CAPITULO IX
Aquella frase amistosa que yo lance a Carlos esa noche, no
pareció despertar en el ningún agradecimiento, cosa que extrañe
sobremanera. Su mano no buscó la mía como creí que lo debía hacer
ni sus labios dejaron escapar una frase que probara reconocimiento.
Un ¡gracias! Dado en voz baja, era todo cuanto mi bondad había
merecido después guardó silencio absoluto. Una como tristeza
infinita lo dominó y su ostro permaneció libido, pero si pude notar
que algunas gotas de llanto rodaban por aquellas mejillas jóvenes
que en vano la campaña había tratado de tostar. ¿Sabe uno acaso
cuantos recuerdos dulces de otros días venían a agitar su alma, y
cuantas amargas aprehensiones germinaban respecto a sus hermanos
políticos en esa hora de prueba?
No pudiendo presenciar aquel silencio doloroso, le alargué mi
mano en son de despedida y Salí. Era ya algo tarde, la luna enviaba
débiles fulgores sobre aquel campo de muerte, seguían los cuervos
incansables en s innoble tarea de empapar sus plumas de sangre de
cadáveres y se oían en los morrales, como un lamento, los acentos
metálico de los grillos y de las ranas, en aguda confusión. A las
cinco de la mañana llego el posta con orden de trasladarnos
inmediatamente a Lérida. Mientras se preparaba la marcha visite de
nuevo a los prisioneros. Parecía que Carlos esperaba esta visita,
pues apenas me vio, se vino a mí y me dijo:
- ¿Estaban buenos mis padres cuando U. se vino de Manizales, me
recordaban, que hacían?
Yo le mire con ojos sorprendidos y todo cuanto sabía a ese
respecto, se lo revelé.
Los soldados, en tanto, se formaban en línea de batalla.
- Es marcha? Dijo.
- Si, es marcha - respondí.
- A donde?
- A Lérida
En la mirada que bisojos le lanzaron sin duda comprendió el fin
que yo le procuraba, puesto que me miro y me dijo:
- Ya sé que hará U. conmigo; tratara de salvarme ¿pero mis
compañeros….? Desgraciados, yo quiero morir con ellos, y al
ver que se amarraba a todos los que tenía cargos y que a los
simples soldados se es hacia recibir fusiles y pertrechos para
servir a nuestra causa una lágrima amarga, acaso furibunda se
escapó de sus pupilas.
La marcha se emprendió. La tropa iba, al parecer, contenta con
su presa, a la cual debían darle muerte en un punto cercano a V. é
incinerarla inmediatamente.
Yo me retrasé con Carlos Esteban, que me seguía, e dijo en
secreto:
- ¿Hoy también van a fusilar?
- Tal vez - le respondí
El apenas inclino la cabeza, y nada contestó.
- Adelántate - le dije - y apronta en el camino algo para que
almorcemos.
El Negro obedeció. En tanto un frío presentimiento me hizo
concebir la idea de que la hora del sacrificio había llegado. Saqué
el parte que había recibido del Cuartel General, y lo mostré a
Carlos. El no pudo menos que lanzar una queja profunda, queja que
en ese momento tenía toda la indefinible amargura de la desgracia
humana.
- Escápese U. - dije soltando sus ligaduras - voy a hacer creer
que yo le he muerto!
En ese instante resonó una descarga a lo lejos yo a mi vez saque
mi revolver, e hice tres tiros al aire: Carlos se había
escapado.