CAPITULO XI
NOBLEZA E INFAMIA
Reinó en la sala un momento de angustia mortal. El terror no
dejaba al licenciado ir mas adelante en sus investigaciones;
Fortun, arrepentido de haber sido un poco brusco en el modo de dar
cuenta de su comision, parecia resuelto a no decir mas; i Rodríguez
paraba ansiosamente la oreja desde la pieza inmediata, deseoso de
no perder una sola palabra de las que se iban a decir.
Tendria entónces este buen personaje de nuestra historia, de
cincuenta a cincuenta i cinco años, su faz era rubicunda como un
tomate, su nariz larga i afilada, sus labios sumamente delgados i
cárdenos, sus ojos pequeños, hundidos i brilladores, i su cabeza,
calva en el centro, dividia a un lado i a otro de su frente,
contrahecha i angulosa, algunos mechones de cabellos ásperos i
grises.
-I bien, Fortun? se atrevió a murmurar el Gobernador.
-Lo quereis saber todo, señor? preguntó el recien llegado con
notable inquietud.
-Sí, todo, todo; no me omitais nada, por Dios.
Rodríguez oyó este lastimoso
|por Dios del consejero, i
estiró la cabeza por encima del brazo de la silla para oir
mejor.
El infame acechaba desde su puesto como un crótalo envejecido i
débil, que acecha entre las ramas el paso del conejo en el
desierto.
-Pero, señor, es tan cruel todo lo que tengo que deciros.
-No mas dilaciones, amigo Fortun; al fin soi un hombre como
cualquiera otro.
-Oid pues, dijo el mensajero como quien toma una resolucion
súbita i desesparada: el virei ha entrado ya en la tierra
peruana,
-Cómo! el virei? preguntó Castro estupefacto.
Con efecto, lo que Fortun acababa de decir tenía un significado
espantoso en las circunstancias en que se encontraban los
diferentes personajes con quienes hemos de tocar en el curso de
esta historia. Rodriguez mismo se paró bruscamente del asiento,
llevóse a la oreja la pluma de ave conque estaba trabajando i fuése
a poner con el aire mas hipócrita del mundo sobre el quicio de la
puerta que daba al salon de la conferencia.
-Sí. señor, continúo Fortun imperturbable: el Emperador ha
nombrado para sustituiros en el mando del Perú al caballero Blasco
Núñez Vela, natural de Avila i antiguo servidor del reino.
-Es decir?... articuló Castro enjugándose el rostro enrojecido
entónces por la emocion i la cólera.
-Es decir, que en vez de haber sido confirmado por Su Majestad
en vuestros empleos, habeis sido despojado de ellos
ignominiosamente.
-De manera?... volvió articular el abatido caballero.
-De manera que nada sois ya en el Perú, i que correis un gran
riesgo de ser decapitado a vuestro turno en la plaza pública, como
Almagro el jóven.
Esta idea, aunque remota, era mui halagüeña para el secretario,
por lo que sus ojos relampaguearon de alegria.
Castro sintió que se le escapaba la vida i se puso a pasear
ajitadísimo por el salon. Al voltear vió a Rodríguez que se
enjugaba los ojos, i fuese a él para estrecharle la mano
diciéndole:
-No os aflijais, mi buen amigo: no he caido aun.
El acento del Gobernador era tan noble i leal, que Fortun volvió
a otra parte los ojos lleno de afliccion.
-Cómo no me he de aflijir. señor, si aún no sé lo que será de
vos.
Estas frases de Rodríguez eran terriblemente equívocas, pero
Castro las tomó por el buen lado, i volvió a estrechar entre las
suyas la mano arrugada i glacial de su aflijido secretario.
Hubo despues una pausa no mui larga, porque el Gobernador,
volviéndose a Fortun, le dijo:
-Es decir que, léjos de recompensar mis servicios de tres años,
la Corona me despoja de todo deshonrándome.
-Sí, señor, os despoja de todo, pues el nuevo virei está ya en
marcha para Lima.
-Tan pronto?
-Oh! señor, no es tan pronto, pues salió de San Lúcar el 3 de
noviembre de 1543, i estamos ya en noviembre de 1544.
-I viene solo?
-Oh! no, que viene con él una Audiencia, compuesta de cuatro
oidores, i un numeroso séquito de oficiales.
-Una Audiencia tambien! esclamó Castro, i cojiéndose la cabeza
con ámbas manos, volvió a mirar a Rodríguez como para comunicarle
su asombro; empero el sensible secretario, no pudiendo presenciar
tal espectáculo de horrible desengaño, acababa de escabullirse por
una escalera interior.
-Lo veis, Fortun? el pobre Rodríguez ha sido inferior a mi
desgracia, i se ha retirado a llorarla.
Oyóse en aquel punto el galope de un caballo que se alejaba a
toda brida, pero era aquello una cosa de cada momento en el Cuzco
para que llamáse la atencion de los dos interlocutores.
-Sí, señor, continuó Fortun, el virei trae consigo una
Audiencia... pero no es esto solo.
-Pues qué?
-Trae tambien un código para las colonias.
-Un código decís?
-Sí, señor, un código u ordenanzas espedidas últimamente por la
Corona a causa de una junta habida en Valladolid, en las cuales se
reconoce a los indios como muí fieles i mui leales súbditos de
Castilla, se los hace libres, i se organizan estas colonias sobre
las bases de un vireinato.
-Con que no eran simples rumores los de las ordenanzas?
-Simples rumores! no, señor; i ya el virei Núñez ha empezado a
ponerlas en planta.
-Qué imprudencia! Decís?...
-Digo que el virei Núñez ha empezado a ponerlas en planta, i su
primer acto ha sido embargar en Nombre de Dios un buque cargado de
plata que debia hacerse a la vela para España, so pretesto de que
dicha plata era producto de trabajo de esclavos.
-Es decir que el virei reputa a los indios de aquí como
esclavos?
-Es decir eso. Pero hai mas, Blasco Núñez ha hecho tambien
soltar en Panamá trescientos indios que sus propietarios habian
llevado allí para trabajar en sus tierras, i los ha devuelto a sus
pueblos; i esto contra el dictámen jeneral de la Audiencia.
-Con que es tan resuelto así?
-Oh! por lo que es resolucion, creo que el virei la tiene de
sobra. I bien, señor, qué pensais hacer?
-Fortun, creeis luego que el hombre que sabe cumplir con su
deber tenga nada que pensar.
-Es que yo de vos no aceptaria al virei, i sus ordenanzas mucho
ménos. Mirad que se va a alborotar la tierra de muerte.
-Es probable, Fortun, que se alborote i que corra Sangre a
torrentes como otras veces, pero no seré yo nunca el que contribuya
a semejantes desgracias.
-Es que el único medio de evitarlas seria el dejar las cosas en
el pié en que se encuentran hoi, no reconociendo a Núñez en su
carácter de virei, i mandando una embajada a Castilla a hacer
presente al Emperador lo inconsulto de las ordenanzas.
-No, Fortun, él sabrá lo que hace, i sobre su frente caiga la
sangre de las víctimas o las bendiciones de los agraciados. El
dictado de rei es mui grande i tiene muchas responsabilidades para
que ningun hombre pueda llevarlo sobre la tierra; el que lo acepta,
que cargue con todas sus consecuencias.
-Quiere decir que vamos a someternos.
-Sí, Fortun; ese es nuestro deber.
-I yo que me halagaba con la idea de salir al encuentro de ese
fatuo de Núñez.
-No os afaneis por eso, que ya habrá quien lo combata, i acaso
quien lo venza.
-No veo quien pueda hacerlo en esta tierra de estúpidos i
aduladores.
-Os olvidais, Fortun, de un hombre para quien va a empezar una
série de glorias.
-Un hombre decís, señor no alcanzo a verlo.
-Sí, pero no es porque esté mui léjos, sino porque vos estais
mui abajo. Ese hombre es Gonzalo Pizarro.
-Teneis razon, señor; Gonzalo Pizarro, lo habia olvidado. I por
la mente de Fortun cruzó un pensamiento de gloria.
-Sí, continuó Vaca de Castro, Gonzalo Pizarro es el que va ahora
a levantarse como el leon descansado, i a oponerse de frente al
virei; no hai que dudarlo. I lo peor de todo es que los pueblos en
masa van a seguirlo... I el consejero abatió la cabeza como silo
agobiara la gloria que entreveía para otro, cuando ninguno mejor
que él estaba llamado a disfrutarla.
-Parece que envidiais el destino futuro de Pizarro?
-Oh! sí, Fortun, lo envidio.
-Pues entónces...
-Oh! no, nunca, Fortun.... ántes morir. Pizarro puede aceptar el
destino que le parezca, porque él es libre; pero yo no: yo soi el
empleado de la Corona, i hai mucha diferencia entre un traidor i un
rebelde.
-Bien, dijo Fortun entónces con algo de embarazo; permitidme que
os haga una súplica.
-Hacedla, Fortun.
-Permitid que os abandone.
-Abandonarme en tales circunstancias
-Sí, señor; tengo necesidad de pelear contra el hombre que ha
venido a agotar todas vuestras esperanzas.
-Pero qué vais hacer
-No me acabais de decir que hai un hambre en el Perú que puede
desobedecer i combatir al virei?
-Sí; Gonzalo Pizarro.
-Pues voi a unirme a él.
-Fortun!
-Ya veis, señor, que no os abandono por el poder triunfante,
sino por el poder caido, que no voi adular sino a pelear: espero
pues que me comprendereis.
-Oh! sí, querido Fortun, dijo el de Castro echando sus brazos al
cuello del jóven; os comprendo i os dejo partir. Al lado de Pizarro
teneis un porvenir; al lado mio no hai ya mas que sombras, i acaso
el cadalso. Partid!
I los dos amigos se estrecharon con efusion. En seguida se
separaron.
Castro fué a buscar a Rodríguez, pues tenia algunas órdenes que
darle; i Fortun fué a buscar su caballo para irse a donde
Pizarro.
Empero, no parecieron caballo ni secretario.
-Qué hai? dijo Vaca de Castro viendo a Fortun que venia
sonriéndose.
-Pues qué ha de haber, sino que se han llevado mi troton.
-I quién?
-Eso es lo que vais a tener el gusto de adivinar.
-Yo?
-Sí, vos.
-No sé.
-Pues Rodríguez, el mismo que lloraba hace poco por vuestra
caida.
-El? preguntó el Gobernador estupefacto.
-Sí, señor, él, él; quien dijo al centinela al salir: Tenemos un
nuevo virei, seguidme i vamos a besarle las plantas.
-I es por eso que os reis?
-No, señor; es porque el infame ha creido que a donde estaba
llegando el virei era al Cuzco i no a Lima.
-Vaca de Castro meneó la cabeza con amargura, había mucha vileza
en la accion de Rodríguez para no hacerlo así.