CAPITULO VIII
Después de dar órdenes respecto á avanzadas, cuartos de ronda
& me dirigí al lugar de detención de los prisioneros.
Contra lo que yo esperaba, todos parecían serenos. Se pintaba, sí,
en sus ojos, la melancolía. de la victoria; pero tenían como
comprensión de su desgracia y su' martirio, y quería mostrarse
grandes hasta lo último. Estos rasgos hermosos que caracterizan á
las almas de cierto temple, pasan las más de las veces
desapercibidos para el, vulgo. El no sabe leer el sentimiento de
dignidad que hace de cualquier desarrapado un bajo del heroísmo-
Pobres espíritus que ignoran que sea esos momentos hay quizás más
grandeza que en las horas de brega. Así que en el, instante en que
yo entraba, pude sorprender esta conversación entre dos de mis
subalternos:
_ ¿Ves aquél que está con cara de bobo? - decían: - ese fue el
que encontramos, haciéndose el muerto.-¿Y sabes cómo se llama? -
Quizá que un Mayor de nombre Carilla. -¿Carlos qué?-¿Acaso lo
recuerdo………? Como que es yo no sé qué
diablos.
Así conversaban y haciendo un paréntesis ¿sí habían en realidad
aquellos nuestros vencidos ase Sinado el convoy en que iba José?
¡Quién sabe! Ellos negaron á pie juntillas tal percance, dando á
entender que bien podía ser otra guerra que por allí andaba, la:
autora. ¿Pero qué? ¿no estaba para estos desgraciados, es decir,
para su oficialidad, decretada ya su suerte? Y ahora volviendo á la
otra parte de la conversación de mis subalternos es necesario decir
que no era cara de bobo lo que el individuo aludido tenia. Era, por
el contrario, un rostro sereno, grave, con aquella majestad de la
desgracia, tan imposible de definir. Sus ojos eran negros, su
frente espaciosa, sus labios muy finos, su bigote y sus cabellos
sumamente espesos y de un oscuro muy lucido, sus mejillas un tanto
blancas, y el porte de su cuerpo un porte marcial. Ni la tosquedad
de sus vestiduras, natural a todos los que andan en esos embelecos,
aminoraba la gallardía de aquel apuesto hijo de Marte. Al mirarlo
se sentía una conmoción.
¡¿Pero que? Una especie de frió invadía todos mis miembros yo no
me podía engañar, aquel era el hermano de Inés. Yo había mirado
tatas veces aquel retrato que a tiempo de partir me había dado
ella, que por mas que yo quisiese dudar, no lo podía. ¡Cuatas veces
había anhelado encontrarle en el curso de la campaña ¿Pero quien
había de suponer que fuera e el momento en que yo tenia una orden
de muerte contra el él? Esto me horrorizo no obstante, hice juego
de toda mi serenidad y me le llegué.
- Necesito hablar con Ud una cosa - le dije _ hágame el favor de
seguirme; y habiéndole conducido a un extremo del salón donde se
hallaba añadí: - ¿Su nombre de U.?
- Carlos Maldonado.
Bah… ¡Carlos Maldonado. Ese nombre fluctuó en mi alma
produciendo un retintín agudo en demasía. Carlos Maldonado era el
mismísimo hermano de Inés.
¿Qué grado tiene U? proseguí afectando indiferencia.
Aquí me miró con ojos profundos, y trató como de adivinar en mi
uno de aquellos seres que se complacen en desgarrar las almas de
los grandes atacándolas con su misma grandeza.
- Sargento Mayor - Me dijo con dignidad.
En e momento había llegado. Yo debía hacerle la revelación que
debía llenarle de esperanzas respecto a su vida, pues claramente
debía comprender que el cadalso le esperaba según la guerra a
muerte que ambos bandos se venían haciendo, esperanzas que yo mismo
no sabia como realizar.
- Yo tengo el honor de ser amigo de su familia - le dije sin
embargo - y una de sus muy dignas hermanas de U. me ha obsequiado
con este retrato ¿lo conoce?
Como la luz que de algunas velas de sebo llegaba allí era algo
escasa, inflamó un fósforo, y abriendo sus ojos sorprendidos,
repuso:
- ¡Quía! Es el mío. ¿Pero como es que una de mis hermanas ha
podido poner en manos de no de mis enemigos una prenda de
éstas?.
- Es que yo no soy su enemigo sino en el campo de batalla -
replique, ahora soy su amigo.