LA VENIDA A LA CIUDAD
¡Y pisas ya de la ciudad el suelo!
¡Huyes del aura el amoroso arrullo!
¡Tú, blanda flor, cuyo primer capullo
Nació al besarse con la tierra el cielo!
¿Al árido volcán los azahares
Suben jamás? ¿El matinal rocío
Las siestas ven? ¿O por el bosque umbrío
Deja el coral los azulados mares?
¡Y tú, Delina, cuya leve cuna,
Entre el silencio de las noches calmas,
Se remeció bajo las verdes palmas
Al rayo oblicuo de la corva luna...!
¡Tú, que, detrás de embovedadas yedras,
Sola y desnuda por las vegas hondas,
Los pies aun dentro de las tibias ondas,
El coco hendías sobre lisas piedras...!
¡Tú, sonrisa de amor, tú, bajo el techo
Hoy de los hombres a sentarte vienes!
¡A reclinar tus virginales sienes
Del infortunio en el pomposo lecho!
¡No! ¡Lejos! ¡Ay! ¡Que en él por cada pluma
Su leve punta asoman las espinas,
Y el sueño que se esconde en las cortinas
Con beso impuro el corazón abruma!
¡Lejos, Delina, lejos! ¡Torna cauta,
Torna del bosque al celestial perfume,
Torna al gemir de tu paloma implume,
Más blando, sí, que el son de sabia flauta!
¡Torna a mirar por el ceñudo monte
Rodar saltando el rollo de verdura,
Desplegado alfombrar la gran llanura
Y perderse en lo azul del horizonte!
¡Torna, y de noche entre las ondas flojas
De la hamaca que vio tu primer lloro,
De fina lluvia el murmurar sonoro,
Cayendo oirás del plátano en las hojas!
¡Torna a tus vegas, virgen inocente!
¡Ah! ¡No te asustarán en las cabañas,
Del pobre cazador de las montañas
La ronca voz y nebulosa frente!
¡No allí lo temas, no: que el soplo manso
Del llano nunca refrescó su seno;
Nunca bajó de la mansión del trueno,
Por donde vuela sin gozar descanso!
De lo que fue tan sólo la memoria
Resta, cual tronco abatido sauce,
Como de gran torrente el seco cauce,
O como el eco de abismada gloria.
Torna a las vegas: él, grosero sayo
Vistiéndose, descalzo, con ceniza
Emblanqueciendo su melena riza,
Irá a las cumbres do lo espera el rayo.
Marzo, 1835.