CAPITULO IX
LA EJECUCION
Vaca de Castro, despues de cumplir con el último deber de un
jeneral victorioso, dando sepultura a los muertos í haciendo
recojer los heridos, se retiró a Guamanga, donde nombró una
comision presidida por el licenciado Gama para abrir causa a los
prisioneros. La justicia española no andaba mui despacio en esos
tiempos, i en ménos de una semana fueron descuartizados en aquel
lugar cerca de ciento de los caballeros mas notables de
Almagro.
Entretanto este, que habia huido durante la noche del combate,
despues de haber buscado la muerte en mil peligros, estaba
prisionero en el Cuzco, a donde habia llegado con solo tres amigos,
i donde habia sido aprisionado por las mismas autoridades que habia
instituido a su salida para la campaña.
Hai ciudades que no tienen otro papel en la historia que
aprestarse continuamente para recibir a su vencedor, i Cuzco, la
opulenta i desgraciada Cuzco, tuvo que ponerse de gala para recibir
al consejero del Emperador, como tantas otras veces lo habia hecho
para recibir a los jenerales de Atahuallpa, Pizarro i los Almagros.
El licenciado Castro entró en la capital a la cabeza de sus tercios
victoriosos con la mayor pompa i ostentacion. Las autoridades de la
ciudad se adelantaron a rendir homenaje al afortunado vencedor, i
le obsequiaron el jóven vencido como el don mayor que pudieran
hacerle por entonces. Una vez dueño el de Castro de su enemigo,
urjió a sus compañeros para que se decidiera de su suerte en el
acto, i aquel mismo dia se reunió un consejo de guerra para
resolver tan delicado negocio.
Opinaban unos por el perdon i otros por el castigo. Hacíanlo los
primeros en gracia a la juventud del prisionero, a su valor
indómito i sus prendas infinitas; i los segundos alegaban su muerte
como una terrible necesidad para la pacificacion del Perú i en
desagravio espléndido de la Corona.
No hubo remedio, i la muerte del hijo del mariscal quedó
resuelta mandando los jueces levantar un cadalso en el paraje mismo
de la plaza en que debió ser ajusticiado su padre.
El destino de todos los conquistadores en el Perú era caer los
unos en pos de los otros, ya sobre las gradas del cadalso, ya al
golpe de la espada asesina; sinembargo, Almagro el jóven fué el que
cayó mas heroicamente i quien mas sacrificios costó a las banderas
reales. Tal vez la batalla de Chupas no tiene paralelo en la
historia peruana; se peleó en ella como no se habia peleado jamas;
i es fama que tanto el licenciado Vaca de Castro como su contrario
Diego de Almagro, tuvieron gran trabajo despues del combate para
quitarse las armaduras: tanta así era la sangre que los cubría!
Aún eran las tres de la madrugada, i el de Castro, montado sobre
su hermoso i noble caballo de pelea, no sabia si la victoria era
suya o ajena. El fuego duraba en diferentes direcciones, i la
oscuridad era tan intensa que no se veía nada a dos varas de
distancia. Los bivacs no pudieron encenderse a causa de la nieve, i
la mayor parte de los capitanes mas esforzados de uno i otro bando,
contra quienes habian sido impotentes las balas i el acero,
perecieron de frio i del dolor de sus heridas, despojados por los
indios de Paullo, que, deseosos de vengar antiguos i tremendos
agravios, se aprovecharon de la confusion del campo para consumar
todo jénero de venganzas. Pasan de doscientas, segun los cronistas,
las víctimas sacrificadas a sus antiguas iras, sin distincion de
realistas ni antirealistas; i por mucho tiempo despues
encontráronse en los caminos multitud de cadaveres de españoles
atravesados con flechas o destruidos a golpes.
Como mil i quinientos hombres, por todo, habian presentado pelea
en las memorables llanuras de Chupas, i de ellos, mil quedaron
fuera de combate; la carnicería pues habia sido fatal. Batalla fué
esta, dice Garcilaso, en la que pelearon todas las fuertes lanzas
de la conquista, i a la que no faltó uno solo de los capitanes
españoles que habia en la tierra, ora por el rei, ora por el
usurpador. El furor de los bandos llegó a tal estremo, que hubo
soldado de los realistas que matase hasta once de los vencidos, en
descuento, decia, de once mil pesos que los de Almagro le habian
robado en tiempos anteriores; i los cadáveres de Bilbao,
Arbalancha, Hinojeros i Carrillo, que durante la refriega se habian
proclamado a voz en cuello matadores del marques Francisco Pizarro,
como para enardecer mas el furor de los de Castro, fueron
descuartizados despues de la victoria, i colgados por partes, i a
voz de pregon, en los árboles de los caminos públicos, i en los
monumentos de escarnio levantados al efecto con piedras o
céspedes.
Sentenciado Almagro a la horca desde mucho ántes de la batalla,
no fué mas de llegar Vaca de Castro al Cuzco i disponer todo para
la ejecucion.
Construyóse un cadalso en la misma parte de la plaza en que se
habia levantado el de su padre, i convocóse a todos los vecinos
para que presenciasen la justicia que se iba a hacer en la persona
del niño traidor.
Levantóse el sombrío aparato de la muerte hasta una altura tal
que pudiese dominar toda la muchedumbre, i dióse aviso a los indios
para que coronasen con su presencia los collados i cerranías que
dominan el Cuzco. En seguida sacóse al reo entre dos filas de
soldados, entre los cuales habia muchos de los que en la semana
anterior habian formado parte de su ejército, i quienes no habian
tenido mas que cambiar la insignia blanca de los Almagros, por la
encarnada de los realistas, para conservar su grado i su vida.
Esto acontecía pocos dias despues del 16 de setiembre de 1542, i
Diego de Almagro tendria entónces a lo sumo veintidos años de edad.
Su rápida caida, empero, no habia producido en él un gran trastorno
ni una pena mui grave: habia caido como caen siempre los hombres
grandes, i eso no es caer, sino coronar la carrera.
Como hemos dicho, Almagro tendria entónces unos veintidos años.
Su faz estaba un tanto pálida, pero esa palidez no provenia del
temor de la muerte, sino de las vijilias anteriores a la campaña;
su hermosa cabellera flotando sobre sus hombros como la cola caudal
de un pájaro salvaje, daba a su rostro una espresion de
adolescencia i de amor, que desmentia la suerte infeliz de aquel
batallador de cuatro lustros, rei i víctima a un mismo tiempo. Sus
grandes ojos negros, lánguidos como dos soles apagados, desafiaban
aún las miradas curiosas de la multitud, en tanto que una mal
reprimida sonrisa de compasion sarcástica ajitaba sus labios.
-Por qué os reis, señor? díjole el fraile que lo auxiliaba; el
momento no puede ser: mas solemne en verdad.
-Padre, no me rio del momento.
-Pues de qué?
-De esta multitud estúpida i cobarde que me rodea, i que va a
dejarme sacrificar. Mirad, todos lloran de verme tan desgraciado,
todos me tienen una lástima profunda; i, sinembargo, nadie hace
nada por salvarme.
-Ni deben hacerlo, observó el fraile escandalizado del
pensamiento de Almagro; la lei i la relijion les prohiben intentar
nada contra la justicia.
-No tembleis, padre mio, por lo que digo, repuso vivamente el
reo; no veis que el pié del cadalso no es un sitio apróposito para
hacer conspiraciones? Yo no voi a dirijirme al pueblo para pedirle
que me salve, nada de eso: los hombres como yo son mui pocos en el
mundo para que la humanidad alcance a comprenderlos fácilmente.
-Siempre el orgullo, observó el fraile a media voz.
-I ¿qué otra cosa quereis que diga de esta muchedumbre
insensata, ya que me llora vivo i se aflije por mí, cuando bastaba
solo un bramido de enojo para arrancarme de la muerte i pasearme
triunfante desde el azteca helado hasta el ardiente patagon? Pero
dejadla, padre, merece bien su suerte de miseria.
Al decir esto ya estaba Almagro al pié del cadalso, cuyas gradas
trepo con rápido paso. Una vez sobré él, saludó graciosamente a la
multitud con una inclinacion de cabeza.
Prorrumpió esta en sordos jemidos de dolor.
Leyó el heraldo en seguida con voz solemne i acompasada la
sentencia fatal.
Al concluir, dijo Almagro:
-Se me acusa de traidor i se me da muerte por ello, señores;
pero si vengar la muerte de mi padre, ajusticiado en este mismo
cadalso i en esta misma plaza por la tiranía de los Pizarros, es
ser traidor, acepto el cargo con toda la ufanía de que es capaz mi
corazon. Yo tenia un bando a que servir; mi padre me habia legado
un nombre i una espada, i por cierto que no seria para doblar el
cuello a los tiranos...
-Señor, dijo el verdugo adelantándose ácia el jóven con el hacha
en la mano, es llegado el momento, i os está prohibido hablar.
-Sea, dijo Almagro con ademan despreciativo; asesinadme
pues.
En seguida presentó el cuello a su sacrificador. Sinembargo, era
tanta la juventud del reo, tanto su estremo valor, que la multitud
no pudo ménos que interceder por él volviéndose ácia la parte de la
plaza donde estaba el comisionado Vaca de Castro. i gritando:
perdon! perdon!
El licenciado conoció lo crítico de las circunstancias, i dando
una vuelta sobre los talones se quitó del balcon.
-Qué haceis? gritó Almagro fuera de sí, a los enemigos se les
hace gracia, pero no se les pide jamas; luego volviéndose ácia el
verdugo con aire de quien está acostumbrado a mandar, díjole:
obrad!
Alzóse el hacha en los aires i volvió a caer en el instante como
un rayo de plata; lanzó el jentío un grito de asombro, i la mústia
cabeza del niño rodó sin vida i sin calor por toda la estension del
tablado. Tal es el secreto de la vida, i un simple tajo del verdugo
fué bastante a acabar con la existencia preciosa de un héroe!
Vaca de Castro, que habia continuado observando, detras de la
cortina del balcon, lo que pasaba en la plaza, dijo para sí cuando
Almagro ya no existia:
- Bien: al fin seré virei.
Palabras lacónicas, por cierto, pero que hacian conocer el
secreto de toda su política. El último golpe estaba dado ¿qué
podria pues cortar el vuelo a su ambicion?
El verdugo procedió a despojar al reo de sus vestiduras, i el
cadáver hubiera quedado desnudo por entero durante las horas de la
exhibicion pública que ordenaba la leí, si Francisco de Carvajal no
se hubiera abierto paso al traves de la multitud hasta el pié del
patíbulo, i gritado al desapiadado ejecutor:
-Dejadle al ménos los calzones, el jubon i la camisa; era un
guapo mozo, i yo me intereso por él; tomad, ahí teneis por todo eso
un par de ducados.
Tal fué el fin del hijo del mariscal, del niño que soñaba con
los caballos blancos de pelea, i cuyo porvenir de gloria habia
presentido desde años atras, como el marino presiente la venida de
la borrasca en el mar.
La suerte de Almagro habia sido la misma de su padre. El
capricho de la fortuna les dió a ámbos el mismo nombre i el mismo
valor. Su prodigalidad i su opulencia fueron las mismas; sirvíoles
a ámbos el mismo cadalso, la misma plaza para su ejecucion, i hasta
fué una misma la mano que les cortó la cabeza.
Llevados sus restos a la iglesia de la Merced, se les enterró en
la misma sepultura que había servido para el mariscal.
Sobre su tumba corrióse en breve el velo del olvido.