sangre.
Levantose el soldado ciego de cólera i de enojo, i cojiendo la
bola de chonta con que estaban jugando i que tenia casi el calibre
de una bala de a treinta i seis, descargó con ella un golpe tan
terrible sobre la cabeza del príncipe que lo dejó muerto en el
acto.
Amotináronse los indios a la vista de su príncipe exánime, i sin
tener en cuenta que solo Gómez- Pérez era el culpado, trataron de
rodear a los españoles para castigarlos dándoles la muerte. No
quedó a estos otro recurso que echar mano por las espadas i
sostener una lucha horrorosamente desesperada hasta su casa, en la
que se metieron cerrando todas las entradas.
Recurso maldito, pues media hora despues los indignados indios
rodeaban de combustibles la habitacion, i cojiéndose de las manos,
danzaban en su contorno dando gritos horribles de venganza i de
duelo, capaces de amedrentar un hato de fieras.
Era ya mui entrada la tarde; púsose en breve el sol algunas
líneas mas allá de la ribera, i una noche ventosa i oscura se
derramó por todas partes como una cascada de pólvora.
Entónces los indios vengativos sacaron sus instrumentos
musicales, i arrojando a un lado sus flechas i sus hondas,
prendieron la hoguera que tenian dispuesta al son de sus tamborines
i de sus trompas.
Aquello era angustioso de contemplarse.
Los combustibles hacinados en torno de la casa empezaron a
traquear como sacudidos por un viento mui fuerte, levantáronse aquí
i allí copos blanquísimos de nubes volantes, i chispas de todos
tamaños i de todas luces trepaban voraces hasta cuatro o cinco
varas del suelo donde se apagaban en seguida.
Lo primero en prenderse fué el techo de la casa; los españoles
empezaban a ahogarse, i a los cánticos guerreros de sus
sacrificadores, respondian con blasfemias i votos espantosos, que
ni siquiera se percibian del lado de afuera.
Ya uno de ellos habia perecido sufocado por el calor i el humo,
i era preciso tomar alguna determinacion. Del lado adentro la
muerte era inevitable i espantosa; del lado afuera al ménos se
podia luchar, i quien puede luchar puede vencer tambien. Con todo,
estos partidos eran desesperados, i habia aún dos medios a que
apelar. Era el primero de estos medios la súplica; pero los indios
se mantuvieron sordos a los lamentos de los soldados, i si alguna
vez se dignaron contestarles fué para decirles que no querian a
ningun español, i que era preciso esterminarlos a todos.
Era el otro medio el entregarles a Gómez-Pérez, como la causa
única de aquella indignacion justa i jeneral. Pero a eso
contestaron los peruanos, que si lo entregaban era a no poder mas,
puesto que su primer ímpetu habia sido defenderlo, i que para ello
habian matado mas de cincuenta de los suyos.
Acosados los buenos españoles por todas partes, no encontraron
otro modo de descargar sus iras que volver todos contra
Gómez-Pérez; pero este estaba entónces mas borracho que nunca, i
solo respondia a los cargos de sus compañeros con amenazas i risas
brutales.
Los momentos eran mas i mas críticos; la casa empezaba a
desplomarse, i era preciso hacer algo, o resolverse a morir asados
en aquella hoguera espantosa. Diego Méndez lo pensó así, i cojiendo
a Gómez por el cuello lo suspendió en el aire, i probó arrojarlo
por una ventana a los indios esperando aplacarlos con este presente
de sangre.
Fué entónces que tuvo lugar una lucha horrible e impresenciable.
Gómez, conociendo el peligro que lo amenazaba, cojióse de la ropa
de Méndez e hizo esfuerzos inauditos por arrastrarlo consigo en su
caida; pero este, sacando su puñal, picóle primero las manos para
que lo soltara i descendiera solo los treinta piés de pared que los
separaban de los indios, i viendo que aún esto no era bastante, le
trozó casi uno a uno todos los dedos de las manos. No quedaban a
Gómez mas que los dientes i se prendió con ellos mas fuerte que
nunca del jubon de su verdugo. Oyóse entónces un grito espantoso i
profundo, i una masa casi inerte descendió al suelo entre la
sombría algazara de los salvajes que cantaban al pié de la casa.
Era que Méndez, feroz en la desesperacion del combate, habia sacado
los ojos con el puñal a Gómez-Pérez!
Indignada la naturaleza con los horrores de aquella lucha de
fieras, envió entónces una ráfaga terrible de viento, i creciendo i
encrespándose las llamas como otras tantas serpientes de fuego,
ahogaron la casa i la desplomaron sobre sus cimientos con un fragor
inmenso. Méndez desapareció en esta primera esplosion; pero quedó
aún en pié una pared, sobre la cual aparecieron como otros tantos
espectros los cuatro españoles restantes. Estaban todos lívidos i
temblantes; el humo las heridas los hacian infernales; pero,
obedeciendo todos a un mismo secreto instinto, se arrodillaron
sobre el muro sombrío i cubierto de llamas que los alzaba en alto
como una pintura del Dante, i estendiendo sus manos suplicantes a
los bárbaros les pidieron perdon. Resonó entónces mas lúgubre que
nunca el canto del salvaje, i una lluvia de dardos, zumbando como
cohetes, fué a poner término a la existencia de aquellos infelices,
mártires de su raza i de los crímenes de toda su jeneracion.
La pared desplomóse en seguida, i al día siguiente no habia mas
que cenizas en el sitio de la catástrofe.
Una mujer anciana i una niña estuviéron contemplándolas mas de
una hora con pasmoso dolor; luego se alejaron de allí enjugando en
silencio sus lágrimas.