INDICE




Capítulo I - Cómo se Funda un Gobierno
Capítulo II - El Oro y la Fuerza
Capítulo III - Los Éxtasis de Candia
Capítulo IV - El Retiro
Capítulo V - La Herencia de Luque
Capítulo VI - Una Vieja Amiga
Capítulo VII - La Entrevista
Capítulo VIII - Las Llanuras de Chupas
Capítulo IX - La Ejecucion
Capítulo X - El Secretario Rodriguez
Capítulo XI - Nobleza e Infamia
Capítulo XII - Llegada del Virrei
Capítulo XIII - El Sello Real
Capítulo XIV - El Caballero de la Capa Negra con Cabos de Plata
Capítulo XV - Las Dos Serpientes
Capítulo XVI - El Canto Salvaje
Capítulo XVII - El Viaje
Capítulo XVIII - El Crímen
Capítulo XIX - Oidor y Virei
Capítulo XX - Cepeda
Capítulo XXI - Valor i Dignidad
Capítulo XXII - Un Consejo Pedido i Rehusado
Capítulo XXIII - El Juramento
Capítulo XXIV - En Donde se Verá Quién era el Maese de Campo de Gonzalo
Capítulo XXV - La Recompensa
Capítulo XXVI - Extasis i Amor
Capítulo XXVII - Tipos Caballerescos del Siglo XVI
Capítulo XXVIII - La Vision
Capítulo XXIX - Exámen de Cuentas
Capítulo XXX - Quince Años Despues
Capítulo XXXI - El Castigo del Cielo
Capítulo XXXII - Muerte de Núñez
Capítulo XXXIII - Lo que Pasaba Entretanto en la Corte
Capítulo XXXIV - Pedro de la Gasca
Capítulo XXXV - Batalla de Xaquinxuana
Capítulo XXXVI - La Ejecucion
Epílogo
CAPITULO X EL SECRETARIO RODRIGUEZ

Despues de la pacificacion de todo el imperio, el Gobernador Vaca de Castro se consagró a organizar convenientemente el pais; i a sus esfuerzos i celo se debió el término final de muchos abusos, así como el esclarecimiento de infinidad de puntos de gobierno, que, sin el talento del licenciado i el espíritu que lo animaba, habrian continuado siendo causa de infinitas disputas.

Fué su primero i mas astuto paso llamar a Gonzalo Pizarro, que acababa de regresar de su conquista del Amazónas, i persuadirlo de que debia retirarse a sus minas de Charcas, i esperar allí tranquilamente el curso natural de las cosas. Gonzalo estaba disgustado con la Corona, porque siendo él la figura mas notable del imperio, i el servidor mas caracterizado de la conquista despues de muerto su hermano Francisco, no se le habia nombrado jefe de la tierra; pero sentíase débil por el momento para hacer valer sus pretensiones al mando, i aparentó acomodarse con los consejos de Castro, quien, por su parte, no queria sino alejar de sí un rival tan terrible i poderoso como el amante de Azucena.

Algunos de los mas íntimos amigos de Gonzalo no pudieron ménos de echarle en cara su condescendencia; pero él les dijo con aquella gracia i aquella penetracion que lo hacía el primer cortesano de su tiempo:

-Dejadme ir, que ya sabré volver.

Despues de este acto de sana política, el Gobernador estableció escuelas en todas las poblaciones indias para la difusion de la doctrina cristiana; llamó a los peruanos de las selvas i de la montaña i los persuadió a que viviesen con los blancos; mejoró las vías de comunicacion i las posadas públicas, casi todas destruidas en las últimas guerras civiles; disminuyó los repartimientos, pues había español que contaba hasta |mil quinientos indios, a quienes daba una vida de esclavos; i puso órden i sistema en las rentas reales, dilapidadas hasta entónces escandalosamente.

La conducta oficial de Vaca de Castro merece bien una pájina inmortal en la historia. Sin fondos i sin tropas no hacía aún muchos meses que habia desembarcado en el Perú, que estaba en la mas completa anarquía, i a fuerza de valor i habilidad, se habia hecho a todos los recursos apetecibles, i con ellos habia vencido al hombre que la fortuna parecía haber hecho nacer para eclipsar la gloria de todos los grandes capitanes de América.

Su rijidez despues de la victoria no era precisamente un desahogo de sus malas pasiones: era una condicion de su siglo de hierro, i un modo, el mas adecuado, para abrir paso ancho i seguro a su ambicion, tal vez latente entónces, pero no por eso ménos tormentosa i jigante.

El habia dicho, luego que las campanas de la catedral del Cuzco i sus propios ojos lo convencieron de la muerte de Almagro, al fin seré virei. Ese, sin duda, era un grito escapado a su alma en el arrebato producido por el primer reflejo de su gloria; pero ¿quién es el que en este mundo no ha sentido inflársele el pecho ni irradiarle el ojo, a la primera caricia de esa fada de aromas que se llama el Poder?

Vaca de Castro era severo, pero no era infame. Aunque educado para una carrera distinta de la de soldado, el dia de pelear, peleó como un guapo. Oh! i nosotros sí que gustamos de los hombres que se manifiestan tales en todas partes: hombres en el consejo, hombres en el campo de batalla; dulces i tiernos con las mujeres, dignos con los enemigos, sabios entre los sabios, nobles, caballeros i siempre valientes.

Vaca de Castro era uno de estos hombres; sus hechos tienen toda la austeridad de la historia junto con la gracia de la novela.

Sinembargo, los meses se pasaban, cumplíanse los años, i el licenciado no recibia de la Corona de España el nombramiento de virei. Qué causa oculta lo privaba de este derecho?... No se apreciaban en la corte de Castilla sus merecimientos en todo lo mucho que valian?...

He ahí el motivo secreto de sus angustias; i si por algo era desgraciado el fuerte caballero, era porque Cárlos, el grande emperador, parecia despreciarlo desde la escelsitud de su gloria.

Empero, veamos aunque suscintamente como pasaban las cosas.

En 1541 Cárlos V, que habia estado mui entregado a los asuntos de Alemania, volvió la vista a sus dominios españoles. i de estos a sus colonias de América. Presentáronsele al punto muchas relaciones de los sucesos de la conquista i de la verdadera i terrible situacion de los indios; pero ninguna mereció mas acojida ni llevó convicciones mas amargas a su espíritu, que la presentada por el obispo de Chiapa. frai Bartolomé de Las Casas. Este dignísimo sacerdote, que habia consagrado su vida a las tareas cristianas que le merecieron el nombre de |Protector de los indios, habia escrito ya para entónces su célebre tratado sobre la "Destruccion de los Indios," o sea la coleccion mas notable que puede verse sobre las maldades humanas, cometidas por los españoles en el Nuevo Mundo.

Este manuscrito puesto en manos del Emperador en 1542, produjo la convocatoria de una junta en Valladolid, compuesta de teólogos i jurisconsultos, con el objeto de adoptar un sistema de lejislacion sabio, justo i adecuado para las colonias.

El venerable obispo tuvo a bien presentarse en persona i hablar a la junta en términos tan conmovedores i exactos sobre la libertad de los indios i las atrocidades cometidas por los conquistadores, que, gravemente impresionada aquella, se resolvió a disponer que se reconociese la libertad de los americanos, i se los reputase como leales i fieles vasallos de la Corona, matando así de un solo golpe la esclavitud en el mundo de Colon. Este acontecimiento hizo mas ruido acaso que ningun otro en todo el grandioso reinado del Empenador; i la declaratoria del consejo de Valladolid se llevaba de calle tantos i tantos intereses, que casi fueron mui pocos los que no se pusieron contra ella, i la calificaron de injusta i hasta atentatoria, Eseribiéronse mil cartas para las colonias, i provocóse a la rebelion desde Méjico hasta Chile.

Pero ¿cómo no hacer esto, i mas todavía, si cada conquistador era un sultan en América, que ahora se iba a ver despojado de sus millares de esclavos, de cuyo trabajo vivia, i de cuyas hijas formaba sus harenes? ¿Cómo no clamar a los cielos por una injusticia tal, si el sol de los incas quemaba mas de cerca que el sol de Pelayo, i el hijo blanco de Castilla hallaba diferencias mui notables entre su tez de rosa i la tez de bronce de los hijos del Cuzco?

La conflagracion fué, pues, espantosa. Descolgáronse de las paredes las enmohecidas espadas, limpiáronse las lorigas; volvióse a cuidar de los caballos, sueltos hasta entónces en los campos; i rebeldes los subditos a su patria i su reino se habló ya mas que de muertes i sangre.

Hubo mil juntas en todos los pueblos notables de las colonias, i los mas viejos soldados de la conquista, rompiendo sus jubones i mostrando sus hondas heridas, recorrian las calles concitando al pueblo i diciendole:

-Mirad! ese es el premio que se ha reservado a nuestras fatigas; así paga el rei a sus buenos servidores. Se nos ve sin sangre i sin miembros, i se nos priva de nuestro pan i de nuestras haciendas!

Sinembargo, el primer paso estaba dado, i Cárlos V no era de los que se volvian atras en sus determinaciones: hai hombres para quienes el peligro es la gloria.

Vaca de Castro no pudo ménos que temblar interiormente al saber la determinacion de la Corona; pero como aún no se le habia comunicado oficialmente, guardó silencio i esperó lleno de impaciencia algunos meses mas.

El dia a que nos referimos en este capítulo, estaba mas inquieto que nunca, i paseándose en la sala principal del palacio del Cuzco habia llamado hasta por tres veces a su secretario, quien trabajaba ajitadamente en la pieza inmediata.

El tiempo corría mui aprisa a juzgar por la velocidad con que caia la arena de un gran reloj colocado sobre la mesa del fondo, entre algunos pergaminos escritos i unos recados de escribir, i el de Castro, no pudiendo resistir por mas tiempo su impaciencia, esclamó:

-Rodríguez!

-Señor, respondió el secretario al instante, pero sin moverse de su asiento.

-Mirad al patio a ver si ha llegado Fortun.

El secretario puso la pluma en un estremo de la mesa, retiró el sillon, i fué a alzar las rojas cortinas de damasco que cubrían una hermosa ventana de doce piés, que daba sobre el patio en que debía aparecer Fortun; i viendo que no habia nadie en él, i que no se oia el ruido mas lijero, volvió a su asiento, recojió la pluma, arrimó el sillon, i dijo a Castro al volver a escribir de nuevo:

-No hai nada, señor.

Pero ántes de que Rodríguez hubiera acabado, oyóse en el patio el ruido producido por un caballo que llegaba, i ántes de un segundo abrióse la puerta, i un hombre alto i cubierto de acero i de polvo pasó adelante con bastante familiaridad.

-I bien, Fortun? preguntó el consejero sin poderse contener.

-Señor.... articuló Fortun.

-No os detengais, por Dios, buen servidor.... mi corazon me dice que son mui malas las noticias que me traeis, pero decídmelas todas... he sufrido tanto con vuestra tardanza.

-Pues bien, señor, dijo Fortun con acento firme i resuelto, todo está perdido.

Este |todo está perdido llégo a los oidos de Castro de una manera tan lúgubre, que, apesar de su valor i sangre fria, una sombra no pálida sino cadáverica cubrió su faz, i el color lacre de sus labios hermosos desapareció como para subir a sus ojos, los que se le enrojecieron como brasas.

Rodríguez oyó tambien esas frases terribles, pero en vez de palidecer como su amo, puso la pluma a su derecha i se restregó las manos con efusion.

Lo que casi era la muerte para el uno, era la dicha para el otro: tan miserables así nos hizo Dios!

Qué motivo, preguntará acaso el lector, tenia Rodríguez para regocijarse de ese modo? El motivo de Rodríguez no era mas que uno solo: la ingratitud. Vaca de Castro le habia hecho muchos favores para que no lo odiase, i Rodríguez lo odiaba con todo su corazon.

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