CAPITULO XVIII
Tras nuestra entrevista, Carlos me asedió con todo genero de
preguntas. La buena matrona dijo que nosotros debíamos posar allí,
y nos llamaron al comedor.
- Van a tomarse las postreras de lecha hasta tanto sean horas de
la comida- nos decía al conducirnos.
Mi peón apuró la suya de dos sorbos, y corrió a descargar
nuestro equipaje.
- Piensa usted volverse pronto? Me preguntó la joven.
- ¡Todo lo más pronto posible, señorita!
- ¿Le va a acompañar Carlos?
- Espero que si
De nuevo se pintó en su rostro, honda, palidez.
- ¿Y que ha quedado por Antioquia? ¿Mucha ruina?
- Supongo que no señora, Antioquia es la tierra más
afortunada.
- Es cierto- dijo.
En tanto, aquellas refocilantes onces terminaron. Carlos me
esperaba en el corredor a la vez que una criada o cocinera me
contemplaba con solemne curiosidad.
Las simpáticas dueñas fingieron necesidad de retirarse un
momento y me dejaron en compañía de aquel mi amigo. Estaba como en
un estado de convalecencia, pero siempre con aquella belleza
varonil que yo había admirado desde el momento de que le tuve
prisionero.
- ¿Usted a estado enfermo? Le pregunté.
- Si- me respondió
- Estuve enfermo durante muchos días.
- ¿Pero porque, al menos no comunico a su familia de que usted
vivía?
- Perdóneme, Juan, me fue imposible, si aquel día, debido a su
intervención, logré escapar, es cierto que después me vi perdido en
más de mil ocasiones, errante, prófugo, sin medio de sustento, sin
amparo, casi desnudo, sin encontrar tropas de mis hermanos
políticos ¿Que podía hacer? Días y noches vague por montes y
colinas, por inmensas hondonadas, por interminables llanuras sin
encontrar nada que pudiera aliviar mi espantosa situación. Mi
alimentación se redujo a algo que lograba hallar en miserables
chozas, a frutos silvestres y algunas raíces que yo me aventuraba a
devorar, pero este mimó mi salud, al fin desfallecido, después de
un mes de esta vida aterradora de dormir fatigado al pie de los
árboles, rodeado de muerte y sobresaltos en todas partes, vi que ya
era incapaz de luchar y me senté sobre una piedra en el fondo de
una espesura, cerca de donde corría un intenso arroyo. Allí
principió a invadirme una especie de vértigo que llenaba de sombras
mi entendimiento, y el hambre y la angustia se apoderaron de mi
ser. Un terrible chaparrón descendía de un cielo encapotado y
tempestuoso, y los árboles temblaban agitados por las oleadas de un
huracán enfurecido. En vano quise avanzar, no lo logré con la
oscuridad de las nubes vino la de la noche a sumirse en un
verdadero infierno de desgracia, pero al fin el chaparrón seso, la
oscuridad se ahuyentó y la luna como virgen amorosa, se alzó sobre
un tope de brumas y derramo su blanda luz sobre aquellos campos
silenciosos. Nubes aterciopeladas, hechas de jirones purpurinos y
opalados, dibujaron la bóveda del cielo, pero acá, más acá,
entumecido como me hallaba y con aquella intensa melancolía del que
ve ya todo, hasta la esperanza, le ha abandonado, mire seres
errátiles que se agitaban lanzando graznidos lúgubres como la
muerte. Eran las aves de rapiña que revoloteaban a mi alrededor con
deseos de hacerme pedazos.
Loco, lancé un grito espantoso en medio de aquellas soledades. A
mi grito brotó algo como un rayo de esperanza, en la espesura. Era
un disparo de fusil.
Las aves, amedrentadas, huyeron.
- ¡Socorro! Exclamé, resuelto a confiarme aún en lo brazos de
los mismos que me podían quitar la vida.
- ¡ Feliz yo! En aquel momento cuatro hombres que rodearon ¡ay!
Uno de ellos era Luís. Me estrecharon de manera tan honda que es
difícil pintar me dieron de comer, me treparon en sus hombros con
cariño paternal, y continuaron conmigo la marcha.
- ¿ Pero como es que vives? Me dijo Luís. ¿no te quito la vida
Juan?.
- Allí les hice la narración de lo que me había sucedido.
- ¡ Cuán tonto soy! Exclamó. Yo escribí a tu casa dando cuenta
de tu muerte, pero aun vives…..
- ¡Y me verán!- grité yo - ¡me verán volver
triunfante¡….
- ¡Pobres de nosotros! Repuso luís nuestras esperanzas han
muerto, quizás somos los únicos que tenemos armas en las manos, su
revolución esta vencida, sus jefes se han entregado.
- ¡Cobardes! Exclamé
- ¡si cobardes! Respondieron aquellos seres nostálgicos con los
infortunios de nuestra causa, cobardes nosotros, antes que
entregarnos, moriremos, pero nuestra terrorífica situación helo
aquellas palabras de nuestros labios y nos hizo comprender que ya
ni de morir con gloria éramos capaces.