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CAPITULO V

Después de aquel acto en el cual quedaron varios S guerrilleros muertos, nosotros fuimos desamarrados y alimentados confortablemente, Todos nuestros amigos nos felicitaron, y el cadáver de Saldarriaga fue enterrado con religiosidad Seguí mas sentando, plaza de soldados en el Ejército, y así nos encontró el choque de Girardot. Dos días duró el combate. La mortandad fue espantosa, y los heridos numerosos. Al recorrer nosotros el campo vimos un ser que aún Ejército contraía entre los que contábamos ya por muertos.

- Quién será-me dijo Esteban.

Yo le miré bien. Tenía un ojo brotado horriblemente, y la nariz despedazada. Por su boca salían espumarajos de sangre renegrida, y un acecido cavernoso se le desprendía de su pecho.

-Quién será, volvió á repetir; mi ordenanza: José se me acercó.

-¡Ah! dijo-¡este es el canalla! y blandió su fusil. Después un golpe resonó, y el cráneo del infeliz rendido quedó hecho pedazos. José se sonrió.

- Hemos- vengado á Saldarriaga - dijo - así mueren los cobardes. - ¡Sí, así mueren los canallas! ¡abajo los viles! exclamó también' Esteban.

Yo me estremecí.

Después, tornamos al campamento. La alegría era proverbial. Tras un triunfo guerrero hay siempre un vértigo de contento. La muerte se vértigo de contento. La muerte se vida prontamente, y surge el miraje de la dicha. Así sucedió en Girardot. La lucha había sido cruenta, demasiado cruenta. Cuarenta y ocho horas bajo una lluvia constante de balas, es cosa poco halagüeña, y así habíamos estado allí. El cañón trono constantemente y la muerte se cebó con acritud, y en medio de ese crujido de las armas de fuego, el grito de los que caían heridos aleteó con crudeza. Sin embargo - como lo acabo de decir - al saberse que ya el enemigo emprendía fuga, las dianas y los hurras de triunfo llevaron á aquella llanura una ola de entusiasmo que las colinas vecinas repetían enardecidas. Así que cuando tornamos de recorrer el campo, se me llegaron aquellos amigos míos que en Manizales me habían acompañado al cuartel. - Ahora sí sabemos dar concluido esto - me dijeron. El golpe que aquí ha recibido la Revolución, es mortal. Ya parece que no nos queda más que hacer.

- Tal supongo yo - á pesar de que lo mismo pensábamos después de La Florida, Matamundo &.

- Si, pero allí no recibieron un golpe tan tremendo.

- En Matamundo los teníamos encerrados….

- Pero aquí quedaron muertos.

- Ya lo veremos - agregué, pues la guerra me iba tornando desconfiado.

Empero, esto no obstó para que aquella noche apuráramos un buen cumulo de copas. Debido a esto, sin duda, amanecí enfermo al siguiente día. Como la fiebre era fuerte, se me condujo al hospital. Al medio día llegó Esteban hecho unas verdaderas pascuas.

¡Saludo al Sargento mayor, al egregio defensor del Conservatismo Sr D. Juan Manuel Rodríguez! - Exclamo, haciendo caso omiso de mi enfermedad - y él saluda al nunca desmentido sin igual ordenanza y hoy sargento segundo de la compañía 3º del Batallón X!.

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