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CAPITULO XVII

 

¿Era mi objeto consolar a Simona al decirle aquellas palabras? No. En este instante había pasado por mi mente una idea redentora, idea que yo quería llevar a efecto sin omitir esfuerzo alguno. Quería reivindicarme a los ojos de Inés costara lo que costase. Al efecto me dirigí al estado mayor en calidad de soldado al servicio del gobierno a pedir una licencia temporal de varios días.

- los que necesite- me dijeron en aquel lugar.

- Un pasaporte para trasladarme a Tolíma, Cundinamarca.

- También

Salí de allí con ánimo resuelto de irme al siguiente día a tomar nuevas de Carlos. Lo revele a mis padres y a Simona; y sin dar tregua a los preparativos me presente a la semana siguiente a los padres de Inés.

- Sabed - les dije que me voy en busca de vuestro hijo. Si vosotros no habéis noticia suya en estos últimos días, yo si les sabré tener. Manifestado así a la señora Inés y decidle que muy pronto me verán aquí con Carlos.

- ¿Será cierto? Exclamaron mirándome de manera sorprendida ¿será cierto'

- Lo será, señores, respondí

- ¡OH¡ es usted muy noble, Juan, contestaron arrojándoseme al cuello, con emoción de padres y sin quererse desprender, exclamaron con voz que era casi un sollozo:

- ¡Si, Juan, Salve usted a Inés, sálvela Ud.!

Enternecido más que ellos, con esas sus palabras, me retire acompañado de Esteban, el pobre negro que me había servido de ordenanza en la campaña.

A mi pasaporte oficial acompañaba recomendaciones de connotados liberales para facilitar mi comisión. No obstante, comprendía lo difícil de mi tarea. Hecatombes poderosas de seres humanos habrían sombreado con su trajicidad a aquellos lugares a donde yo iba y quien era el al que al fin podía decirme:

Yo le vi. Yo se ¿que ha sido de él?. Cosas eran estas para infundir decaimiento más o menos intenso en cualquier espíritu y para dar lugar a un trabajo más que abrumador; pero era necesario hacerlo y la misma magnitud me inflamaba para su ejecución.

El primer día llegamos a Rosarito después de las 7 leguas de la jornada. Habíamos estado mi ordenanza y yo poco locuaces, nuestras palabras no pasaban de simples monosílabos y apuramos pocos comestibles durante el trayecto. Segundo día a Lérida. Jornada, 6 leguas. Nuestras almas se mostraron más comunicativas. Pero en presencia del frío panorama que aquellos lugares tenían para nosotros, la tristeza de Estaban como que revivía pues constantemente exclamaba: ¿no es verdad que las guerras no sirven para nada sino para hacer sufrir a uno? Aparecían por todas partes chozas miserables, gentes haraposas y mendigantes, chiquillos que nos pedían con voces mal alientas un pesito o un mendrugo de pan, y mujeres que mostraban sus rodillas descarnadas a través de sus faldas hilachudas como cueros de carnero. No obstante todo esto comimos y cenamos de manera regular, haciendo uso de nuestras provisiones. - Tercer día. Nos levantamos con el alba y anduvimos 7 leguas. Si en los dos días anteriores nada había avasallado acerca de Carlos, en este menos. El camino se mostraba desierto, un ser viviente no asomaba por allí. Se veían testigos de habitaciones consumidas por el fuego, infinidad de calvarios señalados con toscas cruces de madera, trazados de praderas en la cuales no habían más que malezas y bajo cuyas zarzas se deslizaban algunos armadillos e infinidad de vistosos lagartos. - Cuarto día. Al santuario. Jornada, 5 leguas. Hallamos fuerzas gobiernistas que nos preguntan si es cierto que en Antioquia han licenciado todas las tropas, tenemos conocimiento de las pocas e insignificantes guerrillas que aun quedan por allí, sabemos por algunos de estos infelices moradores que Carlos aun vivía varios días después del fusilamiento V., por haber sido visto ocasionalmente por varios de entre ellos, a la vez que había. - Quinto día. A el Hato, Jornada de 5 leguas. No hacemos que contemplar tabacales y plantaciones de caña de azúcar enteramente arruinados, no hallamos en el camino más que un negro, quizás un merodeador que al vernos emprende precipitada fuga sin que nos fuera dado detenerle. En el hato permanecimos un día hicimos acople de provisiones y continuamos la marcha. Entusiasmados con el dicho de una persona que nos dijo haber conocido a Carlos y suponer que se encontraba en las cercanías de Ambalema.

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