CAPITULO XIX
Enterado Carlos por entero del objeto de mi misión me manifestó
que sin vacilar, me acompañaría en el regreso. Deje a mi peón allí,
di los agradecimientos a doña Soledad y a su encantadora hija y me
dirigí a I…… a comunicar por telégrafo el aparecimiento
de aquel nuevo hermano para mi.
Después de hacer esto, visité la tumba de Luís. Era sencilla.
Una cruz humilde, tajada a golpes de machetes en cuyos brazos
descansaba solitaria una corona echa de hojas de laurel y salpicada
de flores silvestres, era lo único que allí se veía. Ni su nombre
si quiera, si quiera su nombre se podía leer completo en la loza de
su sepulcro. A penas si sus iniciales se alcanzaban a percibir de
manera vaga, como si el que las estampó hubiera querido reuir
fatales consecuencias, y solo, aguzando más la vista se podía ver
esta inscripción gravada con la punta de un lápiz
"AQUÍ REPOSA EL TENIENTE CORONEL" L. S. HÉROE Y MÁRTIR DE LA
REVOLUCIÓN
En tanto, el sol caía y la tarde se llegaba. - debemos ponernos
en marcha mañana al medio día.
Las buenas mujeres palidecieron, y con hondas voces que no querían
que partiéramos.
El rostro de Carlos y el mió mostraron tal a lo vivo el sentimiento
de nuestras almas, que no tuvimos necesidad de hablar. Tras esto,
se nos hizo pasar al comedor. Una confortable comida nos esperaba
allí. Una gallina, guisada ricamente, era lo que primero llamaba la
atención en el centro de la mesa, al lado de un frutero donde los
mangos, las naranjas y los bananos sonreían coronados por la más
lujuriosa de las piñas cerca a este una fuente dejaba escapar
cálidos vapores de su seno, Vapores formados por una sopa en que el
arroz y las papas jugaban un papel acariciante; las arepas como
hongos de blancura, un tanto requemada , reposaban tranquilas cerca
á unos cuchillos, tenedores y cucharas que por lo brillantes
semejaban plata derretida; andaban las salseras orgullosas con su
carga en que vivas, como si allí nacieran, se presentaban las hojas
de lechuga; y así se miraban otras fuentes entre las cuales se
descubría una que repleta de yucas y de plátanos cuyo condimento
los coloraba de la manera más halagadora parecían decirle a mi
peón, que era un buen gastrónomo: Comednos; y unos vasos de leche
que le gritaban: Bogadnos.
A pesar de esto, lo que comimos fue relativamente poco. Sólo mi
peón se refociló de la manera más augusta de su vida, y salió de
allí diciendo que valientes cocineras las que en esa casa había.
Después, a las pocas horas de levantarnos de la, mesa, nos
acostamos y al siguiente día nos levantamos muy temprano, con ánimo
de aprestar a Carlos. Volví á I....á poner otro parte anunciando
nuestro saludo. ¡No bien hube llegado á la Oficina, me entregaron
el siguiente, con note de urgentísimo:
"Juan - Apresuren marcha- Firmado, Cesar"
Corrí á la quinta, informé á mi amigo de lo sucedido, y á las
diez, después de tratar en vano de pasar algún alimento, nos
pusimos en marcha en medio de los ayes desgarradores que las
hospitalarias y dignas dueñas reinas de aquel santuario sagrado
lanzaban en hondo desconsuelo.
Carlos me preguntó que cuantas jornadas gastaríamos, y yo le
respondí de 5 o 6
- ¡oh! Si pudiéramos trasfigurarnos, crear alas, si por aquí
corriera un ferrocarril; exclamaba mirando con ojos extraviados
aquellos campos.
- ¿Pero usted si cree que la enfermedad de Inés sea grave?
Proseguía.
- Quizás no tanto como parece, excepto nuevas
complicaciones.
- ¿No sabe usted? Esa es la hermanita que más ha querido. Cuando
me separe del lado de mis padres para venirme a Ambalema, no la
fueron posibles los consuelos, aseguraba que no me volverá a ver
porque su corazón a si se lo revelaba, que aquel sería nuestro
postrer adiós, que unos de los dos quizás iba a sucumbir. Desde
allí comprendí lo nerviosa que es.
- Pero vamos a llegar pronto para probarle que sus temores son
infundados, ¿no?
- ¡Si! Me contestaba el, tratando de sonreír.
La noche llegó, y detuvimos la jornada nos toco posar en
piedras. Nuestra cena fue poco regalada. Ni siquiera un trago de
aguardiente contribuyó a acompañarla.
- ¿En cuantos combates estuvo usted? Le pregunté
- ¡Que! me respondió, no lo quiero recordar
- ¿Cuándo no alcanzamos el fin para que nos detenemos a
reencontrar los medios?