PROPOSICIÓN DE MATRIMONIO
I
Después de tantos negros desengaños
Que ya sufrí, de tanto amargo lloro,
De tantos males cuya cuenta ignoro,
Que desde niño me han envuelto a mí;
Cual la esperanza al fin de nuestros años,
Cual el consuelo al fin de la desdicha,
¡Astro de amor, imagen de la dicha,
Hurí del cielo, te he encontrado a ti!
¡Y tú no sabes cómo yo te amo!
¡Oh! ¡más que patria, amigos, deudos, madre!
¡Más que la sombra misma de mi padre!
¡Más que la gloria, el mando y el saber!
Por ti daría de laurel mi ramo,
Por ti daría nombre y apellido,
Por ti daría cuanto soy y he sido,
Por ti daría cuanto puedo ser!
¡Ah! ¡y ese amor tan vasto y noble, empero
No llena más de mi alma el gran vacío
Que el cauce seco de un inmenso río
Puede llenar del campo un vil raudal!
Amarte más, amándote, yo quiero;
Que siento en mí que amarte más podría:
Mas dicho está que al esplendor del día
Jamás aquí saldrá mi amor total!
Es que finito y flaco el hombre nace,
Y del fastidio nadie lo preserva;
Es que sin duda al hombre Dios reserva
Para otro mundo y otro ser mejor.
Es que en la tierra nada satisface,
Ni cosa alguna aquí se ve completa;
Ni el ruego a Dios, ni el canto del poeta,
Ni el mal ni el bien, ni el odio ni el amor.
II
El hombre es una lámpara apagada,
Toda su luz se la dará la muerte,
Y un nuevo nombre, y una nueva suerte,
Y un ser ¡demonio o serafín!
Al alma el tiempo tiene aquí tapada:
La eternidad del tiempo rompe el velo...
¡La eternidad! ¡Oh Dios! ¡infierno y cielo!
¡Odio y amor completos y sin fin!
¡Odio y amor! Del gran linaje humano,
Que viejo cubre desde Adán la tierra,
Cada individuo el signo oculto encierra
Del mal o el bien, de Satanás o Dios.
De eternidad al lóbrego oceano
Llega el instante en que las velas tiende:
Lo que es, entonces súbito comprende,
Y al barro vil por siempre dice adiós.
Tanta verdad que hoy duda, teme, espera;
Tantos oscuros, hondos pensamientos;
Tantos inquietos, vagos sentimientos,
El hombre entonces faz a faz va a ver.
Sin nube ya ni incómoda barrera,
El justo entonces se verá a sí mismo;
De Dios entonce el grande, eterno abismo
Su corazón podrá satisfacer.
¡Oh! tú de Dios impreso el signo llevas
En tu voz, tu mirada, tu sonrisa;
Y en lo que hoy eres, débil se divisa
Toda la luz que entonce habrás de dar.
¡Entonce! ¡En mí de amor potencias nuevas!
¡En ti perfecta tu beldad hoy trunca!
¡Hermosa tú, y hermosa más que nunca!
¡Amante yo, cual hoy quisiera amar!
III
¡Oh! ¿qué me importa, pues, que aquí y ahora
El cetro del destino nos aparte,
Si en otro tiempo, al fin, y en otra parte
Me darás tanto y más que puedes hoy?
¿Ni qué me importa que por una hora
Hayas de ser de algún rival más listo,
Si él no tendrá lo que él en ti no ha visto,
Lo que yo vi, lo que esperando estoy?
¿Qué le darás...? No más de lo que tienes:
Todo tu amor, amor perecedero,
Tu rostro hermoso, angélico, hechicero...
Pero que al fin habrá de envejecer.
¡Y nada más! ¡y más no son sus bienes!
Eres mujer, después serás arcángel:
¡Oh! ¡que yo tenga para siempre el ángel,
Y él tenga aquí cien años la mujer!
Dale aquí, pues, tu amor, tu fe, tu nombre;
Unete aquí con él en firme lazo;
Tu primer beso, tu primer abrazo,
Dáselo todo la esperanza a mi.
¡Oh! ¡la esperanza! ¡el solo bien del hombre!
¡Del pobre, el triste, el viejo, sola amiga!
Que a lo presente lo futuro liga,
Y hace bajar el cielo al mundo así.
¡Ah! no me robes este dulce sueño,
Que hoy mi orfandad alegra y mi abandono
¡Dime que allá y al pie del santo trono,
Tendremos juntos un lugar los dos!
¡Dime que allá seré exclusivo dueño
De cuanto el Padre a ti te predestina!
¡Qué allá, por siempre, para ti, Delina
Seré el primero yo después de Dios!
Julio 9, 1840.