LA MAÑANA
¡Dulce virgen, despierta, despierta!
¡Deja el lecho de plácidas rosas;
Abre ya de tu choza la puerta,
Abre, y ven a sentarte a su umbral!
¡Ven y mira la fúlgida Aurora
Que, en la cima del monte de oriente,
Con fervor, de rodillas, adora
De los incas al padre inmortal!
¡Ven, y escucha el suspiro profundo
Que, al salir de las sombras del sueño,
Se levanta a lo lejos del mundo
Como el ¡ay! postrimero de amor!
¡Ven, y ve la argentada laguna
Que, del aura al impulso süave,
Cual va y viene del niño la cuna,
Se remece con sordo rumor!
¡Goza, goza tu bella mañana,
El reír de tus jóvenes días!
¡Goza en paz de su brisa temprana
Semejante al aliento de Dios!
¡Oh! ¿por qué de mi fúnebre suerte
Nos separa la mano de hierro?
¿Por qué al menos decirte en mi muerte
No me deja ni el último adiós?
¡Ay! ¡postrado, sintiendo en mi cuello
Imprimir al crüel infortunio
De su planta el gravísimo sello,
Bramar oigo debajo un volcán!
¡Huye dél! ¡En tu pobre cabaña
Encerrándote, escucha tan sólo
Retumbar por la ardiente montaña
El zumbido del raudo huracán!
¡Lejos, lejos! ¡En breve espantada
Con un trueno de muerte, una noche,
Del volcán en la cumbre apartada
Una llama verás relucir!
Y después que la estés contemplando,
«¡Ya murió! ¡Pobre amigo! ¡El me amaba!»
¡Por ventura dirás suspirando,
Y a tu choza entrarás a dormir!
Febrero, 1835.