CAPITULO XIII
EL SELLO REAL
Indispuesta un tanto la Audiencia con Núñez desde Panamá, se
habia quedado atras, por lo que no llegó a Lima sino algunos dias
despues.
Componíase de cuatro jueces, que eran Cepeda, Zárate, Alvarez i
Tejada; o como decia el virei: un mozo, un loco, un necio i un
tonto. El necio era Tejada, que tenia encima el gran pecado de no
saber latin; el mozo, Cepeda, Juan Alvarez el loco i Zárate el
tonto.
Llegados los oidores a Lima, instalólos Núñez en su mismo
palacio con toda la pompa posible, i tuvo con ello su primer
conferencia. Resultó de ella que todos cuatro, escepto Cepeda,
quien no dijo ni si ni no, eran de opinion que se suspendiese el
cumplimiento de las ordenanzas, miéntras se daba cuenta al
Emperador de lo mal que habían sido recibidas en la tierra i del
mucho peligro que habia en quererlas llevar adelante. Pero Núñez se
sostuvo en que no, i desde ese día virei i Audiencia quedaron en
abierta pugna.
-I bien, Cepeda, qué decís vos de la obstinacion de Blasco
Núñez? preguntó a este Zárate a la salida de la conferencia.
-Qué he de decir, sino que vosotros sois la mayoría i que debeis
sosteneros en vuestro dictámen.
-Pero... i los conflictos que surjirán necesariamente de esta
colision?
-Vosotros lo veais, repuso Cepeda, pero él no es mas que un
viejo tonto i caprichoso, al paso que vosotros sois tres.
-Eso es, que ceda él, observé Alvarez.
-O que no ceda, interrumpió Cepeda; allá se las haya con el
pueblo. La cuestion es puramente de cabeza.
-Cómo de cabeza? preguntó Tejada; yo la creia de dignidad de
cuerpo.
Los tres oidores restantes soltaron la risa.
-Pues qué? insistió Tejada ruborizándose.
-Pues, qué? dijo Cepeda riéndose aún. La cuestion no es, amigo
querido, de dignidad de cuerpo, sino de seguridad de pescuezo. No
veis que si se insiste en llevar adelante las ordenanzas nos van a
degollar aquí como unos corderos.
-Ah! esclamó Tejada sudando a grandes gotas; entónces hai que
sostenemos a todo trance.
-Es mi parecer, afirmó Zárate.
-Pero no el mio, repuso Alvarez; yo no creo que corramos un
riesgo mui grande.
-Qué? interrumpió Cepeda. Nosotros somos apénas cuatro, cinco
con el virei, i los conquistadores son tres mil.
Tres mil hombres sin lei i sin conciencia, que no tendrán
escrúpulo en matarnos i reirse del Emperador i de sus
ordenanzas.
-Reirse del Emperador...? observó Tejada escandalizado.
-Sí, reirse, repuso Cepeda con intencion; reirse porque el
Emperador está a dos mil leguas de distancia, i con dos océanos i
un continente de por medio.
-Pues! esclamó Zárate a boca llena.
-Si tal, dijo Alvarez reflexionando; empiezo a creer que el paso
es atrevido, pues si llevamos las ordenanzas a puro i debido
efecto, se quedarán estas jentes de la noche a la mañana sin
haciendas ni esclavos; i qué grita la que van a armar!
-Ya veis, pues, seiores, dijo Cepeda, que es preciso tomar una
determinacion i obrar en perfecto acuerdo; de lo contrario podemos
ir mandando decir misas por nuestras almas.
-Proponed, pues, observó Zárate.
-Mi opinion es el que nombremos un jefe, de manera que sea este
el que lleve la voz en todas nuestras conferencias con el virei, a
fin de no ponernos en contradiccion. Propongo por mi parte a
Zárate.
-No, dijo el candidato; vos, Cepeda, debeis ser ese jefe, vos
sois el presidente de la Audiencia; i ademas Núñez os aborrece lo
bastante para que no le demos tortura con ello.
-Eso es, hagámoslo rabiar, observó Alvarez.
-Convenís? preguntó Tejada.
-Sí, sí, respondieron los cuatro golillas a un tiempo, i una
gran carcajada puso término a aquella primera conferencia de
rebelion.
Despidiéronse en seguida, i cuando ya iban a alguna distancia de
Cepeda, dijo este arreglándose la toga i lanzándose a la escalera
que conducia al aposento del virei con la lijereza de un gamo,
- Ya hemos hecho bastante por este lado, pensemos en hacer algo
por el otro.
Blasco Núñez habia llegado a Lima el 17 de mayo de 1544; pero
como se habia adelantado a la Audiencia, el real sello no llegó a
la ciudad junto con él, sino unos dias despues. Recibióse este
chisme de la monarquía con el mismo respeto i reverencia que si
fuera Su Majestad en persona, pues entró a Lima en una magnífica
caja de madera, sobre un soberbio caballo mui bien aderezado, a que
conducia por la brida un rejidor, i bajo el mismo palio de brocado
i plata que habia servido para el virei, cuyas varas llevavan en
alto los miembros del cabildo vestidos de ropas rozagantes i
aderezados como para un acto solemne.
-Virei, perdonad, dijo Cepeda entrando, pero seria mui
conveniente que dieseis cierto estreno al sello que acabamos de
recibir.
-Qué estreno? preguntó Núñez distraido.
-Este, por ejemplo, dijo Cepeda, i presentó a Núñez una orden
escrita de su puño en que se mandaba aprehender i poner en prision
pública al caballero Vaca de Castro, del consejo de Su
Majestad.
-Estais loco, señor? dijo Núñez devolviendo asombrado el pliego
al oidor.
-Vos, señor, lo estareis sino adoptais inmediatamente la medida
de salvacion que os vengo a proponer.
-I por qué? preguntó Núñez asustado, pues empezaba a desconfiar
de todos i de todo.
-Porque Vaca conspira dijo Cepeda, con la misma sencillez que si
hubiera dicho
|porque Vaca es un estimable sujeto.
-Que conspira, decís?
-Sí, señor.
-Él; un caballero tan leal?
-Ese caballero
|tan leal, conspira, señor.
-Las pruebas? preguntó el de Vela jadeante, porque él mismo no
se encontraba mui seguro.
-Bien, señor, me habeis pedido las pruebas, i voi a dároslas.
Empero, perdonad si paso a proponeros ántes alguna cuestion.
-Hablad.
-Creeis, señor, en mi plena fidelidad a la Corona?
-Sí creo.
-Creeis igualmente en mi penetracion para que no se me escape
nada de lo que pase?
-Sí creo igualmente.
Satisfecho Cepeda de haber dado al virei dos golpes seguros,
quedó un rato cabizbajo i como concentrado en alguna ineditacion
profunda. Núñez, que no era ménos confiado que su confidente, lo
miró por algun tiempo al soslayo, i no pudo ménos que sentirse
interesado ante aquel jóven, que ántes de salvar el pais con la
revelacion de algun secreto importante, pedia fuerza i verdad a su
espíritu para ser fiel i oportuno en sus informes.
Cepeda, por su parte, tambien observaba al virei, i cuando leyó
en su frente ancha i jenerosa, toda la impresion que se habia
propuesto producir, levantó de pronto la cabeza, i dijo
-Habeis visto, señor, que durante la ceremonia del recibimiento
del sello real, han salido por la esquina misma de la plaza mayor
unos cincuenta jinetes, armados de punta en blanco, i como haciendo
alarde de que los vieseis vos?
-Sí, los he visto, respondió Núñez cada vez mas
reconcentrado.
-I sabeis a dónde iban esos jinetes?
-No lo sé.
-Pues, señor, esos jinetes iban al Cuzco, enviados por Vaca de
Castro a Gonzalo Pizarro.
-Qué decís? esclamó el virei dando una patada tan violenta en el
suelo que tembló su espada i se ajitaron como movidos por la brisa
todos los pliegues de su gola.
-Unicamente la verdad, señor.
-Imposible! insistió el virei; no puedo creerlo.
-Lo creeriais, señor, sin vacilar, si supierais como sé yo, que
no fué mas que se supo en el Cuzco que veniais vos, cuando para
cerciorarse de la verdad, despaché el consejero en comision hasta
la costa a un tal hidalgo Fortun, mui su confidente; el cual volvió
a las pocas semanas trayéndole noticia de nuestro arribo a ellas,
junto con nuestra comision i facultades, cosas que lo pusieson tan
fuera de sí, que juró por su nombre i por su espada daros muerte i
esterminar a cuantos con vos viniesen; porque decia que el Perú era
de él, i solo de él, puesto que para eso lo habia ganado en la
batalla de Chupas i en la plaza pública del Cuzco, haciendo
degollar al traidor Almagro.
-Eso dijo? interrumpió el virei rechinando los dientes de
cólera.
-Sí, señor, dijo secamente el oidor.
-I a todo esto qué dice la Audiencia?
-Poco importa lo que ella diga, señor, lo que hai es que la
dignidad de la Corona exije que no cejeis vos en un solo punto, i
que lleveis a cabo el planteamiento de las ordenanzas aunque haya
de costarnos a todos la vida. I ¿qué es morir, preguntóse en
seguida el patriota jóven, radiante de serenidad i estoicismo,
cuando se muere con la satisfaccion i el orgullo de haber cumplido
con nuestro deber?
-Es decir que vos sí estais porque yo me sostenga?
-Así es la verdad.
-I que mande prender a Vaca de Castro?
-Olvidais, acaso, que se halla resentido con vos porque para
dároslo el Emperador le quitó el puesto que tenia? Oh! dejadio
libre, i será el primero en irse al campo rebelde, cuando vea que
vamos a proceder en todo de acuerdo, i que pondremos en planta las
ordenanzas mal que les pese estos indignos hijos de Castilla!
-No hai duda.
-Creedme, Blasco Núñez, o sostenemos al monarca cumpliendo en
todo con su real voluntad, i damos golpee certeros como el de la
prision de Castro; o nos perdemos cediendo a las exijencias audaces
de estos aventureros. Oh! señor, yo apelo a vuestra humanidad;
echad una mirada en torno, i ved la insolencia con que tratan estos
conquistadores al indio infeliz. Para ellos no vale nada, ni la
pureza de las vírjenes, ni la santidad del hogar doméstico. Son mas
fieros que los monstruos, señor.
-Oh? Cepeda, i cuánto me complace el oiros hablar así. Quiere
decir que tendré en vos un apoyo invaluable?
-Si, señor. Pero firmad; preso el de Castro, poco tendremos que
temer a Gonzalo.
-Lo creis? preguntó Blasco Núñez con caballeresca
resignacion.
-Lo exijo en nombre de la Corona.
-Bien, sentaos i agregad un párrafo mas sobre confiscacion de
los bienes del reo.
Cepeda obedeció, i miéntras Núñez firmaba, dijo para sí lleno de
un deleite supremo
-Torpe Núñez, me entregais al rival que mas temia. Diez minutos
despues estaba Castro en la cárcel pública. Tal fué el primer
empleo del sello real.