CAPITULO VI
UNA VIEJA AMIGA
El dolor de Candia en los primeros dias fué un dolor mui grande,
pero alguien se acordó de él para venir a consolarlo: ese alguien
fué doña Ines Huallas.
Era esta una señora de cerca de treinta altos, bien hecha,
pálida i de facciones casi perfectas. Sus ojos, sobre todo, eran
bellísimos i sus manos pequeñas i rosadas. Andaba con tal aire de
continencia i gravedad i vestía de luto con tal rijidez, que nadie
podia verla sin interesarse por ella. Acompañábala ordinariamente
un niño de cortos años, hermoso i bien formado i con traje de
caballero español.
Doña Ines entraba a la casa de Candia como a su propia casa, i
aun es fama que tenia en ella una mansion secreta donde solia pasar
temporadas enteras. Las malas lenguas, que nunca faltan, decian que
doña Ines era la querida de Candia, i que el niño que la acompañaba
siempre era hijo de los dos; pero es la verdad que así debía de ser
porque ellos no lo negaban, sino ántes bien hacian gala de decirlo
donde podian.
Sinembargo, nosotros que a fuer de novelistas podemos penetrar
como las brujas i los duendes a todas partes, vamos a penetrar con
el lector en el Retiro, i esto ántes de almuerzo, a fin de
sorprender a sus moradores i arrancarles todos sus secretos.
Entremos pues.
El dia está opaco i triste, las fuentes parecen turbias, no hai
rocio en los prados ni en las flores, i los árboles están tristes i
quietos porque las brisas no han bajado aún de la montaña a mecer
sus copas ni a susurrar entre sus troncos.
Los caballos con la cabeza inclinada i la cola abatida esperan
soñolientos el primer pienso que debe traerles Perico; los perros
duermen en los corredores i pasadizos, i las palomas i demas aves
domésticas apénas se alejan de los sitios donde han pasado la noche
en busca de un a paja mas para su nido o un grano para su
desayuno.
Doña Ines i su hijo hacía tres dias que habían entrado en el
Retiro, i ni uno ni otro habian vuelto a salir para nada. La
servidumbre misma de Candia ignoraba tal secreto, i solo Perico era
partícipe de él.
Candia e Ines acostaban al niño dadas las seis i despues se
entretenian hasta las diez en jugar a los naipes; cuando no
jugaban, leía Candia alguna fábula o historia, que solia
distraerlos mas que el juego, i en seguida se retiraban cada uno a
su habitacion.
-Señora mia, decia Candia al despedirse en la puerta del cuarto
de su amiga, que paseis una noche feliz.
-I vos tambien, amigo Candia, le respondia Ines haciéndole una
ceremoniosa cortesía.
Candia se alejaba en seguida, pero no se ponía el chambergo
hasta una distancia respetable; Ines por su parte entraba en su
aposento, iba a descubrir el rostro de su hijo, sobre cuya frente
imprimía uno de esos besos de madre que la pluma del novelista no
alcanza a describir, contemplábalo largo rato en silencio, i luego
se retiraba murmurando:
-Ai! mi pobre Francisco, i cuánto te pareces a tu padre el
marques.
La mañana de que venimos hablando salió Candia de su habitacion
vestido ya de todo a todo, i dirijiéndose a la de doña Ines, llamó
a la puerta con marcado respeto.
-Entrad, Candia, dijo la voz de Ines desde adentro.
Candia pasó adelante.
Entreteníase doña mes en peinar los largos cabellos de su hijo i
aderezarle sus vestidos.
-Sentaos, don Pedro, dijo Ines, despues de recibir mis buenos
dias.
-Dios os los conceda felices, dijo Candia sentándose a una
distancia respetuosa de la madre de Francisco.
-I por qué faltásteis anoche al juego, señor don Pedro? Me he
informado con Perico, i he sabido que fuísteis a la ciudad, i que
de vuelta os encerrásteis en vuestro cuarto sin querer ver a nadie.
Ocurre alguna novedad?
-Eso es precisamente lo que voi a tener el honor de informaros
si quereis dar un paseo conmigo por el jardin. El dia está algo
destemplado, pero acaso sea el último, i no quisiera que me
negáseis ese favor.
-Cómo el último, Candia? partís entónces?
-Sí, señora, parto para la guerra.
-Para la guerra decís?
-Sí, i a mi edad, si es fácil ir, no es fácil volver de la
campaña.
-Pero de dónde os ha venido esa resolucion, que contraría todos
vuestros planes i que me quita hasta la mas lijera esperanza de
salvar a mi hijo?
-Señora, esa resolucion no me pertenece.
-Pues a quién?
-Al nuevo mandatario, Almagro el jóven.
-I por qué no rehusais.
-Porque ya he rehusado, i ha sido en balde.
-Pobre de mi entónces! esclamó doña Ines deshaciéndose en
lágrimas.
-No, no temais nada, que aún es tiempo i puedo salvaros.
-Pero si es mejor que no os aparteis de mí.
-Señora, afortunadamente no comprendeis las terribles
necesidades de la política. Las disputas entre Pizarros i Almagros
han llegado hasta la corte española, i esta acaba de enviar al
caballero Vaca de Castro, del consejo de Su Majestad, quien ha
entrado por el norte i se adelanta a grandes marchas sobre el Cuzco
en busca de la cabeza del jóven virei. Este lo sabe todo i se
prepara para recibirlo a fuego i sangre.
-Eso mas, Candia! con que tendremos nuevas guerras i nuevos
desastres?
-Por lo que es eso, doña Ines, la guerra no se acabará en el
Perú sino con el último indio i el último español.
-Decíais que el nuevo virei está resuelto a recibir a Vaca de
Castro a fuego i sangre.
-No le queda mas partido despues de lo que ha hecho en el
país.
-I qué?
-Pues bien, estando resuelto a resistir hasta el último trance,
ha echado por la calle de enmedio como dicen las jentes, i anoche,
mui cerca de las tres de la madrugada, he recibido este pliego.
Candia sacó un pliego de su jubon i leyó:
-
- "Señor capitan Pedro de
Candía, del servicio de Nuestra Majestad.
- "Os hacemos saber que ha
sido nuestra voluntad nombraros capitan jeneral de nuestra
artillería, i que os esperamos mañana a las diez del dia para que
tomeis posesion de vuestro destino. Hemos pesado detenidamente las
razones que de palabra nos alegásteis el otro dia para no servir
bajo nuestras banderas, i las hemos hallado insuficientes; sed fiel
pues a nuestro llamamiento, o de lo contrario os haremos tratar con
todo el rigor de las leyes.
- "Palacio de la Gobernacion,
en el Cuzco, a 25 de agosto de 1542.
- "El Gobernador i Capitan
Jeneral
-Bien ¿i qué pensais hacer? preguntó doña Ines toda azorada.
-Señora, obedecer.
-Qué escucho! vos obedecer a un Almagro?
-No es a un Almagro a quien obedezco, es a la fuerza de un
Almagro.
-Teneis razon, observó doña Ines toda trémula de dolor.
-Ya veis pues que es preciso separarnos.
-Sí, preciso, preciso, murmuró, la pobre mujer mirando su hijo
con angustia mortal.
-Empero, no temais nada, que aún nos quedan medios de salvarlo,
dijo Candia comprendiendo i calmando a la vez los sinsabores de su
amiga.
-Qué medios? decid.
-El huir en el acto del país; el pasar a España i ponerlo bajo
la proteccion de la Corona.
-Huir, Candia! abandonar mi patria i la tumba de Pizarro!
-O entregar su hijo a los sacrificadores.
-Decís bien; pero quién me conducirá al otro lado de los
mares.
-Perico, mi fiel criado.
-Pues en el acto; marchemos; me parece que ya bienen a
arrebatármelo!
-Quién habla de arrebatarme de vuestro lado, querida madre mia?
preguntó Francisco dando un brinco i echando mano de su estoque de
cañas. Al hijo del virei Pizarro nadie podrá tocar nunca ni los
cabellos!
-Oh! hijo mio, esclamó llena de justo orgullo la pobre madre, te
reconozco en ese rasgo, digno heredero de la sangre de los
Capacs.
Candia se acordó del marques i volvió a otra parte el rostro
para enjugarse una lágrima; en seguida dijo:
-Díces bien, mi valiente marques; pero anda, busca a Perico, i
díle que me aliste mi viejo caballo de campaña; yo tengo que hablar
con tu madre a solas, i puedes juntártenos en el jardin dentro de
algunos momentos.
Francisco salió al desempeño de su comision, e Ines tomó el
brazo de Candia para ir a las calles de árboles a respirar el aire
puro de la mañana, de que tanto necesitaba.
El dia continuaba triste i sombrío. Un viento fuerte, que
soplaba del valle, habia amontonado grandes masas de nubes
siniestras sobre la cumbre de los Andes, i dentro de breves
instantes debia desgajarse una tempestad. Las fuentes, combatidas
del aire, llevaban sus aguas en diferentes direcciones, perdian las
flores sus pétalos hermosos, i gajos enteros de arbustos i sauces
caian al suelo partidos por el huracan.
-No, no vamos mas allá, dijo Ines deteniendo a Candía; la
naturaleza está enojada... no parece sino que la maldicion de Dios
cae poco a poco sobre esta mansion infeliz.... Mirad: los pájaros
huyen, los cabritos se esconden, las flores se despedazan, i todo
anuncia ruina i desolacion.
-Oh! sí, dijo Candia con acento tristísimo, es un presajio de la
muerte Pero oidme lo que tengo que deciros.
-Escucho.
-Salid hoi mismo con Perico para Panamá. Os ireis a habitar allí
la antigua casa del padre Luque, I me esperareis en ella uno, dos,
i hasta tres meses. Si pasado este plazo no hubiere ido, i ya se
hubiere acabado la guerra.... orad por mí, porque ya todo habrá
acabado para los dos.
-Candia, me traspasais el corazon!
-Tomad este papel, continuó el guerrero haciendo como que no
veía las lágrimas gruesas como gotas de agua que caían de las
mejillas de doña Ines sobre la calle de arena en que estaban
parados; tomad este papel, en él está contenida mi última voluntad.
Luego que sepais mi muerte, abridlo i leedlo. Perico os dirá lo
demas.
Isabel recibió el pliego que Candia le daba, i no tuvo valor
para mas; en seguida se desmayó.
-Capitan, dijo en aquel punto Francisco, vuestro caballo espera
ensillado a la salida del Retiro.
-Adios, Candia, murmuró Ines; hasta de aquí a tres meses en
Panamá, casa de Luque...
-O hasta de aquí a diez años en el cielo, interrumpió el hermano
de Alí.
En seguida se alejó sin despedirse ni de la madre ni del hijo; i
no fué sino hasta que cruzó la calle de árboles que lo alejaba para
siempre de su amiga, que volteó para mirarla por última vez
esclamando:
-Adios, Florazul; quieran los cielos conservar a vuestro
hijo.