CAPITULO III
LOS ÉSTASIS DE CANDIA
Candia, pues ciertamente no era otro el que acababa de salir de
la casa del usurpador, fuese directamente a la suya, sin tocar con
ninguna persona de las muchas que poblaban el tránsito.
Cuando llegó a ella tiró su capa i su sombrero sobre una mesa, i
se puso a pasear de largo a largo de la sala. Parábase inquieto de
cuando, en cuando i enjugándose el rostro que lo tenía ajitado,
decía:
-No, es imposible. He jurado no volver a servir a los hombres, i
debo cumplir mi juramento.... Por otra parte, el jóven me interesa,
i quién sabe lo que hiciéramos juntos.... pero no: estoi ya viejo,
descansemos.
En seguida llamó.
- Qué mandais, señor? dijo Perico presentándose.
-Tráeme vino, i no recibas a ninguno de los que solicitaren por
mí.
Perico salió, pero fué para volver en el instante con una bota
de superior manchego.
El vaso en que acostumbraba Candia a beber estaba sobre la mesa,
por lo que Perico no tuvo mas que retirarse dando un prolongado
suspiro.
-Vamos, Perico, i por qué suspiras? preguntóle Candía casi con
paternal interes.
-Señor, porque no me gusta que bebais vino.
-Qué no te gusta! i por qué?
- Porque es señal de que estais triste.
-Triste? no, Perico; yo no estoi triste nunca, dijo Candía con
una voz ahogada casi por las lágrimas.
Perico meneó la cabeza con incredulidad; despues dijo:
- Por qué bebeis, pues?
-Porque algo he de hacer.
- Otras veces os entreteneis en leer, o en escribir, por qué no
haceis hoi lo mismo?
- Porque ya me cansan esos ejercicios.
- Montad, pues, a caballo, salid al campo, pasead.
- Perico, es probable que en adelante siga tus conse¡os; por hoi
me es imposible.
- Señor, si supierais todas las cosas que decis cuando tomais
vino....oh! estoi seguro que no lo tomaríais mas.
- Veamos, i qué digo?
Perico, en vez de contestar, se puso colorado.
- Vamos, insistió Candia, quiero que me digas algunas cosas de
las que tanto parecen escandalizarte.
- Oh! no digo yo eso.
- Pero yo lo adivine; acabemos.
- Pues, señor, hablais de la córte.
- Ah! comprendo esclamó Candia, riendo a mas no poder; la córte
siempre lo escandaliza a uno, esté o no borracho.
- Pero es que yo no digo que el señor se ponga borracho, observó
Perico todo azorado.
- No, tú no has dicho eso, pero yo lo sé.
- Señor....
-Deja eso, Perico, i sigue. Bien ¿i qué es lo que digo de la
córte?
-En primer lugar, hablais del rei.
-I en segundo?
-De una tal doña Sol, su favorita.
-Como favorita? preguntó Candia haciéndose el tonto, no veis que
el rei es casado?
- Ya veis que yo tengo razon en que no tomeis vino....
- Sigue, Perico, que nadie hace caso de los ébrios.
- Es que....
-Sí, estamos entendidos: tú no has dicho que yo me pongo ébrio,
pero yo sé que sí me pongo, i esto basta al asunto.
- Tambien mezclais en vuestros soliloquios al difunto marques
Pizarro.
- I no mas?
- I al Padre del jóven Gobernador.
- I?
- I a esa señora que suele venir aquí de cuando en cuando con el
rostro velado, i que está aquí actualmente.
- A ella tambien?
- Sí, señor.
- I qué digo de ella?
- Ah! por lo que es de ella, siempre bien.
- Es decir que de los otros no?
- A veces no, señor.
- Vamos! i de quién otro hablo bien?
- Del inca Manco: decis que es un bravo militar.
- I no mas
- Del caballero Gonzalo Pizarro.
- Como que estoi viendo que no soi tan maldiciente como
piensas.
- Señor, yo no he dicho eso.
- Cierto que no lo has dicho. I de quiénes hablo mal?
- Del marques.
- No, Perico, yo nunca hablo mal del marques! esclamó Candia
indignado porque tal cosa fuese cierta.
- Perdonad, pero os he oido decir que era....
- Qué
- Un ingrato.
- I no mas?
- Tambien soleis decir
- Qué es lo que tambien suelo decir?
- Que lo perdió la soberbia, pues que si vos hubiérais estado
con él a la mesa el 20 de junio de 1541, no lo habrían muerto como
a una bestia feroz.
- I esas te parecen cosas malas
- Pues....
- Bien, por ahora déjame, que ya trataré de correjirme en lo
sucesivo.
Perico se alejó.
- Vaya! dijo Candia luego que se encontró solo, ignoraba que me
hubiese vuelto tan conversador como dice ese infeliz de Perico;
pero ello es verdad que de mi pobre hermano Alí no he dicho
nada.
En seguida echó doble vuelta a la llave de la entrada para que
nadie pudiera oirlo si era cierto que hablaba, i acercándose a la
mesa, cojió la bota, llenó su vaso hasta el borde i se lo bebió de
un solo trago.
Tomó luego su capa negra de campaña i se envolvió en ella
diciendo
- Vamos a soñar.
I Candia soñaba en efecto. Al primer vaso de vino sucedíase otro
i otro, hasta que quedaba sumido en la mas completa beodez.
- Mas, las borracheras de Candia eran unas borracheras sublimes
si podemos espresarnos así. Con ellas le volvian su juventud i sus
fuerzas, i todo el panorama brillante de su vida, desde su
resolucion de seguir a Pizarro en la conquista del Perú hasta su
caida en Mala, pasaba por delante de sus ojos como una vision de
flores o de estrellas. Su romántica busca de Florazul en los
bosques i pampas de Panamá; su heroica persecucion a Manjarres, a
quien habia estado a punto de matar sin sospechar siquiera que
fuese su hermano; sus grandes golpes en Toledo; su lucha con el
leon de Túmbez; su, entrevista con doña Isabel, la esposa de Cárlos
V, &c., &c., todos estos cuadros o episodios
maravillosos de su historia, confundidos o terjiversados por los
vapores del vino, formaban los éstasis repetidos del hombre que
parecia no vivir sino de ellos i para ellos.
Era como un jeneral que se duerme con el recuerdo de sus
batallas.
Por otra parte, Candia no tenia ambicion, ni para qué tenerla
casi a los cincuenta años, i despues de haber rejido a su capricho
los destinos del primer imperio de América ?
I era durante sus momentos de vino i de recuerdos que el hábil
consejero hablaba todas esas cosas que tan gran cuidado metian a
Perico, a quien sin duda perseguia el síno de tener amos que
delirasen, como habia delirado el padre Luque con el oro de los
peruanos, i como deliraba ahora el viejo militar con toda una
jeneracion de nombres i un tropel de hechos.
Sin el vino, Candia se hubiera vuelto loco un mes despues de su
caida, no precisamente por el puesto que perdia, sino porque era
mucho lo que habia hecho por Pizarro para esperar un pago
semejante. El
|levantino, como lo llamaban, era hombre de
grandísima esperiencia, pero nunca llegó a imajinarse que sus
relaciones con el marques parasen en lo que pararon.
La noticia de la muerte de Almagro habíala recibido ya Candia en
su retiro. Allí mismo recibió la del marques; pero ni una palabra
ni un jesto siquiera habia servido de manifestacion a su alegría o
a su dolor. Preso por el Gobernador durante algunos meses despues
de su desgracia, habia arrastrado sus cadenas con estoicismo
asombroso.
Pizarro comprendió un dia, aunque tarde, que habia obrado
brutalmente con él, i volvió a brindarle su amistad i sus
favores.
- Gracias, señor, habíale contestado Candia, separándosele luego
para siempre.
Su corazon se habia roto pues al afecto, como su espada a la
victoria.