INOCENCIA: POR FRANCISCO DE P.
RENDON
I
Sombrero de Aguadas con pedrada a un lado y lazo de cinta azul
que el viento bate; capa de paño negro, verdoso por el tiempo y
esclavina de terciopelo ya raído; faldamenta verde; tamaño lío en
la horqueta del galapago; maletón de diagonal a listas con pabilos
en las jaretas; caballera en rocín amarillo, cariblanco, de anda
dura y muy tripón además, tal se iba Jacinta Rúa, espuma campesina
de San Isidro, por el camino de cuestas, mesetas y cañadas que
conduce a Bellavista, digno nombre por cierto del bello paraje
donde ella tenía su vivienda. Era domingo en la tarde y Jacinta
regresaba del pueblo, (del sitio, decía ella) a donde había ido
como tenía por costumbre a misa y al mercado. Le servía de
espolique Lorenzo Pasos, su marido, un hombrón avejentado, alto y
flaco como un espartillo, nariz de corneja y barbas blancas que el
humo del tabaco tiñó a partes de amarillo. Las tales barbas le
imprimían al viejo cierto aire de honorabilidad. Era llamado mano
Lorenzo por parientes y amigos y por todos cuantos le conocieron.
Arre que arre la yegua alazana cargada con atados y canastos y
seguida del potrico trasquilimocho, iba el mano Lorenzo; detrás de
él, esbelta y ágil como una cabra, María Inocencia, moza entrada
apenas en la flor de la edad y vástago único del matrimonio. La
muchacha llevaba cesto de tabacos en la mano; en la cintura, a
guisa de banda escosesa, pañolón a cuadros, y echado atrás,
formándole aureola, el sombrero de iraca sin adorno alguno.
María Inocencia era el polo opuesto de Jacinta su madre.
Jacinta, a pesar de sus cuarenta largos de talle, por el ojo negro
y volado, el moreno picante, las abultadas carnes, el entono, el
garbo y el garabato, era conocida en todo San Isidro, y la
admiración de todo el que tenía sangre en las venas. Inocencia, con
sus cabellos en ondas de reflejos de oro, con sus grandes ojos
pardos de mirar dulce, velados por largas pestañas vueltas en arco
hacia arriba, con su blancura un tanto tostada por el sol, con sus
dientes azulosos de puro blancos, con sus labios rosa, su frente
tersa, limitada por la talanquera, un trenzado que empieza en la
crencha y va por las sienes y por sobre las orejas a modo de seto,
y más que todo por el perfil tan delicado de la nariz aquilina,
Inocencia no era para tentar al vulgo; por falta de rosicleres, de
redondeces y de contoneos, nadie paraba mientes en su belleza; que
en San Isidro no había en ese entonces, ni quizá haya hoy, la
chifladura de las estéticas y de los perfiles.
-Apure m'hija, busté que va en patas ajenas-dijo el marido
mirando al norte-que aquella nube no l'erra, y de aquí allá no se
topa un rancho onde meternos.
Volviendo a mirar Jacinta hacia el punto indicado por su marido,
exclama, arrugando el entrecejo.
-Madre mía de Valvanera, pero si la que va a caer no va haber en
qué aparala. Usté y la niña, si no apuran, van a llegar hechos
patos.
-Que sea lo que la Virgen quiera, m'hija. Escápese busté.
Da Jacinta sonantes besuqueos al aire, se mueve cual si quisiera
volar, agita las riendas y golpea con el talón la barriga del rocín
para aguijonearlo. Parte éste al galope, inflando en buches la
verde faldamenta, y zangoloteando cintas, capa, envoltorio y
maletón. Piérdese la amazona en el largo y estrecho canalón,
coronado de greñas de paredes musgosas, vestidas a trechos de
escamas de liquen blanco y de chorreras verdes, casi negras.
Santíguase y masculla un padrenuestro. Es que Jacinta también le
teme al canalón ese, donde es fama que hay un tesoro. Muchos han
visto las luces mortecinas que lo alumbran cada viernes santo, las
cuales luces emboban al que las topa, persiguiéndole si huye o
escapándosele de las manos si intenta atraparlas. Oyense, además,
ruidos semejantes a cascadas de plata amonedada y tristes lamentos
en las altas horas de la noche. Baja Jacinta a una quebrada, que
vadea con dificultad, porque el caballo sediento da manotadas,
cabeceando. Sube un repecho, gira a la izquierda y desciende por el
angosto tirabuzón, que tal parece la senda que conduce a la casa.
Ayudada por la cabeza de la cabalgadura, abre con la facilidad de
quien lo sabe, la pesada cancilla que, chillando, se cierra con
fuerte golpe.
Atraviesa el corral, sube al corredor para librarse del agua que
ya empieza a caer en gotas gordas, apéase de un salto; saca del
seno la llave, abre la puerta, y sosteniendo el caballejo de la
brida, permanece en pie, fija en el camino. El perro, un perrazo
negro, gordo como un cojín, que sale a recibirla saltando y
meneando la cola, es arrojado por allá a los puntapiés, con un
«tira Teniente», gritado de tal modo que el perro no tiene más que
echarse a los pies de su ama, triste cual aman te chasqueado.
-Virgen de la Trinidá, mi querida madre, amparalos, no me los
dejés mojar-exclama suplicante Jacinta mirando al cielo, por donde
corre desmelenada una nube Color de plomo.
O la Virgen no oyó la súplica, o hizo orejas de mercader, porque
se desató un aguacero venteado que parecía el diluvio, con truenos
y relámpagos lejanos.
-Pero venimos d'escurrir m'hija-dice el viejo al llegar,
agachándose y saltando para botar el agua que le empapa. -Bendito
sea mi Dios. Todo este palo diagua es comida, pues estaban las
rositas pidiéndola quini las ranas.
-Caminen a quitarse esa humedá, por María Santísima, que si se
limpian un ojo se van al joyo de un dolor de costao, que no digan
nada.
Teniente le salta encima a Inocencia, calentándola con el vaho,
batiendo la delgada lengua de raso encarnado y pelando la sierra de
agudos colmillos. Ella, cariñosa y complacida, lo abraza, lo besa
en el cuello, lo tiene de las orejas y le pregunta si ha pasado
hambre.