CAPITULO VIII
LAS LLANURAS DE CHUPAS
Despues de algunos dias el jóven virei pasó revista a sus tropas
en la plaza de la ciudad, i esta presentaba un total de setecientos
guerreros, todos mui lucidos, i compartidos así: doscientos
arcabuzeros, doscientos cincuenta entre piqueros i alabarderos, i
doscientos i cincuenta caballos; la artillería de primera calidad,
i los indios auxiliares inumerables.
Vaca de Castro habia ido de Popayan a Quito, i de Quito a Lima
con la velocidad de! relámpago; no le faltaba ya sino el último
cuarto de la jornada, i Almagro resolvió salir a su encuentro para
derrotarlo.
El comisionado español contaba con el prestijio que da siempre
la legalidad i con las grandes prendas de su talento personal; por
su parte el usurpador tenía uno de los ejércitos mejores que se
habian visto en América. El combate iba a ser, pues, digno de los
dos.
Sinembargo, Vaca probó hacer la paz, i Almagro le respondió con
la guerra. Vaca envió parlamentarios con doble carácter al campo
enemigo, i Diego descubrió i ahorcó a esos parlamentarios.
El uno queria el triunfo por medio de la negociacion falsa i los
recursos mañosos; el otro lo queria noble i valeroso sobre los
campos de batalla.
Vaca, apesar de su mucho valor, era un cortesano del siglo XVI;
Almagro era un soldado de los tiempos heroicos.
No podía ser de otra manera, i los dos ejércitos rivales,
encarnizados como todo ejército de discordias civiles, avanzaron
sobre las tremendas llanuras de Chupas.
El licenciado Vaca de Castro puso su jente en escuadron, i en el
órden siguiente: a mano derecha la infantería junto con el
estandarte real, que iba a cargo de Alonso de Alvarado; i a mano
izquierda las cuatro compañías de a caballo, que mandaban los
bizarros Pedro Alvarez Holguin, Gómez de Alvarado, Garcilaso de la
Vega (padre) i Pedro Anzures.
El fuego debia empezarlo Nuño de Castro con sus escelentes
arcabuzeros, haciendo una falsa salida, i el licenciado
permaneceria a retaguardia con treinta de a caballo, escojidos
entre sus filas, i con los cuales debía apoyar todos los
movimientos arriesgados de su jente.
Almagro no llegó al campo hasta dos horas ántes de la puesta del
sol, circunstancia que hizo esclamar al comisionado de la
Corona;
-Si yo fuese Josué para detener el sol, no desconfiaría de la
victoria.
Almagro por su parte dispuso su jente sobre el tope de una
eminencia vecina, colocando la artillería entre los infantes i los
caballos, i esperando los avances de los de Castro para
ametrallarlos sin piedad.
Comprendió el licenciado lo falso de su posicion militar i lo
ventajoso de la de Almagro, i estuvo a pique de diferir el combate
hasta el próximo dia; mas, opúsose a ello Francisco de Carvajal,
guerreró eminente i glorificado con los hechos de armas de Ravena,
Pavía, saco de Roma por Borbon, toma de Méjico por Cortes, i mil
mas que habian hecho de él el decano de los batalladores de su
siglo i la primera lanza de la conquista. Vaca cedió i mandó
avanzar con toda la solemnidad del momento.
El jóven Almagro hizo jugar su artillería con un éxito
aterrador, i los soldados de Castro retrocedieron espantados ante
el ondeo marcial de las blancas banderas de su jente.
El estruendo era horrible, i Almagro, a la cabeza de sus
soldados mas atrevidos, montado sobre un caballo blanco como la
nieve, cuyas narices arrojaban fuego, i vestido de oro i sedería
como el convidado mas espléndido de aquel festin de pólvora i de
sangre, el mas sublime de todos los festines del hombre, realizaba
los sueños de su niñez, i se embriagaba con el humo i los encantos
del combate, como pudiera embriagarse con el aliento de aromas de
la vírjen de sus amores. Era una voluptuosidad nueva e
indescribible la que se derramaba por todas sus venas; i por gozar
de ella un segundo no mas, bien pudieran darse cien años de vida i
mil horas de felicidad. Ese era el momento supremo de la vida del
héroe adolescente; gozarlo, era agotarse, i su mision de epopeya i
laureles estaba concluida!
Era tan nutrido el fuego de los de Almagro sobre las jentes del
consejero de Su Majestad, que este conoció bien presto que corría
un peligro muí grande si continuaba acercándose de frente al
contrario; por lo que, i siguiendo siempre los consejos de
Carvajal, efectuó un movimiento de circunvalacion, que vino a
colocarlo contra el flanco mas débil de los de Almagro, i a
protejerlo de las balas enemigas, gracias a las colinas que
interceptaban el camino.
Sobre este flanco, que era el izquierdo, estaban tendidos en
cuadro inmenso los indios auxiliares, al mando de Paullo, hermano
de Manco; pero bastaron a Carvajal unas pocas descargas de
arcabuzería para ponerlos fuera de combate.
Terminado el rodeo de los collados, las tropas de Vaca de Castro
vinieron a encontrarse cara a cara con las del virei, i la batalla
se empeñó de una manera jeneral. Sinembargo, la artillería, que
estaba a las órdenes de Candía, empezó a dirijir los tiros por
alto, de suerte que no hacian daño alguno a los soldados enemigos.
Notólo al punto Diego, que como un buen jeneral estaba en todo, i
metiendo espuelas a su caballo atravesó a Candia de una lanzada i
le dejó muerto en el acto.
Candia nó era culpable hasta el estremo de estar haciendo
traicion directa a Almagro, pero, cruzado de brazos, i sin arma
alguna, dejaba a los artilleros que cometiesen mil torpezas
seguidas. De pié i sereno junto a los falconetes, rato hacía que
esperaba una baja contraria, para él muí amiga, que lo privase de
la vida; pero la muerte le habia respetado largo tiempo i lo
respétaba todavía. Cuando vió a Diego que se lanzaba sobre él i
comprendió su intencion, una sonrisa de desprecio i lástima ajitó
sus labios por última vez, i se resignó a su destino, cuando aún
podia luchar i vencer.
Tal fué el último momento del héroe.
Muerto Candia, Diego trepó sobre uno de los cañones, i poniendo
su poderoso pié en la boca a fin de bajarlos hasta el frente del
enemigo, hizo que le prendieran fuego quedándose encima, como para
dar aquella leccion de acierto i serenidad a sus artilleros. el
tiro de Almagro fué terrible, pues echó por tierra unos doce
soldados de la caballería enemiga.
Este primer suceso, volvió las esperanzas al jóven, i, bajo sus
órdenes inmediatas, la artillería hizo por una hora mas estragos
horribles.
La noche avanzaba sombría i el desaliento empezaba a cundir en
las tropas de Castro, por lo que Carvajal resolvió apelar a ese
último recurso de toda batalla desesperada: una carga de
caballería. Sonaron pues las trompetas i todos los caballeros del
rei, dando el grito de carga i maltratando los hijares de sus
brutos, se lanzaron contra los de Diego con valor inaudito.
Este creyó desdoroso para su sangre permanecer quieto, i esperar
el ataque a la defensiva, i poniéndose al frente de los suyos, bajó
del collado al llano con la velocidad de un torrente. El choque
primero fué mortal; no quedó una lanza servible, i pocos fueron los
caballos que no cayeron de ancas o rodaron por el suelo bañados en
sangre. Mandó Carvajal a su jente que hiriera solo a los caballos
dejando ilesos a los jinetes, i en ménos de un segundo fué tal el
tumulto de los de Almagro, que apénas atinaban a mantenerse sobre
las sillas, perdiendo estribos i lanza.
Deshecha así la arrogante caballería de Diego, faltaba aún
destruir la artilleria, que, correjida con la muerte de Candía,
abria anchísimos claros en los peones del consejero, i no los
dejaba entrar para nada en pelea; pero esta empresa era un juego
para Carvajal. Quitóse en efecto el yelmo i la coraza, ámbas piezas
de magnífico acero milanes, a pretesto de que lo embarazaban
demasiado, i quedándose solo con su partesana i su coleto de
algodon, se entró terriblemente por entre las columnas de fuego i
humo de los cañones, i pulverizando a los artilleros, se adueñó de
las piezas.
Holguín, que, como se recordará, mandaba la izquierda de los
realistas, habia muerto desde el principio de la accion, atravesado
por dos balas de arcabuz.
-Lástima de túnica, decían los soldados de Almagro, reparando en
la rica vestidura de terciopelo blanco que aquel desgraciado jefe
habíase puesto sobre su armadura; está hecha trizas i toda
ensangrentada.
El valiente jefe no les merecía un suspiro siquiera.
La noche habia entrado hacia rato i la oscuridad era cada vez
mas profunda; sinembargo, el combate no habia perdido por esto su
intensidad primera, i por aquí i por allí se oian el rudo chocar de
las espadas en los combates singulares, las maldiciones i gritos de
los heridos, el ronco i breve sonido de las trompetas, el bufar de
los caballos espirantes, i todo ese rumor sordo i satánico que hace
de un campo de batalla la miniatura de un infierno.
Piquetes de caballería andaban arriba i abajo gritando i
lanceando a todos cuantos encontraban. Vaca de Castro preguntaba
por Almagro, i este por Vaca de Castro. -Nosotros fuimos los
asesinos de Pizarro venid i matadnos, gritaban unos en su
desesperacion-Maldito sea el consejero, decian otros, i todos
contribuían a formar un ruido sordo i terrible como el lejano
bramido del mar pasado el ímpetu de una tempestad.
A las nueve ya no se oia ni se veia nada, aunque los restos de
los dos ejércitos no dejaron de molestarse bastante toda la noche
con frecuentes descargas de fusilería i toques de corneta.
A la mañana siguiente encontróse Vaca de Castro dueño del campo
i de todas las banderas de Almagro. Empero, de este no se sabia
nada. Habia muerto? no, porque no se encontraba su cadáver por
ninguna parte. Lo mas probable era que hubiera huido.
Recojiéronse los cuerpos de los oficiales de distincion muertos
en aquella jornada fratricida, i fueron remitidos a Guamanga,
poblacion vecina, para que se les diese sepultura sagrada.
Caváronse en seguida dos grandes fosos, i en ellos fueron echados
sin distincion de bandos los quinientos o seiscientos hombres que
perecieron durante las cuatro horas de refriega, Candía cayó en
este número, i nadie hubo que prestare al verdadero héroe de la
conquista los ultimos socorros que la caridad no niega nunca a los
hombres. Se le enterró con todos los demas, i ni una cruz ni una
inscripcion quedó de señal sobre su tumba, fria i sola como lo es
todo en el desierto.
Atahuallpa siquiera habia tenido una loca que llorase sobre su
cadáver.
Pizarro habia sido aderezado con su traje de muerto por dos
antiguos criados de su casa.
Solo Candia no tenia un amigo ni un pariente en aquella hora
solemnísima, en que tanto se necesita de los cuidados de una madre
o de las finezas de un compañero. Sinembargo, Candia habia muerto
como le correspondia: sobre el campo de batalla. Su tumba era la
tumba comun de los valientes. Eso era ser soldado hasta el fin.