ADIÓS
¡Oh! mil veces, pensando en este instante
De precisa y final separación,
En lágrimas bañose mi semblante
Y asustado tembló mi corazón.
Hoy llega al fin, al fin nos separamos
Del mundo abierto que me llama a sí
Bajo la puerta juntos aún estamos;
Por vez postrera te contemplo a ti
¿Nunca a vernos ni a hablarnos volveremos?
¡Otra vez! ¡un instante y nada más!
¡Ah! en el seno de Dios nos uniremos.
¡Y para siempre! Mas aquí, ¡jamás!
¡Dulces horas pasadas a tu lado
En que tu ser mi alma fecundó,
En que fui comprendido, adivinado,
Amado casi... todo se acabó!
¿Quién me podrá volver lo que en ti pierdo?
¿En mí tu falta quién suplir podrá?
¡Cuando ni sé si tu fatal recuerdo
De hoy más mi alivio o torcedor será!
¡Ah! sólo sé que el bien por que yo clamo
Bajo mi mano nunca yo tendré;
Que no amé nunca como a ti te amo
Y que nunca sufrí cual sufriré.
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Diez años ha -cuando mi solo amigo
Dejó sobre la tierra de existir,
La esperanza llevándose consigo,
Dejándome la nada en porvenir-,
Yo pequeñuelo entonces aún me hallaba,
Sin cicatrices nuevo el corazón,
Y entre mi alma apenas clarëaba
La odiosa luz de mi fatal razón;
Y aquel precioso amigo que perdía,
Su virtud, su talento, su bondad,
Ni en todo su valor yo conocía,
Ni la inmensa extensión de mi orfandad.
Y mi dolor, empero, fue locura
Que en su grandeza a mí me sorprendió.
Aún hoy del golpe la impresión me dura,
E irá conmigo mientras viva yo.
¡Y hora que no soy niño y que soy hombre,
Hora que sé lo que es el mal y el bien,
Cuando de amor entiendo el dulce nombre,
Es fuerza darte adiós a ti también.
A ti que amo, a ti que sé quién eres,
Que entera te has comunicado a mí,
Excepción entre todas las mujeres...
¡A ti, Delina, adiós también a ti!
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¡Adiós a ti! Cuando esta negra idea
Esté cumplida en su indecible horror;
Cuando en el cielo oscurecerse vea
El luminar de mi postrer amor,
Y en su lugar escrito quede: ¡Nunca!
Y me envuelva la noche y soledad;
Y sienta mi alma su existencia trunca
Sin ti, Delina, su mejor mitad...
¿Cuál será de esta vida el solo día
Que ya pueda alegrar mi corazón,
Si no aquel en que cese mi agonía,
Y a Dios devuelva su funesto don?
Y cuando tú, quizás en otros brazos,
Sin dolor, sin pesar, sin inquietud,
Amante, amada, envuelta en róseos lazos
Y en pleno sol y en plena juventud;
Oigas de muerte un caso desdichado,
Y una campana fúnebre gemir,
Y oigas un nombre, el nombre ya olvidado
Que dabas al que acabe de morir!
¡Oh! dame entonces un recuerdo amigo:
El que se otorga a todo el que no es más,
El que se otorga a extraño y a enemigo,
Y que negara sólo Satanás.
Los años volarán sobre mi huesa,
Y en ella por centurias dormiré;
Y al fin se cumplirá la gran promesa,
Y ante mi Juez con los demás vendré.
Mas yo la humana inmensa muchedumbre
Cortando aprisa, sólo iré a buscar
La faz mejor, los ojos de más lumbre,
El ser más bello y más capaz de amar.
Y, cuando ya la hubiere al fin hallado,
Juntos saldremos hacia el Juez los dos;
Y ante el concurso mudo y asombrado
Así diré resueltamente a Dios:
«Esta mujer a mí me pertenece,
Es la mujer que amó mi juventud.
Ya estoy juzgado: todo lo merece
Quien tanto amó; mi amor es mi virtud.
No pido más: mi cielo sólo es ella.
El que se atreva, véngala a pedir.
Delina es ésta. ¡Sí! la sola estrella
Que alumbrará mi eterno porvenir».
Así diré; y oirás lo que has oído
Ante los hombres, y ángeles y Dios.
Ahora mi amor, si puedes, da al olvido:
Guárdame el tuyo para entonce. ¡Adiós!
1840.