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CAPITULO VII

 

La noticia de la muerte dada por Esteban a su hermano, causo una honda impresión en todo el campamento. ¡Pobre negro, pobre desventurado! Repetían los soldados. Mas el acto estaba consumado y ya no había mas que hacer. El entierro de ese infeliz camarada se llevo a efecto al siguiente día. Varios individuos de tropa lo acompañaron. ¡Como lloraba el feliz negro!.

- Resígnate - le decía cuando la última patada de tierra hubo marcado que muestra misión estaba cumplida para con el oscuro compañero resígnate. Tú no has tenido la culpa de ello.

- Si, Coronel, lo sé ¿pero que carazos es lo que yo le voy a decir a mi madre cuando me pregunto por mi hermano?

Era cierto: aquel desgraciado tenía razón. Tomamos al campamento. Inmediatamente se me puso en conocimiento que a las pocas horas había debía ir con cuatrocientos soldados a someter a V. punto donde habían sido muertos los compañeros de José. Partimos, el sol calentaba reciamente. Las veredas con ese calor bermejo que por allí las caracteriza, titilaban con sus reflejos. Mas las tropas iba frenética, delirante. Se iba a vengar a los compañeros de la víspera, se iba a saciar las iras que en los pechos se almacenaba. ¡Pobres de aquellos que en sus manos se enlazaran, pobrecitos! El único que iba mustio, cabizbajo, adolorido eran Esteban; y todos, en la tropa, respetábamos su silencio.

El día continuaba. El ataque, según las instrucciones que yo tenía debía celebrarse a la mañana siguiente. La tropa avanzaba, avanzaba. Una ración de carne que se la dio pareció llevarla ráfagas de vigor y de locura. ¡como es la guerra! La noche llego. La luna una luna escuálida, triste, apareció acá tras las serranías de occidente. Era una luna enfermiza. Sus fulgores murieron pronto y ella con ellos. Las sombras lo envolvieron todo y así proseguíos la marcha. De vez en cando oíamos el canto aorero de una ave nocturna al detener su pesado vuelo entre las ruinas, o el ruido producido por los reptiles al deslizarse bajo la hojarasca.

A las nueve horas de camino detuvimos la marcha. Se procedió a colocar gente en puntos determinados a dar órdenes a los oficiales, a prepararnos para el ataque. Principiaron también por más que lo hubiésemos evadido, los tiroteos entre las avanzadas.

El asalto debía intentarse al amanecer, pues debía esperar á que llegaran doscientos hombres más que por vía distinta á la nuestra, caminaban á juntársenos. Así fue Cuando el alba comenzó a despertar, se hicieron sentir los fuegos en toda la línea. Situado como está Y en una de aquellas bellas ramificaciones montañosas que de la Cordillera Central se extienden hacia el oriente caprichosas de mi mar alborotado debimos comprender que las posiciones del enemigo nos costarían no pocas pérdidas de vidas, pues nosotros veníamos en dirección á occidente Empero, yo contaba con el denuedo de mis soldados, con la furia que sus almas encerraban que se había cometido con la comisión, y más que todo, porque todos ,en la tropa deseos, deseos, deseos muy ardientes revuelta ya tan larga y de larga y de suyo tan odiosa.

Pronto el humo principio a envolver, como cándido vapor que brota de un lago en medio de truenos y rugidos aquellos campos, las guerrillas se agitaron como víboras heridas y apareció el sol allá lejos en el cielo, remendando un aro de sangre cuajado de vagos resplandores.

A las ocho del día habíamos logrado pasar un pequeño arroyo, más bien riachuelo, que borda por el lado norte la ligera altiplanicie en que está situado V., y se habían arrebatado ya alguno de los reductos al enemigo; pero el plomo, entallo todavía desapiadado sobre nosotros los heridos Iban formando ya algunos claros, y más de uno quedaba muerto en los zarzales, en 'el césped, en la pura tierra.

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