CAPITULO XV
LAS DOS SERPIENTES
En tanto que Puélles se alejaba de Lima i Díaz cumplia su
comision cerca del factor, el secretario Rodríguez deslizándose
como una serpiente por las calles de la ciudad, llegaba jadeante a
la puerta del aposento de Cepeda, i daba algunos golpecitos mui
bajos a la mampara.
-Quién vá? preguntó adentro el licenciado.
-Un amigo, respondió Rodriguez tratando de falsear un poco la
voz por si Cepeda no estaba solo.
-Perdonad, dijo este despues de un rato de silencio, pero estoi
sumamente ocupado i no puedo recibir a nadie.
-Estais solo? volvió a preguntar el secretario sin curarse de la
despedida del oidor,
-Sí lo estoi, pero no puedo abriros; perdonad, i volved
despues.
-Abridme. oidor, pues os va en ello la libertad, i ocaso la
vida, repuso Rodríguez siempre desfigurando la voz,
-Lo que me va es la paciencia, si no os retirais.
-Mirad, soi yo, Rodríguez, vuestro amigo, vuestro admirador.
-Perdonad, dijo Cepeda levantándose i ocultando unos papeles
debajo de la carpeta roja de la mesa en que estaba trabajando; no
os habia conocido.
En seguida dejó la entrada libre al delator.
Entró este haciendo mil cortesías, con el chambergo en la mano i
el rostro bañado en adulacion.
-Sentaos, i hablaremos, dijo Cepeda brindando un asiento al
secretario despues de haber cerrado la puerta con llave. I qué
tenemos de nuevo?
-Ai! señor, lo que tenemos de nuevo es una cosa tan grave que no
se alcanza ni a imajinar!
-Qué cosa?
-No sé si deba...
-Oh! por lo que es eso tened en mí la misma confianza que en un
confesor.
-Pero es el caso....
-Hablad, Rodríguez.
-Pues bien, el malvado del virei intenta prenderos.
-A mi!
-A vos.
-I por qué?
-Vaya! pues porque tiene miedo a vuestras virtudes i a vuestro
talento, i quiere quitaros de en medio como a ese bestiaza de Vaca
de Castro.
-I despues?
-I despues ah! si, despues amaneceis un dia cualquiera muerto en
la prision... pues, de apoplejia con los ojos saltados i la lengua
afuera, i nadie se volverá a acordar de vos.
Cepeda se puso encendido como una brasa; luego preguntó:
-Decís que estoi mandado poner preso?
-Sí, señor, yo mismo he tenido la pena de escribir la órden.
-A quién va dirijida?
-Al factor Illen Suárez de Carvajal.
-I cuándo debe ejecutarse.
-Esta noche, entre nueve i diez: despues de la queda. Ya
comprendeis, se trata do que nadie pueda estorbarlo. Es la hora de
los asesinos...
Cepeda sintió que su cabeza se perdia en un océano entero de
cavilaciones i dudas, i se levantó de la silla para respirar mas a
su sabor la brisa que penetraba por una ventana de la estancia.
-Yo, señor, continuó Rodríguez, que desde que os ví os profeso
una simpatía ardiente i desinteresada, me dije: es necesario salvar
al oidor a riesgo de cualquier cosa, i por eso he venido volando
para preveniros. Vamos! i qué pensais hacer, mi buen señor?
-Nada, sino que el virei haga su voluntad.
-Pero os vais a perder.
-No importa: es servicio del Rei.
-Mirad, dijo Rodríguez con una sonrisita maligna, que hizo
resaltar mas el color bermejo de su rostro de sátiro; vos teneis
desconfianza de mí, i no me decís....
-Desconfianza de vos, i por qué?
-Porque creeis que yo voi en seguida a venderos a Blasco
Núñez.
-I suponiendo que así fuera?
-Diria que me conoceis aún poco, porque eso seria comprender mui
mal mis intereses. Entre todos los hombres que han venido al Perú
desde la conquista para acá, e inclusive el marques Pizarro, el
único hombre de corazon i positivo talento, sois vos, señor.
-I qué?
-I qué?... pues que solo a vuestro lado puede hacerse fortuna.
Vaca de Castro era mui severo, i Núñez es mui orgulloso. Solo vos,
señor, sois el perfecto.
I Rodríguez miró a Cepeda con todo el aire estúpido i zalamero
de la adulacion.
-Suponiendo que todo eso que decís sea cierto, observó el oidor
con cabal i humilde resignacion, es lo cierto que yo no aspiro a
nada ni quiero nada. Para mí es lo mismo una cárcel o una diadema,
segun convenga al reino o al capricho de mis superiores.
El secretario no quiso dejarse engallar por el acento de
conformidad del letrado, i levantó los ojos para mirarlo al rostro
i sondear por él lo que pasase en su corazon; pero era tal la
actitud de franqueza i la conformidad del oidor al espresarse así,
que Rodríguez no supo a punto fijo si se las estaba viendo con un
santo del desierto, o con un demonio. Sinembargo, se atrevió a
murmurar:
-No pensabais así el otro dia.
-Cuándo?
-Cuando tuvisteis a bien pedirme algunos informes privados sobre
el consejero, i sobre cómo habia recibido la noticia de vuestro
arribo i el del virei a las costas del pais.
-Ah! ah! dijo Cepeda tosiendo a fin de no hacer caer en cuenta a
Rodríguez de que acababa de ponerse colorado era para pesar en mi
conciencia si debia dejársele preso o libre por su conducta, caso
que me consultase el virei.
-I parece que pesó mucho en vuestra conciencia, señor.
-Por qué, Rodríguez? preguntó Cepeda con la candidez de una
doncella.
-Porque ese mismo dia pasó el de Castro de su casa a la cárcel.
dijo:
-Nada de eso, si el virei no me consultó.
-Bien, oidor, dijo Rodríguez levantándose para marcharse,
cuidado como, respecto a vuestra prision, sí consulta con alguno en
cuya conciencia de amigo de su negocio, peseis mucho.
Cepeda alcanzó a columbrar cierto airecillo desagradable en las
palabras de Rodríguez, disgustado de que el oidor no tuviese
confianza en él, i se vió amenazado de un riesgo mortal.
Como hombre de mundo, conocia que nada desagradaba tanto a los
traidores i delatores como el que no se hiciese confianza de ellos.
Llevó, pues, su mano al jubon, i dijo:
-Os habeis picado, Rodríguez, porque creeis que desconfio de
vos; pero no es eso, i en prueba de ello, ahí teneis esa bolsa con
cincuenta ducados de oro. Pedid a Dios porque el bueno del virei
desista de mi encarcelamiento.
-Oh! señor i cuanta bondad es la vuestra, esclamó el secretario
cayendo a las plantas de Cepeda; no lo olvidaré jamas.
-Podeis volver por otros cincuenta si es que se conjura el
peligro.
-Así lo haré.
En seguida se separaron las dos serpientes. Rodríguez contento
porque a él no le importaba que el oidor creyese o no en sus
delaciones, ni le hiciese confianza de sus planes, sino que le
diese dinero; i Cepeda contento tambien porque acababa de concebir
una idea que aproximaba un noventa i cinco por ciento el éxito, i
el éxito bueno de sus planes.
El digno del majistrado aspiraba nada ménos que a la corona del
Perú, i confiaba de sobra en su maldad para ceñirsela.
El licenciado tuvo otra vez necesidad de toser. Cuando se vió
desembarazado de Rodríguez, echóse encima la toga, púsose el
sombrero i se lanzó a la calle.
En el camino encontró al virei que salia a dar un paseo a
caballo por los arrabales de la ciudad, i cambióse con él un saludo
de hermanos; luego se aproximó mas a la acera de la plaza, i por
último se deslizó en el patio del palacio como una sombra. Subió la
escalera, i en su descanso encontró a Díaz, el oficial compañero de
Puélles, que montaba la guardia, i llevándoselo a un corredor
lejano tuvo con él una larguisima conferencia.
Lo que pasó entre ellos solo lo supo por entónces Dios que los
veia.
Media hora despues Díaz hacia meter dos arcabuceros por una
puerta secreta que estaba en el salon principal i que daba a la
calle, i Cepeda volvia a su habitacion resignado mas que nunca a ir
a acompañar a Vaca de Castro a la cárcel pública.