CAPITULO X
EL SECRETARIO RODRIGUEZ
Despues de la pacificacion de todo el imperio, el Gobernador
Vaca de Castro se consagró a organizar convenientemente el pais; i
a sus esfuerzos i celo se debió el término final de muchos abusos,
así como el esclarecimiento de infinidad de puntos de gobierno,
que, sin el talento del licenciado i el espíritu que lo animaba,
habrian continuado siendo causa de infinitas disputas.
Fué su primero i mas astuto paso llamar a Gonzalo Pizarro, que
acababa de regresar de su conquista del Amazónas, i persuadirlo de
que debia retirarse a sus minas de Charcas, i esperar allí
tranquilamente el curso natural de las cosas. Gonzalo estaba
disgustado con la Corona, porque siendo él la figura mas notable
del imperio, i el servidor mas caracterizado de la conquista
despues de muerto su hermano Francisco, no se le habia nombrado
jefe de la tierra; pero sentíase débil por el momento para hacer
valer sus pretensiones al mando, i aparentó acomodarse con los
consejos de Castro, quien, por su parte, no queria sino alejar de
sí un rival tan terrible i poderoso como el amante de Azucena.
Algunos de los mas íntimos amigos de Gonzalo no pudieron ménos
de echarle en cara su condescendencia; pero él les dijo con aquella
gracia i aquella penetracion que lo hacía el primer cortesano de su
tiempo:
-Dejadme ir, que ya sabré volver.
Despues de este acto de sana política, el Gobernador estableció
escuelas en todas las poblaciones indias para la difusion de la
doctrina cristiana; llamó a los peruanos de las selvas i de la
montaña i los persuadió a que viviesen con los blancos; mejoró las
vías de comunicacion i las posadas públicas, casi todas destruidas
en las últimas guerras civiles; disminuyó los repartimientos, pues
había español que contaba hasta
|mil quinientos indios, a
quienes daba una vida de esclavos; i puso órden i sistema en las
rentas reales, dilapidadas hasta entónces escandalosamente.
La conducta oficial de Vaca de Castro merece bien una pájina
inmortal en la historia. Sin fondos i sin tropas no hacía aún
muchos meses que habia desembarcado en el Perú, que estaba en la
mas completa anarquía, i a fuerza de valor i habilidad, se habia
hecho a todos los recursos apetecibles, i con ellos habia vencido
al hombre que la fortuna parecía haber hecho nacer para eclipsar la
gloria de todos los grandes capitanes de América.
Su rijidez despues de la victoria no era precisamente un
desahogo de sus malas pasiones: era una condicion de su siglo de
hierro, i un modo, el mas adecuado, para abrir paso ancho i seguro
a su ambicion, tal vez latente entónces, pero no por eso ménos
tormentosa i jigante.
El habia dicho, luego que las campanas de la catedral del Cuzco
i sus propios ojos lo convencieron de la muerte de Almagro, al fin
seré virei. Ese, sin duda, era un grito escapado a su alma en el
arrebato producido por el primer reflejo de su gloria; pero ¿quién
es el que en este mundo no ha sentido inflársele el pecho ni
irradiarle el ojo, a la primera caricia de esa fada de aromas que
se llama el Poder?
Vaca de Castro era severo, pero no era infame. Aunque educado
para una carrera distinta de la de soldado, el dia de pelear, peleó
como un guapo. Oh! i nosotros sí que gustamos de los hombres que se
manifiestan tales en todas partes: hombres en el consejo, hombres
en el campo de batalla; dulces i tiernos con las mujeres, dignos
con los enemigos, sabios entre los sabios, nobles, caballeros i
siempre valientes.
Vaca de Castro era uno de estos hombres; sus hechos tienen toda
la austeridad de la historia junto con la gracia de la novela.
Sinembargo, los meses se pasaban, cumplíanse los años, i el
licenciado no recibia de la Corona de España el nombramiento de
virei. Qué causa oculta lo privaba de este derecho?... No se
apreciaban en la corte de Castilla sus merecimientos en todo lo
mucho que valian?...
He ahí el motivo secreto de sus angustias; i si por algo era
desgraciado el fuerte caballero, era porque Cárlos, el grande
emperador, parecia despreciarlo desde la escelsitud de su
gloria.
Empero, veamos aunque suscintamente como pasaban las cosas.
En 1541 Cárlos V, que habia estado mui entregado a los asuntos
de Alemania, volvió la vista a sus dominios españoles. i de estos a
sus colonias de América. Presentáronsele al punto muchas relaciones
de los sucesos de la conquista i de la verdadera i terrible
situacion de los indios; pero ninguna mereció mas acojida ni llevó
convicciones mas amargas a su espíritu, que la presentada por el
obispo de Chiapa. frai Bartolomé de Las Casas. Este dignísimo
sacerdote, que habia consagrado su vida a las tareas cristianas que
le merecieron el nombre de
|Protector de los indios, habia
escrito ya para entónces su célebre tratado sobre la "Destruccion
de los Indios," o sea la coleccion mas notable que puede verse
sobre las maldades humanas, cometidas por los españoles en el Nuevo
Mundo.
Este manuscrito puesto en manos del Emperador en 1542, produjo
la convocatoria de una junta en Valladolid, compuesta de teólogos i
jurisconsultos, con el objeto de adoptar un sistema de lejislacion
sabio, justo i adecuado para las colonias.
El venerable obispo tuvo a bien presentarse en persona i hablar
a la junta en términos tan conmovedores i exactos sobre la libertad
de los indios i las atrocidades cometidas por los conquistadores,
que, gravemente impresionada aquella, se resolvió a disponer que se
reconociese la libertad de los americanos, i se los reputase como
leales i fieles vasallos de la Corona, matando así de un solo golpe
la esclavitud en el mundo de Colon. Este acontecimiento hizo mas
ruido acaso que ningun otro en todo el grandioso reinado del
Empenador; i la declaratoria del consejo de Valladolid se llevaba
de calle tantos i tantos intereses, que casi fueron mui pocos los
que no se pusieron contra ella, i la calificaron de injusta i hasta
atentatoria, Eseribiéronse mil cartas para las colonias, i
provocóse a la rebelion desde Méjico hasta Chile.
Pero ¿cómo no hacer esto, i mas todavía, si cada conquistador
era un sultan en América, que ahora se iba a ver despojado de sus
millares de esclavos, de cuyo trabajo vivia, i de cuyas hijas
formaba sus harenes? ¿Cómo no clamar a los cielos por una
injusticia tal, si el sol de los incas quemaba mas de cerca que el
sol de Pelayo, i el hijo blanco de Castilla hallaba diferencias mui
notables entre su tez de rosa i la tez de bronce de los hijos del
Cuzco?
La conflagracion fué, pues, espantosa. Descolgáronse de las
paredes las enmohecidas espadas, limpiáronse las lorigas; volvióse
a cuidar de los caballos, sueltos hasta entónces en los campos; i
rebeldes los subditos a su patria i su reino se habló ya mas que de
muertes i sangre.
Hubo mil juntas en todos los pueblos notables de las colonias, i
los mas viejos soldados de la conquista, rompiendo sus jubones i
mostrando sus hondas heridas, recorrian las calles concitando al
pueblo i diciendole:
-Mirad! ese es el premio que se ha reservado a nuestras fatigas;
así paga el rei a sus buenos servidores. Se nos ve sin sangre i sin
miembros, i se nos priva de nuestro pan i de nuestras
haciendas!
Sinembargo, el primer paso estaba dado, i Cárlos V no era de los
que se volvian atras en sus determinaciones: hai hombres para
quienes el peligro es la gloria.
Vaca de Castro no pudo ménos que temblar interiormente al saber
la determinacion de la Corona; pero como aún no se le habia
comunicado oficialmente, guardó silencio i esperó lleno de
impaciencia algunos meses mas.
El dia a que nos referimos en este capítulo, estaba mas inquieto
que nunca, i paseándose en la sala principal del palacio del Cuzco
habia llamado hasta por tres veces a su secretario, quien trabajaba
ajitadamente en la pieza inmediata.
El tiempo corría mui aprisa a juzgar por la velocidad con que
caia la arena de un gran reloj colocado sobre la mesa del fondo,
entre algunos pergaminos escritos i unos recados de escribir, i el
de Castro, no pudiendo resistir por mas tiempo su impaciencia,
esclamó:
-Rodríguez!
-Señor, respondió el secretario al instante, pero sin moverse de
su asiento.
-Mirad al patio a ver si ha llegado Fortun.
El secretario puso la pluma en un estremo de la mesa, retiró el
sillon, i fué a alzar las rojas cortinas de damasco que cubrían una
hermosa ventana de doce piés, que daba sobre el patio en que debía
aparecer Fortun; i viendo que no habia nadie en él, i que no se oia
el ruido mas lijero, volvió a su asiento, recojió la pluma, arrimó
el sillon, i dijo a Castro al volver a escribir de nuevo:
-No hai nada, señor.
Pero ántes de que Rodríguez hubiera acabado, oyóse en el patio
el ruido producido por un caballo que llegaba, i ántes de un
segundo abrióse la puerta, i un hombre alto i cubierto de acero i
de polvo pasó adelante con bastante familiaridad.
-I bien, Fortun? preguntó el consejero sin poderse contener.
-Señor.... articuló Fortun.
-No os detengais, por Dios, buen servidor.... mi corazon me dice
que son mui malas las noticias que me traeis, pero decídmelas
todas... he sufrido tanto con vuestra tardanza.
-Pues bien, señor, dijo Fortun con acento firme i resuelto, todo
está perdido.
Este
|todo está perdido llégo a los oidos de Castro de una
manera tan lúgubre, que, apesar de su valor i sangre fria, una
sombra no pálida sino cadáverica cubrió su faz, i el color lacre de
sus labios hermosos desapareció como para subir a sus ojos, los que
se le enrojecieron como brasas.
Rodríguez oyó tambien esas frases terribles, pero en vez de
palidecer como su amo, puso la pluma a su derecha i se restregó las
manos con efusion.
Lo que casi era la muerte para el uno, era la dicha para el
otro: tan miserables así nos hizo Dios!
Qué motivo, preguntará acaso el lector, tenia Rodríguez para
regocijarse de ese modo? El motivo de Rodríguez no era mas que uno
solo: la ingratitud. Vaca de Castro le habia hecho muchos favores
para que no lo odiase, i Rodríguez lo odiaba con todo su
corazon.