CAPITULO VII
LA ENTREVISTA
Daban las diez de ese mismo dia en la campana de la iglesia
catedral del Cuzco, cuando un guerrero, montado en un hermoso
caballo i cubierto de todas armas, se detuvo delante del palacio
del niño-rei, i echó pié a tierra en medio de un centenar de
oficiales espaiñoles que lo observaban con curiosidad.
-El Gobernador? preguntó el jinete.
-Arriba, respondió el oficial que montaba guardia.
El desconocido pasó adelante.
El ruido de su caballo sobre las baldosas de la plaza había
hecho levantar un poco las cortinas de una de las ventanas mas
apartadas del frente del palacio, i asomar la cabeza a una persona
que hacia media hora acechaba ahí, i quien la retiró al punto
diciendo:
-Ah! por fin es él.
La cabeza de esta persona era una linda cabeza de veinte años, i
estaba cubierta con un rico sombrero de raso sembrado de
piedras.
Dos minutos desunes dos hombres igualmente corteses se cambiaban
un saludo de afecto en el salon principal del palacio del
Cuzco.
Esos dos hombres eran Almagro i Candia.
-Perdonad, dijo el mas jóven, pero me era del todo indispensable
teneros aquí. Vaca de Castro ha adelantado mucho en estos dias, i
saldré a batirlo dentro de dos.
-Nada tengo que perdonar, señor Gobernador, respondió el recien
llegado inclinándose: habeis hecho uso del derecho que da la
fuerza, i aquí me teneis.
-La fuerza, no, Candia, repuso el jóven con amabilidad i
ternura; decid mas bien, que abuso de la amistad.
-Ya en otras ocasiones he tenido la pena de deciros, señor, que
no puedo ser vuestro amigo.
-Es una rara obstinacion.
-Señor, he escarmentado bastante en el servicio de los hombres,
para querer emprender carrera de nuevo. Si me estimais
positivamente, dejadme volver a mi Retiro. Solo al lado de mis
arroyos i de mis árboles, goza mi corazon de algunos momentos de
felicidad.
No, Candia, no digais eso, la felicidad no puede estar nunca en
el retiro ni en la meditacion. La felicidad está en la gloria, en
la pólvora de los combates, en los azares del mando, en los
peligros i en el poder.
-Hubo un tiempo en que pensé de la mismas manera.
- I ya no?
I ya no, señor; todo eso de que hablais no es mas que un vértigo
de vuestra imajinacion militar. La gloria, si me permitís que os dé
mi parecer, no es mas que una especie de abismo sin fondo, sembrado
de colores i de rayos de luz para el ojo aturdido del que lo
contempla desde la orilla; pero desgraciado del que se lanze en pos
de esos colores i de esa luz!
-Lo pensais así?
-No es solamente que lo pienso, sino que es así. Mirad, no hace
diez años que vuestro padre, el mariscal Almagro, era uno de los
primeros hombres de la conquista; su paso dejaba por donde quiera
huellas de fuerza i de valor. Ninguno mas voluptuoso que él en las
ciudades, como tampoco ninguno mas admirable que él en la campaña.
Era uno de esos hombres homéricos, creados por los poetas i que dan
ellos solos alimento a una Iliada o a una Odisea; i, sinembargo,
qué fué de él? Ves lo sabeis bien, señor; miró el abismo de que os
he hablado ántes; le sobrevino el espanto i el vértigo, i descendió
a su fondo para morir en el rincon de una cárcel oscura, junto a un
monton de paja del desierto, i sin mas amigo que un fraile a su
testera.
Pizarro, Pizarro mismo, señor ¿cómo acabó su vida? Acuchillado
por la faccion de Rada en la mitad del dia, i sin tener su cadáver
quien lo recojiese ni le lavase las heridas....! Permitidme que os
lo repita, señor, la gloria es una maga engañadora, seguirla es
correr a la muerte, es embriagarse con el dolor.
-Pero no podreis negarme, que, respecto de mi padre i de
Pizarro, obraron circunstancias desgraciadas i estraordinarias.
-Las mismas, señor, que obran siempre en la suerte de los
príncipes; de cada cien de ellos, noventa i nueve acaban mal
siempre para la historia i para la felicidad. Vos mismo, señor,
estais jugando entre el trono i el cadalso. Es un juego fatal.
-Veo, Candia, que la edad os ha hecho filósofo i pongo punto
aquí a esta conversacion. Si todos pensaran como vos, pronto
tendriamos convertido el mundo en una ermita.
-I si todos pensaran como vos, señor, la tierra seria el teatro
de una batalla perenne.
-Bien, hablemos de nuestros asuntos.
-Os escucho, señor.
-Vaca de Castro, nombrado por el emperador Cárlos juez de lo
sucedido en el Perú, avanza contra mí desde las mas distantes
rejiones del norte, levantando a su paso todas las poblaciones
indias i españolas, desde el payanes i el quillacinga, hasta los
charcas i limeños. Bien, pues, es necesario que yo salga a su
encuentro, i que lo venza i lo estermine; nada necesita tanto de
una victoria como un poder naciente.
-I bien?
-Espero que hoi mismo os pongais, Candia, a la cabeza de mi
artillería i lo dispongais todo para que salgamos a campaña.
-Ya os he dicho, señor, que no me e posible aceptar encargo
alguno: si me forzais, seré soldado, pero no jefe.
-Es decir que teneis miedo a Vaca de Castro, aseveró Almagro con
acento de burla.
-No, señor, el que ha encanecido como yo entre el humo de los
combates, no tiene miedo a nada ni a nadie. Es que para mí ya
terminó todo en el mundo.
-Ménos la obligacion de servir a vuestros superiores, repuso con
enfado el hijo del mariscal.
-Si lo creis así, ménos la obligacion de servir a mis
superiores, repitió Candia cón un acento de reconcentracion
profunda.
Almagro llamó en seguida a uno de sus oficiales de mas
confianza; este se presentó al instante, i recibió la órden de
poner al capitan Candia en posesion de los cuerpos de la
artillería.
Despidióse el levantino de Almagro, i al despedirse le dijo con
espresion inalterable i sombría:
-No olvideis, señor, que voi violentado.
Diego le volteó la espalda diciendo:
-No teneis que recordarme quién de los dos es el que manda
aquí.
Candia atravesó precedido del oficial español todos los largos
corredores de la casa del virei, llenos a la sazon de soldados,
armas i trofeos, i todos se preguntaban a su paso quién era aquel
guerrero tan gallardo i tan respetable, en cuya faz se leian los
gloriosos peligros de cien combates, i en cuya actitud severa se
denunciaba el caballero del siglo XVI con todos los perfiles i
rasgos propios de esa edad de héroes; pero ninguno acertaba a
responder, porque la mayor parte de las tropas del jóven Almagro se
componia de jente nueva i recien llegada al Perú en busca del oro
de los incas.
-Es un enviado de Castilla, decian los unos.
-No, que es uno de los antiguos jefes de Pizarro, replicaban los
otros.
En estas perplejidades se pasó parte del dia hasta que al fin se
difundió la noticia verdadera de que el recien llegado era Pedro de
Candia, antiguo servidor del marques i una de las primeras figuras
de la conquista.
Como casi ninguno lo conocia personalmente, hablóse de él por
cerca de tres dias como del primer paladin de España, i todo el
mundo se reputaba invencible bajo el mando de aquel hombre
estraordinario, casi fabuloso, que debia guiarlos a la
victoria.
Sinembargo, en el corazon desengañado de Candia pasaban las
cosas de mui distinta manera.