CAPITULO VI
Al instante volvió Esteban. No era marcha para Bogotá lo que se
iba a efectuar, era marcha tras del enemigo, el cual se había
retirado en buen orden.
- Ah rojos de toos los demonios! Dijo Esteban. ¡Que pensarán
estos condenaos!
- Echarnos bala a dos manos - conteste.
- Es decir, si yo fuera gobierno, les arrancaba a toos hasta I'
alma!
- Eso es lo que él está tratando de hacer.
- Si, pero estos malditos al fin nos la arrancarán á nosotros,
sin embargo, carajo, que traquen porque ¡ah malos ratos que les
cueta! Pero usté porque se levanta? ¿Es que se va también? Dijo al
ver que yo me ponía mi traje exterior á toda prisa.
- Claro - respondí. ¿Crees que debo de quedarme auí en compañía
de unos cuantos muertos que es casi lo que me rodea? No seas tan
tonto, Esteban; yo estoy bien, y es necesario correr tras de los
rojos.
- Bien hecho, Mayor, á ver si acabamos con esa plaga. Y ahora
¡viva la guerra".
- ¿Por qué dices eso?
- Es que cuando lo veo á usted, me parece que soy otro
hombre.
- Luego entonces ¿seguirás siendo mi ordenanza?
- Hasta que muera.
- ¿Y si llegas á General?
El negro se sonrío. En tanto, yo me había desvestido y salimos
del hospital en vía para el cuartel. A algunos causó sorpresa mi
presencia, pero nada más. Luego nos pusimos en marcha. Era
necesario desbandar por completo al enemigo que precia reforzarse.
El viaje principió. Por todo el camino semejaban seguirnos los
gritos de los heridos y enfermos que con voces hondas nos decían
que no los abandonásemos ¿pero como tratar de satisfacerlos? Así
nos alejamos de su vista. Pero ya aquí es fuerza que nos apartemos
un poco de nuestra historia. Sépase por ahora que después de
Girardot vinieron Honda, Piedras && y que en uno de
esos combates quedó uno de aquellos de mis amigos de Manizales,
caído valerosamente y que yo llegué a ser Coronel. Apartémonos,
pues y situémonos en el puesto que nos corresponde. Dejemos al
historiador severo que detalle tanto hecho tanta brega, tanta
acción donde le heroísmo rebozó de manera portentosa, y
principiemos por decir lo que en mi familia y en la de Inés
pasaba.
Para esto nos valdremos de algunas cartas de la última.
"Juan - me decía después de la Florita - ¡que cosa tan horrible
es la guerra y cuanto sabe ella atormentar las almas! ¡Si usted
supera lo que he llorado con su ausencia! ¿No ve que me parece que
cada parte que publican me trae una noticia amarga? ¿Por qué que se
fue, Juan porque no nos escucho a nosotras que tanto deseábamos que
se quedará, que rehuyera el servicio militar? ¡yo creí que íbamos a
ser tan felices! Acaso U, lo será cuando no quiso oírme, pero
yo…. Yo sufro muchísimo.
- ¿Cuándo vendrán? Aquí hay mucha consternación. Todos temen
tener algún ser muerto en esa. Se ha llorado mucho al señor D
Manuel Hoyos y al honrado mozo Moreno. ¿Cuándo se convencerán los
hombres de lo horrible que es la guerra? Juan ¿Cuándo vendrá
U?.
después de la Pradera.
"Un presentimiento pavoroso me dice que Ud quizás no volverá.
Son tantos los muertos que a diario publican los partes oficiales
que yo me aterrorizo al pensar que U. pueda correr la misma suerte.
Sus buenos padres sufren como esta su amiga. No se pueden
tranquilizar y yo que visito constantemente su casa, los veo llorar
inconsolables Juan ¿Por qué no se viene U. y deja que esa gente se
mate ella sola por allá? Véngase, dénos ese gusto. Mire que hasta
Simona lo llora sin descanso. Cierre U. los ojos, no se haga
esperar más.