¡ETERNO ADIÓS!
¡Tú cuya voz celestial llenó de divina armonia
El seno oscuro do mi ser se encierra,
Tal como suele de pronto llenar la noche sombría
El canto patrio allá en extraña tierra!
¡Tú cuya sola voz mil voces en mí desencierra
Con mil memorias de la infancia mía!
Adiós, que ya mi porvenir se cierra!
¡Sí; para siempre adiós; adiós, sí, para siempre, María!
¡Oh! ¡comprender tú no quieres mi amor verdadero y
[profundo!
¡Entrar no quieres en el grande encanto
Do solitaria mi lira suena incesante en su canto,
Que sube a ti con eco gemebundo!
Un horizonte me envuelve; en él mi existencia difundo:
Y, al yerme solo en él, con vago espanto
¡A veces tiemblo, a veces rompo en llanto!
¡De él yo no salgo, y en él no penetra nadie en el
[mundo!
¡Oh! ¡y este horizonte encantado es mi ser, soy yo
[mismo!
¡Y fuera de él, tras su confín postrero,
Oigo gemir sin cesar de la humana miseria el abismo,
Como en su torre el mar el prisionero!
Oigo a los hombres, sin Dios, no entendiéndose, en
[gran desespero,
¡Nada! gritar, y ¡Acaso! y ¡Ateísmo! Y oigo otra voz que desde
el ser primero
Baja a aliviarnos, ¡la voz del viejo, inmortal
[cristianismo!
Dentro del cerco tan sólo miro mi propia existencia:
De mi memoria miro el negro arcano,
El libro a medio-abrir, do, yo no sé de quién, una mano
De lo que fue me pinta una apariencia.
Miro como un sueño aéreo mi edad de inocencia;
El padre ido por quien lloro en vano;
Mi huerto aquel, mi hogar, mi abuelo anciano,
¡Todo fue, todo! ¡Y todo guardado quedó en mi
[conciencia!
¡Oh, misterio del hombre! ¡Oh gran soledad de la vida!
¡Mar que me envuelve en sueños y despierto!
Huyo, y me sigue, y me envuelve al través del tiempo en
[mi huída;
¡Y siempre a mí su cóncavo está abierto!
Dentro, a par de eremita que gime en ignoto desierto,
Mi lira gime en voz adolorida;
Y ¡ay! ¡esa voz que sólo en eco incierto
Al mundo llega lejana, por mí no más es oída!
jAh! y esa voz interna que así de contino suspira,
Al tú asomar, de pronto acalia el lloro,
¡Y un espontáneo canto, puro cual lumbre, cual oro,
Dulce se exhala de mi negra lira!
¡Y sube a ti, como al cielo sube la llama en la pira,
A ti, mujer, cuya piedad imploro,
A ti, mujer, que por destino adoro,
Porque tu nombre no más mis potencias todas inspira!
¡Oh, María, sí! Ese gran poder de paz y consuelo,
Ese poder que en mí tu nombre tiene,
No lo sabes tú, ni nadie saberlo puede en el suelo:
¡Lo sé yo solo, y Dios, de quien te viene!
¡Ah! ya que a mí la dicha de hacerte feliz no conviene,
Que Dios por siempre la negó a mi anhelo,
Sepa yo al menos que tu faz mantiene
Siempre plácida, lejos de mí, la sonrisa del cielo!
¡Ah! ¡no será no: que sólo el amor nos da la ventura!
Y escucha atenta lo que hoy te digo:
Tú no me amas, y un día vendrá en que dejando el
[abrigo
Del sacro hogar do huyó tu infancia pura,
Sola con otro te irás; y entonces, mi amor te lo augura,
Un nuevo día al fin vendrá enemigo,
En que dirás: «¡Oh pobre y viejo amigo!
¡Ay! ¡él me amaba más, él ¡ay! con más verdad y
[ternura!».
Dime, pues, dime: ¿querrás unir con mi amor inaudito
El amor tuyo en una misma suerte?
¡Oh! resuelve, resuelve, sí, pronto; ¡que el último grito
Pronto dará mi lira al ver la muerte!
Este horizonte, do yo te convido conmigo a meterte,
Sin fin no es, mi amor es circunscrito:
¡De él hay en torno un Ser mayor, más fuerte,
Do sumergido todo se encuentra; su nombre: Infinito!
Hoy, ya de aquel de los montes patrios más alto en la
[cima
Vuelvo de mí los ojos en redondo,
Miro, nuevos montes lejos, la tierra miro en lo hondo,
¡Y el cielo azul, en derredor y encima!
¡Algo siempre me ataja; mañana tal vez no reprima
Nada el impulso que en mi seno escondo:
Sin fin la tierra abajará su fondo!
¡Idos los montes, abierta del cielo inmensa la sima!
Es que a un tiempo las vallas todas de mi hórrido
[encierro,
Sin saber cómo, al suelo habrán caído!
¡Es que por siempre se habrá terminado ya mi destierro!
¡Es que habré visto al Gran Desconocido!
¡Es que habré ya muerto! ¡es que estaré ya con Dios
[confundido!
Cogiendo el
|todo, en que hoy finito yerro;
¡Veré, del mundo en un rincón perdido,
Sola, seguir una tarde mi madre mi cuerpo a su entierro!
Un instante vendrá, yo no sé si de horror o alegría,
Cuando la humana innumerable gente
Toda a entrar así volverá de Dios en la mente
De do salió; y entonce, amada mía,
Como dioses seremos los hombres sin noche ni día;
Y absortos en el Ser indeficiente,
Huirá por siempre en él de mí tu frente...
¡Ay! ¡adiós para entonces, adiós para siempre, María!
Octubre, 1838.