CAPITULO IV
Poco antes del combate de Girardot había salido yo con unos diez
soldados en busca de ganado para racionar la tropa, y ya tornábamos
can cinco reses cuando fuimos atacados por una cuadrilla de
guerrilleros capitaneados por, un individuo dura de corazón como
nadie. El asalta por parte, de éstas fue terrible, y antes de que
nosotros pudiéramos tratar de ,hacer algún blanco entre ellos,
cinco de mis camaradas rodaban muertos, otros dos quedaban heridos,
y José que, me acompañaba en reemplazo de su hermana por hallarse,
éste de facción, otro. Infeliz de nombre Benito Saldarriaga y yo,
caíamos, junto con los últimos, 'en manos de aquellos desalmados
para quienes el pillaje y la matanza eran la. Norma de su conducta.
En el momento entrevimos el fin que se nos esperaba. La guerra á
muerte estaba declarada' oficialmente por nuestra parte, y la
Revolución usaba de la misma' medida coercitiva para con nosotros.
En verdad, por más que nuestros miembros quisieran resistirse á la
impresión terrible que la perspectiva de muerte infunde en el ser
humano, nuestros pechos sentían una opresión fatal que casinos
postraba. Empero, una vana cobardía no había de servirlas para nada
en 'aquellos tétricos momentos, y por más que nuestro corazón se
contrajese aterrorizado hubimos de afectar una calma é
impasibilidad de que !la disfrutábamos. Los heridos fueron
ultimados, en nuestra presencia y en el mismo punto donde habíamos
sido atacados- El espectáculo fue horrible, y he aquÍ por qué.
Al principio de la Revolución, al cruzar por el punto llamado
"Páramo de Aguacatal", en vía para el Tólima,
perdimos una patrulla de hombres de trabajadores que caminaban
presurosos á sus faenas, Nosotros les dimos la voz de alto, pero
esto sólo valió para que echaran á correr como unos gamos, saltando
riscos y peñascos con precisión vertiginosa. Sin embargo; Nosotros
despachamos en su persecución los hombres, los cuales lograron
apresar á tres de aquellos desgraciados. Fatalmente, nuestros
soldados les dieron en la traída un tratamiento poco conforme con
la reglas de la hidalguía, y así que las presentaron llenos de
cardenales y porrazos causados por las culatas de las fusile;
Aunque el Coronel reprendió acremente esa especie de salvajismo,
los efectuantes se disculparon con un buen cúmulo de razones, y las
víctimas se quedaron con su mal á cuestas sin que nadie tratara de
mejorarlo. A los Pocos días uno de esas apresados huyó y se hizo
revolucionario. Este era el jefe de la cuadrilla en que acabábamos
de caer. Figúrense pues cuál sería la suerte de aquellos infelices
heridos nuestros. El Jefe revolucionario, que nos conocían lanzó
una especie de risa sarcástica y penetrante como una daga, al
contemplarnos.
- ¿Se les acabaran por fin las culaticas con que maltrataban
indefensos al principio de la guerra? Nos dijo.
Nosotros tratamos de hacernos los desconocidos.
- ¿Es que no me recuerdan? continuó, ¿acaso ya se les olvidó
quién soy yo, aquel corderito, á quienes uds. trataban como a una
bestia ya quIen quisieron mandar y pisotear como al mas miserable
de los seres existentes? ¿Si me recuerdan? mas sino; yo voy á
decirles en un instante como' soy y quien soy yo. ¡Miren! y
haciéndose á! un lado de los heridos sacaba su machete, á tiempo en
que sus colegas nos amarraban á nosotros" y les' decía,
blandiendo la cortante arma en el aire:
-Voy á signarlos para que me recuerden; y en medio un grito
acervo y espantoso, la primera cabeza de esos' infelices rodó por
tierra. El segundo trató de incorporarse; y al tender sus' manos
clamando misericordia, éstas volaron de un solo talo y así con sus
brazos mutilados y con sus piernas heridas por las balas recibidas
una lluvia de acerbos machetazos que sonaban como los golpes que se
descargan en un banco de madera.