CAPITULO XII
LLEGADA DEL VIREI
El pensamiento de Fortun, de que Vaca de Castro se denegase
hasta por medio de la fuerza, si era posible, a recibir al virei
Blasco Núñez, no era por cierto un pensamiento aislado: opinaban
del mismo modo todos los españoles que tenían grandes
repartimientos de indios, i que ahora los iban a perder con el
nuevo réjimen.
-Sin la esclavitud de los indios, decian muí quejosos, qué va a
ser de nosotros? Vamos a tener dentro de poco arruinadas nuestras
haciendas, perdido nuestro prestijio de
|nobles en el pais,
i, oh escándalo no visto ni oido! los indios pasarán a ser nuestros
amos i jueces!... Es necesario no admitir al virei ni sus malditas
ordenanzas; i, si es preciso, moriremos antes que vernos despojados
así... Cierto que Vaca de Castro es un cobarde, i no quiere seguir
nuestras inspiraciones; pero no importa, nosotros tenemos en cambio
un jefe que vale mas que él: ese jefe es Gonzalo Pizarro, con cuya
espada nos reputamos invencibles.
I en efecto, los españoles de aquel tiempo no se contentaban con
hablar, i Gonzalo recibió diferentes embajadas de toda la colonia,
invitándole a tomar el mando i poner en prisiones a Núñez i a
Castro como enemigos declarados de los conquistadores, miéntras se
mandaba una diputacion a España que hiciera presente al Emperador
lo imprudente de su medida.
Gonzalo Pizarro habia rehusado siempre dar este paso atrevido,
porque hasta entónces no habia creído propicia para sus planes
ninguna de las ocasiones presentadas; pero en esta vez las cartas
que recibia eran apremiantes, se le hacian ofrecimientos mas
directos, i hasta las autoridades mismas le dirijieron notas
suplicatorias, en que se le daba el nombre de Protector de la
colonia, i se le decía el único virei lejitimo del Perú.
Los momentos no podian ser mas oportunos, i Pizarro, agraviado
de véras con la Corona porque a la muerte de su hermano Francisco
no lo había designado para ejercer el gobierno del Perú, como creía
él que de derecho le correspondia, empezó a dar prendas a la
revolucion tomando sus medidas para salir a campaña.
Con todo, hízose aún por parte de algunos otra última tentativa
para que Vaca de Castro i no Pizarro se pusiese a la cabeza de la
rebelion, i esto no por otra cosa sino porque creian que así se le
daria mas fuerza, toda vez que Castro era una autoridad lejítima, i
Gonzalo no. Pero el Gobernador, noble i fiel hasta el trance
postrero, contestó a sus instigadores que su deber era obedecer al
monarca con razon o sin ella, sin discutir jamas la conveniencia o
inconveniencia de sus medidas. I en esta virtud salió poco despues
del Cuzco para Lima acompañado de un reducido número de amigos,
para someterse a la voluntad del virei.
En tanto que el desairado consejero marchaba del Cuzco a Lima
para obedecer al Emperador, Gonzalo marchaba de las Charcas, sus
haciendas, al Cuzco para ponerse al frente de la rebelion. El
pueblo i el Ayuntamiento de esta ciudad lo recibieron con palmas de
triunfo, i le confirieron el dictado de P
|rocurador jeneral del
Perú, el cual aceptó Pizarro en la intelijencia de que
"solo era por servir a los intereses del Rei, de las
Indias, i, sobre todo, del Perú".
El último, i acaso el mas heroico de los Pizarros se habia
ceñido la espada, i esto era bastante para que el cielo se cubriese
de sombras i la tierra de espanto.
Interin pasaban estas cosas al sur del Perú, el virei Blasco
Núñez seguia imperturbable su marcha ácia la nueva ciudad de los
Reyes, capital hoi de la República peruana; sinembargo, el camino
presentábasele cada vez mas solitario, pues nadie salia a su
recibimiento, i hasta las casas i haciendas estaban abandonadas
como de propósito, pues no tenian bastimentos, i sus puertas
cerradas decian bien claramente al virei que sus amos no tenian
gusto ninguno en recibirlo.
Andando de esta manera llegó a la venta del valle de Huaura,
propiedad de Antonio Solar, la que encontró abandonada, sin fuego
ni forraje, i cerradas las puertas. Con todo, apeóse el virei de su
cabalgadura porque iba mui cansado, i entróse para un corredor, en
donde lo primero que vieron sus ojos fué un gran letrero que
decia:
"A quien viniere a echarme de mi casa
i hacienda, procurará yo echarlo del mundo."
Grande fué el enojo del virei con esta amenaza, mas que directa,
pero guardó silencio i disimuló por entónces; lo mas que hizo fué
preguntar a Puélles, uno de los oficiales de su escolta, a quién
pertenecia la tal venta.
-A Antonio Solar, natural de Medina del Campo, i actualmente
proveedor de caminos, señor, díjole el interpelado.
-No los provee mal, observó el virei con acento mas de enojo que
de burla i la comitiva, arrimando espuelas a sus caballos, pasó de
largo disgustada por el bochorno, el cansancio i el hambre.
Rabia entretanto en Lima una ajitacion mui grande proveniente de
si recibirian o no al virei. Habia dos bandos: uno porque se le
rechazase a balazos, i otro porque se le recibiese de paz i
dulzura, i se probase ganarlo con buenos tratos i maneras. Vaca de
Castro i los rejidores Illen de Suárez i Diego Aguero, vecinos
pudientes i respetables, eran de este último dictámen, el cual
prevaleció.
Dió esto lugar, empero, a mil murmuraciones, pues se dijo que el
simulado patriotismo de Aguero i de Suárez no era mas que interes
por conservar sus destinos i haciendas; i que Vaca de Castro era un
pobre hombre cuando, pudiendo, no se alzaba con el Perú. Pero lo
cierto fué que todos se pusieron de gala i se aprestaron a recibir
de buen grado al virei.
Vaca de Castro i el obispo de Lima, don Jerónimo Loaisa,
vinieron hasta tres leguas acá del poblado, donde los recibió el de
Núñez con toda la distincion i aprecio que les eran debidos. Mas
adelante, ácia el paso del Rimac, halló la comitiva a Garci-Diaz,
obispo de Quito i todo su cabildo eclesiástico, i habiéndose apeado
el virei i los principales señores que lo seguian, hubo gran
regocijo por una i otra parte, se echaron vivas a Su Majestad el
Emperador Cárlos V, i casi nadie volvió a acordarse de las
malhadadas ordenanzas ni de sus portadores.
A la entrada de Lima estaba el cabildo, junto con todos los
vecinos i caballeros principales. El virei llegó i saludó
afablemente, pero apénas se le contestó en tono de ceremonia.
Pretendian seguir, pero adelantándose un paje a una señal del
factor Suárez, cojió el caballo del virei por la brida i tomándole
el estribo, indicó a este que era llegado el momento de apearse.
Hízolo así Blasco Nuñez sin manifestar embarazo.
Toda la numerosa comitiva siguió al punto su movimiento, i el
pueblo, que habia concurrido al espectáculo en todo su número, se
descubrió i guardó un silencio sepulcral.
Oyóse entónces en medio de este silencio la voz solemne i
cascada de Suárez, que decia al virei a nombre de la ciudad:
-Jurais por Dios, nuestro Señor, guardar los privilejios,
franquezas i mercedes que los conquistadores i pobladores del Perú
tienen de Su Majestad, i que los oireis en justicia respecto a las
ordenanzas
-Juro, respondió el virei con un acento no ménos intencionado
que el del factor, que haré todo lo que convenga al servicio del
Rei i bien del Perú.
Este juramento no tenia mucho de esplícito que digamos, i pueblo
i soldados llevaron su descontento hasta prorrumpir en sordas
murmuraciones.
No dejó Blasco Núñez de percibir esta mutacion, pero, asiendo la
brida de su caballo, requirió su espada, tercióse el chambergo, i
montó de nuevo sin dar señal alguna de conmocion o pena.
Siguiéronle todos en el mayor silencio, pues el entusiasmo
anterior se habia acabado con lo equívoco del juramento del virei,
i nadie volvió a decir nada, aunque sí se mirasen todos por lo bajo
con cierto jesto de intelijencia i disgusto.
Metiéronlo en seguida bajo de un ancho palio de brocado, cuyas
varas de plata maciza sustentaban los rejidores vestidos de raso
carmesí forrado en damasco blanco; echáronse a vuelo las campanas,
tocaron las bandas de música, i condujéronlo poco a poco hasta la
iglesia mayor por medio de calles revestidas con mucho arte de
juncia i laurel, i por debajo de arcos de flores construidos con
variedad i elegancia.
Delante, i como emblema de autoridad i de poder, cabalgaba un
caballero principal llevando en alto una maza de armas.
En la iglesia mayor o catedral se cantó un
|Te Deum, i
despues se condujo al virei al antiguo palacio del marques
Francisco Pizarro, donde se le dejó con su familia, despues de unas
pocas i no mui determinadas palabras, que respecto de su mision i
las ordenanzas, dirijió al pueblo en medio de un silencio
jeneral.
Aquel pueblo, tan entusiasta por sus reyes i tan fiel siempre a
la Corona, no tuvo un solo viva ni una sola sonrisa para su
virei!
El precedente no podia ser mas funesto.
Al bajar la escalera del palacio, Vaca de Castro tropezó con su
secretario Rodríguez, a quien no pudo ménos de decir:
-Buen chasco os llevasteis, señor, el otro dia; crei que
hubierais llegado demasiado tarde.
-Pudo ser así, pero no ha sido, respondió el viejo poniéndose
rojo hasta las orejas; i creo que llegué mas oportunamente que
vos.
-Los traidores i mercenarios siempre llegan con oportunidad,
repuso Castro con orgullo.
Seis u ocho caballeros que los rodeaban se cambiaron una mirada
fria i descompuesta, pues no sabian cómo esplicarse la dureza de
las palabras del consejero; pero Rodríguez cortó el nudo,
diciendo:
-Oh! señor, i que chancero estais hoi... dejadme pasar, pues
quiero que no ignore el virei todo el buen humor que ha producido
en vos su llegada.
I el viejo se escabulló lanzando llamas por los ojos.