EL VALSE
¡Oh! graciosa, más graciosa
Que los sones del bolero,
Más airosa que las palmas
Remecidas por el viento;
Más serena, y linda, y pura
Que el azul del ancho cielo,
Cuando espléndido se pinta
En los lagos del desierto;
De placer su vista sola
Retemblar hace mi pecho,
Y perdido y ebrio caigo
Al perfume de su aliento.
¡Sí, la quiero! ¡sí, la adoro!
Con furor la adoro y quiero;
La idolatro cual si en ella
Dios mi suerte hubiese puesto;
Más la adoro que el mendigo
Al metal del avariento;
Más la adoro que a la patria
El proscrito en su destierro;
Más que adora el frigio gorro
El esclavo entre sus hierros;
Más que el réprobo la gloria
Desde el fondo de su infierno.
¡Ay de mí! la dulce madre
Que meció mi cuna un tiempo,
Y enjugó mi primer lloro,
Y aceptó mi primer beso;
El ciprés que noche y día
Melancólico y siniestro
Cubre el túmulo que guarda
De mi buen padre los huesos;
¡Oh! ya menos hoy los amo
Que ese vívido reflejo
Que relumbra al son del valse
En sus grandes ojos negros.
Que con ella yo he bailado,
Y he sentido unos momentos
Junto a mí su dulce rostro,
Junto a mí su dulce seno;
Y en mi alma brilló entonces
Cual fugaz, lejano incendio
Yo no sé qué vaga imagen,
No sé qué falaz deseo.
Yo conmigo la veía
Sentada a mi lado diestro,
Bajo el techo de mis padres,
Su asiento unido a mi asiento;
Y sus manos infantiles
Enrizaban mi cabello,
Y entre espesa lluvia, afuera
Con furor zumbaba el viento;
Y su voz trinó en mi oído,
Como el canto del jilguero,
Y un extraño calofrío
Trascurriome por el cuerpo.
¡Ay! el valse se acababa,
Y sonó el compás postrero;
Y la vi tal como es ella:
Dulce, amable y sin afecto...
¡Oh momentos deliciosos!
¿Por qué volasteis tan presto?
¿Por qué de mi fantasía
No realiza Dios los sueños?
Agosto, 1838.