CAPITULO XIV
EL CABALLERO DE LA CAPA NEGRA CON
CABOS DE PLATA
Vaca de Castro era de una naturaleza altiva i habia sido mui
honrado en el Gobierno del pais para que tuviera muchos amigos;
sinembargo, lo perseguia el virei, i era necesario poner el grito
en los cielos i hacerle la oposicion por cuantos medios se pudiera.
Fué por esto que los mas encarnizados contra Núñez i contra las
malditas ordenanzas, regaron la noticia de la prision del consejero
por toda la ciudad, alborotaron los barrios, i dijeron que no
tardarian en ser ahorcados todos, pues que Blasco Núñez era un
tirano, cruel por instinto i por ambicion, i que su objeto era
esterminarlos a todos para apoderarse de sus caudales i
haciendas.
Creció la escitacion rápidamente, se formaron corrillos en todas
las esquinas de la plaza mayor, hubo gritos, amenazas i hasta
mueras a Núñez; acabando por mandar a palacio una comision de
vecinos notables, para que hiciese presente a aquel, lo temerario
del paso que acababa de dar, i la conveniencia pública que había en
no exasperar al pueblo con tales medidas, pues que el Perú todo no
era ya mas que una inmensa mina, dispuesta a arder i estallar a la
primera provocacion.
Consultóse, no obstante, esta medida con los oidores, i estos se
remitieron a Cepeda, como su presidente, i segun su convenio
particular. Recibiólos el astuto licenciado con la mayor
cordialidad, afeó claramente la conducta de Blasco Núñez; dijo que
traspasaba en todo las instrucciones de la Corona; que Mendoza, el
sabio i prudente virei de Méjico, habia suspendido las ordenanzas i
dado cuenta al Emperador, haciéndole presente lo inconsulto i
arbitrario de ellas, i que el pueblo peruano no debía nunca
permitir que se le rebajase i empobreciese hasta donde queria
rebajarlo i empobrecerlo el virei; que la Audiencia, i él como
presidente de ella, estaban resueltos a no apoyar al virei en nada,
i que si era preciso lo depondrían para dar esa buena leccion a su
insolencia i a su avaricia.
Los agriados ánimos de los conquistadores no querian que les
hablasen otro lenguaje que el revolucionario en que les hablaba
Cepeda, por lo que lo cubrieron de lisonjas i aplausos, i le
ofrecieron sus bienes i sus espadas, por si queria ponerse al
frente del movimiento que se intentaba contra Blasco Núñez de
tiempo atras.
Respondióles a esto el noble licenciado:
-Señores, por fortuna o por desgracia, no sé cómo calificarlo,
yo no tengo ningun linaje de ambicion; de tener alguna seria la de
cumplir con mi deber como togado i hombre de relijion i moral. No
puedo aceptar, por tanto, los jenerosos ofrecimientos que me
haceis. Mi única dicha es vivir retirado de los negocios públicos,
entregado a mis libros i prestando a mi rei i a mi pueblo los pocos
servicios que me sea dado prestarles en mi calidad del mas humilde
de todos los castellanos; pero id en la seguridad de que derramaré
hasta mi sangre en sostenimiento de vuestros derechos, i de que
seré el primero en combatir la tiranía del virei i sus locas cuanto
terribles pretensiones.
El golpe se habia dado por quien lo entendia, i los
conquistadores se retiraron de donde Cepeda llenos de esa santa
admiracion que produce siempre la presencia de las grandes escenas,
en que el hombre se eleva sobre todas las miserias de la vida, i se
ostenta maravilloso de desprendimiento i heroico de abnegacion i
bondad.
I era de verse, a la verdad, cómo se llenaban de lágrimas los
ojos de aquellos encanecidos veteranos, al oir al jóven Cepeda
hablarles en ese lenguaje, que ellos llamaban de la justicia i de
la razon, nada mas que porque era el lenguaje de su interes.
Reforzados pues con el apoyo de Cepeda, quien, aparte de sus
bellisimas prendas personales, era el presidenta de la Audiencia,
los amotinados se dirijieron donde el virei, i le pidieron la
escarcelacion de Castro i la suspension de las ordenanzas.
Recibiólos Blasco Núñez con toda la dignidad, por no decir
orgullo, que era característica en aquella época en hijosdalgo de
Castilla; cosa que no pudo ménos
de chocar a los ojos de los solicitantes, que acababan de dejar a
Cepeda, tan urbano i cortes como ningun otro hombre de los que
habian pasado a América.
-I bien, señores, qué me demandais? dijo el virei viendo que la
sala de su despacho estaba cuajada de soldados i jente del pueblo,
pero que nadie osaba decirle palabra.
-Lo que venimos a demandaros, señor, dijo el factor Suárez
adelantándose con paso seguro i descubriendo su noble cabeza
rodeada de canas, es que mandeis dar otra prision que la cárcel
pública al caballero Vaca de Castro. El es del consejo de Su
Majestad, i ha sido Gobernador de la tierra, i ya veis que, sean
cuales fueren sus culpas, es justo que se le rinda algun
acatamiento, aunque mañana o ese otro dia haya que cortarle la
cabeza en la plaza mayor.
-I quién me responderá de la seguridad del reo? preguntó Blasco
Núñez paseando su mirada orgullosa por toda la multitud, cuyas
miradas iban apagándose una a una al brillo fosforecente de sus
ojos, i cuyas cabezas plebeyas no podian mantenerse erguidas ante
la cabeza gris i levantada del virei.
-Yo, señor, dijo con templanza el factor aunque con un gusto
enteramente esquisito.
-Vos? insistió el virei; pero sabed que la fianza ascenderá a
cien mil castellanos de oro.
-No teneis mas que decirme ante quién debo depositarlos,
respondió Suárez con una posesion que encantó hasta al virei,
capaz, mas que ninguno, de comprender esos arranques del orgullo
herido i vencedor a un mismo tiempo.
-Pues bien, depositadlos ante el tesorero de la Corona, e id a
decir de mi parte a Vaca de Castro que el virei Blasco Núñez tiene
a bien designarle por cárcel la casa real.
Suárez se inclinó con mucha cortesía, i todo el concurso salió
tras él murmurando:
-Ya lo veis, señores, el virei lo que quiere es dinero.
Cien mil castellanos! no es malo para ser el primer
tarascon.
-Triste de mí! esclamó en aquel punto el secretario Rodríguez,
que como correvedile de la ciudad se habia metido entre los
amotinados i seguídolos a casa de Cepeda; triste de mí, pues no hai
duda que he equivocado la suerte: al oidor Cepeda era a quien yo
debia haber ofrecido mis servicios, i no a este estirado de Núñez.
Cepeda es a todas luces un muchacho de esperanza, al paso que este
viejo del virei mala cuenta va a dar de su mision.
Rodaban así las cosas, que por cierto no era rodar mui bien para
el virei, cuando una mañana, estando este asomado a un balcon, vió
pasar por la plaza a un caballero envuelto en su capa, i que lo
miraba con aire socarron; por lo que no pudo ménos de preguntar a
Rodríguez, que estaba detras de él.
-I bien, buen Rodríguez acertareis a decirme quién es ese
caballero, cuya traza toda es de no hacerla limpia?
-Cuál? preguntó Rodríguez ¿ese de la capa negra con cabos de
plata?
-Sí, ese.
-Un tal Antonio Solar, aposentador do caminos públicos.
-Antonio Solar! repitió el virei montándose en ira pues bajad a
él i decidle que suba, que tengo que hablarle.
Obedeció Rodríguez, i un segundo despues ya estaba el de la capa
negra con cabos de plata en la presencia del virei.
-Dejadnos solos dijo este a Rodríguez, el cual obedeció.
I luego volviéndose a Solar:
-Sentaos, señor, que tenemos que hablar.
-Sea, dijo para sí Solar sentándose; i si me habrá metido ese
diablo de Cepeda en una de que no pueda zafarme?
-Cuál es vuestro nombre? preguntó el virei parándose con
majestad a algunos pasos del recienvenido.
-Antonio Solar, para serviros, señor.
-Es decir que no lo negais?
-El qué, señor? Mi nombre? no tengo porque avergonzarme de
él.
-Bien, dijo Núñez continuando. Sois vos el dueño de la venta i
dormida del valle de Huara?
-El mismo, señor.
-I por qué huisteis de mí cuando yo me acercaba a ella, me
cerrasteis las puertas i no dejasteis cosa de servicio ni de
bastimento para mí ni para mi jente?
-Porque el que viene con la mision que vos habeis venido de la
Corona no debe recibirse como amigo.
-Es decir, observó Núñez con los ojos inflamados de cólera i el
labio temblante, que, segun eso, fuisteis vos quien escribió en la
pared de la venta aquellas palabras desvergonzadas, que van a
costaros la vida?
-Sí, señor, yo fuí, i si no puse mas fué por falta de tiempo,
aunque no de voluntad.
-Pues sabed, mal caballero, que si las paredes son papel de
atrevidos, en esta vez habeis dado con un hombre que no se deja
insultar; i sacando su daga dió un paso vacilante i frenético ácia
Solar.
Creyó este llegado el momento que esperaba, i lanzandose al
corredor que daba sobre la plaza, gritó:
-Socorro! señores, que el virei me asesina!
Quiso la casualidad que en aquel punto estuviesen departiendo
debajo del balcon algunos caballeros de Lima, i entre ellos el
factor Illen de Suárez, Cepeda i otros, quienes saliéndose de la
acera i mirando ácia arriba tuvieron tiempo de ver a Solar que huia
i a Núñez que se paraba en el quicial de la puerta frio i pálido
como un cadáver i con la daga suspendida en los aires.
-Dios santo, qué pasa! esclamó Cepeda i se lanzó dentro del
palacio seguido de una multitud de personas.
Cuando llegaron al salon, el virei se paseaba tranquilamente por
él, pero la palidez no habia desaparecido de su rostro, i Solar
hacia el papel de que no se atrevia a salir de entre la penumbra
del corredor.
-Qué pasa, señor? dijo Cepeda el primero.
-Llamad a ese insolente i preguntádselo, contestó el virei
tendiendo el brazo con altivez ácia la parte donde estaba agazapado
el ventero.
-Qué ha de pasar, señores? dijo este saliendo de su escondite,
sino que el señor virei ha querido matarme por que diz que yo
escribí no sé qué letrero; i ha llevado su maldad hasta querer que
yo me colgase buenamente de esta columna (el de la capa negra
mostró una) miéntras él hacia el oficio de verdugo i me
ahorcaba.
La chuscada no dejaba de ser oportuna, i todos los circunstantes
soltaron la risa, escepto el virei, quien volteó a mirar a Solar
pensando que en sus ojos habia bastante poder para
pulverizarlo.
-I qué? preguntó Cepeda en medio de la hilaridad jeneral.
-I como yo me resistiese, continuó Solar, ha querido compelerme
a ello amenazándome con su daga.
-Mentís! gritó Núñez con reconcentrado furor.
-Oh maldad inaudita! esclamó el oidor Alvarez llegando casi
ahogado de correr... atreverse así a un vecino de las condiciones
de Antonio Solar.
-Sí, es una infamia, dijeron varias voces simultáneamente.
Núñez volteó a mirar con desprecio al licenciado, i dijó en
seguida:
-Vos, Solar, daos preso en la cárcel pública, i vosotros,
señores, despejad; nada tengo que ver con vosotros.
-Esa determinacion es arbitraria, dijo Cepeda, i me opongo a
ella como presidente de la Audiencia.
-Callad, oidor, dijo el de Núñez, soi el virei; i la lei me
concede el derecho de matar hasta con mi propia mano a los que me
venga en voluntad.
-No hai mas voluntad, que la razon i la justicia.
-Bien dicho! esclamaron algunas voces del pueblo.
-Digo que os retireis, señores, insistió Núñez con acento de
amenaza; mirad que voi a llamar a mis guardias.
-El virei dice que nos matará, dijo uno de los mas cercanos al
teatro de las contestaciones.
-Qué nos mate! qué nos mate! dijeron los que estaban en los
corredores i en las escaleras, i que no sabian mas de lo que estaba
pasando que si estuvieran en la China o en Roma.
-Bien, dijo Cepeda, puesto que el señor virei lo ordena,
retirémonos todos; pero vos, Solar, no le obedezcais, no vayais a
la cárcel, que no teneis por qué. En cuanto a la tentativa de
asesinato que nosotros mismos hemos presenciado, se dará oportuna
cuenta a la Corona.
-Viva Cepeda! viva el presidente de la Audiencia! gritaron en
ese punto en la plaza i en el palacio, i salió todo el mundo en
tropel, en tanto que Blasco Núñez, furioso como un tigre sin uñas,
caia casi desmayado sobre una otomana.
Al llegar Cepeda al último peldaño de la escalera, se le
acercaron dos hombres a la vez. Fué el primero Solar quien le dijo
al oido:
-Habeis quedado contento de mí
-Oh! sí, Solar, i no lo olvidaré jamas.
El otro de los hombres era un viejecito de rostro rubicundo,
ancha calvicie i risa zalamera; el cual le dijo:
-Oidor! oidor! sois un prodijio, i le apretó la mano
cordialísimamente.
Este viejecito era el secretario Rodríguez.
Núñez no acertaba a esplicarse lo que le pasaba; la insolencia
de Solar lo tenia como magnetizado i la doblez e infamia de Cepeda,
de quien no habia sido hasta entónces mas que un instrumento
infeliz, llenaron de tanta amargura su corazon, que estuvo a punto
de desesperarse. Su impopularidad era ya una cosa innegable.
Empero, no era el virei de esas naturalezas que se abaten i rinden
con los primeros golpes; orgulloso por temperamento, devoto i
honrado, no quiso ver otra senda que la que le de mareaban sus
juramentos a la Corona, que, por otra parte, era tambien la
simpática a su corazon, i se lanzó por ella lleno de valor i de fe.
El monarca lo habia mandado al Perú a hacer cumplir la lei, i él
queria cumplirla fuesen cuales fuesen los resultados. Su causa era
la causa del indio infeliz i desvalido, robado de su hogar, pobres
esclavizado; i la causa de los conquistadores era el pillaje i el
oro. Semejante al Cristo que debia salvar media humanidad, Blasco
Núñez no quiso mostrarse inferior a su destino de héroe i redentor,
e intérprete fiel de las voluntades de Las Casas i Cárlos V,
desafió imperturbable la cólera de ese resto de jeneracion de
hierro que habia encadenado i vencido a los incas. En frente de él
se levantaban como jigantes invencibles Gonzalo Pizarro en el
Cuzco, Cepeda en Lima i Vaca de Castro, el poderoso consejero de Su
Majestad, en la cárcel misma!
Todo esto i mas veia el noble virei en el oscurecido horizonte
de su Gobierno, pero templada su alma para los peligros i para la
gloria, paróse de repente de la silla en que estaba sentado, i
resumiendo, en un solo grito, todos los gritos i todas las
amarguras de su alma, dijo:
-No importa, no, que vengan: los espero.
En seguida llamó a Puélles, uno de sus oficiales de servicio, i
le dijo:
-He recibido esta mañana pliegos del sur en que se me da por
hecha la espedicion de Gonzalo contra mí, tomad pues veinte jinetes
de los mejor montados del servicio, e id a estacionaros a Guanuco
en observacion. Allí os comunicaré mis órdenes en adelante.
-Confiad, señor, en mi celo por vos i la Corona.
I el oficial se dispuso para retirarse.
-Mirad, dijo de nuevo el virei, decid al salir a Díaz que vaya a
casa del factor Illen de Suárez i le diga que lo espero esta noche
despues de la queda.
Puélles salió dando gracias al cielo de que se le presentase una
buena ocasion de pasarse a Gonzalo, escojiendo para ello veinte
soldados de su confianza, i Núñez se quedó pensando en el
arriesgado paso que iba a dar.
El tambien habia concebido su plan.