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CAPITULO X

Tras el fusilamiento de los prisioneros, es decir tras aquella escena que empañaba el triunfo obtenido, nos dirigimos a paso precipitado a Lérida. Allí llegamos después de algunas ornadas. Mas que favorable era esto para mi, pues notaba con disgusto que algunos soldados dudaban de que yo hubiese muerto a Carlos.

En Lérida permanecimos dos días, al fin de os cuales recibimos orden superior de situaros en S, punto donde se había cumplido la ejecución de los prisioneros de V.

Allí regresamos con suma ligereza. Pocos momentos llevábamos de nuestra llegada, cuado un oficial se me acerco, y e tono confidencial, me expuso o siguiente:

- Vea, Coronel, Como son de desconfiados los soldados: creía que Ud o le había dado muerte al prisionero con quien se quedó atrás y ….. ya ve………

Aquí hizo una pausa como esperando algo mío, pero yo no tuve valor para interrogarle. Así que el cortó su suspensión y prosiguió:

- Ya ve… fueron a convérsese y ahora ya están contentos.

- ¿Por qué? Dije:

- Porque han encontrado el cadáver.

Yo no pude replicar nada.

- ¡Esta bien! Murmuré, y el oficial se alejó.

Esta revelación me impresionó hondamente.

Yo no había muerto a Carlos, pero si otro lo había hecho ¿le responsabilidad no pesaría sobre mí ante la familia de Inés? ¡Oh! En esto no cabía duda.

Quise yo mismo convencerme de lo que se me acababa de decir, y me dirigí al punto consabido. Un olor pútrido me indicaba adónde debía caminar.

Era a un punto un poco solitario, pero cubierto de rica vegetación. Algunos yarumos se destacaban majestuosos arropando con sus grises hojas una infinidad de arbustos bellos y lozanos, unos cuantos morales dejaban ver sus tallos cubiertos de negrísimos frutos y un rumor pausado, triste, lento decía a mi alma que bajo ese palio de vigor y de verdura que mis ojos percibían, un arroyo arrastraba indolente el murmurante anillo de sus aguas.

Aparté las hojas de un pequeño matorral formado de trepadoras espinosas y matas de platanillo, que cerraban el sendero, avancé algunos pasos y me detuve. Una infinidad de gallinazas se levantaron, y una de ellas alcanzó a fustigar con la punta de las alas, parte de mi rostro.

Miré, no me habían engañado, ni yo me podía engañar. Un cadáver, ya en descomposición y en parte devorado por aquellas aves, se hallaba a la orilla del arroyo, presentando un aspecto más que repugnante. De su rostro parecía escaparse una mueca espantosa acerca de la vida, y en la contracción de sus mandíbulas descarnadas flotaba, como una maldición, un gesto supremo compañero sin duda de su última agonía. Los pedazos de su vestido se confundían con los pingajos glutinosos de sus carnes atrofiadas, y la fetidez era insoportable. Quise ver alguna huella que me revelase no ser Carlos aquél, y no la hallé. Recorrí los contornos en busca de su sombrero que yo recordaba al vivo, pero nada; sin duda había sido arrastrado por el agua del arroyo. Hice más. De aquellas vestiduras separé una parte, y busqué en ellas una prenda, un algo que revelara quién era aquél que así había caído tan miserablemente. ¡Tampoco! En sus vestiduras nada hallé. De pronto vi algo………algo que brillaba con fulgores como de diamante. Removí aquello, y temblé. ¿Qué iba a brotar de allí? ¡Quizás mi desgracia o mi felicidad! Por un rato titubeé. Si alguno de mis soldados llega en aquel momento, habría interpretado desfavorablemente mi turbación; pero por fortuna, nadie apareció. Tome en mis manos aquel objeto húmedo y nauseabundo; era simplemente lo que la gente del pueblo llama una papelera. Lo que brillaba de manera tan extraña para mi en aquella ocasión, era un espejito adherido a una de sus caras. Con suma delicadeza principie abrir sus hojas, temeroso de que por lo húmedas que estaban mi trabajo se perdiera., pero mis precauciones me parecieron inútiles. Un retrato que había en ella no tenia nada que sirviera. Sus perfiles se perdían bajo manchas espesas y el papel casi se desleía, las hojas de un cuadernito en estado peor. Más no obstante busqué aun. En uno de los bolsillos halle un papel que había resistido en parte a la devastación de la humedad, esto me tranquilizó. El muerto no era Carlos. Aquí el infeliz quien sabe quien sería. Del apellido y nombre de aquella desgraciada solo quedaba un H. como inicial y un ES como final que no eran los que correspondían a la madre de Inés. Sin embargo, me estremecí. Yo que había sido voluntario en la guerra maldije desde lo más hondo de mi alma, pues oía una voz interior que me decía, mira, esos son los frutos de una revolución y agobiados por esa perspectiva lúgubre, me aleje de allí.

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