INDICE




Capítulo I - Cómo se Funda un Gobierno
Capítulo II - El Oro y la Fuerza
Capítulo III - Los Éxtasis de Candia
Capítulo IV - El Retiro
Capítulo V - La Herencia de Luque
Capítulo VI - Una Vieja Amiga
Capítulo VII - La Entrevista
Capítulo VIII - Las Llanuras de Chupas
Capítulo IX - La Ejecucion
Capítulo X - El Secretario Rodriguez
Capítulo XI - Nobleza e Infamia
Capítulo XII - Llegada del Virrei
Capítulo XIII - El Sello Real
Capítulo XIV - El Caballero de la Capa Negra con Cabos de Plata
Capítulo XV - Las Dos Serpientes
Capítulo XVI - El Canto Salvaje
Capítulo XVII - El Viaje
Capítulo XVIII - El Crímen
Capítulo XIX - Oidor y Virei
Capítulo XX - Cepeda
Capítulo XXI - Valor i Dignidad
Capítulo XXII - Un Consejo Pedido i Rehusado
Capítulo XXIII - El Juramento
Capítulo XXIV - En Donde se Verá Quién era el Maese de Campo de Gonzalo
Capítulo XXV - La Recompensa
Capítulo XXVI - Extasis i Amor
Capítulo XXVII - Tipos Caballerescos del Siglo XVI
Capítulo XXVIII - La Vision
Capítulo XXIX - Exámen de Cuentas
Capítulo XXX - Quince Años Despues
Capítulo XXXI - El Castigo del Cielo
Capítulo XXXII - Muerte de Núñez
Capítulo XXXIII - Lo que Pasaba Entretanto en la Corte
Capítulo XXXIV - Pedro de la Gasca
Capítulo XXXV - Batalla de Xaquinxuana
Capítulo XXXVI - La Ejecucion
Epílogo
CAPITULO VII LA ENTREVISTA

Daban las diez de ese mismo dia en la campana de la iglesia catedral del Cuzco, cuando un guerrero, montado en un hermoso caballo i cubierto de todas armas, se detuvo delante del palacio del niño-rei, i echó pié a tierra en medio de un centenar de oficiales espaiñoles que lo observaban con curiosidad.

-El Gobernador? preguntó el jinete.

-Arriba, respondió el oficial que montaba guardia.

El desconocido pasó adelante.

El ruido de su caballo sobre las baldosas de la plaza había hecho levantar un poco las cortinas de una de las ventanas mas apartadas del frente del palacio, i asomar la cabeza a una persona que hacia media hora acechaba ahí, i quien la retiró al punto diciendo:

-Ah! por fin es él.

La cabeza de esta persona era una linda cabeza de veinte años, i estaba cubierta con un rico sombrero de raso sembrado de piedras.

Dos minutos desunes dos hombres igualmente corteses se cambiaban un saludo de afecto en el salon principal del palacio del Cuzco.

Esos dos hombres eran Almagro i Candia.

-Perdonad, dijo el mas jóven, pero me era del todo indispensable teneros aquí. Vaca de Castro ha adelantado mucho en estos dias, i saldré a batirlo dentro de dos.

-Nada tengo que perdonar, señor Gobernador, respondió el recien llegado inclinándose: habeis hecho uso del derecho que da la fuerza, i aquí me teneis.

-La fuerza, no, Candia, repuso el jóven con amabilidad i ternura; decid mas bien, que abuso de la amistad.

-Ya en otras ocasiones he tenido la pena de deciros, señor, que no puedo ser vuestro amigo.

-Es una rara obstinacion.

-Señor, he escarmentado bastante en el servicio de los hombres, para querer emprender carrera de nuevo. Si me estimais positivamente, dejadme volver a mi Retiro. Solo al lado de mis arroyos i de mis árboles, goza mi corazon de algunos momentos de felicidad.

No, Candia, no digais eso, la felicidad no puede estar nunca en el retiro ni en la meditacion. La felicidad está en la gloria, en la pólvora de los combates, en los azares del mando, en los peligros i en el poder.

-Hubo un tiempo en que pensé de la mismas manera.

- I ya no?

I ya no, señor; todo eso de que hablais no es mas que un vértigo de vuestra imajinacion militar. La gloria, si me permitís que os dé mi parecer, no es mas que una especie de abismo sin fondo, sembrado de colores i de rayos de luz para el ojo aturdido del que lo contempla desde la orilla; pero desgraciado del que se lanze en pos de esos colores i de esa luz!

-Lo pensais así?

-No es solamente que lo pienso, sino que es así. Mirad, no hace diez años que vuestro padre, el mariscal Almagro, era uno de los primeros hombres de la conquista; su paso dejaba por donde quiera huellas de fuerza i de valor. Ninguno mas voluptuoso que él en las ciudades, como tampoco ninguno mas admirable que él en la campaña. Era uno de esos hombres homéricos, creados por los poetas i que dan ellos solos alimento a una Iliada o a una Odisea; i, sinembargo, qué fué de él? Ves lo sabeis bien, señor; miró el abismo de que os he hablado ántes; le sobrevino el espanto i el vértigo, i descendió a su fondo para morir en el rincon de una cárcel oscura, junto a un monton de paja del desierto, i sin mas amigo que un fraile a su testera.

Pizarro, Pizarro mismo, señor ¿cómo acabó su vida? Acuchillado por la faccion de Rada en la mitad del dia, i sin tener su cadáver quien lo recojiese ni le lavase las heridas....!  Permitidme que os lo repita, señor, la gloria es una maga engañadora, seguirla es correr a la muerte, es embriagarse con el dolor.

-Pero no podreis negarme, que, respecto de mi padre i de Pizarro, obraron circunstancias desgraciadas i estraordinarias.

-Las mismas, señor, que obran siempre en la suerte de los príncipes; de cada cien de ellos, noventa i nueve acaban mal siempre para la historia i para la felicidad. Vos mismo, señor, estais jugando entre el trono i el cadalso. Es un juego fatal.

-Veo, Candia, que la edad os ha hecho filósofo i pongo punto aquí a esta conversacion. Si todos pensaran como vos, pronto tendriamos convertido el mundo en una ermita.

-I si todos pensaran como vos, señor, la tierra seria el teatro de una batalla perenne.

-Bien, hablemos de nuestros asuntos.

-Os escucho, señor.

-Vaca de Castro, nombrado por el emperador Cárlos juez de lo sucedido en el Perú, avanza contra mí desde las mas distantes rejiones del norte, levantando a su paso todas las poblaciones indias i españolas, desde el payanes i el quillacinga, hasta los charcas i limeños. Bien, pues, es necesario que yo salga a su encuentro, i que lo venza i lo estermine; nada necesita tanto de una victoria como un poder naciente.

-I bien?

-Espero que hoi mismo os pongais, Candia, a la cabeza de mi artillería i lo dispongais todo para que salgamos a campaña.

-Ya os he dicho, señor, que no me e posible aceptar encargo alguno: si me forzais, seré soldado, pero no jefe.

-Es decir que teneis miedo a Vaca de Castro, aseveró Almagro con acento de burla.

-No, señor, el que ha encanecido como yo entre el humo de los combates, no tiene miedo a nada ni a nadie. Es que para mí ya terminó todo en el mundo.

-Ménos la obligacion de servir a vuestros superiores, repuso con enfado el hijo del mariscal.

-Si lo creis así, ménos la obligacion de servir a mis superiores, repitió Candia cón un acento de reconcentracion profunda.

Almagro llamó en seguida a uno de sus oficiales de mas confianza; este se presentó al instante, i recibió la órden de poner al capitan Candia en posesion de los cuerpos de la artillería.

Despidióse el levantino de Almagro, i al despedirse le dijo con espresion inalterable i sombría:

-No olvideis, señor, que voi violentado.

Diego le volteó la espalda diciendo:

-No teneis que recordarme quién de los dos es el que manda aquí.

Candia atravesó precedido del oficial español todos los largos corredores de la casa del virei, llenos a la sazon de soldados, armas i trofeos, i todos se preguntaban a su paso quién era aquel guerrero tan gallardo i tan respetable, en cuya faz se leian los gloriosos peligros de cien combates, i en cuya actitud severa se denunciaba el caballero del siglo XVI con todos los perfiles i rasgos propios de esa edad de héroes; pero ninguno acertaba a responder, porque la mayor parte de las tropas del jóven Almagro se componia de jente nueva i recien llegada al Perú en busca del oro de los incas.

-Es un enviado de Castilla, decian los unos.

-No, que es uno de los antiguos jefes de Pizarro, replicaban los otros.

En estas perplejidades se pasó parte del dia hasta que al fin se difundió la noticia verdadera de que el recien llegado era Pedro de Candia, antiguo servidor del marques i una de las primeras figuras de la conquista.

Como casi ninguno lo conocia personalmente, hablóse de él por cerca de tres dias como del primer paladin de España, i todo el mundo se reputaba invencible bajo el mando de aquel hombre estraordinario, casi fabuloso, que debia guiarlos a la victoria.

Sinembargo, en el corazon desengañado de Candia pasaban las cosas de mui distinta manera.

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