CAPITULO II
EL ORO I LA FUERZA
Como hemos dicho atras, Almagro no tenía mas que veintidos años
i se encontraba completamente solo. Su padre había muerto a manos
de Hernando Pizarro, i su madre era apénas una pobre mujer, que
tenía un gran corazon para quererlo, pero una cabeza mui pequeña
para aconsejarlo.
I amigos? por lo que es amigos tampoco los tenia Almagro.
Aquella no era una edad propia para cultivar relaciones amistosas,
i los aventureros americanos sabian poco de Pílades i Oréstes,
Castor i Pólux.
Qué debía hacer pues tan jóven, dueño de un país tan vasto como
el Perú, i rodeado de soldados feroces i amenazantes? Nada mas que
ser fuerte, i Almagro lo fué hasta la temeridad.
Con Rada i Sotelo habría podido hacer mucho, el valor de ámbos i
el consejo del primero eran cosas de mucho precio en las
circunstancias en que él se hallaba; pero de lo que no era posible,
Almagro no hablaba siquiera.
Concentróse pues, i resuelto a marchar siempre adelante en el
camino de su prosperidad, aumentó sus guerreros e hizo esfuerzos
por ponerse en un pié respetable de defensa.
Faltábanle, empero, dos cosas indispensables: oro i ajentes.
En cuanto al oro, imajinó un empréstito jeneral; i en cuanto a
los ajentes, a fuerza de pensar i pensar, vino al fin a acordarse
de cierto sujeto mui apropósito para los negocios, i que vivía por
entónces, triste i solo, en uno de los mas apartados barrios del
Cuzco.
El recuerdo de este hombre hizo estremecer a Almagro de
alegría.
Mandó pues en su busca.
Impacientabase ya el jóven con la tardanza del personaje, cuando
se notó un ruido lijero en la antecámara, i un hombre alto, pálido
i cano pasó adelante.
- Con que al fin? preguntó el virei lleno de dulce
satisfaccion.
- Perdonad, dijo el desconocido, pero me ha costado trabajo el
convencerme de que ciertamente me mandaseis llamar.
-I por qué?
- Porque creí que mi nombre fuese ya una cosa olvidada en el
Perú.
- Todo lo contrario; habeis desempeñado en el drama de la
conquista uno de esos papeles que no se olvidan jamas.
-Lo creeis así, i os doi las gracias, señor.
- Pero ahora sí lo creereis sin trabajo, repuso el jóven con una
de esas sonrisas fascinadoras, peculiares solo de Luis XIV o
Richelieu.
El solicitado nada contestó.
- Pero sentaos, agregó Almagro despues de un poco de silencio,
durante el cual no habia sabido cómo esplicarse el de mal agüero de
su interlocutor.
Este obedeció con un aire de familiaridad tal, que probaba bien
que no era la vez primera que se encontraba en la presencia de los
grandes.
El hijo del mariscal continuó de pié, i al rato no mas se puso a
pasear por el salon como hombre que no sabe por donde empezar, pero
que tiene que luchar
vencer.
El visitante llevaba entretanto su mirada triste en torno de la
estancia, como si recuerdos lejanos viniesen a despertar en su
mente mil i mil ideas melancólicas.
- Sufris, señor? díjole al fin el usurpador, estais mui
palido... decidme qué os molesta?
- Nada, señor. Acabo simplemente de tener un recuerdo. Estamos
en la estancia en que el difunto marques Francisco Pizarro dió
audiencia pública a Manco, el postrero de los incas, i a su esposa
Azucena; i pienso en que toda esa juventud i esa hermosura que se
hallaron aquí reunidas, han desaparecido ya, i para siempre.
Figuraos, señor, continúo el desconocido cada vez mas inmutado i
sombrío; figuraos que aquí estaban ese dia el marques, Juan i
Gonzalo Pizarro, vuestro padre, que entró al fin de la ceremonia,
Orgóñez, Huallpa, Lerma i tantos otros, así españoles como
peruanos, de quienes no queda ya sino una vaga memoria sobre la
tierra!
Almagro nada observó, i la conferencia quedó interrumpida por
algunos segundos.
Desde los acontecimientos de que hablaba el solicitado, hasta
entónces solo habian pasado unos seis años, i él, que era en esa
época (1536) un fuerte i gallardo soldado, tenía ahora todo el
aspecto de un sexajenario. Se habia enflaquecido un tanto, i su
nariz griega i su corte de cara cervantino i caballeresco,
resaltando sobre su gola de encajes de Europa, le daba el aspecto
de uno de esos cuadros antiguos en que los pintores de la escuela
flamenca nos dan el retrato de Cárlos V o de su hijo don Juan.
-I bien, señor, dijo Almagro el primero, apartemos de nosotros
esos recuerdos ciertamente mas que dolorosos, i hablemos de las
cosas del dia.
- Perdonadme, señor, pero retirado a la vida privada hace tanto
tiempo, mal podria seguiros en el laberinto de unos sucesos que no
conozco, o que, por lo ménos, conozco mal porque los conozco de
oídas.
- Perdonadme, observó el jóven, pero creo descubrir en vos
cierta repugnancia a que seamos amigos.
- Mal pudiera abrigar esa repugnancia, señor, cuando casi puede
decirse que os ví nacer, i cuando os he tenido en mis brazos en
ocasiones diversas.
- Entónces por qué ese despego i ese apartamiento?
- Eso no es con vos solo, señor. Próximo a bajar al sepulcro, el
mundo no es para mí mas que un desierto.
- Sí, pero en los desiertos suelen encontrarse tambien palmeras
hermosas i fuentes tranquilas que nos hacen sonreir.
- Es que yo no tengo ya fuerzas ni para eso.
-No, lo que no teneis es voluntad.
-Fuerza o voluntad, el efecto es el mismo.
- Quiere decir que me he engañado en mis esperanzas?
- Qué esperanzas, señor? preguntó el desconocido haciéndose el
sandio, aunque leía en el alma del jóven como pudiera en un libro
abierto.
- Las de haceros entrar en mi servicio. La tradicion se hace mil
lenguas de vos respecto a los grandes servicios que prestásteis al
difunto marques.
- Mal podeis creer en eso, señor, repuso el desconocido con
acento amarguísimo, cuando el marques me apartó de su lado mucho
ántes de su muerte, entregando mi nombre a la deshonra i mi cuerpo
a la necesidad.
- Eso probaría cuando mas la ingratitud de los hombres.
- Pueda que sí, pero en tal caso no seria nada cuerdo de mi
parte provocarla de nuevo.
- Pero es que hoi las circunstancias no son las mismas.
-Eso oigo decir todos los días i por donde quiera que voi, pero
es el hecho que todos los dias se repiten las mismas escenas i los
mismos escándalos.
-Bien, dejémoslo ahí, i decidme francamente si quereis entrar en
mi servicio, o no.
-El jóven capitan olvida seguramente que nunca fuí de los de su
bando.
Es que yo no he tenido bando jamas.
-Bien... quiere decir que vuestro padre.
- Señor, hoi se abre una nueva era para el Perú, i esa era nada
tiene que ver con las disensiones pasadas.
- Perdonadme, señor, pero yo pertenezco todo al pasado.
- Sereis mi segundo.
- Buscad un hombre mas jóven, mas leal i mas entendido que
yo.
- No parece sino que estuviérais peleado con el jénero
humano.
- Ni peleado ni amistado, señor.
- Rehusais?
- Rehuso.
- Pensadlo bien, no sea que os pese luego.
- A mí ya no me pesa nada, señor.
- Es que el que os brinde mi cariño no quiere decir que os
escude de mi cólera.
- Señor, respeto el uno como la otra; pero si es verdad que me
estimais, dejadme en el retiro de mi habitacion.
- Ah! comprendo ahora, esclamó el jóven con una sonrisa de
horror, rehusais porque creeis mi causa demasiado perdida....
- A decir verdad, nada he pensado sobre ella; pero si lo hubiera
hecho, creo que no la encontraria perdida, sino injusta.
-Decid lo que querais, dijo Almagro poniéndose sério, i
terminemos ya esta entrevista inútil.
El desconocido se paró.
- Paz o guerra, señor? volvió a preguntar el jóven como con un
resto de esperanza.
- Ni paz ni guerra: absoluta neutralidad.
- Os esplicais como de potencia a potencia, observó Almagro
picado hasta la vanidad.
- Oh! no, nunca, señor; me he espresado entónces mal: os decía
que no valgo ya para nada.
- Parece que nos hemos entendido.
- Creo haber tenido ese honor.
- Empero, concededme un último favor, dijo el jóven haciendo un
último esfuerzo tambien.
- Decid?
- Si me negais vuestra amistad política, concededme al ménos la
privada.
- Oh! señor, eso es favorecerme demasiado.
- Es decir....
-Es decir que os la concedo con todo mi corazon.
-Bien, dadme al punto una prueba.
- Exijidla.
- Si no me engaño, dijísteis ahora poco que estábais pobre.
- No me opongo.
- Hacedme pues la gracia de aceptar una pension del tesoro.
- Me es completamente inútil, señor.
- Siempre el orgullo.... articuló Almagro con su prema
galantería.
- Perdonad, pero hoi, léjos de ser pobre, poseo dos millones en
numerario.
- Dos millones
- Fuera de algunas joyas.
Es claro que si Almagro no hubiera sabido con quien se las
estaba viendo, hubiera prorrumpido en un desahogo de hilaridad;
díjole pues:
- Sois entónces poderoso.
- Para espresarme en el lenguaje del mundo, he tenido la fortuna
de heredar a un hermano sacerdote, que murió hace ocho días; él es
quien me ha dejado esa suma enorme.
-No sabia que hubiese muerto ningun eclesiástico.
-No fué aquí, señor, sino en las misiones; su nombre era frai
|Modesto, de la órden de predicadores.
-I habia reunido dos millones de pesos?
-No, él de suyo no tenia nada, i esa fortuna era mas bien un
secreto que una adquisicion.
En seguida se separaron. El millonario salió de palacio
cabizbajo i sin voltear la vista a un lado ni a otro; no parecía
sino que la presencia de aquellos lugares lo atormentaba
profundamente. Almagro por su parte se acercó a un balcon para
verlo salir, i cuando ya lo perdió de vista esclamó:
- Ai! i cómo ha cambiado Candia! podríase jurar que era otro
hombre!.... con todo es indispensable que yo me haga a él.... él es
el único que puede salvarme.... él es el oro i la fuerza!