CAPITULO V
LA HERENCIA DE LUQUE
Oyó Dios al fin a los guerreros, i un domingo ántes de partir
frai Modesto para su pueblo tuvo con Candia la siguiente
conferencia:
- Hermano, mi fin esta próximo i tengo que confiarte un
secreto.
Candia se estremeció de piés a cabeza: los secretos de Alí eran
por lo jeneral terribles.
- No, no te asustes, dijo el venerable sacerdote, pues no voi a
revelarte un crímen sino simplemente un hecho inocente.
-Ya escucho, hermano.
-Oyeme pues. Te he dicho varias veces que fueron tan lúgubres
los pensamientos que tuve i tan horrorosas las horas que pasé en la
roca del vijía en que me hiciste naufragar cuando salvaste a
Florazul, que mis ojos no pudieron ménos que voltearse a Dios i mi
corazon abrirse a la fe como se abre una flor a los rayos del dia.
El espectáculo que me rodeaba era mas que imponente, i las tristes
amarguras de mi alma eran ya tantas, que flaqueo mi falso valor,
temblé ante la soledad, que no es mas que la faz de Dios, i
pidiéndole por la vez primera la vida para hacerme bueno i orar,
Dios me oyó i me sacó de en medio de las olas i de los monstruos
para hacer de mí un sacerdote modelo i un hombre ejemplar. Ya se
divisaban los rayos de la aurora en el horizonte del océano, i yo
estaba resignado a morir, cuando las olas, subiendo hasta mí como
impelidas por una fuerza superior, me arrebataron en su torbellino
de espumas, para ir a arrojarme a la playa como un depósito del
cielo confiado a su furor....
Cuando volví en mí, estaba debajo de unas palmas i a orillas de
una fuente somera, a donde concurrian las aves i los tigres de la
isla a abrevar durante los recios calores del medio dia. Apartábame
yo entónces de la fuente cuanto me era posible, i trepando a
algunos de los árboles mas grandes que hallaba, esploraba el pais
con la vista a fin de orientarme i averiguar el paradero de Pizarro
i el tuyo. Por muchos dias seguidos entristecióme la vista del humo
del campamento español; alzóse al fin este, i yo pude volver a
Puná, desde donde me fué fácil pasar a Panamá en busca de un
sacerdote cristiano a quien hacer la confesion de mis pecados.
El primero a quien me dirijí fué al padre Luque, obispo de
Túmbez, i el varon de mas acrisolada piedad segun el decir de las
jentes.
Ya en otras ocasiones te he dicho cuál fué el estado en que lo
encontré, i cómo murió en mi presencia, no como un santo sino como
un malvado.
Bien puedes figurarte, Candia, hasta dónde subiria de punto mi
desesperacion i mi asombro, cuando ví que yo, pirata i asesino de
profesion, temblaba con el simple vajido de la muerte; i él
sacerdote i obispo, se olvidaba de Dios en un momento tan
angustioso, para invocar a Satanas en su ausilio!
Empero, ya sobre esta contradiccion chocante hemos refleccionado
muchas veces; i el punto está agotado. Hoi es mi objeto otro i mui
distinto: Luque era millonario.
-Millonario dices? interrumpió Candia asombrado.
-Sí, hermano mio, Luque al morir dejó mas de dos millones en oro
i pedrería.
-Pero a quién?
-Ese es el secreto de que te hablaba ahora poco, i que te voi a
confiar. Luque no pudo dejar a nadie esa suma enorme, porque se
hubiera muerto a la simple idea de dar a otro lo que era suyo.
-Pues entónces?
-Lo dejó confiado a las entrañas de la tierra.
-I tú cómo pudiste averiguarlo?
-Porque lo vi morir sobre los palmos de tierra que ocultaban su
tesoro.
-Será posible!
-Oh! sí mui posible.
-I tú has sabido durante todo este tiempo donde están esos
millones i no los has sacado ni díchole a nadie que los
poseías?
-No, que sí se lo he dicho a alguien.
-A quién?
-A Diego de Almagro.
-El hijo?
-No; al padre, i eso cinco minutos ántes de espirar.
-I él qué te dijo?
-Me suplicó con instancia que se los diera.
-I para qué?
-Para vengarse de los Pizarros.
-I tú qué le dijiste?
-Que no; que pensara en su cercana muerte, i que se mostrara tan
fuerte como yo, quien, poseyéndolos, los despreciaba porque la
felicidad terrena no dependia ciertamente del oro.
-I él qué te observó?
-Que no pensaba de acuerdo conmigo.
-I entónces...?
-Nada, puesto que al fin lo vencí con mi palabra i con mi
ejemplo.
-I despues de él....?
-A nadie mas he dicho nada sobre el particular.
-De suerte que los millones....?
-Existen donde mismo los dejó Luque, porque Almagro se llevó el
secreto al cadalso.
-Dos millones en oro i pedrería! repitió Candia varias veces,
parándose del asiento i dando algunos pasos de ajitacion por la
estancia.
Frai modesto lo miró con lástima profunda; luego le dijo:
-Hombre, Candía, lo mismo es que esos dos millones sean de oro i
diamantes, que de guijarros i arena.
-I por qué?
-Porque el oro es la corrupcion, i yo no los daré a nadie
jamas.
-Deja, hermano, que te diga que llevas tu rijidez cristiana
hasta la exajeracion.
-Puede que sí, pero ese es mi pensamiento hace muchos años.
-Entónces, ¿para qué vienes a despertar en mi cabeza mil
adormidos proyectos de elevacion i de gloria, que no podré realizar
jamas, porque jamas seré dueño de esa suma?
-Tan solo porque quiero poner a prueba la fortaleza de tu
corazon.
-Entónces dejémoslo ahí, hermano, porque al respecto de poseer
mucho oro me declaro el mas débil de todos los hombres.
-Ya lo habia imajinado yo, mas dime ¿para qué deseas tú la
riqueza? Ya no eres jóven, i por lo que hace al mundo, tú mismo me
has dicho una i mil veces que nada temes ni deseas.
-Sí, pero...
-Pero qué?
-Eso era porque no creia que pudiese poseer dos millones.
-Es decir que silos hubieras poseido habrias pensado de otro
modo.
-Así es la verdad.
-Estás equivocado, hermano Candia; nada harías con esa suma ni
otra mayor. Tu corazon está profundamente disgustado, i cuando está
así el corazon del hombre, ni el oro, ni el valor, ni la gloria,
nada inspira, nada levanta ni engrandece. Lo que tú sientes hoi en
el alma es esa especie de muerte moral que precede a la muerte
física, i que se llama el
|desengaño.
Candia ciertamente no tuvo nada que responder a la profunda
observacion de su hermano.
-Parece que te rindes? preguntó Alí despues de un rato de
silencio.
-Casi, hermano; porque a la verdad qué iria yo a hacer con dos
millones en el corazon de la salvaje América....? si al ménos
tuviera hijos.
-Qué! no los tienes, hermano; me habian dicho todo lo
contrario.
-Pues no te han dicho la verdad.
-I esa hermosa mujer que suele venir aquí trayendo un hermoso
niño por la mano?
-Ah! Alí, no digas eso ni por chanza; yo he respetado siempre a
esa mujer como se puede respetar una madre.
- Quién es entónces?
-Es doña Ines Huallas.
-Viuda?
-Sí, señor, viuda; pero no me preguntes mas de ella porque su
existencia en el Cuzco es un secreto.
-I el niño que la acompaña siempre?
-Es su hijo, cuya cabeza está amenazada de muerte.
-Bien, dijo frai Modesto respetando los escrúpulos de Candia,
veo que hai en el mundo secretos mas valiosos que el de la
existencia de dos millones de pesos, puesto que yo te confío ese, i
tú no puedes confiarme el tuyo. Ya ves pues lo poco que vale el
oro.
Media hora despues soldado i fraile se despedian en la puerta
del Retiro para no verse mas, El primero debia morir dentro de
pocos dias como mueren los héroes: en el seno de un reñido combate;
i el segundo dentro de algunas horas como el justo, en medio de su
grei relijiosa i con el nombre del Salvador en los labios.
Dios debia al fin perdonarlo llamandolo a sí.